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DE ALGUNOS DE MIS ENCUENTROS CON LOS LIBROS DE AZORÍN1
Francisco Torres Monreal
(Universidad de
Murcia)
A José
Mª Bustamante, José Martínez Cano, Cayetano Ros, J. Antonio Fernández, P. Rabadán y Alfonso Gil, compañeros de
aquellos años de colegio, en los que tanto hablamos de Azorín y de Virgilio…
Buenas
tardes. Ante todo, gracias muy cordiales a Asunción y a cuantos aquí estáis
reunidos para escucharme. Empezaré, mis queridos amigos, al modo de los viejos
escolásticos, con la obligada explicatio
terminorum. Es decir, antes de entrar en materia, aclararé el sentido que
le doy al término encuentros de modo
que, andando la charla, no nos desviemos por caminos distintos de los que aquí
indico, aunque el diccionario los admita.
Explico:
-
En su sentido etimológico (lat. in contra), encuentro indica
la dirección –in -hacia-, preposición que implica voluntad
y dinamismo; y contra –enfrente-. Acercarse
a algo o a alguien que está enfrente de nosotros, o frente a nosotros. La
proxémica analiza la distancia o la proximidad afectivas entre dos seres en
razón de la distancia o proximidad físicas entre ellos. Cuando se produce el
contacto físico a ese encuentro lo calificamos de íntimo.
-
Según la física cuántica, tenemos que: a) todo es poroso,
todo está lleno de vacíos. No sólo entre un ser y otro, sino en el interior de
un mismo ser. En éste, las partículas más pequeñas, la molécula y sus átomos, están
llenas de vacíos. b) Estos vacíos posibilitan el paso, el viaje de partículas
en el interior de la molécula; y los viajes de las partículas por los espacios
de otros cuerpos. c) Virtualmente, estos viajes son infinitos, si tenemos en
cuenta que a las tres dimensiones espaciales que conocemos (de derecha a
izquierda, de arriba abajo, de delante hacia atrás) y a la dimensión tiempo -después de Einstein-, la física
cuántica añade siete nuevas dimensiones o vías para los viajes que, de momento,
yo al menos, no alcanzo a concebir.
-
Aplicando estas
consideraciones a nuestro tema podemos decir: a) que entre un lector y un texto
–de Azorín, en este caso- se pueden producir muchos y variados encuentros que
pueden ir desde un encuentro académico-crítico al encuentro amoroso, personal,
subjetivo –esta tarde, abandonaré los encuentros que he ido siguiendo en estos
años, en los que, entre la obra y mi yo mediaba un aparato o método de
análisis, estructuralista, literario, lingüístico, semiótico; b) estos viajes
son posibles porque el texto es poroso y el lector, de no negarse al encuentro,
también lo es. Colocados en la dimensión tiempo, tanto los textos como los
lectores, con tener una permanencia en sí, son diversos, cambiantes y
transformables. c) De esto es fácil deducir que el número de lecturas de un
mismo texto es ilimitada. Y no sólo porque el número potencial de lectores del
mismo sea ilimitado, sino porque cada uno de nosotros, en razón de estos viajes
constantes de las partículas que nos van cambiando, según tiempos y lugares,
puede generar un número ilimitado de lecturas de un “mismo” texto. El texto,
como el lector, son objetos indeterminados. e) Por último –y esto es lo más
maravilloso- en el encuentro, un objeto
modifica al otro alterando incluso su disposición atómica –química-. Los
divulgadores de la física cuántica nos ponen el ejemplo del químico japonés que
analiza el agua, antes y después de ser vista por un monje budista. El sabio
japonés concluye, con pruebas científicas, que la figura molecular del agua
cambia ante la mirada del monje. ¿Os parece increíble? Pues no lo es en modo
alguno. Si observamos el encuentro amoroso, íntimo, llegaremos a la misma
conclusión: en este encuentro se modifica el comportamiento químico y físico de
los dos amantes. ¿No es así?
No faltan los que afirman que Azorín, con pasar su tiempo
en los libros, se olvidó de vivir. O no supo vivir. Él mismo parece corroborar
este aserto en alguna ocasión, particularmente en dos de sus obras más amargas,
Diario de un enfermo y La isla sin aurora. Yo quiero esta tarde
exponer mis matizaciones. Si la lectura constituye en Azorín un acto amoroso,
un encuentro vital, la conclusión es obvia: la lectura es vida, del mismo modo
que la meditación que provoca y la escritura con la que alterna. ¿Sería mucho
decir que en la lectura está el germen de una concepción erótica; que la
meditación subsiguiente puede representar la gestación en la que se intensifica
el intercambio molecular y que, finalmente, en la escritura, cuando ésta
ocurre, asistimos al acto de alumbramiento de un nuevo ser? Quizá este símil,
en el caso de Azorín, no resulte tan odioso. Claro está que Azorín, en los
libros, se las vio con vidas que contrastaban con sus opciones vitales. Esto
pudo engendrar en él un desgarro entre el deseo y su realidad. La lectura y la
escritura compensaron esas otras vidas que él quiso tener, ese hijo que deseó y
no se hizo realidad. Pero no es Azorín un caso aparte. ¿Acaso nosotros no hemos
sentido alguna vez la insatisfacción por no haber vivido intensamente una
experiencia vital, o por no haber tenido más experiencias de vida en ésta que
nos ha tocado en la gran lotería del destino?
Ambos se estaban inter-cambiando,
en el sentido etimológico del término. Cabe preguntarse: pero ¿quién es este
Azorín lector? Glosando su propia fórmula, Ortega habría podido responder:
Azorín es Azorín y su circunstancia. Y aplicándola al lector en general
podríamos decir: el lector es el lector y su circunstancia. No quiero olvidar
que, hoy, aquí, he de hablar de mis
encuentros con Azorín. En este caso, y considerando que la ecuación orteguiana -yo soy yo y mi circunstancia- es matemáticamente
es incorrecta, podríamos cambiarla por: yo
soy yo en mi circunstancia. Como me interesa ese momento en el que lector
se encuentra con el texto, y no teniendo cerca de mí a un lector más próximo
que a mí mismo, hablaré de algunos de mis encuentros con Azorín. Cuando se me
ocurrió el título de esta charla no pude llegar a sospechar adónde me llevaría
este recorrido. Entrado ya en su redacción me asustaron inicialmente los
riesgos personales que implicaba. Pronto me dije: Adelante, a tu edad ya va
siendo hora de abandonar pudores, prejuicios y falsas modestias. Si no, más
vale no desenfundar la pluma.
*
* *
¿Cómo
viví yo aquellas lecturas primeras de los textos de Azorín? ¿Cómo he vuelto hoy
a aquellos mismos textos? Para responder a la primera pregunta, he de
remontarme a mis circunstancias. A 1957. Estaba yo interno en el colegio
seráfico de las Maravillas que los franciscanos tienen en la bellísima ciudad
de Cehegín. El colegio era, lo sigue siendo, una inmenso inmueble, de color
amarillo. La planta baja estaba ocupada por el refectorio y otras dependencias
colindantes. El primer piso, por el convento de los frailes. En él había una
antigua biblioteca, dando a un patio interior húmedo y lóbrego. En la biblioteca
abundaban los libros encuadernados, algunos con pastas de pergamino. Completaban
este piso los corredores y las celdas de los Padres y hermanos legos. En el
piso superior, estaba nuestro colegio. Había en él dos grandes salones. Estudiábamos
en ellos unos ciento cincuenta niños. Se encontraban igualmente en él dos
grandes dormitorios corridos, los lavabos y otros servicios, así como el
oratorio, en el que oíamos la misa todas las mañanas y nos reunían los frailes
para la meditación y la lectura espiritual. Todas estas dependencias estaban
comunicadas por un largo pasillo en el que estaba prohibido hablar y correr. Por
las ventanas del colegio se columbraba un hermoso paisaje: el huerto del
colegio en primer lugar; luego, tras las tapias del mismo, la vega verde y olorosa,
la vía férrea y la estación; y, más allá, el río Quípar lamiendo una barrera de
montes poblados de pinos entre los que destacaba, aislado de grandeza, el monte
que del río tomaba su nombre, el monte Quípar. A su derecha, un macizo
imponente de piedra rosada, sin árboles: la Peña Rubia.
Habréis
observado que hablo en pasado, porque Cehegín me ata al pasado. Redactando
estas impresiones, se diría incluso que se ha esfumado el largo paréntesis que
me separa de aquellas vivencias ya lejanas. Reaparecen, persistentes en mi
memoria, recuerdos agridulces. En la balanza de mi vida, no obstante, pesan más
los recuerdos gratos que, en buena medida, moldearon mi ser y determinaron mis elecciones
posteriores.
En el colegio había otra biblioteca,
más reducida que la del convento, en la que abundaban los libros de literatura
junto con los libros de texto. En nuestros recreos y paseos, los compañeros solíamos
comentar nuestras impresiones sobre los autores que andábamos leyendo: Dante,
Julio Verne, –a Virgilio, Horacio y Cicerón los traducíamos en clase de latín;
a Homero y Jenofonte, en clase de griego-, Santa Teresa, San Juan de
Un
buen día, tenía yo entre doce y trece años, leí en una antología literaria un
relato de unas diez páginas. El relato, que llevaba por título “Una ciudad y un
balcón”, estaba sacado del libro Castilla,
de Azorín. Y éste fue mi primer encuentro con sus escritos. Debo deciros
que salí de él deslumbrado. Pero no fue Castilla,
en su totalidad, el primer libro que leí de Azorín. Por ello
comentaré el relato “Una ciudad y un balcón” un poco más tarde, para no
separarlo de Castilla.
* * *
Días
después, encontré en la biblioteca del colegio otro libro: Las confesiones de un pequeño filósofo. Confesiones. ¿Qué podía yo
entender por confesiones, al margen de la práctica por la que decíamos nuestras
culpas a un ministro de Dios? Yo sabía que dos grandes Confesiones habían precedido a estas leves confesiones. Las de San
Agustín, gran pecador y luego padre de la Iglesia y, siglos más tarde, las de
Rousseau, padre del Emilio y de la nueva pedagogía. Afortunadamente, aquella
palabra grandilocuente, que sugería relatos de escándalo y perdón, de denuestos
y condenas, Azorín la aminoró con la expansión… de un pequeño filósofo. Me he preguntado más tarde por qué Azorín
sólo “confesó” aquellos años. Yo mismo, más tarde, me he dado la respuesta a la
que considero una pregunta inútil: cualquier escritura que invada los dominios
de lo poético es, sin lugar a dudas, una confesión.
Lo
leí varias veces, lo recomendé a mis compañeros de clase, anoté en un cuaderno
frases, giros y palabras con el sentido que tenían en el Diccionario de la Real
Academia de la Lengua. He de aclarar que, durante las largas horas de estudio
en el salón, nos estaba permitido levantarnos para ir a la mesa del padre
vigilante a consultar uno de los gruesos diccionarios de la Academia que había
en ella. En este libro, Azorín recuerda sus años de colegial con los escolapios
de Yecla. En cierto modo, mi entusiasmo por aquel libro podía explicarse
fácilmente: yo, pequeño colegial del colegio de los franciscanos de Cehegín, me
estaba reconociendo en aquel pequeño
filósofo, es decir, en aquel niño del colegio de escolapios de Yecla. Nuestras
partículas se intercambiaban en continuos viajes. Había circunstancias que nos
asemejaban y otras que nos distanciaban, debidas estas últimas a la época, a
nuestra extracción social, a las profesiones de nuestros padres, a la finalidad
de nuestros estudios. Así, mientras Azorín empezó sus estudios en el colegio a
los ocho años, y hacía el viaje de Monóvar a Yecla en carro, yo, a la edad de
once años, tomé mi primer tren desde Ribera de Molina a Cehegín; mientras el
padre de Azorín era un rico terrateniente, mi padre era un carpintero de aldea;
mientras el padre de Azorín cotizaba para hacer de él en un futuro un flamante
abogado, mi padre me dejó ir a Cehegín porque no había que pagar nada y porque,
siendo como era muy religioso, prefería que yo fuese un día misionero. A
nuestros respectivos padres se les torcieron los planes. Pero estas
diferencias, que yo recuerde, no eran lo que más importaba. Debí pasarlas por
alto. A mí me identificaba con el pequeño Azorín mi amor por la lectura, a la
que yo unía el teatro; mi firme decisión de ser escritor (en Cehegín escribí
relatos, poemas, comentarios y varias comedias y tragedias); me entusiasmaba,
como al niño Azorín, mirar dilatadamente, acodado a las ventanas del salón de
estudio, la vega de Cehegín, con el
monte Quípar y la Peña Rubia al fondo; mi afecto por la naturaleza, que se
acrecentaría sin duda por el ambiente franciscano que respirábamos en el
colegio… Como Azorín, podría hacer aquí también una galería de retratos de los
profesores que nos daban clase. Azorín tiene simpatía por todos ellos, aunque
no duda en poner en lo más alto al P. Lasarde, el sabio arqueólogo que frecuentará más tarde en Madrid en
conversaciones dilatadas.
En Las
confesiones de un pequeño filósofo cuenta Azorín cómo, pasados los años, y
desobedeciendo una voz interior, volvió un día al colegio de Yecla:
No he podido resistir al deseo de visitar
el colegio en que transcurrió mi niñez. “No entres por esos claustros –me decía
una voz interior-, vas a destruirte una ilusión consoladora. Los sitios en que
se deslizaron nuestros primeros años no se deben volver a ver; así conservamos
engrandecidos los recuerdos de cosas que en la realidad son insignificantes”.
Como el pequeño filósofo de nuestro
libro, yo también me había vedado la vuelta al colegio de Cehegín. Una vez
infringí este propósito, en una visita programada con antiguos alumnos, y de
ello me arrepiento. Se me amontonaron en tropel mil recuerdos de la que yo
considero mi segunda infancia-adolescencia. Lo que yo tenía por grande,
inmenso, se me apareció pequeño, reducido. Recorrí con otros compañeros una a
una las distintas estancias. “¿Te acuerdas aquí…? ¿y aquí… aquel día?, ¿y aquí,
cuando…?” En la celda del P. inspector encontramos un viejo cuaderno. Había en
sus cuadrículas una serie de anotaciones, al lado de nombres y fechas, en las
que se indicaban las compras que hacíamos los sábados por la noche, el coste,
el haber y el debe de cada uno de mis compañeros. Encontré allí mi nombre y
apellidos: F. Torres M., un par de zapatillas, veinte pesetas… Miré a mis
compañeros. En sus rostros se alzaba la sorpresa, el escalofrío y, detrás del
aparente regocijo por el hallazgo, se dibujaba una nube de tristeza. Perdí la
noción del tiempo. Había sido abolido el paréntesis que me separaba de aquel
cuaderno y, de él se había alzado un niño-púber; y el pasillo se alargó
desmesuradamente; y los techos se elevaron con sus enormes vigas de madera…y todo
recobró las dimensiones archivadas en el recuerdo.
Tomé
la decisión de no volver al colegio en tanto no me fuera absolutamente
necesario. Poco después, prometí no pisar tampoco la ciudad. Volveré a Cehegín
y a su entorno el día en que me decida a poner por escrito los recuerdos de
aquellos años en el colegio de las Maravillas. No quiero que la frecuentación
debilite la fuerza emocional, quizá hasta peligrosa para mi equilibrio
sentimental, que requiero para recrear, revivir mejor, aquellos años. Tengo la
convicción de que la memoria, y particularmente la memoria de lo remoto, es uno
de los grandes motores de la escritura poética. Los recuerdos no nos aportan
sólo la cara anecdótica de lo sucedido. Vuelven revividos de percepciones y
sensaciones fundidas, de melodías, imágenes, afectos y rechazos. De abrirles
las puertas, se te meterán en lo más hondo; podrán ensancharte o encogerte el
pecho, poblarte de risas o de llanto el alma.
Durante estos días, preparando las
notas que tengo ante mí ahora, he tomado de nuevo en mis manos Las confesiones de un pequeño filósofo.
Y he de confesaros algo que os parecerá increíble: su relectura me retraía a
aquella primera lectura, tan lejana, y al niño que ahora volvía con ella. Sentí
el olor del papel, el tacto de las hojas, y mi memoria se pobló
de olores de
frutas
de cimas
coronadas de cruces y de estrellas
de vasos de latón
de pasillos
vigilados por fantasmas
de fuentes entre
las peñas de los montes
de fotos en
pantalón corto y guardapolvos azul
de brazos en cruz
y rodillas castigadas
de escrúpulos
horribles en el alma
de desagravios y
temores
de ensayos
polifónicos al ritmo de terribles palmetazos
de hojas
prensadas en el libro de ciencias naturales
de grandes
amistades temerosas de devenir particulares
de paseos y
paseos deliciosos entre pinos y frutales
de tómbolas en
navidad y ruidos de tinieblas entrado el viernes santo
de paseos con
olor a tomillo, a cantueso y a cáñamo embalsado
de voces blancas,
de decenas y centenares de voces atipladas
de recitales de
poemas antológicos
de actos
literarios en el gran salón
de pupitres
amarillos con la tapa negra
en su interior
mezclados
con los libros y cuadernos
alacranes
en frascos con alcohol
un
álbum de sellos
peros
olorosos de Cehegín
gomas
de almendros
de ensayos y
funciones de teatro
de primeros
versos imitando a Lope y a Fray Luis
de la alegría por
una ecuación bien planteada
de églogas de
Virgilio, catilinarias y odas
horacianas,
beatus ille qui procul negotiis
del Ars Latina, del método Perrier avez-vous
bien compris, monsieur?
de matemáticas
Cenzano
de textos
Edelvives semper vivas imprimatur
de los primeros
brotes del instinto sexual reprimido cuidado en este tema no hay faltas veniales
de juegos de
damas y ajedrez
de partidas de
frontón golpeaba las conjugaciones latinas la pelota
de liguillas de
fútbol
de misas y rosarios
y novenas
de lecturas y
lecturas y lecturas
de clases
alternadas con horas de estudio interminables
de Beethoven los
domingos en discos de carbón y gramófonos de manivela
de nocturnos de
Chopin en la pianola
de paseos
dilatados por los montes
de relatos de
misiones…
Si alguno de vosotros ha vivido varios
años, como yo, interno en un colegio religioso, y lee lentamente este libro,
comprenderá lo que aquí vengo diciendo. Pero sigamos con estos encuentros.
* * *
Tras Las confesiones de un pequeño filósofo,
di con Castilla, de donde procedía el
primer relato “Una ciudad y un balcón” que, como he dicho, me dejó deslumbrado.
Leí este relato, lo saboreé con gran deleite. Comuniqué a mis compañeros mi
hallazgo y sus bondades. No creo que les contagiara excesivamente mi fervor.
Admitían que si Azorín salía en nuestro libro de literatura, y si
“Una
ciudad y un balcón” va encabezado por una
cita de Garcilaso: No me podrán
quitar el dolorido / sentir. Está dividido este relato en tres partes y un
párrafo final, a modo de epílogo. Partes y epílogo están separados por unos asteriscos.
En Azorín, estos asteriscos suelen indicarnos, como en el teatro, que ha pasado
un tiempo considerable –años, quizá siglos- entre lo que acabamos de leer y lo
que nos espera en la parte siguiente. En la primera parte, vemos a un caballero
que sube a la torre de la catedral de una ciudad. No detalla el narrador el
nombre de la ciudad. Yo pensé, desde el primer momento, que esta ciudad podría ser Toledo. Pero, como de Toledo sólo
tenía vagas referencias, con Toledo fundía la imagen de Cehegín y de su entorno
que veía desde el salón de estudio del colegio. El caballero enfoca su catalejo
sobre la ciudad, la huerta que la rodea, el río, y los montes al fondo. A la
descripción de cuanto ve nuestro caballero añade el narrador, en cada una de
las partes, un paréntesis que da cuenta del momento histórico.
En la primera parte, el paréntesis nos aclara: Se ha descubierto un nuevo mundo… Se
multiplican en las ciudades de Europa las imprentas… La antigüedad clásica ha
renacido; Platón y Virgilio han vuelto al mundo…
La segunda parte la sitúa a finales del s. XVIII: una tremenda revolución ha llenado de
espanto al mundo; millares de hombres han sido guillotinados; han subido al
cadalso un rey y una reina…
En la tercera, más cercana de nosotros, especifica: Todo el planeta está cubierto de una red de
vías férreas…De nación a nación se puede transmitir la voz humana… En extraños
aparatos se remonta el hombre por los cielos…
Pero,
¿cómo se opera el tránsito de una época a otra y, con él, se vuelve a la
descripción del paisaje y sus alteraciones? El artificio es variado en los
relatos de Azorín. Puede hacerlo, como en el teatro épico, con frases como
éstas: han pasado tantos años; o
estamos ahora en el año de gracia de...; o nuestro
amigo tiene ahora veinte años más… En el relato que aquí evoco, el narrador
nos dice sencillamente que el catalejo del caballero se ha empañado: Le sucede algo al catalejo con que estábamos
observando la ciudad y su campiña. No se divisa nada; indudablemente se ha
empañado el cristal. Limpiémosle. Y cuando lo limpia y vuelve a mirar por él,
el caballero advierte algunos cambios en la ciudad y su entorno. Todo, lugares
y objetos, sigue en su sitio. Pero todo, lugares y objetos, ha acusado el paso
del tiempo. Curiosamente, en aquel primer encuentro con el texto, comprendí que
el caballero era el mismo en los tres partes, pese a que cinco siglos mediasen
entre la primera y la última. Por lo que hace a los cambios que se describen,
siempre he recordado el de la aparición, por las laderas lejanas, de un cortejo
humano. Vean cómo lo cuenta en cada parte:
En la
primera: …sobre unos lomazos redondos, ha
aparecido una manchita negra; se remueve, levanta una tenue polvareda, avanza.
Un tropel de escuderos, lacayos y pajes es, que acompaña a un noble
señor…Vienen todos a la ciudad; bajan ahora las colinas y entran en la vega…
En la
segunda: Allá, por aquellas lomas
redondas que se recortan en el cielo azul,… ha aparecido una manchita negra; se
remueve, avanza, levanta una nubecilla de polvo. Un coche enorme, pesado,
ruidoso, es; todos los días, a esta hora, surge en aquellas colinas, desciende
En la
tercera: De pronto aparece en el costado
de las lomas una manchita negra: se mueve, adelanta rápidamente, va dejando un
largo manchón de humo. Ya avanza por la vega. Ahora vemos un extraño carro de
hierro con una chimenea que arroja una espesa humareda, y detrás de él una
hilera de cajones negros con ventanitas…
Leí los otros relatos de Castilla. ¿Por qué, en aquel momento, me
atrajeron tanto estos relatos? ¿Por qué me siguen atrayendo en la actualidad?
Probablemente por las mismas razones que entonces no sabía explicar con
precisión crítica. Castilla condensa,
en ejemplos modélicos, las afinidades estéticas de Azorín. Destacaría, entre
otras: su peculiar meditación sobre el tiempo; su curiosidad perceptiva y la
hondura de la sensación que le sigue; la implicación del autor en el relato,
hecho que le confiere un carácter marcadamente poético; la vivencia del paisaje
habitado por la historia o la leyenda; sus famosas recreaciones de relatos clásicos. Cada uno de estos puntos se
podría desarrollar en una o varias charlas como ésta. Permitidme sólo unas
palabras sobre alguno de estos puntos.
Sería injusto si dijera que Azorín es
un lector de libros en exclusiva. Lo es también, entre otras lecturas más, de
los paisajes. Su encuentro con el paisaje corre a par de su encuentro con los
libros. Lo primero es el acercamiento. Incluso la inmersión en el paisaje, que
este sea urbano, un pueblo, una vieja ciudad; o natural, una llanura, una
montaña. Tras esto, hay que dejar que el pensamiento se calme y dé paso a los
intercambios de partículas; que el viaje nos haga entrar en el paisaje. Abrir
los poros para que el paisaje entre en nosotros y nos habite. Dejar ahora que
las partículas recorran la dimensión temporal. Que partículas del pasado viajen
hasta el presente y viceversa. Que el paisaje se pueble con las figuras de la
historia o de la leyenda que en otro tiempo lo recorrieron. Sentir
profundamente el paisaje vivificado por la historia. O por la leyenda, más verdadera aún que la
historia. Sentir así la presencia de Don Quijote y Sancho al recorrer la
Mancha; encontrarnos con Celestina en las tenerías de Toledo; ver el polvo de
las huestes de mío Cid por los campos de Castilla; escuchar, en la quietud de
la tarde, el canto de los viejos juglares...
Pasemos del paisaje a los personajes de
los relatos literarios. Algunos de ellos cobran especial relieve. El autor
siente por ellos un afecto muy peculiar. Tanto, a veces, que Azorín no acepta
las soluciones dadas por el autor clásico y propone las suyas propias,
añadiéndoles nuevas andanzas, por su cuenta y riesgo. La crítica da el nombre
de recreaciones a estas adiciones. Es este un fenómeno que no debería
molestarnos a los lectores de literatura del pasado. Cabe interpretarlo como un
juego cariñoso. Confesemos, por lo demás, que los finales que proponen los
autores son muchas veces decepcionantes. Nos gustaría, también a nosotros
enmendarlos. ¿Por qué, por poner sólo este ejemplo, Cervantes hace morir a Don
Quijote renegando de sus magníficas y generosas locuras y hasta de la misma
Dulcinea? Azorín suele atreverse con las obras más veneradas de nuestra
literatura. En Castilla, me llamaron
especialmente la atención dos de estas recreaciones. Llevan por título La fragancia del vaso y Las nubes. La primera nos da cuenta a su
modo de la novela ejemplar de Cervantes, La
ilustre fregona. Cervantes nos narra la historia de Costancica, dejada a
pocos días de nacer en el Mesón del Sevillano, de Toledo. Creció allí
Costancica, a la que los mesoneros querían como si fueran sus padres; resistió
allí todos los requiebros sin dejarse vencer por ellos. Todos sabemos cómo al
final, en la novela ejemplar, aparece por el mesón su padre, D. Tomás de
Avendaño, y cómo Costancica se marcha a Salamanca con él y con un hijo de éste
que la pretendía en el mesón. Ahí acaba el relato cervantino. Azorín retoma en
ese punto la historia, mencionando su origen:
Han pasado veinticinco años. La historia
la cuenta Cervantes en “La ilustre fregona”. Quince años tenía Costanza cuando
salió del mesón; cuarenta tiene ahora. Dos hijos le han nacido del matrimonio…
En el
relato azoriniano, Costanza, después de veinticinco años ausente de Toledo,
quiso volver al mesón del Sevillano. Leamos:
Costanza
ha penetrado en el patio (del mesón); su primera impresión ha sido
profundamente extraña: todo es más reducido y más mezquino de lo que ella veía
con los ojos del espíritu. Nadie la conoce en la casa ni nadie la recuerda.
Ninguna criada ni mozo alguno de los que en su tiempo servían, permanece en el
mesón.
- ¿Qué se hizo de la Argüello? –pregunta
Costanza.
Es la única persona, entre la antigua
servidumbre, de quien los nuevos dueños pueden dar razón. Cuando Costanza vivía
en la posada, tenía
Platicando
estaba Costanza con el mesonero y su mujer, cuando ha penetrado lentamente por
el zaguán una vieja encorvada, apoyada en un palo, vestida con unas tocas
negras. Camina esta viejecita a tientas, dando con el cayado en el suelo,
extendiendo de cuando en cuando la mano izquierda.
- Venid acá, madre –le ha dicho la
mesonera cogiéndola de la mano--. ¿Acordaisos de Costancica, la que servía en
el mesón hace veinticinco años?
La viejecita no entendía nada. Ha
repetido a gritos su pregunta la mesonera.
- ¿Eh, eh? ¿Constancia dice vuestra merced?
- Cierto, cierto, Costancica. Agora ha
llegado…
La vieja no comprendía nada; al cabo de
un rato de vanos esfuerzos, se ha marchado tan lentamente como ha venido,
apoyada en su palo.
Este
final nostálgico nos deja tristemente ensoñadores. No hay tragedia en este
reencuentro. Sí un poco de nostalgia decepcionada, de velada pesadumbre. Vienen
luego los tres asteriscos que preceden al epílogo. En éste volveremos a
hallarnos con algunas recurrencias típicas de los finales de estos relatos, con
esas largas y espaciadas campanadas, por ejemplo, que vagan por la campiña
castellana como venidas de lugares y tiempos ya lejanos. Unas frases sentenciosas
cierran la recreación, a modo de moraleja. En La fragancia del vaso, éstas son las frases:
… Si hemos pasado en nuestra mocedad unos
días venturosos –en los que lo
imprevisto y lo pintoresco nos encantaban- será inútil que queramos tornarlos a
vivir. Del pasado dichoso sólo podemos conservar el recuerdo; es decir, la
fragancia del vaso.
Otro relato detuvo especialmente mi
lectura en el libro Castilla, “Las
nubes”. Azorín hace su recreación sobre La
Celestina de Rojas. Como sabemos todos, los amores de Calisto y Melibea
acabaron en tragedia. No se casaron ni vivieron
felices como al lector le habría gustado. Particularmente, a mí siempre me
ha indignado esa muerte tan tonta, tan poco heroica, de Calisto: se le enredó
la escala al subir la tapia del huerto de Celestina, cayó al suelo y de allí se
lo llevaron camino de la muerte. Azorín rompe ese final, suprime las tragedias y,
haciéndonos a los lectores un guiño de connivencia un tanto socarrona, arranca
su recreación del modo que sigue:
Como ya sabrá el lector, si ha leído “La
Celestina”, Calisto y Melibea se casaron a pocos días de ser descubiertas las
rebozadas entrevistas que tenían en el jardín. Hace de esto dieciocho años.
Veintitrés tenía entonces Calisto. Viven ahora marido y mujer en la casa
solariega de Melibea; una hija les nació que lleva, como su abuela, el nombre
de Alisa.
En la escenificación Ver pasar, que vamos a ver a
continuación de esta charla, adapto la recreación que leemos en Las nubes. Le añado el personaje del
Juglar, que me sirve para enlazar escenas y diálogos, con Azorín y con Calisto,
y rememorar el viejo romancero; inserto algún texto de La voluntad, de La Celestina,
o de Machado y le añado algunos diálogos de mi propia cosecha. Creo que soy
fiel al espíritu azoriniano al intentar hacer ver en escena a los personajes
(el juglar, Celestina, Calisto, Alisa, hija de éste y de Melibea, y al propio
Azorín) saliendo de los libros, surgidos, como en los sueños, de las lecturas
de Azorín.
Pero de Castilla me llamaron
poderosamente la atención sus ritmos, sus retornos de todo tipo. Estudié más
tarde estos ritmos en mi primer estudio crítico universitario, publicado en el
volumen de homenaje al profesor Mariano Baquero Goyanes (universidad de Murcia,
1974). Mi artículo llevaba por titulo “Las
nubes” de Azorín: un ejemplo de arquitectura narrativa. El lector que
recorra con un mínimo de atención las páginas de Castilla observará, a lo largo de su recorrido, cómo una y otra vez
vuelven por sus páginas figuras y temas. Entre las figuras vuelven los
hidalgos, los talleres de diferentes oficios, los mesones, los jardines, las
rosas y cipreses, casi siempre hermanados… Entre los temas, vuelven las
reflexiones sobre el tiempo, la fugacidad de la existencia compensada con el
retorno de los seres y las cosas, la melancolía se diría que deleitosa y
desolada del vivir… Estas reiteraciones de figuras conforman el ritmo del libro. Como quizá hayáis ya
sospechado, para mí el ritmo es algo más que el retorno acentual. Esta
apreciación tradicional, sólo ampliada hace unos años, me pareció siempre muy
empobrecedora. El ritmo sobrepasa lo fonético, lo léxico y lo sintáctico. Sobrepasa
la lingüística y la semántica. Hay que hablar abiertamente de los ritmos
textuales, del ritmo de una obra literaria. Sin quedarse ahí. El ritmo puede
pasar de una obra a otra. Podemos encontrar las figuras y temas azorinianos en
muchas de sus obras. Sin quedarse ahí. El ritmo conforma el arte. No habrá
texto literario sin ritmo. Pero tampoco sin ritmo habrá pintura, ni música, ni
danza, ni obra de teatro, ni película que pretenda un mínimo grado de
artisticidad… Sin quedarse tampoco ahí. Si observamos la naturaleza, incluso
minimizándola al verla como un texto analizable, comprobaríamos que todo en
ella es ritmo. Conceptúo la naturaleza como el lugar de encuentro del amor y de
la vida. Todo, en la vida y en el amor, es ritmo, es decir, retorno creador:
hacerse, deshacerse, volver a hacerse. No de modo idéntico. Sería muy monótono
y dejaría por ello de interesarnos. Retornos alterados, si se quiere, pero
retornos. El artista, y Azorín lo es y con mucho, participará del ritmo de la
naturaleza, entrará en ella. A su modo. Sin anular las peculiaridades que lo
individualizan y hacen que su estilo y su obra se distingan, dentro de la
literatura en español, de todos los demás estilos y obras de esta
inconmensurable literatura. No de otro modo es posible considerar las
divagaciones de Castilla.
De entre las representaciones plásticas
españolas, hay una figura que podría ejemplificar el ser castellano: El caballero de la mano en el pecho, del
Greco. Azorín, que vuelve sobre este caballero en su obra, le dio la réplica, a
mi entender, con el que yo llamaría su hombre
de la mano en la mejilla. Azorín toma esta expresión del Arcipreste de
Hita. Esta figura de la mano en la
mejilla tematiza el ver pasar y ver volver, el ritmo en la historia, en el vivir
diario. Tematiza la meditación reflexiva. Y lo hace con nostalgia, con
melancolía, con dolorido sentir, con
resignación, con un cierto relativismo esperanzado. Esta figura del hombre de la mano en la mejilla es
intemporal, puede ver ocurrir aconteceres que caben en una vida de hombre. Pero
puede también presenciar el devenir de las cosas en varios siglos; o participar
en varias historias alejadas en el tiempo y el espacio; o ver la vida humana,
en el planeta tierra, desde el ritmo estelar de las esferas insondables. Para
mí, aquí reside la razón profunda que explica luego los ritmos de la escritura
del maestro Azorín, trasunto él mismo de su hombre
de la mano en la mejilla.
Limitándonos a Castilla, y procediendo de las unidades mayores a las menores, podemos
ver este ritmo, ante todo, en la que yo conceptuaría como su construcción arquitectónica de sus relatos.
En el encadenamiento, en las incrustaciones, en la simetría de sus partes. En
“Las nubes”, éstas se constituyen en figura y símbolo del relato. La reflexión
sobre las nubes, colocada en el centro del mismo, se anuncia en el título y
reaparece en el final. Calificaría este ritmo de arquitectónico cardiobraquial, por tener su fuente en
el centro o corazón del relato y extenderse por los brazos del mismo. A un lado
y otro del cuerpo central del relato, conformado por las nubes, dos historias: la de Calisto y Melibea a un lado
(antes), la de Alisa y el Mancebo a otro (después). Dos historias semejantes
aunque con figuras distintas. Como las nubes, siempre las mismas y siempre
distintas. Retorno y alteración que lo hace perceptible. Al “repetirse” las
secuencias mayores, nada tiene de extraño ahora que nos encontremos en ellas
con las mismas figuras del espacio, cipreses, fuente, jardín, rosas; nada
extraño que vuelva el relato al solejar donde medita Calisto, que vuelvan las
golondrinas (¿reflejo inconsciente de Bécquer?)… Y al retornar estas figuras y
motivos, nada de extraño tiene que vuelvan idénticas o parecidas construcciones
lingüísticas: estructuras sintagmáticas o frásticas, sonoridades…
Añadiré,
a título ilustrativo, que Castilla se
publicó en 1912. Pocos meses después de su aparición, Castilla hizo meditar a un gran poeta castellano, D. Antonio
Machado. Imagino que Azorín debió dedicarle a su amigo Machado Castilla el año de su publicación. Agradecido
y jubiloso, D. Antonio escribió dos largos poemas dedicados a Azorín por su libro Castilla. Los incluyó en un
libro que venía componiendo por esas fechas y que saldrá a la luz en 1917. Todos
sabéis a qué libro de Machado me estoy refiriendo. A… Campos de Castilla. Su lectura, a finales de aquellos años
cincuenta, fue para mí otra revelación. Si la crítica no me echara sus perros,
me atrevería a decir que, a veces, en la maravillosa y sencilla prosa
machadiana, me parece ver las huellas de Azorín. Entre los poemas que yo
prefiero del libro de Machado está el que ahora me ocupará un momento. Lo
escribió el poeta en plena emoción por la lectura de Castilla de Azorín. En este poema, Machado pasea su mirada atenta
por los personajes, profesiones, paisajes, habla y de decires de
Con este libro de melancolía
toda Castilla a mi rincón me llega;
Castilla la gentil y la bravía,
la parda y la manchega […]
Castilla visionaria y soñolienta
de llanuras, viñedos y molinos […]
Castilla –hidalgos de semblante enjuto,
rudos jaques y orondos bodegueros ..]
mendigos rezadores,
y frailes pordioseros, […]
¡Oh jardín de cipreses y rosales,
donde Calisto ensimismado piensa
que tornan con las nubes inmortales
las mismas olas de la mar inmensa!
Y este hoy que mira a ayer; y este mañana
Que nacerá tan viejo!
¡Y esta alma de Azorín y esta alma mía
que está viendo pasar, bajo la frente,
de España la inmensa galería […]
Basta, Azorín, yo creo
En el alma sutil de tu Castilla […]
Desde un pueblo que ayuna y se divierte,
Ora y eructa, desde un pueblo impío
Que juega al mus, de espaldas a la muerte,
Creo en la libertad y en la esperanza,
Y en una fe que nace
Cuando se busca a Dios y no se alcanza,
Y en el Dios que se lleva y que se hace […]
No tengo que añadir que, entre el texto
de Azorín y lectura por Machado, los viajes de partículas han sido múltiples.
En el poema vemos la Castilla de Azorín, pero vemos igualmente las tensiones y
efusiones machadianas.
* * *
En el verano de 1957, durante el mes de
vacaciones que los alumnos pasábamos en nuestros pueblos, yo volví a Ribera de
Molina. Un día fui a Murcia. En la librería, ya desaparecida, de la Plaza de
Romea, en un anaquel de la colección Austral, busqué los libros de Azorín.
Alcancé el único título azoriniano que allí había, Pueblo. Lo hojée, leí su aclaración genérica, novela
de los que sufren y trabajan, y lo compré por diecisiete pesetas. Empecé a
leerlo. Su estilo, extremadamente entrecortado, de notaciones brevísimas, de enunciados
mínimos, muchas veces sin verbo, me
producía una extrañeza inexplicable. ¿Desilusión? Sí, era evidente. Pero,
claro, no podía volver yo al colegio decepcionado. Tenía que seguir
argumentando ante mis compañeros a favor de Azorín y de su estilo. Y lo hice
con fervor y convencimiento. Estábamos ante un estilo inusitado, de un
atrevimiento sin límites, rompedor con las normas, mínimo. En él se nos da
cuenta del paso del tiempo, como en Castilla,
pero no a través del paisaje poblado por la historia o la leyenda. No. Ahora,
el arte de Azorín nos hace ver la vida, el pasar del tiempo y de los
acontecimientos, por unos simples objetos caseros: una silla de pino, un vaso,
una taza, una mesilla de noche, una carta, un baúl, una sencilla lámpara, una
ventana... El escritor liga a esos objetos unas vidas anónimas, sencillas,
olvidadas de la historia. Por ellos se
desliza el tiempo, como antes lo hiciera por los paisajes de Castilla. Ningún
libro como éste se merece el elogio Azorín
o los primores de lo vulgar, que Ortega y Gasset le hiciera a los escritos
del maestro. El libro empieza con un capítulo titulado El mundo, que sirve de marco a todos los objetos siderales. Todos
en él son pequeños comparados con la inmensidad que los envuelve. ¿Qué es la
tierra, entonces, para que en ella aniden las animadversiones, las fronteras y
las guerras? ¿Por qué el dinero marca los rangos, las separaciones entre los
humanos, haciendo que unos se huelguen y mientras otros penan? Todo es relativo
en este espacio sideral a cuya contemplación deberíamos sentir lo ridículo de
nuestras ansiedades y ambiciones, de nuestras negativas al encuentro fraterno
con los seres y las cosas todas. Todo es mínimo. La grandeza está en el
encuentro gozoso y generoso. También en sabernos inconstantes y, no obstante,
formar parte activa de este cosmos del que procedemos, por el que paseamos esta
vida efímera que nos da forma e individualiza. La forma que desaparecerá pronto
para liberar nuestra materia y disponerla para nuevos encuentros. Con estas
palabras inicia Azorín Pueblo:
El éter; el éter,
delgado, sutilísimo, impalpable; el éter que nos figuramos azul de día; de
noche, negro, intensamente negro. El éter que llena la inmensidad. En la
inmensidad, un puntito como una avellana; como un grano de mostaza; como una
cabeza de alfiler. En el día, entre el éter azul; en la noche, entre el éter
negro. Rodando por los espacios infinitos. Hacernos la ilusión de que vemos a
nuestro planeta desde lejos; desde una lejanía remotísima; confundido entre
millares y millares de puntitos brillantes. Nosotros, en la noche, sentados no
sabemos dónde; por la inmensidad del puntito refulgente de nuestro mundo.
Perderse este puntito entre otros millares de lucecitas brilladoras; no saber
ahora dónde está; no poder encontrarlo. La angustia de vivir, nosotros, en esa
cabecita de alfiler y estar lejos de ella; la sensación de tiempo y de
eternidad a la vez.
Pero
volvamos a mi lectura ahora revivida. ¿Cómo defender este libro ante mis
compañeros de colegio? Pensé que lo mejor era mostrarse desafiante, provocativo
incluso. Estábamos en un colegio de franciscanos y yo me atreví a decir que
Azorín era un escritor de las cosas menores,
o mejor, mínimas. Me atreví a decir que Azorín era un autor franciscano. La
indignación de mis compañeros, ante este aserto, subió de grado. Yo me crecí. “Sí,
les repliqué, incluso más franciscano que el propio Francisco de Asís. Este
amaba a los seres animados. Al sol, a la luna, a los animales, a las plantas. Los
llamaba hermanos. De acuerdo. Pero Azorín comunica vida, ternura, incluso a los
objetos más vulgares, a todo lo inanimado por el hecho de haber sido testigo de
vidas humildes, postergadas, sufridoras de la historia. Esos objetos contienen
esas vidas, están presentes en ellos”. Andando el tiempo, he llegado a
afirmarme en este franciscanismo de Azorín. Más tarde, he comprobado que él
mismo lo reivindica para algunos de sus trasuntos y de sus estados de ánimo.
Pueblo
es un ejemplo de escritura desconstructivista. De lengua desmembrada, como
hemos visto en la cita anterior. Autonomía de las substancias, de los nombres.
Imperio de la nominalización. Solos así los nombres, para encontrarse con otros
nombres; para reunirse; para compenetrarse; para auxiliarse. Desmembraciones y
reuniones: Madera; esparto; madera y
esparto. Travesaños; respaldar; asiento. Una silla baja… ¿Hubo en Azorín
influencia de la objetualidad futurista que él conocía directamente y a través
de Gómez de la Serna? ¿Se proponía escapar de la dictadura que la frase impone
a los signos, centrando y controlando su significación, pero limitando todas
sus virtualidades significativas? Algo puede haber de eso. En cualquier caso,
Azorín estaba profundizando, llevando a sus extremos el precepto que él mismo
se imponía de decir una cosa después de
otra. El propósito de huir de la escritura que coloca desmedidamente una cosa dentro de otra. Entre estos últimos
ejemplos está Proust, sobrado de elogios y escaso de lectores. Comparemos esta
cita de Proust con lo que ya he traído aquí anteriormente de Azorín. Así
escribe Proust:
Una crisis de uremia de no mucha gravedad
era la causa de que le prescribiesen reposo. Pero habiendo escrito un crítico
que en la Vista de Delft de Ver Meer
(prestado por el museo de La Haya para una exposición holandesa), cuadro que él
adoraba y creía conocer muy bien, un reducido paño de pared amarilla (que él no
recordaba) estaba tan bien pintado que era, si bien se miraba, como una
preciosa obra de arte chino, de una belleza que se bastaría a sí misma,
Bergotte comió unas patatas, salió y entró en la exposición.
En aquellos años, busqué por todas
partes escritos del maestro. En el convento, los frailes estaban suscritos al ABC. Recuerdo
que me escapaba de la misa para consultar el periódico. A los números atrasados
les arrancaba las páginas que traían artículos escritos por él, muchas veces, en
la famosa tercera; o las noticias o reseñas críticas sobre su vida o su obra.
Así conocí, en nombre y foto, a nuestro amigo y crítico azoriniano D. Santiago
Riopérez y Milá, con el que conversaremos la semana próxima.
Años después, lejos ya del colegio y de
mis sueños religiosos, durante mi primer curso en la Facultad de Letras de
Murcia, ponderé a mis compañeros, y sobre todo a mis compañeras, los libros de
Azorín. Y elogié, recomendé, di a leer, regalé Pueblo. Todos conocían mi fervor por el Maestro. Un buen día, una
de mis compañeras se me acercó al entrar por el claustro de Derecho. ¿Te has enterado ya? -¿De qué? –Ha muerto Azorín. Me volví a
casa y escribí un artículo para la prensa que titulé: “Al maestro Azorín, amigo
de las cosas pequeñas”. Azorín murió el 2 de marzo de 1967. La Verdad de Murcia publicó mi artículo
días más tarde, el 12 del mismo mes. Fue mi primer escrito para la prensa.
Puedo decir que Pueblo es la obra que más he frecuentado hasta este día. De todos
los libros de Azorín es este el que yo prefiero. En 1998, se publicaron en
Murcia las Actas del Congreso internacional Azorín
en el primer milenio de la lengua castellana, en cuya programación y
realización colaboré con mi amigo Estanislao Ramón Trives. Publiqué, en esta
ocasión, unas notas de mi taller sobre la escritura azoriniana tituladas
“Relato dramático y aproximaciones dramatúrgicas”. Me basé especialmente en el
relato “Silla”, de Pueblo. Pero
volvamos a los primeros encuentros.
* * *
En el colegio de Cehegín, un año
después, el profesor de literatura nos explicó Teoría de estilo, de Martín Alonso. Martín Alonso nos ofrece en él una
serie de consejos para iniciarnos en la escritura. Yo asocio estas clases con
la lectura de otro libro del Maestro, Un
pueblecito. Riofrío de Avila, que cayó por aquel entonces en mis manos. En su inicio, Azorín nos cuenta cómo
un buen día adquirió un libro, en la cuesta Moyano de Madrid, escrito por uno
de esos simpáticos curas que, como en Cervantes, aparecen por sus obras. El
cura de Riofrío se llama D. Jacinto Bejarano Galavis y Nidos. Y Azorín va
glosando los capítulos de la obra de Bejarano Galavis y Nidos a lo largo de Un Pueblecito. De este libro me llamó
poderosamente la atención el capítulo IV titulado “Teoría del estilo”, que
Azorín divide en cuatro partes. Imagino la sorpresa y la alegría de Azorín al
descubrir a alguien que piensa como él en materia de escritura. He aquí una de
esas glosas al libro del cura Bejarano en el primer epígrafe de este capítulo,
“La nieve y el agua”:
¿Cómo escribirá nuestro Bejarano Galavis
y Nidos? ¿En ese estilo barroco, recargado, vacuo que encontramos en los
eclesiásticos del siglo XVIII, o en el truculento, empedrado de vocablos
extraños, muchos de ellos traídos a redropelo, en que se expresa Torres
Villarroel? Está muy lejos Bejarano de Torres Villarroel –que él conoce- y de los eclesiásticos “elegantes”
del siglo XVIII. ¿Qué cómo ha de ser el estilo? Pues el estilo… mirad la
blancura de esa nieve de las montañas, tan suave, tan nítida; mirad la
transparencia del agua de este regato de la montaña, tan límpida, tan diáfana.
El estilo es eso; el estilo no es nada. El estilo es escribir de tal modo que
quien lea piense: Esto no es nada. Que
piense: Esto lo hago yo. Y que sin
embargo no pueda hacer eso tan sencillo –quien así lo crea-; y que eso que no
es nada, sea lo más difícil, lo más trabajoso, lo más complicado.
En el segundo epígrafe, titulado
“Derechamente a las cosas”, Azorín cita y comenta al simpático cura:
“La claridad –dice nuestro autor- es la
primera calidad del estilo. No hablamos sino para darnos a entender. El estilo
es claro si lleva al instante al oyente a las cosas, sin detenerle en las
palabras”
Y un
poco después: Si el estilo explica
fielmente y con propiedad lo que se siente, es bueno. Azorín apostilla: Lo difícil, lo supremo, es explicar de ese
modo lo que se siente.
Estas explicaciones me ayudaron mucho
en mis debates a favor de Azorín con mis compañeros de colegio. Uno de ellos me
venía repitiendo la frase de Ortega, la
claridad es la cortesía del filósofo. Con ello quería decirme que las
teorías más difíciles, los conceptos más abstractos se pueden entender si uno
los explica con nitidez. Pero, proseguía mi compañero, no es esa la claridad
azoriniana de la que me hablas, ya que cuanto cuenta o dice Azorín es sencillo
y claro de entender de por sí: es fácil de expresar con claridad lo que ya es
claro. No podía yo estar de acuerdo en todo con él, aunque admitía su
interpretación de Ortega. Por ello le preguntaba: ¿crees que es sencillo
expresar el sentimiento por las cosas? ¿No es una abstracción el sentimiento?
¿Crees que es fácil contagiar el sentimiento a los lectores? Subrayemos la
apostilla de Azorín: lo que se siente.
Interpretando ahora su interpretación de Bejarano, deduciríamos que el buen
escritor no es sólo el que dice lo que percibe, lo que ve, sino aquel que sabe
expresar, y comunicar a sus lectores, lo que se siente.
En el epígrafe siguiente, “Estilo
obscuro, pensamiento obscuro”, nuestro escritor se pregunta por la esencia del
estilo, o del estilo sencillo: La
sencillez, la dificilísima sencillez, es una cuestión de método. Haced lo
siguiente y habréis alcanzado de un golpe el gran estilo: colocad una cosa
después de otra. … “Las cosas deben
colocarse –dice Bejarano- según el orden en que se piensan, y darles la debida
extensión”. Mas la dificultad está… en
pensar bien. El estilo no es voluntario. El estilo es una resultante fisiológica.
Repetidas veces, a lo largo de sus escritos, Azorín ha repetido la conocida
máxima del naturalista francés Buffon: El
estilo es el hombre. La frases anteriores, “el estilo no es voluntario”,
“el estilo es una resultante fisiológica” son la glosa tanto al cura Bejarano
como al francés Buffon. Atrevida afirmación, que yo interpretaría del modo
siguiente: lo fisiológico concierne a nuestro cuerpo, a nuestra constitución
física, a nuestro estado de salud, a la fortaleza o debilidad de nuestros
nervios y músculos, a nuestros humores –que tanto subrayaban los antiguos-. En
buena medida, nuestro temperamento, nuestro estado de ánimo y de ánima,
nuestras pasiones, dependen de nuestra disposición fisiológica. Luego el estilo es una
resultante fisiológica. En definitiva, otro tipo de encuentro.
Comprenderéis que a alguien como yo,
que también abrigaba la ilusión de dedicarme a la crítica y a la enseñanza de
la literatura, este capítulo de Un
pueblecito le resultase tan sugerente. Siempre he pensado que muchas páginas
de Azorín están escritas ante las cosas. Que el escritor parte de lo
directamente percibido y vivido. En este sentido, quiero interpretar también su
precepto ir derechamente a las cosas.
Como el pintor que coge los pinceles y sale al campo para pintar directamente
del natural. Por ello me sorprende que no haya querido Azorín dar cumplimiento
al deseo que le venía insistente durante la lectura y glosa del libro de
Bejarano: el deseo de ir a conocer el pueblecito Riofrío de Avila, donde vivió
y escribió el buen cura. Prefirió Azorín la imagen que se estaba forjando del
cura y de su pueblo antes que la realidad. Sus razones tenía. Se pregunta:
¿Para qué hacer el viaje? Hay un momento
en la vida en que descubrimos que la imagen de la realidad es mejor que la
realidad misma. No acertamos a decir si este descubrimiento que hacemos en el
fondo de nuestra conciencia nos causa alegría o tristeza… La imagen del
pueblecito de la sierra de Avila era mejor que el mismo pueblecito. Allí no
quedará ya nada de aquel hombre que habitó en una de sus casas hace más de un
siglo. Riofrío no nos diría nada; su imagen nos sugiere algo…Riofrío de Avila,
siendo una realidad, ya no existe. Sólo nos queda, en lo íntimo del espíritu,
su imagen. Una imagen de una cosa que no hemos visto nunca; una imagen fugaz,
como la de un sueño: una imagen de algo que queremos recordar y no recordamos…
Yo quiero explicar de este modo esta
negativa a visitar el pueblecito abulense: el encuentro con el libro ha sido
tan intenso, los viajes e intercambios Azorín-Bejarano tan gozosos y
gratificantes que el escritor se encuentra colmado con ellos.
La lección teórica sobre el estilo que el
escritor propugna en esta obra se ejemplifica sobradamente en sus escritos.
Azorín exige de sus lectores que abandonen las prisas, que sientan por despacio
los pequeños detalles del texto, que escuchen el sonido y el sentido que las
palabras dejan en nuestros oídos, mejor aún, en nuestra alma; que acomoden su
decurso a la respiración de sus frases. Se le achaca al maestro Azorín escribir
con estilo asmático. Y es verdad que Azorín prodiga las frases breves, o las
fracciona incluso en partes que separa con puntos y coma. De ello hemos
ofrecido algún ejemplo. Pero no es para exigirnos jadeos improcedentes. Ese
modo de escritura nos invita más bien a una lectura reposada, disfrutando con
detenimiento del texto, dejando que se adentre por nuestros poros.
*
* *
Pasaron
aquellos años del colegio. Pensaba yo que, en cuestión de estilo, nada de
Azorín podía ya sorprenderme después de mi lectura de Pueblo, en cuyo epílogo se nos muestra también onírico y
superrealista. No esperaba yo otros ejemplos de escritura ultraísta, como se
viene calificando en España el estilo de las vanguardias primeras. Mi error
estaba en no haber leído cronológicamente a Azorín. En haberlo siempre leído a
salto de mata. La lectura de su novela Superrealismo
volvió a sorprenderme.
Azorín siempre estuvo al día, siguió con
curiosidad y fervor todos los movimientos estéticos de su tiempo. Participó de
ellos en cierto modo y les dio la réplica en sus escritos. En algunas
recreaciones y en parte de su teatro, nos encontramos con un Azorín simbolista,
en la línea de Lenormand o de Maeterlinck. En Pueblo, Azorín se emparenta con la pintura impresionista y con las
corrientes objetuales de las plásticas y
de la escena futuristas. En Superrealismo,
Azorín marca hasta en el título el giro y origen de su escritura. Para no
divagar excesivamente sobre este libro atrevido e innovador, me limitaré a verlo
desde el enfoque temporal que me viene guiando en esta charla. En el tiempo
vemos el ser y el pasar de las cosas. Todo
pasa y todo queda, que nos dijo Machado, en la línea de Azorín. Hace el
tiempo que todo vuelva, lo mismo y distinto. Asir lo permanente en lo
cambiante. En Castilla, vuelven los
personajes sobre un mismo paisaje; vuelven los amores; vuelven las penas y
desgracias, mientras el caballero –probablemente contertulio o doble del
caballero de la mano en el pecho, que ya conocemos- medita sobre la fugacidad
de la vida. O sobre el eterno retorno de Shopenhauer. Quién sabe. Pero también
el tiempo pasa marcando sus huellas.
En los libros hasta aquí mencionados,
las cosas se interrelacionaban, por lo general, de modo ordenado, guardando su
autonomía y sus dependencias afectivas. En Superrealismo,
las cosas, los seres, los paisajes, las ciudades pueden condensarse
espacialmente. Intento decir con esto que las cosas se pueden aunar
estrechamente, que pueden romper las relaciones establecidas hasta entonces y
crear otras nuevas; que se pueden prestar unas a otras atributos que, a primera
vista, parecerán descabellados, sin lógica; que lo estático puede moverse; que
lo que está abajo y fijo puede volar. Estamos ante una nueva creación, o ante
una nueva recreación, esta vez más libre, mucho más libre que, para la física
cuántica, no deja de ser…normal.
El tiempo, por su lado, puede
condensarse, contraerse. Es lo que se entenderá por dilatación o compresión
temporales. Como en un sueño, actividad superrealista libre por excelencia. Con
este libro, Azorín nos muestra el choque que una visión o un acontecimiento
pueden operar en nuestras vidas, antes de su ordenación lógica. Fuera de la
práctica racional consciente.
Leeré unos extractos del cap. XXXI de Superrealismo en el que Azorín nos
describe Monóvar. Inicia el autor la descripción en el estilo más depurado que
atribuimos a Pueblo.
Monóvar; calles con losas; cuatro, seis,
ocho plazas y plazoletas. Media naranja; tejas curvas, azules, vidriadas; otra
media naranja; sala; mosaicos; olor del petróleo con que se fregotean los
mosaicos…
Reconocemos aquí el estilo de Pueblo. Pero, poco a poco, las
percepciones se entrecruzan y alteran, se liberan de sus asignaciones
habituales. El autor toma nota de esta fiesta libertaria: palabras y cosas revolotean, cambian de dimensión, se hacen
guiños entre sí, saltan de una frase a otra, reaparecen donde menos lo
imaginamos, de modo insólito:
Ventanas angostas y plátanos frondosos en
el Casino; las ventanitas en los muros rojizos. Interposición de la torre del
reloj en el dédalo de tejados. La torre solitaria, aislada; entre las dos
colinas, en lo alto de una calleja a la que se asciende por una escalinata. El
volante de una máquina y un cantarito rezumante. Una hilera de toneles. Entre
los toneles, vides lozanas y granados con sus flores rojas. Palmera la cúpula
de tejas brillantes. El reloj de la torre. Dos teatros. Campanadas y olor a
mosto. Olor al homo de las fábricas. Leña quemada; sarmientos en las casas. El señor
que lee en el gabinete de lectura del Casino, y una rastra de pimientos en el
muro de una casa del barrio alto. Lee ahora el señor encima de un tejado.
Palomas que revuelan…La torre del reloj; la cúpula de la ermita y la cúpula de
la iglesia; la torre que se convierte en tres torres y las cúpulas que elevan
el vuelo por el azul entre las palomas y las nubes. Calles y zaguanes; carrito
con toldo de cañizo que va por los tejados… La torre del reloj, solitaria, da
vueltas y acaba por colarse por la ventana de un cuartito donde están amasando…
Desde la altura de la colina, caen desgranadas las bolitas de cristal de las
campanadas sobre el señor que lee y sobre los toneles. Y sobre los carros que
van por los caminos. Todo gira, torna y
vuelve a pasar; la torre, las cúpulas y las panzudas pipas de vino…
* * *
Pongo aquí punto final a estos
encuentros y reencuentros. El último de todos, por el que os estoy agradecido,
me lo ha deparado la preparación de esta charla. No he podido impedir que el
hoy se mezcle con el ayer. He viajado por el espacio y por el tiempo. El
recuerdo de Azorín ha operado mi desdoblamiento. Al hombre que ahora soy,
entrado ya en los sesenta, lo he visto conversar animado, de literatura y otros
temas, con aquel grupo de pequeños filósofos entre los que yo me encontraba
hace más de cuarenta años. ¿Qué ha sido de ellos? Con algunos pocos he
mantenido el contacto. A otros, como dijo Rutebeuf, el viento los aventó.
De
entonces acá, cuenta habida de mi dedicación al mundo francés y a otros divertimentos,
sólo esporádicamente he vuelto a Azorín. En estas ocasiones, he vuelto a
recorrer con él, por sus volúmenes manoseados y amarillentos, la rutas de las
dos Castillas, los pueblos del Sureste, particularmente Monóvar y Yecla; me
tropezado en su compañía con caballeros y galanes, con Montaigne, los dos
Luises… La lista sería larga. ¿He mimetizado su estilo tras sus encuentros? De
llevar razón la física cuántica algo se me habrá pegado de su discurso, de sus
afectos, de sus ritmos. No sé. Vosotros podéis juzgarlo. Lo que sí puedo
afirmaros es que, en ocasiones, para evitar caer en decursos ampulosos, en
estilos complejos y farragosos, en elecciones léxicas rimbombantes, vuelvo a
leer a Azorín. Y Azorín, como más tarde Beckett, me recomienda la sencillez, la
difícil sencillez; la humildad en los asertos. Azorín me recomienda poner un
poco de sentimiento en la mirada; no separar al hombre del crítico; escuchar el
latido de las cosas; ir derechamente a ellas.
Francisco
Torres Monreal
Ribera
de Molina, 25 de noviembre de 2007
1 Charla pronunciada
en los Encuentros con Azorín en
Lorca, el día 29 de noviembre de 2007. Los encuentros fueron patrocinados
por
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