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Umbral, Cervantes en
Murcia
Victorino Polo García
Aunque suela cumplir el ritual en ocasiones dolorosas, me niego a los
obituarios por principio racional y sensible. Prefiero la meditación al cabo de
unos días si la calidad del ausente merecía el recuerdo de su vida y, de manera
especial, el de su obra. Y tal es el caso que me ocupa, pues que Umbral me
distinguió con su amistad serena, justa correspondencia de mi reconocimiento y
admiración, que excluyen por igual el sahumerio adormecedor y el epigrama
punzante.
Lo conocí hace muchos años y me cayó bien por su timidez temerosa, su
hipersensibilidad, su descaro protector, su admiración por Quevedo, su
seguimiento discipular de Cervantes, su capacidad poética trasmutada en prosa
compensadora, su dominio de la expresión y su magisterio periodístico heredero
directo de Larra. Se lo hice saber desde el principio, así como el crítico
reproche amistoso por su escasez de versos y su prolijidad de novelista, que no
le benefició.
Con el tiempo, tuve la fortuna de dirigir once cursos en El Escorial,
durante los buenos años de calidad y esplendor en la literatura. Lo invité
varias veces y allí estuvo, cualificado y amable: camisa de cuello abierto,
pantalón rojo Burdeos, americana cruzada azul marino y pequeño foulard, pese a la temperatura del verano escurialense.
Fueron lecciones memorables de lengua escrita y hablada, coloquios amenos y
conversaciones personales en la hermosa terraza, donde hacía gala y ejercía la
mejor definición del epigrama clásico: «A la abeja semejante,/
para que cause placer/ el epigrama ha de ser/ pequeño, dulce y punzante».
Umbral nunca olvidaba la parte dulce.
A correr de los años, en la frontera del milenio, recibió el Premio
Cervantes con todo merecimiento, de lo que nos congratulamos todos. Para
entonces y desde que lo obtuviera Cabrera Infante, otro de nuestros grandes
amigos y escritores, a la sombra de
Yo debía entenderlo y así se lo acepté a lo largo y ancho de amable
conversación telefónica, cuyo final puso de relieve la generosidad de su
espíritu: viajó a Murcia con su esposa María España, asistió a las sesiones de
su congreso, paseó por las calles de la ciudad, tomó café y se sometió a
reconfortante rueda de prensa donde habló de sus libros y algunas más llenas de
enjundia y humor cervantino.
Su vida la conocemos y es bueno que se recuerde, pues no resulta
discreto disociarla de su obra. Pero es su escritura la que debe permanecer,
dentro de las palabras con que siempre lo ha definido Miguel Delibes, quien mejor lo conoció entre Valladolid y Madrid
adonde lo proyectó, y Camilo J. Cela, que lo apadrinó en sus últimos tiempos.
En fin, lo dejó dicho el gran poeta español: «El mejor homenaje posible
para un escritor consiste en leerlo». A eso me remito. Ensayos como los que
dedicó a García Lorca o Valle-Inclán.
Libros como Las ninfas y El César visionario. Las infinitas
columnas que redactó como periodista. Y un libro, por sobre todo lo demás, en
tanto que escritor de hoy para siempre, Mortal
y rosa, donde la prosa y el verso se revelan cauces perfectos de la poesía
creadora y terrible que vivió y transformó en palabras, producto del genio.
Porque lo que allí dejó escrito fue la transverberación umbraliana
de lo que Garcilaso troqueló en mármol siglos atrás:
«No me podrán quitar el dolorido/ sentir si ya del todo/ primero no me quitan
el sentido».
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