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MARIÁTEGUI Y EL FUTURISMO ITALIANO[1]
Jorge Mojarro Romero
(Instituto
Cervantes de Varsovia)
Resumen: Perú contó con el privilegio
de poseer un promotor cultural como José Carlos Mariátegui
que jugó un papel fundamental en la promoción y difusión de las vanguardias
europeas que puedo conocer de primera mano durante su estancia europea (1920-1923).
En el presente estudio se aborda brevemente la recepción de las doctrinas
del futurismo literario en Perú y se analizan los varios artículos que el
pensador peruano dedicó a la vanguardia italiana desde la tribuna de los principales
periódicos y revistas de la época.
Palabras clave: José Carlos Mariátegui, Futurismo, literatura peruana, vanguardias
latinoamericanas.
ABSTRACT: The Peruvian
thinker José Carlos Mariátegui lived a very important
period of his intellectual youngness in
KEYWORDS: José Carlos Mariátegui, Futurism, Peruvian Literatura, Latinoamerican
Vanguards.
1. Cuando José Carlos Mariátegui
(1894-1930) publicó, en 1921, su primer artículo acerca de la vanguardia
italiana, el futurismo no era una corriente artística desconocida en Perú. El
novelista Clemente Palma (1873-1946) ya había hablado, en un artículo de 1916,
de “las mentecatadas de Marinetti”, reseñando el
primer libro de Alberto Hidalgo (1897-1967): Arenga lírica al emperador de Alemania y otros poemas (1916).
Francisco García Calderón (1883-1953) publicó en 1917 una recopilación de
ensayos titulado Ideologías donde
figura un comentario al futurismo.[2]
Alberto Hidalgo publicó en 1917 Panoplia Lírica, donde figuran tres poemas de temática futurista,
aunque formalmente vinculados todavía al Posmodernismo:
“
Mariátegui afirma que es el
futurismo italiano la primera vanguardia que llega al Perú:
Los cuadernos y ‘affiches’ ultraístas y creacionistas españoles han sido las
primeras versiones del movimiento futurista italiano aprovechadas por el
vanguardismo de Hispano-América, aunque algunos confusos ecos del furioso jazz band marinettiano hubieran
llegado antes, a fuerza de su singular estridencia.[4]
2. El conocimiento
que Mariátegui poseía de las vanguardias europeas no
era, pues, como en el caso de muchos literatos hispanoamericanos, de segunda
mano. Su experiencia europea, durante su permanencia en Italia (1920-1923) y
sus viajes a Francia y Alemania, le pusieron en contacto, por un lado, con la
efervescencia política del momento (el auge de los fascismos en Italia y
Alemania, la revolución rusa, los cenáculos anarquistas, etc.), pero también
con la última literatura que se estaba produciendo por entonces y a la que el
propio Mariátegui permaneció atento: cubismo, expresionismo,
futurismo y dadaísmo, así como grandes autores que no se vinculaban
específicamente a ninguna corriente (Bernard Shaw, Radiguet, Blaise Cendrars, Anatole France...)
“Aspectos viejos y nuevos del futurismo” fue el artículo más
tempranero de todos los que dedicó a una vanguardia europea.[5]
Allí procedió a realizar una síntesis cronológica del movimiento futurista
desde sus inicios y demostró estar al tanto de la literatura italiana del
momento. Fue de los primeros en advertir que los mejores escritores futuristas
(Soffici, Papini y Palazzeschi) habían desertado y que sin ellos el movimiento
de Marinetti carecía de consistencia.
Apuntó la finalidad renovadora del movimiento,
idónea en una literatura demasiado apegada a lo clásico, su bandera revolucionaria
y su afán de extenderse por todas las latitudes, pero no le perdonó su adhesión
al fascismo. Su programa político constituía, en su opinión, una de las
desviaciones del movimiento, e hizo una de las primeras defensas del artista
comprometido: “el artista que no siente las agitaciones, las inquietudes, las
ansias de su pueblo y de su época, es un artista de sensibilidad mediocre, de
comprensión anémica.”[6]
Acusó a los futuristas de falsos,
artificiales, y de estetas que falseaban la política. En la reseña a un libro
de Giovanni Papini, afirmó que éste autor “había
buscado en el futurismo una posición de combate contra todas las escuelas y
todas las capillas literarias y artísticas. Pero el futurismo, que había
agredido las viejas formas, había intentado sincrónicamente, reemplazarlas en
otras formas rígidas y sectarias. Los futuristas habían derribado un icono para
sustituirlo con otro.”[7]
Así pues, Mariátegui
fue también uno de los primeros en apuntar dos contradicciones internas del
ideario futurista: la retórica artística revolucionaria iba ligada
paradójicamente a un sentimiento conservador y políticamente reaccionario ―recuérdese que Marinetti
fue más tarde miembro de
Mariátegui volvió repetidas veces sobre el
futurismo. En “Marinetti y el futurismo”, ensayo
incluido en La escena contemporánea (1924), incide en las mismas ideas.
Valoró positivamente el esfuerzo de destrucción del arte viejo, pero lamentó
que la renovación artística no fuera acompañada por una revolución en el plano
político y que se dejaran absorber por el fascismo reaccionario. En el ensayo
“Nacionalismo y vanguardismo” definió el futurismo como un instante de la
conciencia italiana, un momento de renovación y superación truncada por su
filiación política fascista. Al futurismo italiano contrapondrá, sin embargo,
el futurismo ruso, con Vladimir Maiakovski
(1893-1930) a la cabeza, como ejemplo de una verdadera literatura
revolucionaria. Los futuristas rusos se habían sumado enseguida a la revolución
socialista, participaron activamente en ella y conjugaron una poesía de
temática social con formas de la vanguardia más iconoclasta.
Pasados los años, volverá de nuevo sobre el futurismo —movimiento que
no se extinguirá, curiosamente, hasta la muerte de su fundador en 1944— en el
artículo “El balance del suprarrealismo”, publicado en Variedades, Lima, el 19 de Febrero y el 5 de Marzo de 1930. Esta
vez no tendrá piedad con el grupo:
Marinetti y sus secuaces
pretendían representar, no sólo artística, sino también política,
sentimentalmente, una nueva Italia. Pero el futurismo que, considerado a
distancia, nos hace sonreír (…) ha entrado hace ya algún tiempo en el orden y
la academia; el fascismo lo ha digerido sin esfuerzo, lo que no acredita el
poder digestivo del régimen de las camisas negras, sino la inocuidad
fundamental de los futuristas.
3. La serie de
contradicciones internas que Mariátegui percibió en
el futurismo no fueron, sin embargo, un obstáculo para que éste tuviera cierta
cabida dentro de la revista Amauta (1926-1930).
Se publicaron poemas de filiación futurista como el “Canto de la ciudad y del
hombre moderno” de Xavier Abril, “Film” de Serafín Delmar,
“New York” de Carlos Oquendo de Amat, el “Polirritmo de la mujer vegetal” de Parra del Riego, “Baile
de barcos” del uruguayo Alfredo Mario Ferreiro, “El
canto de los rascacielos” de E. Furgoni, “Polo Sur”
del ecuatoriano Hugo Mayo, “Campanarios” del ultraísta español Rivas Panedas, por citar tan sólo unos cuantos. No por casualidad
surgieron en Perú dos poetas que practicaron, por vías muy distintas, y ambos
ya fuera del Perú, una poesía futurista: el citado Alberto Hidalgo y Juan Parra
del Riego (1894-1925).[8]
Amauta era una tribuna
donde se exponían las novedades, aun cuando a veces no fueran totalmente del
gusto o no siguieran las pautas ideológicas de Mariátegui.
Que el autor de los Siete Ensayos,
como se ha visto, desconfiara del futurismo, no fue un obstáculo para que en el
número diez de la revista se publicaran dos manifiestos de Marinetti:
“Sobre la medición futurista” y “Estética de los avisos luminosos”.
En el
número 15 se publicó una curiosa “Oda al bidet” de E. Giménez
Caballero que Mariátegui acompañó a continuación de
una “Nota polémica” en la que rechazaba este tipo de creación por decadente,
deshumanizada e inadecuada para el momento histórico que vivía América Latina.
Como señala Américo Ferrari, su crítica se ejercía “contra ese aspecto
negativo, escéptico y nihilista de ciertos vanguardistas europeos y sus
imitadores americanos, caracterizado por la vacuidad de la intuición poética
disfrazada con lo novedoso de la expresión (…).”[9]
Ésta crítica al poema de Giménez Caballero era
coherente con la función social que Mariátegui presuponía
en las vanguardias.
Mariátegui puso en relación cada una de las
vanguardias artísticas (desde el Cubismo hasta el Surrealismo) con el tiempo
histórico que las vio surgir ―en coherencia con
los presupuestos ortodoxos del marxismo― y puso
de relieve su necesariedad. Donde se encuentra una
síntesis más elaborada de sus ideas acerca de la vanguardia como fenómeno
artístico de alcance internacional y su función en América Latina es en el
breve ensayo titulado “Arte, revolución y decadencia”, publicado en el número
tres de Amauta, en noviembre de 1926.
Allí pondrá de manifiesto, en primer lugar, la función socialmente
revolucionaria que, en su opinión, debía tener toda obra para que fuera
verdaderamente nueva:
No todo el arte nuevo es revolucionario, ni es tampoco
verdaderamente nuevo. En el mundo contemporáneo coexisten dos almas, las de la
revolución y la de la decadencia. Sólo la presencia de la primera confiere al
un poema o a un cuadro valor de arte nuevo.[10]
Mariátegui no sólo se mostró tolerante ante la
literatura de vanguardia ¾fuera o no fuera revolucionaria
según su propia definición del término¾, sino que la
impulsó y la promovió a través de diferentes escritos y la difundió a través de
la revista Amauta. La razón la encontramos en las siguientes líneas
extraídas del mismo ensayo:
La decadencia de la civilización capitalista se
refleja en la atomización, en la disolución de su arte. El arte, en esta
crisis, ha perdido ante todo su unidad esencial (...) Las escuelas se
multiplican hasta lo infinito porque no operan sino fuerzas centrífugas.
Pero esta anarquía, en la cual muere (...), preludia y
prepara un orden nuevo (...) En esta crisis se elaboran
dispersamente los elementos del arte del porvenir. El cubismo, el dadaísmo, el
expresionismo, etc., al mismo tiempo que acusan una crisis, anuncian una
reconstrucción.[11]
La espiral de movimientos de
vanguardia que se sucedían era, al arte, lo mismo que la crisis de un sistema
social que mostraba signos de decadencia y se tambaleaba. Desde su punto de
vista, lo que estaba ocurriendo en las esferas artística y literaria era
irremediablemente un síntoma de lo que estaba ocurriendo en la esfera social, y
por ello, el autor de los Siete ensayos no
se opuso en ningún momento a las nuevas corrientes estéticas, incluida el
futurismo, sino que las promovió y criticó en cada uno de los ensayos que
dedicó al tema.[12] Mariátegui apoyaba todo arte nuevo en tanto que preludio de
un verdadero arte revolucionario por llegar en el siguiente momento de la
historia. Esto no significaba un rechazo de todo arte anterior que hubiera
estado desligado de la política. Mariátegui afirmaba
que, en el preciso momento histórico en el que se estaba viviendo, el artista
no podía sustraerse de sus responsabilidades morales frente a la sociedad y
que, frente a lo que proclamaba Huidobro, lo
artístico no podía sino ir indisolublemente unido a lo político:
El sentido
revolucionario de las escuelas o tendencias contemporáneas no está en la
creación de una técnica nueva. No está tampoco en la destrucción de la técnica
vieja. Está en el repudio, en el desahucio, en la befa del absoluto burgués. El
arte se nutre siempre (...) del absoluto de su época (...) El hombre no puede
marchar sin una fe, porque no tener una fe es no tener una fe es no tener una
meta (...).
Los futuristas
rusos se han adherido al comunismo: los futuristas italianos se han adherido al
fascismo. ¿Se quiere mayor demostración de que los artistas no pueden
sustraerse a la gravitación política?[13]
Otra de las razones por las que Mariátegui decidió dar a conocer las vanguardias a través
de sus ensayos en Variedades y Mundial fue que veía en ellas una
actitud de cambio y de ruptura beneficiosa para la formación de una revolución
y necesaria para el nacimiento de una literatura moderna en Perú.[14]
4. Sobre el ruidoso
Alberto Hidalgo, Mariátegui publicará en el número 16
un artículo titulado “Ubicación de Hidalgo” que después integrará en uno de sus
Siete ensayos de interpretación de la
realidad peruana. Del autor de Panoplia lírica, que por entonces ya había publicado el primer
libro futurista en América Latina, se había trasladado a Buenos Aires y había
fundado su propio vanguardismo ―el Simplismo―, rechazó el sinsentido de su megalomanía y
la desmesura de su individualismo, que no se correspondían con la calidad de su
producción poética. Sin embargo, lo rescató por ser, en su opinión, un
anarquista que no había podido sustraerse de su vocación revolucionaria en
poemas de largo aliento y con títulos tan significativos como Ubicación de Lenin
y Biografía de la palabra revolución.
Ambos poemas fueron publicados en la revista Amauta, así como otros dos poemas de corte político-social: Envergadura del anarquista, La hora cero y un texto programático
titulado “Pequeña retórica personal”. Es, sin embargo, muy significativo que se
publicaran estos poemas, que constituyen una minoría en el conjunto de su obra,
y no otros, de carácter más netamente vanguardista, como los que componen sus
libros química del espíritu (1923) o Simplismos (1925). La razón pudiera
estar en la fijación mariateguiana con la revolución
y la vanguardia rusas.
Mariátegui, que volvió de
Europa con la pretensión de crear una gran revista en Perú, pensó en llamarla
en un primer momento “Vanguardia”. La vanguardia que tenía en mente en todo
momento y que pretendía, hasta cierto punto, emular y trasplantar a Perú, era
la vanguardia rusa, donde el futurismo de Maiakovski
se había aliado a la revolución socialista,[15]
y donde arte y política habían encontrado, a su juicio, una simbiosis
fructífera. Que Mariátegui tenía en todo momento la
vanguardia —en su significado más amplio, de avanzada y revolución en todos los
campos— de Rusia, y que pretendía emularla de algún modo, queda explícito
cuando compara el indigenismo peruano como preludio de un cambio histórico en
el Perú con el mujikismo anterior a la formación de
la revolución socialista en Rusia:
Este indigenismo,
que está solo en un período de germinación —falta aún poco para que dé sus
flores y sus frutos— podría ser comparado, salvadas
todas las diferencias de tiempo y de espacio, al “mujikismo”
de la literatura rusa pre-revolucionaria. El “mujikismo” tuvo parentesco estrecho con la primera fase de
la agitación social en la cual se preparó e incubó la revolución rusa. La
literatura “mujikista” llenó una misión histórica (…)
El indigenismo de nuestra literatura actual no está desconectado de los demás
elementos nuevos de esta hora.[16]
Igualmente, trazó en el mismo
ensayo un paralelismo esperanzador entre la nueva poesía peruana indigenista
(bajo esta tendencia se publicaron, entre otros, libros de poesía como Ande (1926) de Alejandro Peralta, Cocca (1926) de
J. Mario Chávez, Falo (1926) de Emilio Armaza, el hombre del ande que asesinó su esperanza
(1928) de José Varallanos, Poemas del arado y de las hélices (1929) de César A. Miró Quesada o
Altipampa. Poemas multifacios
(1933) de Emilio Vásquez) y el constructivismo y el futurismo rusos.
No en vano vieron la luz en Amauta textos de autores rusos como
“¡Izquierda, marchen!” de V. Maiakovski, “La
literatura de la revolución” Ilya Ehrenburg,
“El marxismo y el arte” de A. Lunatcharsky, o “El
arte y la sociedad burguesa”, del pintor marxista alemán George
Grosz.
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― La
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― “Mariátegui's
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Abraham, Obras, Lima: Editorial
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VERANI, Hugo J., Las vanguardias literarias en
Hispanoamérica, 4ª ed., México: FCE, 2004.
[1] Esta es una versión revisada y actualizada
de la ponencia leída, bajo el mismo título, en el XXXVI Congreso del Instituto
Internacional de Literatura Iberoamericana, celebrado en Génova (26 de Junio-1
de Julio del 2006).
[2] Tomo estas informaciones de Mirko Lauer, Musa mecánica. Máquinas y poesía en la vanguardia peruana, Lima:
Instituto de Estudios Peruanos, 2003, p. 73.
[3] Abraham Valdelomar,
“Recuerdos de Roma. Enrique Serra”, en Obras,
Lima: Editorial Pizarro, 1979, pp. 458-462.
[4] J. C. Mariátegui,
“La influencia de Italia en la cultura hispano-americana”, publicado en Variedades, Lima (25 de Agosto de 1928).
Tomado de J. C. Mariátegui, El artista y la época, Lima: Biblioteca Amauta, 13ª ed., 1988, pp. 153.
[5] Se publicó en El tiempo,
Lima (3 de Agosto de 1921).
[6] J.C.Mariátegui,
El artista y la época, Biblioteca Amauta, Lima, 10ª ed.,
1988, p. 58.
[7] J. C. Mariátegui:
“Giovanni Papini”, publicado en Variedades, Lima (17 de noviembre de 1923 y 26 de junio de 1926).
Tomado de El alma matinal y otras
estaciones del hombre de hoy, Lima, Biblioteca Amauta, 10º ed., 1987, pp. 125-132.
[8] La poesía futurista en las
vanguardias latinoamericanas fue una interpretación muy sui generis de los
preceptos y los postulados marinettianos, y fue mucho
menos virulenta e iconoclasta que las ‘parole in libertà’ preconizadas por el apóstol del futurismo.
[9]
Américo Ferrari: “Las vanguardias poéticas peuanas
en la revista Amauta”, en el sitio web http://www.revista.agulha.nom.br/bh22ferrari2.htm
[10] Verani,
Hugo J., Las vanguardias literarias en
Hispanoamérica, México: FCE, 2004, p.204.
[11] Ídem. Mariátegui
insistirá en esta idea en diferentes ensayos. En “Oliverio Girondo”,
publicado en Variedades, Lima (15 de Agosto de 1925) afirmará que ‘la
literatura europea de vanguardia (...) representa la flora ambigua de un mundo
en decadencia (...) En las escuelas ultramodernas se descompone, se anarquiza y
se disuelve el arte viejo en exasperadas búsquedas y trágico-cómicas
acrobacias. El oficio de las escuelas de vanguardia (...) es un oficio negativo
y disolvente. Tienen la función de disociar y de destruir todas las ideas y
todos los sentimientos del arte burgués.’ Por otro lado, la crítica a Girondo será muy positiva: elogiará su humorismo
desenfadado y su antipasadismo.
[12] Lo mismo opina una de las mejores
conocedoras de la vanguardia peruana, Vicky Unruh, en “Mariátegui's Aesthetic Thought: a
[13] Id., p.
205.
[14] Esta idea sostiene el lúcido
ensayo de James Higgins, “José Carlos Mariátegui y la literatura de vanguardia”, incluida en la
recopilación de Hubert Pöppel,
Las vanguardias literarias en Bolivia,
Colombia, Ecuador, Perú: bibliografía y antología crítica, Vervuert-Iberoamericana, Frankfurt-Madrid, 1999, pp.
191-200.
[15] “Mariátegui observed approvingly that nowhere did the arts
of the avant-gardes receive greater oficial
encouragement than in the Soviet Union of Lunatcharsky’s
era”. Cfr.,
V. Unruh, op. cit., p. 49.
[16] Publicado originalmente en
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