REVISTA ELECTRÓNICA DE ESTUDIOS FILOLÓGICOS


CRÁTILO: DIÁLOGO CON EL MITO PLATÓNICO DE LA LINGÜÍSTICA

Xavier Laborda Gil

(Universidad de Barcelona)

 

Resumen

El diálogo platónico Crátilo ocupa un lugar destacado en la historia de la lingüística. Es una obra fundacional de un gran filósofo. Plantea un debate sobre la naturalidad o convencionalidad de las palabras, en el que interviene Sócrates como árbitro de la cuestión. La historia de la lingüística ha apreciado en esta obra un antecedente de la teoría del signo lingüístico. Pero ha tenido dificultades para interpretarla porque la intención del diálogo excede el ámbito del lenguaje. El Crátilo es un emblema ambivalente de la historia de la lingüística, que suscita preguntas no sólo sobre su sentido sino sobre el papel de la historiografía y sus mitos.

Palabras clave.– Platón, Crátilo, historia de la lingüística, historiografía, mito, paradigma.

Abstract

Plato's dialogue Cratylus is in a prominent place in the history of linguistics. It is a foundational work of a great philosopher. It raises a debate about the naturalness or conventionality of words, in which Socrates intervenes as arbiter of the issue. The history of linguistics has been noted in this book a history of the linguistic sign theory. But it has struggled to interpret it because the intention of the dialogue goes beyond language. The Cratylus is an ambivalent emblem of the history of linguistics, because it raises questions not only about its meaning but also about the role of historiography and its myths.

Keywords. Plato, Cratylus, history of linguistics, historiography, myth, paradigm.

 


Fundación de la disciplina

Desde la fundación de la historia de la lingüística como disciplina, el diálogo platónico Crátilo (Κρατυλος) ha recibido la atención de todos los historiadores. Es con seguridad una de las obras más analizadas en monografías. Y también es una de las más glosadas en manuales y escritos de divulgación. Los méritos de la obra justifican el éxito de su recepción. El Crátilo es la primera obra de la historia sobre lenguaje. Su autor, Platón, encabeza la relación de pensadores más influyentes de todos los tiempos. Y despierta un vivo interés su asunto, que es la capacidad de los nombres para designar y conocer las cosas. La forma dialogada del texto da amenidad a un debate erudito y prolijo. Y finalmente, por si no fueran suficientes los alicientes anteriores, la intervención del personaje de Sócrates recrea un trasfondo teatral y mítico.

La historiografía, es decir, la tradición que ha interpretado el Crátilo considera esta obra como una reflexión fundamental sobre el lenguaje. De manera general se ha señalado en ella el propósito de expresar el enigma del origen del lenguaje. Y de un modo más específico es manifiesto que trata de las relaciones de las palabras y sus significados (Robins 1967:28). En un pasaje que aparece al final del diálogo se plantea con claridad el asunto del diálogo del siguiente modo (435d).

Sócrates.- Pero dime a continuación todavía una cosa: ¿cuál es, para nosotros, la función que tienen los nombres y cuál decimos que es su hermoso resultado?

Crátilo.- Creo que enseñar, Sócrates. Y esto es muy simple: el que conoce los nombres, conoce también las cosas.

Estas palabras delimitan el último episodio del debate y su razón última. La razón es discernir la capacidad de los nombres para conocer la realidad. Este enunciado es diferente del que se plantea al principio del diálogo, en los conocidos términos de naturalidad o convencionalidad de los nombres (383-384c):

Hermógenes.- ¿Quieres, entonces, que hagamos partícipe a Sócrates de nuestra conversación?

Crátilo.- Si te parece bien…

Hermógenes.- Sócrates, aquí Crátilo afirma que cada uno de los seres tiene el nombre exacto por naturaleza. No que sea éste el nombre que imponen algunos llegando a un acuerdo para nombrar y asignándole una fracción de su propia lengua, sino que todos los hombres, tanto griegos como bárbaros, tienen la misma exactitud en sus nombres. […] Pues bien, Sócrates, yo, pese a haber dialogado a menudo con éste y con muchos otros, no soy capaz de creerme que la exactitud de un nombre sea otra cosa que pacto y consenso.

Con éste ágil intercambio de palabras comienza el diálogo de los tres personajes, Crátilo, Hermógenes y Sócrates. Es el primer apunte de un dilatado debate sobre la naturaleza del lenguaje. Crátilo inaugura un capítulo mítico y apasionante en la historia de la lingüística. Y desarrolla con múltiples detalles los argumentos del mimetismo fonético y de la etimología. Sin embargo, el debate no lleva a ninguna conclusión clara sobre la pregunta de la justeza de los nombres. Y los participantes se despiden con el acuerdo de continuar la indagación por otras vías.

Los historiadores de la lingüística han rendido homenaje a la obra de Platón. El fruto de esa labor historiográfica es coherente con la ambigüedad del diálogo. Es decir que los juicios de los investigadores son dispares e incluso, en algunos casos, totalmente opuestos. La polémica no se ha agotado con el transcurso de siglos y acompaña a la obra como si se tratara del designio de su grandeza conceptual y de su oportunidad histórica. De ahí que los historiógrafos continúen leyendo e interpretando el texto platónico.

Para iniciar nuestro estudio, hemos consultado las opiniones de dos obras fundamentales de la historia de la lingüística. Son las de V. Thomsen y H. Arens. Vilhelm Thomsen es el fundador en 1902 de la disciplina, con Historia de la Lingüística; una exposición concisa (Laborda 2009a). En ella aporta con una redacción sucinta la matriz de etapas, obras y asuntos. E incorpora el diálogo Crátilo al programa de la disciplina. El primer tópico que recoge Thomsen de la filosofía es el debate sobre la naturaleza del signo lingüístico en el Crátilo. Reproducimos aquí la breve exposición de Thomsen sobre la obra.

Ocupaba la cuestión, según se dice, a Heráclito y a Demócrito, de los cuales pasa aquél como defensor de “fisis”, éste de “nomos”, sin que contemos con más datos sobre el particular. Parece que también tratan de ella los sofistas (Protágoras), y en tiempo de éstos era probablemente tema general de discusión.

La primera obra literaria en que se enfoca este problema es el maravilloso diálogo de Platón, «Cratilo», en el que se tratan exclusivamente cuestiones referentes a este tema. A más de Sócrates, entran en el diálogo dos personajes: Hermógenes y Cratilo. Éste defiende que cada uno de los nombres, tanto en la lengua griega como en las bárbaras, por naturaleza entraña y debe entrañar acabada correspondencia con el objeto designado, y no pasa por reconocer como nombres y palabras de la lengua cuantos acuerdan algunos emplear. Hermógenes, por el contrario, opina que no se da otra correspondencia en una denominación que el uso. (cap II, p. 20)

La elección de este debate sobre la teoría del signo ha sido un éxito. Se trata de un mérito más de Thomsen. Es un tópico que figura en todos los manuales de historia de la lingüística. Sin embargo es inusual que las obras posteriores a la de Thomsen concluyan de un modo tan crítico sobre el sentido del diálogo platónico como lo hace el maestro en sus conclusiones.

Divididas estuvieron las opiniones sobre si estas páginas de Platón-Sócrates están escritas en serio o en broma. Tiénese más bien la impresión de que se trata sólo de parodiar, de burlarse del tono que se daba a la discusión de estos problemas en general; mas en principio apenas difiere éste del que hallamos en Platón. (cap II, p. 21)

El juicio de Thomsen es una declaración de la incertidumbre que provoca la lectura del diálogo. Por sorprendente que parezca, esta apreciación es común a todas las interpretaciones posteriores, aunque difieran en el balance final. Según Thomsen, para Platón “se trata sólo de parodiar” unos razonamientos y “de burlarse del tono” con que abordaban la cuestión los sofistas.

Medio siglo más tarde de la fundación de la historia de la lingüística por Thomsen, Hans Arens publicó una compilación de textos de la lingüística (1955), que como indicaba el subtítulo cubría “desde la antigüedad hasta nuestros días”. En la presentación de fragmentos del Crátilo, Arens se muestra escéptico sobre el valor de sus razonamientos. Se pregunta con qué recursos lingüísticos se pretendía interpretar la realidad de las cosas. Se refiere a la etimología y al simbolismo fonético como instrumentos de la teoría naturalista del lenguaje. Sin conocimiento histórico, sin registros fiables, “¿cómo se podría llegar al significado real, justo, verdadero de la palabra?”, insiste Arens (1955:19). Y concluye con un juicio severo:

Este rompecabezas, que ofrecía enormes posibilidades a la fantasía y a la habilidad dialéctica, persiguiendo su finalidad, dirigida a la cabalística invención de la verdad (etimología) conducía al absurdo… (1955:19-20)

Arens se muestra tan crítico como Thomsen. Pero también distingue dos méritos de consolación en el diálogo. Son la “constatación de la complejidad” de las palabras y, al mismo tiempo, el hecho de que los personajes reconozcan implícitamente la incapacidad para distinguir sus elementos.

Cambio al paradigma axiomático

La sintonía de Thomsen y Arens responde a una afinidad más amplia, que es su participación en el paradigma histórico-comparatista. Se interesan por la evolución y la tipología de las lenguas, de ahí que en la historia antigua ni el mismo nombre de Platón es una razón suficiente para asignarle un puesto de honor. Pero un cambio de paradigma se produce a partir de los años sesenta del siglo XX. El estructuralismo y el generativismo toman el relevo en la cabecera de las investigaciones historiográficas y conciben de un modo diferente el diálogo de Platón. Lo ponen en valor porque debate sobre un principio fundamental para este paradigma axiomático, la teoría del signo lingüístico. (Laborda 2009:23)

El historiador más conocido como representante de este nuevo período es Robert Henry Robins. En dos etapas de su obra se puede apreciar la inflexión que toma su análisis. Hallamos una postura afín aún a los neogramáticos en su primera publicación, Ancient & mediaeval grammatical theory in Europe (1951). Dos párrafos bastan para comentar el diálogo, del que concluye que la controversia entre naturalidad y convención no se limitó al estudio del lenguaje sino que “se trató como un tema filosófico” (1951:7). Para remediar la concisión con que Robins trata del diálogo, remite a la magna obra de H. Steinthal (1863), Geschichte der Sprachwissenschaft, que aunque se editó un siglo antes sigue considerándola como una referencia magistral.[1] Ésta es la primera etapa.

R. H. Robins publicó en 1967 su manual sobre historia de la lingüística, A short History of Linguistics. Hay muchos manuales de la disciplina, pero el de Robins ha Sido el más influyente y representativo. Pues bien, la diferencia con su trabajo anterior no estriba tanto en la ampliación del período de estudio, que alcanza aquí hasta el siglo XX, cuanto en la perspectiva que aplica. Robins incorpora los criterios del paradigma axiomático.[2] Sobre el tema que nos ocupa, observamos que se refiere al Crátilo en diversos pasajes de su manual. Y lo hace con juicios contrapuestos, que manifiestan aspectos positivos y negativos. En una mención inicial destaca como positiva su especialización en “cuestiones lingüísticas, aunque en algunos aspectos de su contenido es decepcionante” (p, 25). Este enunciado resume la contradicción que padece el historiador al apreciar valores y deméritos en la obra platónica.

Sostiene Robins que el Crátilo es una consecuencia y también el testimonio de la controversia entre naturaleza y convención, de tanta tradición en el pensamiento griego. Su efecto doctrinal fue una copiosa disquisición sobre la etimología entre los sofistas. “Esto trajo como consecuencia –señala Robins– que con toda seriedad se propusieran etimologías caprichosas, algunas de las cuales aparecen en el Crátilo de Platón” (p. 32). Aquí Robins aplaude la intención de Platón, que actúa “con toda seriedad”, si bien critica que carezcan de valor porque son “caprichosas”.

En definitiva, Robins aduce como balance los siguientes aspectos. Considera que, por una parte, es censurable que el debate no conduzca “a ninguna conclusión definitiva” (p. 28). Pero también valora como muy productivo el efecto de la discusión, en el sentido de que animara en su momento a estudiar la lengua. Al leer las palabras de Robins captamos el sentido de su juicio, tal como se expresa en este pasaje:

Al defender y criticar cada una de las posiciones de la argumentación, llegaron a examinar con más detalle las estructuras y los significados de las palabras y las pautas formales que estas mismas ofrecían. Es estos estudios reside el principio del más estricto análisis lingüístico. (Robins 11967:29)

De este modo Robins elogia el papel del diálogo en su influyente obra de 1967. Si expresamos su dictamen con la libertad de la analogía, cabría decir que el Crátilo es una luz incierta y engañosa en algunos de sus efectos. Pero tiene una función cenital y central sobre lo que considera una investigación lingüística relevante. El interés de esta interpretación es mayor si se contrasta con aquella tan lacónica que el mismo historiador daba en su obra anterior, la de 1951, Ancient and mediaeval gramatical theory in Europe. La comparación de estas dos interpretaciones es una ocasión singular para la historiografía. Pone de relieve el cambio de paradigma en muy poco tiempo –tres lustros– de un mismo autor, aquel que ha llegado a ser la referencia en historia de la lingüística. Muestra el paso del paradigma de la neogramática al del estructuralismo y ejemplifica un campo de estudio muy útil para el conocimiento de la doxografía histórica.

Leroy y el guión canónico

En un sentido similar al del segundo Robins, el de 1967, se había manifestado tres años antes Maurice Leroy (1964:15). Leroy es el autor de Les Grands Courants de la Linguistique Moderne, con la que se inicia la saga de obras de historia de la lingüística que nacen bajo el paradigma axiomático. Y ejerce una influencia notable ya que establece las líneas de interpretación del Crátilo. En efecto, es apropiado reconocer en el texto de Leroy el guión canónico que sigue la historiografía hasta los años noventa.[3] Para mostrarlo enunciamos los cinco rasgos y transcribimos un fragmento alusivo de Leroy.

a)    Tradición sofística del debate.- “La gran cuestión debatida entre los sofistas y los filósofos antiguos –que seguirá siendo de actualidad hasta la escolástica medieval– consiste en saber si el lenguaje ha sido creado por naturaleza o es resultado de una convención”.

b)    Naturalismo de Platón.- “Sabido es cómo Platón, cuyas preferencias, indudablemente se orientaban a la teoría de la justeza natural de las palabras, volvió a presentar, después de muchos otros, el problema en su Cratilo…”

c)    Virtuosismo expositivo y ausencia de conclusión.- Platón “expone con virtuosismo las tesis expuestas, guardándose, sin embargo, de llegar a una conclusión neta a favor de una o de la otra”.

d)    Dificultad interpretativa y sobrevaloración de las etimologías.- “Este diálogo, cuya interpretación a menudo ha parecido difícil, ha desconcertado a los modernos, que generalmente atribuyen demasiada importancia a la parte central, la que está dedicada a las etimologías.”

e)    Elogio y afinidad del estructuralismo.- “Lo importante debe buscarse en el principio y en la conclusión del diálogo: se encuentran allí, entrevistas si no esbozadas, algunas tesis (relación de significante y significado, arbitrariedad del signo, valor social del lenguaje) que son otras tantas posiciones esenciales de la lingüística contemporánea.” (Leroy 1974:15)

Estos cinco rasgos componen un guión que se asume en las obras posteriores al precursor Leroy. Aparece también en el manual de Robins, como se ha visto, si bien sus argumentos están diseminados en diversos pasajes del libro, lo cual dificulta la distinción de su unidad como discurso. En Leroy se lee todo ello de un modo inequívoco en un solo párrafo.

La tarea de los historiadores posteriores se cifra en la confirmación y la matización de la doxografía de Leroy. Hay que reconocer que algunos de sus puntos quedan intactos, como sucede con el primero y el segundo. Se admite la tradicionalidad del debate y se manifiesta que la justeza de las palabras forma parte del espíritu de la época. Pero no se indaga en las aportaciones de presocráticos y sofistas ni, lo que es más importante, en los fines de esa búsqueda relativos a la retórica. También se sugiere la sutil querencia de Platón por la naturalidad de las palabras, como un recurso débil o secundario para interpretar el sentido del debate. Esto es lo que afecta a los dos primeros rasgos, tradición cultural y naturalismo platónico.

El empeño de los historiadores se centra en los tres últimos rasgos, que son el virtuosismo expositivo, la interpretación y el valor de la obra. El resultado es desigual, porque donde más se aplican los lingüistas es en la capacidad expositiva de Platón. Se ocupan con entrega del detalle de la argumentación sobre la mímesis sonora o simbolismo fonético y sobre la etimología, pues en este campo los comentaristas se sienten en su exclusivo dominio. Además de R. H. Robins, al que ya hemos hecho mención, nos referimos a Milka Ivic (1965:17), Marc Baratain y Françoise Desbordes (1981:13-18), Even Hovdhaugen (1982:21-31), Jesús Tuson (1982:16-19), Max Figueroa (1987:24-32), Daniele Gambara (1989:79ss), Roy Harris y Talbot J. Taylor (1989:1-19), Bertil Malmberg (1991:57-65) y Vivien Law (2003:20).[4]

El lector halla extensas explicaciones sobre los razonamientos de Sócrates a propósito de los efectos de los sonidos y de las suposiciones sobre el origen de los nombres. No obstante este esfuerzo, el resultado es desconcertante. Es difícil justificar un volumen tan considerable de ejemplos como se aducen en el Crátilo para un balance tan incierto y limitado. Todos los comentaristas coinciden en el reconocimiento de una dificultad insalvable, a saber, que el sentido del diálogo es dudoso y problemático. Ello no es obstáculo para que la valoración sea positiva.

También coinciden los historiadores en la declaración de la obra como referente de la historia del pensamiento lingüístico. Al tratar de ella incluyen el diálogo platónico en el canon historiográfico. Más aún, ya que de manera expresa reconocen el interés de esa obra como la primera y sobresaliente discusión sobre el signo lingüístico.

En esta revisión hemos señalado las interpretaciones de los autores que han ejercido liderazgo en la historiografía lingüística, V. Thomsen, H. Arens, M. Leroy y R. H. Robins. Y hemos señalado su correspondencia con las etapas fundacional y axiomática. Pero el Crátilo no sólo ha sido objeto de estudio por parte de lingüistas, porque también y especialmente ha captado la atención de los filósofos.

La perspectiva filosófica

Antes de constituir un capítulo de la historia de la lingüística, el diálogo Cratilo ya había sido largamente objeto de estudio de la filosofía. El exégeta más famoso en la antigüedad es Proclo, el Diádoco, que impulsó en el siglo V la influyente escuela neoplatónica. No ha de extrañar que el Crátilo sea el motivo central de los estudios neoplatónicos. Vinculan esta obra a una postura teológica sobre el origen divino del lenguaje. El filósofo Proclo redactó al respecto unos escolios que han perdurado hasta nuestros días. Su texto se inicia con esta definición del tema del diálogo:

El objeto del Crátilo es mostrar la actividad fecunda de las almas en los últimos seres y la potencia asimiladora que muestran, una vez la han obtenido en esencia, a través de la corrección de los nombres. (Proclo, 1-5, p. 65)

Con sobreentendidos teológicos, en este preámbulo el redactor se refiere al alma como entidad eterna que tiene actividad temporal. Las palabras son el instrumento de mediación entre los dos mundos del alma, el eterno y el material de cada vida. Y la capacidad del alma es proyectar las formas intelectivas en la materia y cooperar en la demiurgia universal de la divinidad (Ritoré 1992:27). En consecuencia, aduce Proclo, el objeto del Crátilo es examinar las propiedades manifiestas en los nombres de las cosas.

La pervivencia de Proclo es merecida. Su exégesis del diálogo platónico tiene diversas virtudes. Enseña los principios de la interpretación textual[5]. Muestra cómo conciliar el pensamiento platónico y el aristotélico de manera práctica. Y también facilita el uso de las etimologías a los gramáticos y dialécticos de la época, dos tipos de especialista que frecuentan el Crátilo.

Mucho más cerca de nuestro tiempo, la obra de Steinthal (1863) es una referencia fundamental en el siglo XIX. Como es sabido, el interés de los filósofos por el Cratilo ha continuado hasta la actualidad con un vigor inusitado. Es elocuente a este respecto el inventario de H. Cherniss (1959:75-9) de las monografías sobre el diálogo platónico aparecidas a mediados del siglo XX. Pues bien, Cherniss reseña treinta y cuatro estudios de primer orden, que se publicaron en revistas y colecciones de filosofía entre los años 1950 y 1957. [6]

Esta abundante producción es congruente con diversidad de puntos de vista entre los investigadores. Y proclama que el debate sobre el sentido del diálogo es apasionante porque sigue abierto. No obstante, si tomamos en consideración obras a partir del último cuarto de siglo (Weingartner 1973, Li 1979, Soulez 1991, Barney 2001, Dixsaut 2003), cabe apreciar unos puntos en común muy significativos.

a) El lenguaje como problema

Crátilo no es el único diálogo que trata del lenguaje. Pero sí es el único que lo considera como problema para el conocimiento.

b) El tema del debate excede el lenguaje

El lenguaje o, más concretamente, la naturaleza de las palabras no es el motivo de la discusión. Si bien este asunto aparece en primer plano, resulta un recurso para plantear cuestiones sobre el conocimiento y sobre la realidad. La obra responde, pues, a un tema anfibio o no declarado.

c) La unidad de los diálogos

La lectura e interpretación de Crátilo no se agota en el propio diálogo. Hay necesariamente una unidad entre los diálogos, que está determinada por la época de la escritura –probablemente la primera, en el caso de Crátilo– y por las soluciones que se aducen. La fortaleza de la tesis de la unidad se manifiesta, por un lado, en la incertidumbre que arroja una interpretación aislada y, por el otro, en el pensamiento de Platón como un ciclo que se expresa en obras concatenadas.

Estos son los tres puntos de acuerdo entre los historiadores de la filosofía. Sin embargo ello no evita otras cuestiones controvertidas. De la cuarentena de diálogos de Platón, ¿cuáles son los que forman con Crátilo una unidad doctrinal? Por la época de redacción, Crátilo se incluye entre los escritos de transición de la juventud a la madurez. Si en la primera se ha ocupado de temas de ética, en esta otra trata del conocimiento como recuerdo o reminiscencia y de la filosofía del lenguaje. Se suele atribuir a esa época Gorgias, Eutidemo o Crátilo, entre otros títulos.

Pero los historiógrafos difieren no sólo en la adscripción de las obras a cada una de las cuatro épocas, sino también en la vinculación de otros diálogos al Crátilo[7]. Hagamos mención aquí a las contribuciones al debate que han formulado M. Dixsaut, R. Weingartner y A. Soulez. Para Monique Dixsaut (2003:52-62) la continuidad de éste se halla en el Eutidemo, un diálogo de la misma época y de un sentido también ambiguo que trata de las aporías del lenguaje. Eutidemo es una crítica de la erística o arte sofístico del debate como arma de imposición de una postura.

Para Rudolph Weingartner (1973) es fundamental la tesis de la unidad de los diálogos platónicos, un principio que declara en el propio título de su libro: “The Unity of the Platonic Dialogue”. Y aún añade en el subtítulo las obras que considera solidarias: Crátilo, Protágoras y Parménides. La intención de Weingartner es descubrir los efectos de la teatralidad del diálogo en tres obras disimilares. Su exposición no se atiene a una afinidad temática sino a un proceso de creación doctrinal. En el Crátilo los personajes debaten sobre el lenguaje, en Protágoras tratan de la virtud y en Parménides de la teoría del conocimiento.

Antonia Soulez es la autora de La grammaire philosophique chez Platon (1991), una de las obras más sugestivas desde nuestro punto de vista. Se aparta de las discusiones sobre la retórica y el discurso, para centrarse en los aspectos formales del lenguaje. Y analiza con detalle dos diálogos, el Crátilo y el Sofista, que vincula de manera irrefutable. Para Soulez estas obras fundan una teoría del lenguaje. Con el Crátilo Platón desmantela la hipótesis de la mímesis o naturalidad de las palabras y cierra la vía de la exploración de las palabras. Y con el Sofista aporta una semántica del enunciado que sitúa el debate en las categorías lógicas.

El programa de Platón

Los lingüistas suelen estar advertidos de las interpretaciones que se forman los filósofos sobre el diálogo de Platón. Sin duda reconocen en el análisis de los filósofos la grandeza de su perspectiva, que resulta extensa y específica y que está proporcionada a la figura y la producción de Platón. No obstante, este magisterio historiográfico resulta tan amplio y copioso que supera los propósitos de la lingüística y llega a parecer poco significativo. A esta dificultad se ha de añadir una paradoja y un dilema.

La paradoja es la siguiente. La tesis de los filósofos es que el Crátilo no tiene por objeto discutir sobre el lenguaje sino sobre la dialéctica y sus herramientas, entre las cuales no se incluye la designación de las cosas sino la atribución o formación de juicios. Ello contradice la interpretación canónica en la lingüística, que toma el diálogo por una discusión literal sobre el tema que explícitamente plantean los protagonistas. Queda en entredicho, por lo tanto, el interés de la lingüística por esta página de su historia.

Ahora bien, si se acepta esta postura en la lingüística, se debe escoger entre dos opciones. Cabe prescindir del diálogo y suprimir así este capítulo tradicional en su historiografía. Se reconocería así que el Crátilo es un mito. También se puede introducir un giro en el análisis lingüístico al asumir el procedimiento contextual de la filosofía. El análisis contextual comporta en este caso reconocer la unidad de los diálogos platónicos y examinar con cuidado el trasfondo histórico de la sofística. Y en ello consiste el dilema, que plantea un escenario difícil pues cualquiera de las opciones comporta un cambio grande de orientación.

En la historiografía lingüística no se ha expresado aún de manera clara esta situación paradójica. No obstante, cabe distinguir cambios sutiles y significativos en las etapas recientes. Los historiadores de los años sesenta y setenta consideraban que el Crátilo era una obra desconcertante, por ambigua y contradictoria. Pero también la calificaban de plenamente acertada por el enfoque del problema del lenguaje y su relación con la realidad. A los elogios de esta etapa axiomática ha seguido otra que reconoce en el Crátilo un papel parcial. Cubre una parte de la argumentación platónica, que continúa en otros de sus textos.

El cambio consiste en considerar no ya el diálogo sino el repertorio platónico del que forma parte. Pero la perspectiva del contexto de Crátilo ha progresado poco en la Lingüística. En la mayoría de los casos se limita a la remisión a otros diálogos. Marc Baratain y Françoise Desbordes (1981:17-8) y Even Hovdhauguen (1982:21-4) incluyen en el ciclo temático los diálogos el El sofista y Teeteo. Max Figueroa (1987:30) añade a éstos el título del Filebo. Y Daniele Gambara (1989:87) propone los diálogos del Filebo y Fedro. El programa de Platón sobre el lenguaje y el pensamiento es amplio e interdisciplinar. Y el repertorio que confeccionan los historiadores varía según la perspectiva que aplican. Con ello se perfila de nuevo un horizonte abierto, que resulta difícil de acotar e imposible de recorrer en una historia general.

La solución que adoptan otros historiadores se sitúa en un punto intermedio. Declinan señalar el contexto doctrinal del Crátilo, para soslayar comentarios que habrían de ser por fuerza breves e insatisfactorios. Y optan por relacionar el interés y el sentido del Crátilo con la filosofía de Platón. Un ejemplo de ello es el tratamiento de Vivien Law de la cuestión. El epígrafe que lo desarrolla es significativo, “Plato: language as a route to reality”, puesto que destaca la figura del filósofo en vez del diálogo. La conclusión con que Law (2003:23) cierra esta sección es inequívoca sobre el escaso papel de la rectitud de los nombres en la búsqueda del conocimiento:

The dialogue is thus fundamentally about an epistemological problem and only secondarily about a linguistic one. ‘How do we reach the truth?’ is the basic question which runs through much of Plato’s thought. In the Cratylus he investigates the claim that language has truth encoded in the very words. Having dismissed that claim as only partially true, Plato goes on to search for other sources of knowledge.

Law corrobora que la rectitud de los nombres tiene aquí un papel secundario en la búsqueda del conocimiento. Y acaba el párrafo con una sentencia taxativa: “Language no longer interests him”, refiriéndose a Platón. Si está en lo cierto como parece, ¿por qué le dedicó el filósofo tanto espacio? Para responder este interrogante recogemos la escueta y certera explicación del Weingartner (1973:8), con la que presenta precisamente la tesis de su monografía.

I attempt to show that the Cratylus has a philosophic theme of considerable importance to Plato’s thought. Hermogenes and Cratylus maintain theories of naming which, were they sound, would make dialectic impossible.

La función del diálogo es congruente con la mayéutica socrática. Así, el programa de Platón consta de dos fases argumentativas. La inicial es de crítica o refutación de ideas mal concebidas –por ejemplo, la idoneidad del lenguaje como medio de conocimiento– y el consiguiente despiece de un modelo de pensamiento. A esta estrategia argumentativa se refiere Soulez (1991:36) e identifica el diálogo Crátilo como el que opera en la primera fase:

Le Cratyle lui-même est un dialogue-étape qui s’inscrit dans une stratégie argumentative qui le dépasse. Comme tel, il fait l’épreuve d’une insuffisance logique, il s’offre comme le terrain sur lequel s’expérimente l’inadéquation du modèle de la ressemblance appliquée au langage.

Para agotar el debate y desestimar la cuestión del lenguaje, el diálogo plantea una conclusión inesperada. Como sostiene Dixsaut (2003:51), “la conclusion du Cratyle est qu’il faut partir des choses et non pas des noms”. El modelo platónico concibe la realidad como una correspondencia entre las cosas y las esencias inteligibles. Y extrae dos consecuencias. Es posible el conocimiento de las cosas sin los nombres pero no sin logos. Y el conocimiento de la realidad permite conocer luego la realidad de los nombres. “C’est pourquoi –añade Dixsaut– il faut non seulement partir des choses (et non des images ou des mots) mais comprendre que seul le savoir de la chose –savoir élaboré par le discours rationnel– permet d’apprécier la rectitude de l’image, donc la justesse des noms.”

A una conclusión similar a la de la filósofa llegó Coseriu. Y la expresó con admirable sencillez (1977, nota 11, p. 23):

El Crátilo de Platón elimina, por lo demás, la tesis del νόμω (como también la tesis del φύσει); el auténtico resultado de este diálogo es que el problema del lenguaje no puede ser planteado desde el punto de vista causal.

Como señala Coseriu, la naturalidad o convencionalidad del signo lingüístico resulta irrelevante para el enunciado científico de Platón. El lenguaje es, en consecuencia, un instrumento diacrítico que faculta para distinguir las cosas, pero que no permite comprenderlas directamente.

Acaba finalmente el diálogo entre Hermógenes, Crátilo y Sócrates. Los personajes se despiden y se cierra sí una confusa discusión. Y a pesar de las dificultades para interpretarlo el diálogo tiene un sentido cierto. En El sofista Platón inicia la segunda fase del programa epistemológico. La clave del conocimiento no son los nombres sino el discurso. La verdad no se ha de buscar en la propiedad de los nombre sino en el movimiento de la frase. El logos permite un ejercicio de interrogación y de respuesta, de indagación sobre la realidad y el ser. Hablar con verdad no es denominar justamente sino operar la atribución apropiada. No es pulsar el léxico sino la sintaxis. No es disputar sobre opiniones ni frecuentar la erística, sino tratar del ser mediante la ciencia de la dialéctica.

El instrumento de la epistemología es la atribución y la predicación. Mediante El sofista Platón desdeña la discusión sobre el signo lingüístico. Y con Teeteo imprime un giro hacia la lógica de las categorías. De la realidad se puede predicar que es o no es, que resulta parecida o diferente, que está en reposo o en movimiento y que es única o múltiple. Tal es el camino que abren estos diálogos críticos, ya en la última época de Platón. Ello sucede después de que el Crátilo haya mostrado la imposibilidad de emplear las palabras como una prueba directa de la naturaleza de las cosas. La discusión sobre el signo lingüístico –un legado de la sofística– no ha podido ocupar el lugar de la filosofía y la lógica. Y el programa de Platón queda de este modo completado.

El legado platónico frente al presocrático

La historia del pensamiento distingue de un modo claro entre antes y después de Sócrates. Lo hace con los términos que designan las eras socrática y presocrática. Y lo hace especialmente con la doxografía o la interpretación de la tradición. Platón es la gran figura de corte en el tiempo histórico y el filósofo mejor conocido de la antigüedad griega. La razón de la continua transmisión de Platón se explica por la adhesión doctrinal de las escuelas neoplatónicas y de la patrística cristiana (Dixsaut 2003:14). Proclo, el destacado neoplatónico, tomó el Crátilo como punto cardinal del pensamiento platónico. Su exégesis impulsó la recepción del diálogo como discurso teológico. Y la cadena de transmisión ha perdurado hasta la fundación de la historia de la lingüística en 1902 por V. Tjomsen.

Retrocediendo en el tiempo, cabe anotar que un primer apunte sobre la naturaleza de la lengua ya aparece en Homero. Y precisamente el Crátilo incluye una referencia a los versos homéricos, que atribuyen el uso de denominaciones distintas a los dioses y a los hombres. En las palabras del poeta se lee la creencia en el origen divino del lenguaje. Entre la tradición homérica y el diálogo de Platón se desarrolla el prodigio de la escuela sofística. Los sofistas lograron renovar de raíz la filosofía y de situar el estudio del ser humano en el centro de su proyecto. Una consecuencia de ello fue el interés por el lenguaje y la contribución de la retórica y los estudios gramaticales. Se ocuparon de los recursos persuasivos y los géneros discursivos, así como de problemas lingüísticos sobre la recta dicción y la exactitud de los nombres. Protágoras, Pródico e Hipias, entre otros, fueron precursores de trabajos sobre gramática y etimología, con los fundaron un movimiento de reflexión sobre el lenguaje. La sofística tuvo efectos contradictorios, porque exhibió la fragilidad del discurso y, al tiempo, proclamó la utilidad del metalenguaje de la retórica para perseguir su rectitud.

La crítica de Platón a sus coetáneos fue frontal. Juzgó el sentido de la sofística como un repliegue, una clausura en torno al discurso. Vituperó una filosofía empequeñecida por intereses en el léxico y la sintaxis, en los argumentos verosímiles y espectaculares, en las apelaciones a relatos y las pulsiones emotivas. Y en ese punto intervino la escritura platónica con el diálogo Crátilo para remover la filosofía del lenguaje.

Se tiene este mítico diálogo de Crátilo como uno de los de más difícil interpretación de la producción de Platón. Las tesis naturalista y convencionalista están perfiladas con claridad. Y la extensa exposición de ejemplos sugiere el aprecio de Platón por la etimología. Pero el tono ambiguo y moderadamente humorístico de Sócrates sugiere al lector moderno que Platón está desacreditando la vía del lenguaje para el conocimiento de la realidad.

En la antigüedad se entendió el debate de Crátilo en su literalidad. También se ha entendido así en buena parte de los estudios de lingüística. La historiografía lingüística pugna por superar el anacronismo de su lectura aislada y literal. La dificultad estriba en que Platón es el autor del mito fundacional de la historia de la lingüística. El capítulo de Crátilo en los manuales satisface la aspiración de contar con la contribución del filósofo más influyente de todos los tiempos. Y permite establecer una línea divisoria entre las fuentes literarias de la antigüedad y la reflexión filosófica, entre mito y logos.

Una muestra clara del patrón temporal de la historiografía se halla en Foundations of Western Linguistics, de E. Hovdhaugen (1982). Tras la presentación del manual y un capítulo sobre Babilonia y los hititas, se abre el capítulo de arranque, “Where it all started”. Trata de Grecia y se inicia con la figura de Platón (cap. 3, p. 19-31). La sección sobre Platón comienza con una concesión, “Of course Greek linguistics didn’t start with Plato”, que Hovdhaugen expresa para referirse de un modo fugaz a la cultura fenicia. Y concluye la sección con la confirmación del relevante papel de Platón en la historia de la lingüística.

Plato would hardly have labeled himself a linguist and should probably not be regarded as a linguist. Yet he deserves the ample space I have given him in a history of linguistic. Through his writings we get the first glimpse of the very foundations of our discipline and also the first formulations of problems that have been in the focus of linguists ever since. (1982:31)

Según Hovdhaugen, Platón es el auténtico fundador de la lingüística. Tuvo el acierto de plantear cuestiones que han mantenido su vigencia hasta la actualidad. Y la piedra angular de su contribución es, sin duda, el Crátilo.

Se ha vinculado el debate cratiliano a la teoría del signo lingüístico, la Grecia clásica al estructuralismo, la tradición filosófica al paradigma de la lingüística axiomática. Se ha acogido y celebrado el legado platónico, sin atender a su contexto ni propósito. Sin embargo, su valía es patente. Se halla en la unidad de los diálogos y en la ironía del programa platónico. Esta complejidad deslumbra porque excede el ámbito del lenguaje y porque oscurece y eclipsa el legado de los contemporáneos de Platón.

 

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[1] Un antecedente de la historia de la lingüística se halla en el libro de Heymann Steinthal, Geschichte der Sprachwissenschaft bei den Griechen und Römern mit besonderer Rücksicht auf die Logik. Aporta un estudio filosófico y gramatical de las fuentes de la antigüedad clásica. Trata con detalle, a lo largo de más de setecientas páginas, de las contribuciones de los sofistas, Platón, Aristóteles, los estoicos y la gramática de los alejandrinos. Y el diálogo Crátilo es una parte substancial del estudio (p. 39-110), con la particularidad de que considera su sentido también en la continuación del debate en otros diálogos, como El sofista, Protágoras y Gorgias.

[2] A título de ejemplo de estas influencias digamos que se hace eco de la obra de Chomsky sobre la lingüística cartesiana, que acaba de aparecer un año antes de la publicación de A short History of Linguistics. Y en consecuencia introduce comentarios sobre la gramática de Port-Royal al final del capítulo sobre el Renacimiento y el siglo XVII, como si se tratara de una revisión reciente, paresurada del manuscrito (c 5, p. 124-9).

[3] Maurice Leroy desarrolla con detalle su interpretación del Crátilo en un escrito posterior y monográfico, “Etimologie et linguistique chez Platon” (Butlletin de la clase de lettres, 1966, 14, p. 121-152).

[4] Un caso singular es el del lingüista Eugenio Coseriu, que en dos obras muy próximas en el tiempo orilla la cuestión. En concreto, no trata de Crátilo en Die Geschichte der Sprachphilosophie von der Antike bis zur Gegenwart : eine Übersicht (1972). Y se refiere de un modo incidental en Tradición y novedad en la ciencia del lenguaje: estudios de historia de la lingüística (1977, nota 11, p. 23), donde establece que “el Crátilo de Platón elimina la tesis del νόμω como también la tesis del φύσει”. Conviene añadir que, consideradas estas obras en su conjunto, suponen unas aportaciones extraordinarias tanto por la novedad de su visión como por la escasa influencia en la doctrina historiográfica.

[5] Son muy interesantes los consejos de Proclo para realizar una exégesis provechosa, tal como resume Ritoré (1992:26): unidad y no multiplicidad de temas, elección del más general frente al más particular, elección de un tema que abarque el diálogo completo y no una parte, exactitud y precisión en su formulación, preferencia por el tema más elevado, necesidad de que concuerde con la doctrina del diálogo, rechazo de un mero criticismo negativo y desterrar como criterio la materia dramática, entre otras normas. Estas propuestas siguen vigentes para la historiografía lingüística.

[6] Un antecedente de la recopilación bibliográfica se halla en la obra de H. Kirchner, Die verschiedenen Auflassungen des platonischen Dialogs “Kratylus” (Prog. Brieg, 1891-1901).

[7] Es usual distinguir las siguientes cuatro etapas. La de juventud se ocupa de la figura socrática y la ética. La etapa de transición desarrolla la teoría de la reminiscencia y del lenguaje. En la madurez el filósofo escribe sobre la teoría del conocimiento y los mitos. Y la cuarta y última etapa es la crítica o de revisión de las teorías precedentes y la inclusión del pensamiento político.