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Mis memorias de
Andrea Gallo
(Università “Ca’ Foscari” Venezia; Universidad de
Valladolid)
María Dolores Tapia del Río, Mis
memorias de la guerra de Filipinas, Barcelona, Parnass, 2006, pp. 161.
María Dolores nació en Naga a principios de siglo de
padre español y de madre filipina; primera de once hijos, pasó su infancia y
juventud en Luzón, donde sufrió los apuros y las dificultades de
Con el lema “Asia para los asiáticos” el Sol Levante
invadió Filipinas que sufrió por tercera vez una colonización cruenta aunque de
una duración de poco más de tres años; estos sucesos y más bien el drama de la
población civil que trataba de sobrevivir entre invasores y guerrilleros forman
el tema de Mis memorias, primera
obra en español de Tapia del Río, la cual también ha publicado recientemente
una versión en inglés a cargo del mismo editor, My reminiscences of the
Second World War in the Philippines.
La historia de la familia de María es común a otras
familias de ese país: su padre, Bernardo Tapia, era un español que se había
trasladado a Filipinas a principios de siglo “para probar fortuna”. Allí se
había casado con Talin del Río, joven filipina. La familia, residía en la
región de Bicolandia, donde tenía una vida acomodada y feliz gracias a las
actividades comerciales que el padre supo gestionar con capacidad, por lo tanto
los hijos gozaron de una buena educación. El padre de María era aficionado a la
lectura, poseía una colección de libros y “De vez en cuando, mandaba alguna
poesía o algún artículo a una gaceta en español que se publicaba en Manila”.
Esta vida serena fracasó al entrar en contacto
con el horror de la guerra y los jóvenes Tapia se enfrentaron a muchas
travesías: la familia tuvo que trasladarse a una finca del interior donde tanto
la presencia japonesa como la guerrilla de resistencia aliada de los
norteamericanos, presionaban menos. Aquí en la hacienda, al parecer por lo
menos para los niños que no tenían plena conciencia de lo que realmente estaba
pasando, “la vida [...] era muy agradable” y siguió así de forma algo idílica
durante un tiempo, aunque no faltaban las preocupaciones, si es verdad que “de
tanto en tanto llegaban hasta nuestra casa miembros de la guerrilla” por lo que
“nuestras bodegas quedaron vacías en muchas ocasiones”; y una vez que los
guerrilleros no consiguieron lo que querían llegaron a amenazar con “quemar la
casa y todo su contenido” y hasta llegaron a tener la “intención de matar a mi
padre por pro-japonés”. En fin, cuando también el campo se hizo inseguro, no
hubo más remedio para la familia Tapia que regresar a Naga, pero no ya para
quedarse a vivir; en efecto Bernardo había tomado la decisión de dirigirse a
Manila y desde allí embarcarse dirección a España para ofrecer a su familia una
vida mejor. Por ello los Tapia se dirigieron a la capital; ahí María y su
familia tuvieron que buscarse la vida durante un año a la espera de un barco
que los llevara a Barcelona, a aquella madre-patria imaginada como la tierra
prometida y tan diferente en su cruda realidad de la pobreza post-bélica.
A través de una historia particular, la historia dolorosa
y a la vez afortunada de una familia, la autora narra el drama de la guerra y
la devastación material y moral que ese conflicto provocó en todo el país. Ella
traza su vida de antes, la de una familia feliz, y relata los cambios que la
guerra produjo en sus existencias y en las de los que conocían. La vida de los
Tapia – así como la de muchos millones de personas – durante la guerra estuvo
llena de privaciones y problemas, de mucha amargura y frustraciones, de miedo,
de dolor, de la preocupación por comer diariamente, en fin “valía más un pollo
que la vida de una persona”; sin embargo en Mis memorias todo está
contado, según una sensibilidad y visión del mundo peculiarmente filipina, de
una forma más bien esfumada, donde el rencor, la rabia, la venganza, o incluso
la legítima denuncia no ocupan el papel principal, y en contra los elementos
que más destacan son las alegrías de la vida, la unidad familiar, la gratitud
de estar vivo, un sincero y profundo sentimiento religioso de confianza total
en Dios, la solidaridad humana y la bondad de la gente que se revela en la
capacidad de seguir creyendo en el hombre y en su posibilidad de rescate.
La guerra, por supuesto, no fue menos dura en Oriente;
salen menciones sobre las atrocidades infligidas por los japoneses a la inerme
población civil, la necesidad a veces de ser “colaboradores” de los invasores y
la dureza de los guerrilleros que también sabían aprovecharse de la situación.
Sin embargo, a pesar de ciertos pasos indudablemente tristes, la narración –
una prosa llana, sencilla, sin afectación, donde más que el orden cronológico,
es el flujo de la memoria que va dictando y distribuyendo la materia – en su
complejo no aparece lóbrega, y se desarrolla más bien como un himno a la vida
cantado por una persona que probablemente comprende que en esa inmensa tragedia
ella y sus seres queridos han tenido la suerte de no perderse, de que los
padres no sepultaran a sus hijos; no son por lo tanto las memorias de una superviviente,
sino más bien una rendición de gratitud de quien, llegado a cierta edad, tiene
el privilegio de mirar atrás y releer su existencia con serenidad.
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