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Hombre sin nombre, Suso de Toro
(Barcelona, Círculo de Lectores, 2006)
Y la llamada, todos en fila,
para rezar el rosario, el santo rosario, ese murmullo, mysteria gaudiosa, tantos niños como yo, no, como yo, no, y todos
asustados y encogidos, los hijos más sumisos de los campesinos sumisos, tanto
encogimiento, in nomine Patris et Filii,
tanto temor, et Spiritus Sancti,
todos en fila pegados a las paredes por los pasillos, y tener que bajar la voz
cuando pasa ese al que llaman prefecto, bajando la vista y mirando al suelo de
piedra. Y empezar a chapurrear el castellano para agradar los oídos del
prefecto, a ensayar ya las técnicas de encubrimiento, la falsa humildad del
casero que sabe cómo ir quedándose con las tierras del señor sin pagar los foros.
La vista baja y el cuello encogido. Y yo no. Y yo no bajo la vista. Y yo no le
rezo a nadie, no credo in spiritum
sanctum, sanctam ecclesiam catholicam, sanctorum communionem, yo no rezo,
yo no pido, no rezo por la remissionem
communion peccatorum, carnis resurrectionem, vital aeternam. Amen, no, no amen. No rezo nada, eso sí que te lo
digo, padre. Salve, Regina, Mater
misericordiae, vita, dulcedo, et spes nostra, salve. No, no salve. No hay esperanza nuestra,
esperanza de qué, padre. De qué va a haber esperanza. Y yo no rezo los
misterios gozosos, yo no rezo los misterios dolorosos, yo no pido, ad te clamamus, exules filii Evae. Yo no
clamo, mi boca está muda. Yo no soy hijo de nadie, no soy hijo de hombre ni de
mujer, soy padre e hijo de mí mismo, padre. Y no clamo nada. Gementes, et flentes, in hac lachrimarum
valle. No gimo, no gemiré. Este valle de lágrimas es mío, sólo mío, pues no
soy exiliado de sitio alguno, soy de este valle de lágrimas y este valle es
mío.
Y luego la exposición del Santísimo,
el Santísimo quería que yo me arrodillase, quién es ese Santísimo que me quiere
humillar, quién es que me castiga. Y yo no me arrodillo, padre. Así fue. Y no
levanto la vista y miro al suelo de tierra de la era, las criadas alrededor.
Celina está llorando y se limpia los ojos con la punta del mandil. Castígame si
quieres, ahí delante están sus pantalones y los zapatos brillantes que le
encargó a un zapatero de Santiago.
Vivir en una torre, turris eburnea, ora pro nobis, como el
príncipe Segismundo, domus aurea, ora pro
nobis, no, torre vieja y destartalada, no mereces otra cosa, nadie reza por
ti. Sólo Celina reza por ti, en la cocina. No me merezco ninguna cosa. No, no
la merezco. Vergüenza, vergüenza. Vivo por vivir, pues no merezco vivir, estoy
aquí y no merezco vivir. Vergüenza y culpa, la muerte de mi hermano. Ha sido un
castigo para mí. Ha muerto por mi rebeldía, era una muerte para mí y lo ha
alcanzado a él. Ha sido por esa cosa que me nace dentro y que no me deja parar,
que me empuja hacia delante; esa fuerza que me ciega. Esa rabia que tampoco me
deja descansar.
(pág. 168-169)
- Hombre, ¿qué quiere decir…?
- Quiero decir que si quieres
que yo recuerde para ti, tú a cambio tienes que acompañarme, deberás tener
valor. Serás mi Sibila, ya que me pides que yo baje al Averno. Espera, escucha,
ahí me vienen las palabras, Sate sanguine
diuum, tros Anchisiade, facilis descensus Auerno. Traduce, prueba otra vez.
- …Que es fácil bajar al
infierno.
- Eso es, poco más o menos.
«Rama de sangre divina, la de Anquises el troyano, es fácil el descenso al
Averno.» Muy bien, muy bien. Pero escucha esto otro, deja que recuerde, sed reuocare gradum superasque euadere ad
auras, hoc opus, hic labor est.
- Qué buena memoria. Bien, a
ver, déjeme ver. Decía que estaba dispuesto a hacer memoria para mí, pero
supongo que esto a lo que me somete debe de ser como la adivinanza que le
formulaba la Esfinge a Edipo en el camino, ¿no? A ver, si la traduzco, me
contará luego lo que sabe de las Marías…
- Me parece bien, si te lo
parece a ti.
- A ver. Dice que subir las
escaleras de vuelta…, a este lugar, es un trabajo.
- Más o menos, sólo más o
menos. Tienes que mejorar tu latín. Dice: «Pero volver los pasos y evadirse en
ascenso hacia la claridad, ahí en esa labor está la dificultad». Dice que lo
difícil del asunto es volver, Sibila mía.
(pág. 175)
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