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DIOSES QUE FUERON DEMONIOS:
ELOGIO DE
(Barcelona, Círculo de Lectores, 2006, 231 págs.)
por Juan Antonio López Ribera
La historia del arte es la
historia de aquellos que se atrevieron a romper barreras y echar por tierra las
convenciones de cada época, en aras de una mayor libertad creativa. Gracias a
estos personajes, víctimas por lo general del escarnio de sus contemporáneos,
el arte ha ido poco a poco conquistando nuevos territorios y explorando más
hondamente sus posibilidades como manifestación estética.
Este hermoso Elogio de la imperfección de José María Ridao tiene como firme propósito examinar de forma rigurosa
y amena a algunos de esos artistas revolucionarios y sus coordenadas vitales e
históricas, tratando de desentrañar el origen y los motivos de sus creaciones
para así poder valorarlas críticamente de la manera más justa y nítida posible.
Ridao dedica este libro a esos «raros creadores» que
un buen día tuvieron que enfrentarse al «dilema crucial» de que «una idea, una
simple intuición, resulta inexpresable a través de los recursos artísticos
consagrados» (p. 18). El artista, en conflicto con su genio, debe elegir: «o
bien desiste y acomoda su quehacer al esqueleto formal que su tiempo le ofrece,
o bien emprende un camino inexplorado y sin referencias, en el que no son las
reglas artísticas establecidas las que van dando forma a lo que se quiere
expresar sino lo que se quiere expresar lo que va fijando sus propias reglas,
aun a riesgo de engendrar una criatura que sólo se dejará enjuiciar desde sí
misma, erigida con intransigente soberbia en juez y parte de sus hallazgos y
sus logros» (pp. 18-19).
Los catorce pequeños ensayos que componen este libro
trazan un breve recorrido histórico por esos artistas «imperfectos», que en su
momento echaron un pulso a las convenciones y se decantaron por reinventar el
concepto de pintura o literatura, las dos disciplinas en las que Ridao se centra. Ahora bien, el reconocimiento posterior de
estos artistas ha traído consigo la creación de falsos mitos y estereotipos
críticos que es necesario desterrar; Ridao se muestra
especialmente preocupado por los daños que algunos vicios de la crítica han
podido causar, vicios que este Elogio de
la imperfección se propone detectar y proscribir. De esta manera, el camino
para una interpretación diáfana y calibrada de estos clásicos del arte ya puede
trazarse.
El primer ensayo, “El sueño de Durero”,
sostiene que uno de los factores que marcará el arte a partir del siglo XV, y
que se prolongará hasta bien entrado el siglo XVIII, será la progresiva
inclusión de elementos antieclesiásticos en las obras
pictóricas y literarias. Este “examen de la cristiandad”, como lo llama Ridao, se venía gestando desde mucho antes, pero se
materializa a partir del periodo renacentista. Ridao
analiza tres casos: La Celestina de
Fernando de Rojas, El elogio de la locura
de Erasmo y la Visión de pesadilla de
Alberto Durero.
“Las formas y las palabras” versa sobre el desnudo en la
pintura. El desnudo refleja fielmente el canon de belleza de la época, y el
pintor que se atreve con él está manifestando abiertamente su adhesión o no a
ese canon. Un claro ejemplo es el canon renacentista, que reinterpretaba el
canon grecolatino, y cómo el barroco se distancia visiblemente de él. Hasta ese
momento, por ejemplo, sólo se representaba al hombre, mientras que ahora la
mujer es el centro de atención; “el tabú se ha desplazado”, escribe Ridao, y como muestra, basta con admirar las pinturas de Rubens, Tiziano o Tintoretto.
“Cervantes y sus criaturas”, tercer ensayo, es una
certera crítica a la utilización nacionalista del Quijote que llevaron a cabo los autores del 98. Escritores como Unamuno se encargan de pontificar la obra y marginar a
Cervantes, considerándolo un “ingenio lego”. La celebración entonces del III
Centenario de la obra, y recientemente del IV, no hacen
sino atestiguar lo que ya había denunciado Américo Castro en El pensamiento de Cervantes. La denuncia
de Ridao radica en que esta corriente crítica, la de
los detractores de Cervantes como autor consciente del Quijote, anacrónica y muy poco fundamentada, aún pervive.
Los ensayos cuarto y quinto, titulados respectivamente
“La regla de Théléme” y “El autor y sus máscaras”, se
ocupan de dos obras de clara estirpe cervantina: el Tristram Shandy de Laurence
Sterne y las Cartas
marruecas de José Cadalso. La primera supuso toda una revolución en su
época por su juego de narradores y la constante ruptura de las fronteras entre
realidad y ficción. La segunda toma de Cervantes su espíritu crítico y su
incisiva visión de la realidad española.
En “La pintura al servicio de la nación”, Ridao examina un fenómeno muy extendido en la historia de
la pintura española del siglo XIX: la vinculación de ciertos sucesos históricos
recientes, representados por el pintor en su obra, con hechos pasados gloriosos
con el único fin de ensalzar los valores de la nación. Este arte utilitario,
hecho para tender puentes inexistentes entre el pasado y el presente, pretende
demostrar la pervivencia en el tiempo de un «espíritu español» y, de paso,
reconstruir interesadamente la historia del país. A este arte servilista contrapone Ridao las
pinturas de Goya; Goya es pintura del presente, un «acta», y por lo tanto una
pintura que mira al futuro y que obliga a los posteriores artistas a
replantearse el para qué de sus creaciones.
El séptimo ensayo, “Los copistas de Flaubert”,
está centrado en la producción novelística del autor francés, de clara
filiación cervantina, especialmente su última obra, Bouvard y Pecuchet. Además, Ridao
también dedica unas páginas a la obra de Julio Verne,
visionaria, donde sus personajes (sobre todo, el capitán Nemo)
suelen afirmar la “superioridad de la ciencia” y viven su vida a través de
ella.
El siguiente ensayo, “Los noveladores y las adúlteras”,
está dedicado a Clarín y la polémica que rodeó a La Regenta, a la que se acusó de plagio de Madame Bovary. En ella, además, y como
hará Galdós en Fortunata y Jacinta, se aborda libremente el controvertido tema del
adulterio.
Con “Utopía en Alcubierre” nos
adentramos ya en el siglo XX. Ridao reconstruye la
andadura de George Orwell
en la España de la guerra a través de sus novelas, como Homenaje a Cataluña, y sus cartas. En estos textos observamos que,
mientras duró la contienda, su visión del conflicto era cruel e incluso
desprovista de toda moral; tras la guerra, sus palabras adquirirán un tono más
humano y compasivo. Por otra parte, su experiencia en la guerra fue decisiva en
la gestación de sus dos novelas más célebres, Rebelión en la granja y 1984.
En “El solitario de La Pobleta”,
Ridao rinde homenaje a Manuel Azaña,
presidente de la II República, y aboga por un mayor reconocimiento de su
actividad política, siempre avalada por un republicanismo insobornable.
El undécimo
y duodécimo ensayos, “La venganza de los ratones” y
“La descendencia de Lázaro”, analizan dos novelas de indudable importancia para
la literatura española: Tiempo de
silencio de Luis Martín Santos y La plaza del Diamante, de Mercè Rodoreda. Sobre la primera,
Ridao afirma su vigencia y su vinculación con el
mundo quijotesco, además de ser la novela que rompió con el aburrido realismo
social de posguerra. La novela de la escritora catalana está más vinculada al
mundo del Lazarillo, principalmente
por los temas que trata: ascensión social, violencia entre personas, etc., y la
actitud picaresca de sus personajes.
“La huella de la heterodoxia”
analiza el periplo vital, político y literario de Juan Goytisolo,
marcado por la “búsqueda de la heterodoxia”, por su empatía hacia los
escritores que se sentían excluidos de las coordenadas literarias de la
dictadura (Telón de boca). En su
literatura, esto se haría extensivo a las capas más marginales de la sociedad,
a las que cedió el protagonismo en sus páginas.
En el último ensayo, titulado
“El silencio y el presagio”, Ridao recupera una
famosa conferencia de Turguénev donde se compara a Hamlet con Don Quijote y sus diferentes formas de vivir el
ideal. Esta idea está en íntima relación con el propósito principal de la obra:
ofrecer un sincero homenaje a «la ortodoxia artística (…) un encendido elogio
de la imperfección, de cuanto se desvía o no se ajusta al ideal, de cuanto
singulariza a los individuos y, al singularizarlos, concreta el sentido de la
libertad. La libertad que no consiste en encadenarse a ningún ideal, sino en
poder desentenderse de él» (p. 227).
Elogio de la imperfección, elogio del artista que «o bien se
mantenía fiel a las reglas establecidas en su arte y renunciaba a su visión, o
bien se mantenía fiel a su visión y renunciaba a las reglas» (p. 228). Elogio
de los que comprendieron que es inútil poner puertas al campo del arte, de los
que no quisieron asfixiar su genio, de los que marcaron un antes y un después
con su obra, al margen de cualquier precepto. A todos ellos van dedicadas las
páginas de este magnífico libro de Ridao, de hermosa
factura, lleno de verdad y de amor por el arte. Sin duda, el presente Elogio de la imperfección es uno de los
más bellos ensayos sobre literatura –y, en menor medida, pintura–
que se han publicado en los últimos años, y nada de lo que aquí pueda decirse
alcanzará siquiera a vislumbrar el placer de su lectura.
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