REVISTA ELECTRÓNICA DE ESTUDIOS FILOLÓGICOS


Umbral, Cervantes en Murcia

Victorino Polo García

La Verdad, 12 de septiembre de 2007

 

Aunque suela cumplir el ritual en ocasiones dolorosas, me niego a los obituarios por principio racional y sensible. Prefiero la meditación al cabo de unos días si la calidad del ausente merecía el recuerdo de su vida y, de manera especial, el de su obra. Y tal es el caso que me ocupa, pues que Umbral me distinguió con su amistad serena, justa correspondencia de mi reconocimiento y admiración, que excluyen por igual el sahumerio adormecedor y el epigrama punzante.

Lo conocí hace muchos años y me cayó bien por su timidez temerosa, su hipersensibilidad, su descaro protector, su admiración por Quevedo, su seguimiento discipular de Cervantes, su capacidad poética trasmutada en prosa compensadora, su dominio de la expresión y su magisterio periodístico heredero directo de Larra. Se lo hice saber desde el principio, así como el crítico reproche amistoso por su escasez de versos y su prolijidad de novelista, que no le benefició.

Con el tiempo, tuve la fortuna de dirigir once cursos en El Escorial, durante los buenos años de calidad y esplendor en la literatura. Lo invité varias veces y allí estuvo, cualificado y amable: camisa de cuello abierto, pantalón rojo Burdeos, americana cruzada azul marino y pequeño foulard, pese a la temperatura del verano escurialense. Fueron lecciones memorables de lengua escrita y hablada, coloquios amenos y conversaciones personales en la hermosa terraza, donde hacía gala y ejercía la mejor definición del epigrama clásico: «A la abeja semejante,/ para que cause placer/ el epigrama ha de ser/ pequeño, dulce y punzante». Umbral nunca olvidaba la parte dulce.

A correr de los años, en la frontera del milenio, recibió el Premio Cervantes con todo merecimiento, de lo que nos congratulamos todos. Para entonces y desde que lo obtuviera Cabrera Infante, otro de nuestros grandes amigos y escritores, a la sombra de la Universidad y de la Fundación Cajamurcia veníamos convocando un Congreso anual para celebrar el evento, con asistencia de los premiados y una semana de convivencia intelectual, cordial y festiva, como siempre debiera ser el arte. Con Umbral temí su ausencia, pues siempre me decía, y ejemplificaba su abandono de Santander por El Escorial, que a sus años no se desplazaba de Madrid más allá de cincuenta kilómetros.

Yo debía entenderlo y así se lo acepté a lo largo y ancho de amable conversación telefónica, cuyo final puso de relieve la generosidad de su espíritu: viajó a Murcia con su esposa María España, asistió a las sesiones de su congreso, paseó por las calles de la ciudad, tomó café y se sometió a reconfortante rueda de prensa donde habló de sus libros y algunas más llenas de enjundia y humor cervantino.

Su vida la conocemos y es bueno que se recuerde, pues no resulta discreto disociarla de su obra. Pero es su escritura la que debe permanecer, dentro de las palabras con que siempre lo ha definido Miguel Delibes, quien mejor lo conoció entre Valladolid y Madrid adonde lo proyectó, y Camilo J. Cela, que lo apadrinó en sus últimos tiempos.

En fin, lo dejó dicho el gran poeta español: «El mejor homenaje posible para un escritor consiste en leerlo». A eso me remito. Ensayos como los que dedicó a García Lorca o Valle-Inclán. Libros como Las ninfas y El César visionario. Las infinitas columnas que redactó como periodista. Y un libro, por sobre todo lo demás, en tanto que escritor de hoy para siempre, Mortal y rosa, donde la prosa y el verso se revelan cauces perfectos de la poesía creadora y terrible que vivió y transformó en palabras, producto del genio. Porque lo que allí dejó escrito fue la transverberación umbraliana de lo que Garcilaso troqueló en mármol siglos atrás: «No me podrán quitar el dolorido/ sentir si ya del todo/ primero no me quitan el sentido».