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Ácido sulfúrico, Amélie Nothomb
(Barcelona, Anagrama, 2007)
Desde que se había nombrado a
sí misma, Pannonique había embellecido todavía más.
Su estallido había acrecentado su esplendor. Además, uno siempre es más hermoso
cuando hay un término para designarlo, cuando posee una palabra sólo para él.
El lenguaje es menos práctico que la estética. Si, al querer hablar de una
rosa, no dispusiéramos de ningún vocablo, si cada vez tuviéramos que decir «la
cosa que se despliega en primavera y que huele bien», la cosa en cuestión sería
mucho menos hermosa. Y cuando la palabra es una palabra lujosa, en este caso su
nombre, su misión consiste en revelar la belleza.
En el caso de Pannonique, así como su matrícula se limitaba a designarla,
su nombre la llevaba a ella tanto como ella lo llevaba a él. Si uno hacía
resonar aquellas tres sílabas a lo largo del conducto de Cratilo,
obtenía una melodía que se correspondía con su rostro.
Quien dice misión dice a
veces error. Hay nombres que no designan a las personas que los llevan. Uno se
cruza con una chica con aspecto de llamarse Aurora: descubrimos que, desde hace
veinte años, sus padres y allegados la llaman Bernadette.
Sin embargo, semejante negligencia no se contradice con la siguiente e
inflexible verdad: siempre resulta más bonito llevar un nombre. Habitar unas
sílabas que forman un todo es uno de los asuntos más relevantes de esta vida.
(pp. 83-84)
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