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Madre mía, que estás en los infiernos, de Carmen Jiménez
(“Nuevos tiempos”, Editorial Siruela,
Madrid, 2008, pp. 78-79)
III
Cuando
conocí a Reinaldo yo tenía treinta años y él cuarenta y cuatro. En aquellos
tiempos era todavía coronel y yo trabajaba como maestra en
Él
pasó con su jeep y me vio leyendo en
el patio de mi abuela. Estaba haciendo tiempo antes de ir a buscar a mi hijo
Rubén a la escuela. Parqueó enfrente, junto a la casa de doña América, una
vecina aficionada al trago a la que, según mami, no
convenía dar la espalda nunca. Trabajaba para el ejército. Su oficio consistía
en hacer la comida, lavar y planchar la ropa del comandante de turno. Su
beneficio, en chismearles las murmuraciones que circulaban por el campamento y
oficiar de celestina para ellos. Transcurridos apenas diez minutos desde la
llegada del coronel, la doña vino en mi busca.
-Oye,
Adela. Ven, que el coronel te quiere conocer. Es simpático, cachondo, guapo… Un
machazo –me tentó con alcahuetería.
-¿Qué
vaya a conocerle yo? Si el que quiere conocerme es él, que venga él –contesté
tan resuelta que la celestina, aficionada a réplicas y contrarréplicas, se
marchó sin rechistar.
Reinaldo
avanzó erguido, con tranchos resueltos. Reconozco que era un tipazo de hombre.
Muy alto. Pelo crespo muy corto. No era guapo, pero
tenía una presencia imponente. Demasiado, quizá. Puede que su enorme fortaleza
física me alertara sobre mi propia menudencia, aunque nunca me han achicado los
hombres grandes. Todo lo contrario. Siempre me han gustado especialmente. Pero
había algo en él que me desasosegaba. Su mirada de percutor. Ese porte, propio
de los militares de carrera, de persona acostumbrada al mando. No lo sé.
Saludó
educado y me dijo, con voz bien calibrada, que estaba en Coa
de puesto. No conocía a nadie y le gustaría tener amigos, aunque de lejos se
adivinaba que su interés era más carnal que amistoso. Años después me confesó
que doña América le había informado de que yo era una viudita y que, por tanto,
muy probadamente me mostraría propicia a sus requerimientos. Esperaba una
conquista fácil y se encontró con una mujer difícil. Sé que no es un hombre
acostumbrado a que nadie tuerza sus deseos y que, lejos de desalentarlo, mi
indiferencia a sus galanteos lo espoleó.
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