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EL
TÚNEL DE ERNESTO SÁBATO:
Alejandro Hermosilla Sánchez
(Universidad
de Murcia)
Resumen: El artículo intenta
estudiar el concepto de pecado original y caída en el tiempo americano a partir
de la novela de Ernesto Sábato, El túnel.
El presente estudio realiza un análisis de las primeras escenas de la novela
relacionándolas con textos esenciales americanos que han estudiado los símbolos
claves para visualizar esa segunda caída en el tiempo que supuso la llegada del
hombre occidental a América.
Palabras clave: ceguera, paraíso,
pecado, soledad, túnel.
Abstract: the
article tries to study the concept of sin original and fall in the american time from ernesto sabato´s novel, The tunnel. The present study realizes
an analysis of the first scenes of the novel relating them to american essential texts that have studied the symbols key
to visualize this second fall in the time that supposed the arrival of the
western man to
Key words:
blindness, loneliness, paradise, sin, tunnel.
“Lo que llamamos Pecado Original no puede jamás
pasar de moda”
Vladimir Nabokov.
“¡Cuáles quedan los pobres aposentos del
castillo! ¡Qué turbados andan los sentidos, que es la gente que vive en ellos!
Y las potencias, que son los alcaides y mayordomos y
maestresalas, ¡con qué ceguedad, con qué mal gobierno! En fin, como a donde
está plantado el árbol, que es el demonio, ¿qué fruto puede dar?”.
Sor Juana Inés de la Cruz.
“Y Yahvé Elohim le dijo a Adán:
“De todo árbol del jardín del que quieras comer, tú
comerás pero del árbol del conocimiento del bien y del mal tú no comerás porque
el día que comas de él, morirás”.
Génesis 2,17.
Lo
dice Castel casi al final de su narración: “Mi madre no preguntaba nunca si
habíamos comido una manzana, porque habríamos negado; preguntaba cuántas, dando
astutamente por averiguado lo que quería averiguar: si habíamos comido o no la
fruta; y nosotros, arrastrados sutilmente por ese acento cuantitativo
respondíamos que sólo habíamos comido una manzana”. (Sábato, 2000, p. 101).
Y de
esto nos habla El túnel. De las
consecuencias de haber probado una manzana del árbol del conocimiento e incluso
varias hasta haber dejado el árbol vacío, el jardín del paraíso desierto y
haber levantado un muro artificioso en sus entrañas. En suma, del pecado
original tantas veces referido por Héctor Murena cometido contra América.
Y
pocas escenas como la primera escena crucial que confronta a Castel y a María
en el parque San Martín describen con tanta sutileza pero sin recodos la caída
en el tiempo americano, nos hacen una descripción tan precisa del pecado
original argentino. Y, por ello, nos ocuparemos de ella con el fin de
esclarecer premisas que puedan abrir nuevas vías de interpretación a la
celebérrima El túnel de Sábato, teniendo
en cuenta que ocupa un lugar primero en una trilogía y que en esta novela se
puede observar detenidamente aquella sentencia que Joseph Campbell
refiriera en su ya clásico libro sobre los héroes: “el paso de la superconsciencia
al estado de inconsciencia es precisamente el significado de la imagen bíblica
de
Pero
sí hemos de subrayar que para completar este proceso referido deberíamos
estudiar o realizar un análisis pormenorizado de toda la trilogía sabatiana, en
este artículo únicamente nos aproximaremos a analizar el primer proceso ya citado: la caída.
En
este sentido, hemos de decir que es curioso observar cómo el encuentro de Castel y María se puede entroncar y caracterizar sin
dificultad desde el punto de vista a través del que observó el amor del hombre
porteño, Scalabrini Ortiz. Nos dice Scalabrini Ortiz que no fue “un tacto
que se exarcerbó, no fue una erectilidad de sus ojos
hechizados; no fue una enajenación de los oídos enternecidos por la fragancia
de una promesa, no fue tampoco, el reconocimiento de dos destinos que hallaban
en el apareamiento de sus cuerpos la expresión de una voluntad más alta”, (Scalabrini Ortiz,1931,p. 59) lo que lo arrastró a vivir su
primer amor como tampoco, podemos deducir, lo que condujo a Castel a perseguir
a María anónimamente por las calles de Buenos Aires. Sino más bien un egoísta “estremecimiento
de su fantasía atenazada por un incipiente apetito cerril; (…) una delirante,
aunque borrosa fábula, una imagen brutalmente desarraigada de la vida, y no una
criatura real, con sus inherencias, sus virtudes, sus pecados. Fue una creación
y no una conquista, la primera conquista del adolescente porteño”. (Scalabrini Ortiz, 1931,p. 59).
Lo
que, en suma nos refiere a una imposibilidad de apertura al otro y de expansión
de la conciencia que va a ser básica para comprender los motivos de esta
primera caída abrupta en el tiempo de lo americano que nos narra Sábato en El túnel.
Al
mismo tiempo, hemos de resaltar que el primer encuentro entre Castel y María en
un ascensor, preñado de silencio y culpa lejos de referirnos a un silencio
unitivo y paradisíaco es un silencio obstruido, un silencio parlante que no
permite doblegar el ruido de las conciencias, un silencio que sugiere todo
aquello que fue perdido un día más que prometer un posible reencuentro entre
los dos seres separados. Y, a este respecto, resulta interesante citar unas
palabras de Rodolfo Kusch en que caracterizará el silencio típico de los
ciudadanos de su pueblo para cotejarlo con el de Castel y María. Así, nos dice
Rodolfo Kusch que este silencio es el “que hay aun cuando se habla: el silencio
que consiste en no decir cosas esenciales. Se trata de un silencio que impide
la entrega al prójimo”, al ser “una solución, una respuesta para evitar la
inseguridad y hostilidad del mundo”. (Kusch, 2000, I, p. 232 y 233). Lo que,
como observaremos en la escena relatada, no está muy lejos del sentir de Castel
hacia María y la primera mudez que lo caracteriza en el seno de ese tortuoso
edificio que se cierne ahora sobre la pareja acaso con más virulencia que lo
hacía el desierto sobre los protagonistas de La cautiva, al ser éste un edificio creado por esta misma cultura
y, más incomprensible, por tanto el yugo férreo, la soga que ata sobre los que
se internan en él.
Si
recordamos, esta escena se desarrolla justamente tras el pasaje narrativo que
apuntala la entrada de María en un edificio administrativo. El signo es
eminentemente claro. Castel ha visto una luz que aún no comprende pero esta luz
(María) está cercada, rodeada y enclavada en un escenario cruel. En uno de
aquellos monumentos a la vanidad del ego humano nacidos a partir de la eclosión
de
Pues,
lo repetimos otra vez, aquel edificio en que se introduce Castel buscando a
María, esa construcción de metal forjada con el hierro por el que Prometeo
quisiera poseer el secreto de los Dioses, no deja de ser un eslabón de una
vigorosa cadena, prepucio del pene, espada de metal asesina, enlazada en
Occidente sobre la tierra americana “madre común-tálamo
y crisol de raza” de Argentina, para Ricardo Rojas, hasta
esterilizar sus significados y contenidos. Es el rastro saliente del homicidio
cometido contra las raíces del árbol de la vida americano, la extracción de sus
raíces y su sustitución por el flujo de vida anti-natural
producido por la conceptualización artificial
implantada por Occidente en América. Contra “esa tradición indiana, ligada
sustancialmente al nombre argentino” que para Ricardo Rojas, llegaba a su
nación “desde lo viviente de la tierra y lo hondo de los siglos”, pudiendo
dotar a sus ciudadanos de “la conciencia de su unidad espiritual”. (Arias Saravia, 2000, p. 389-391).
Sin
embargo, la plaza donde se reúnen Castel y María supone su opuesto y, lo que no
deja de llamar la atención, frente a la multitud que se agolpaba frente al
edificio, la misma se encuentra desierta. Y es así, con esta simple metáfora y
trasvase de lugares como comenzamos a adentrarnos en el pecado original
americano. Frente a la plaza que lleva el nombre del padre de
El
padre de la rebelión, San Martín, que elevó como Moisés la voz de su pueblo
hasta el cielo para que Caín y sus hijos encontraran su camino en América es
ahora un referente perdido entre la utilización onomatopéyica de su vida que
realizaron para su interés los distintos gobiernos de la Argentina y el
desprecio e indiferencia de aquellos que entienden que con él se cerraron para
siempre las compuertas de Europa, se certificó su exilio y destierro para
siempre. Él es ahora otro de los muertos fantasmas que recorren la sociedad
argentina, otro de aquellos hombres que creyeron que el orden constitucional
generado a partir de 1810 y ratificado en 1816, marcaría una nueva época en el
país argentino, cuando, en verdad, sólo ayudó –piensan tantos ciudadanos de
aquel país mientras caminan solitarios por esta plaza sin prestar atención ni
apercibirse de la presencia de María y Castel- a ratificar su condena. Sólo hay
un poder vivo y éste es el de las tinieblas, el olvido, el mundo del dinero. Es
un reflejo del mundo moderno. De donde acaban los sueños de independencia y
emancipación de Dios: la pesadilla. Y es el mejor símbolo que se nos puede
ocurrir para profundizar en el pecado original argentino.
Lo
ha dicho, de nuevo, Rodolfo Kusch, en la antigüedad la plaza pública era
mística, foco de reunión plural de visiones plurales, puede que discordantes
pero ensambladas en armonía, “recibían toda la comunidad y
eran igual que el Edén, la huerta del Señor, de la cual refiere la Biblia que
había sido constituida poco después de la creación”. Puede que así fueran las
plazas de la mítica Jerusalén de Mequilsedecq. Antes
que reinara el odio en sus entrañas, antes de “la expulsión de una pareja
original” (Kusch, 2000, Ib, p. 440) cometida por un
Dios punitivo. O mismamente, que así fueran las plazas de la cultura
indígena americana antes de, como pudiera apuntar Abel Posse,
la llegada de los bogavantes y emisarios occidentales, dispuestos a probar el
fruto americano y restar “santidad a la plaza”, hacerle “perder su categoría de
ombligo del mundo” que “estaba en el puro estar”. (Kusch, 2000, Ib, p. 441).
Ampliando esta cuestión que viene a advertir de la ruptura con el tiempo
natural americano producido por la llegada de Occidente que acabó con el “estar
en el mundo” de sus habitantes, nos dice Rodolfo Kusch: “Cuando la comunidad
echa al que prueba la manzana, hace bien: porque mordisquear el árbol del bien
y del mal era destruir la comunidad, precisamente el centro del grupo humano,
ese que hacía de ombligo del mundo, y, a través del cual, todos se comunicaban
con la divinidad; era disgregarlo todo en un sinnúmero de pequeños individuos
egoístas y pretenciosos que querían ser alguien. Y la comunidad está antes del
bien y del mal, está en el puro amor, en los que sólo se dejan estar”. (Kusch,
2000, Ib, p. 441).
Por ello mismo, nos continúa diciendo Kusch, “la plaza pública de hoy en
día, sin otro misterio que el arbusto para hacer el amor” es un signo de que
“la comunidad ha perdido su centro”. (Kusch, 2000, Ib,
p. 441). Seguramente también es, en su condición solitaria, una muestra de cómo
todos los miembros de la sociedad, al final se vieron afectados miméticamente
por el individualismo de quien probó la primera manzana que ha cegado
definitivamente a toda la comunidad.
Lo vuelve a decir Kusch, en la antigüedad quien probaba la manzana, “el
goloso culpable era segregado, como lo fue Adán, porque la comunidad lo sometía
al escarnio en la plaza pública, ante la mirada de todos, porque ella no podía
permitir que alguien intentara disgregar la grey, al
rebaño reunido en torno al mercado y la iglesia”. (Kusch,
2000, Ib, p. 441 y 442).
Pero una sociedad ya no puede
dirigir su mirada hacia ninguna parte ni a ningún culpable cuando, en realidad,
todos han probado ese fruto. Ya son todos individuos cegados por su propio ego.
Con miedo a mirarse, a penetrar en los ojos del “otro” que son el reflejo del
alma, con un temor inaudito al amor. Y así, Castel nos dirá que María “me
escuchó siempre sin mirarme”, al tiempo que intuya estar “caminando a tientas”,
(Sábato, 2000, p. 45) en un encuentro lastrado por las sombras de un pecado
cometido en otro tiempo y donde ambos, bajo la sombra de San Martín, parecen
ser dos fugitivos avergonzados de sí mismos y atemorizados por la llegada de
algún Dios que pueda castigar a una pareja de enamorados que se acaban de
conocer, de reconocer.
Pero no sólo San Martín se eleva como vigilante para observar los tímidos
acercamientos entre María y Castel, también está un árbol aparentemente oculto
durante toda la escena pero que la preside desde su aparente desvalía. Un
sucinto árbol desgarrado y solitario rodeado de asfalto al que María mira, por
una especie de resorte inconsciente, una y otra vez y bajo cuya influencia
Castel refiere una de las pocas expresiones de ternura hacia María en todo el
libro: “Recordé la mirada de María fija en el árbol de la plaza,
mientras oía mis opiniones; recordé su timidez, su primera huida. Y una
desbordante ternura hacia ella comenzó a invadirme. Me pareció que era una
frágil criatura en medio de un mundo cruel, lleno de fealdad y miseria. Sentí
lo que muchas veces había sentido desde aquel momento del salón: que era un ser
semejante a mí”. (Sábato, 2000, p. 56).
Y así este árbol –tronco partido y perdido de lo que antes fuera el
frondoso árbol del bien y el mal– es silueta muda que obliga a recordar a
Castel quien, a pesar de declarar al principio de su relato tener una memoria
sorprendente, debe reconocer bajo su presencia tener “de
pronto, lagunas inexplicables”, olvidos momentáneos donde el diablo y el pecado
se esconden para encadenarle. Por lo que, y una vez que se encuentra tan lejano
de unificar los dos opuestos de aquel árbol paradisíaco, no puede hacer menos
que agarrar una ramita que se encuentra drásticamente
arrojada, quebrada, en el suelo, dedicándose a dibujar formas en el aire que,
en verdad, no pueden significar más que su radical impotencia por reconstituir
su memoria de un tiempo perdido que únicamente quiere olvidar. Lo pesadas que
son las palabras para él y la imposibilidad, a la vez, de volver a ese paraíso.
Pues estando fracturado el árbol, caído en medio de una tormenta de edificios,
no permite realizar lo que para Z’evben Shimón Halevi es la función simbólica del árbol. Canalizar el amor
a través del recuerdo: ayudar “a la fusión de dos identidades gemelas que por
un momento se sueltan, a través de sus cuerpos de las ataduras de la existencia
terrena”, o de permitir que Castel se reencuentre con su añorada Eva, volviendo
a vislumbrar el Paraíso “a través de las puertas del Edén”, (Shimón Halevi, 1993, p. 128) de
forjar una unión mística que el árbol de la vida santifica al celebrarse en el
Cielo y que, en este caso, ha de permanecer petrificada. Como la mirada de
María al salir del edificio burocrático, ante “la sensación de
que casi se había convertido en piedra”, (Sábato, 2000, p. 42) severa, triste y condenada como la
de una Medusa siempre encadenada a un pasado del que no puede escapar ni
compartir en un presente benigno con ningún compañero.
Sumergida en el foso de cemento de uno de aquellos edificios que para Bachelard mostraban que no se “está dentro de la
naturaleza” y que, por consiguiente, la “vida íntima huye por todas partes”,
debido a que “la casa ya no conoce los secretos del universo”, entre
“ascensores” que “destruyen los heroísmos de la escalera” y su altura que es
únicamente “exterior” y que resta “mérito” al “vivir cerca del cielo”
terminando por configurar una idea de nuestra morada, de nuestra casa sin
“raíces”. (Bachelard, 1993, p. 58). Es decir, un árbol podado, talado y sin fruto alguno que pone
de manifiesto al absurdo gesto asesino de Occidente contra sí mismo y contra
América por el libérrimo uso del ego, de esa razón que –simbolizada a través de
la oscura conciencia de Castel– habría ido despejando de hojas vivas los
parajes de aquel parque, los frondosos jardines naturales del continente
americano. Nos dirá Castel, cuando sus dudas y sospechas sobre María
entenebrezcan su conciencia a tono con la espectral Buenos Aires que le rodea:
“Mis dudas y mis interrogatorios fueron envolviendo todo, como una liana que
fuera enredando y ahogando los árboles de un parque en una monstruosa trama”.
(Sábato, 2000, p. 65).
Sin embargo, como nos indica Jung, el árbol es el
opus y el proceso de la transformación “moral y
físicamente” y está “considerado símbolo de la gnosis y de la sabiduría”, (Jung, 1982, p. 201) por lo que su presencia en el comienzo
de la obra de Sábato, si algo quiere indicar es que hay que comenzar el proceso
de desvelamiento de lo que está oculto, hay que realizar un viaje a la semilla,
un camino al revés de como hasta ahora lo ha andado el hombre para
reintegrarnos con el origen. Y esto es lo que se va a producir en El túnel, una vez que asistimos al
encuentro avergonzado de María y Castel bajo la sombra del árbol americano que
ya no tiene fruto alguno. Del que todos sus ciudadanos, como sospechaba la
madre de Castel de sus hijos, no han comido una sino repetidas veces hasta
dejar marchito el fruto de la tierra que no es ahora más que tierra estéril,
polvo, piedra o roca de Sísifo que está obligado a transportar el hombre para
sobrevivir. Pero para llevar a cabo ese camino hay que exprimir la noción del
mal hasta el máximo y hay que asistir a la consecuencia final y lógica de la
narración sabatiana –prácticamente una parodia
contra-utópica del mito paradisíaco– del pecado original argentino.
Y de
esta manera, será en el transcurso de una conversación telefónica, lejos de la
presencia de aquel perdido árbol que miraban una y otra vez, donde a través de
los débiles pero resistentes hilos que permiten la conexión telefónica y sin
que ni el uno ni el otro puedan mirarse a los ojos, contemplarse, y su
separación sea aún más recurrente que termine de aparecer el último actor de la
narración del pecado: el ego. Un ego que ya no desaparecerá más del seno de la
narración y que se manifestará por primera vez de manera altisonante,
instaurando ya para siempre el tiempo del demonio en la relación amorosa,
cuando Castel, enojado y casi a gritos le diga a María: “Usted no dice que haya
pensado en mí”, (Sábato, 2000, p. 45) antes de dirigirse enfurecido al único rincón
donde puede encontrar refugio, un café de tangos, el café Marzotto.
Un lugar donde, como señala, “la gente va (…) a oír tangos, pero a oírlos como
un creyente en Dios oye La pasión según San Mateo”. (Sábato, 2000, p. 48) Y
donde se reunirá con una multitud de hijos de Caín a escuchar una melodía que
les haga soñar con el antiguo abrazo de la madre Eva, les haga expiar su falta
y pena y de la que, paradójicamente, Castel no sentirá que forma parte. Lo que,
lejos de extrañarnos, hemos de considerar lógico, teniendo en cuenta que Castel
–como puede que los compañeros con que comparte la velada– no está dispuesto a
reconocer su condición de exiliado y la negará durante toda la novela hasta que
una vez que haya matado a María, no tenga más remedio que afirmarla.
De
hecho, resulta esclarecedor hacer un recuento de los distintos lugares que
enmarcarán los posteriores encuentros de María y Castel después de la narración
de la escena anti-paradisíaca que finaliza con Castel
sumergido en la corriente masoquista del tango para seguir observando las
dimensiones del pecado original cometido contra América. Pues Sábato nos
mostrará, sutilmente, una ciudad, Buenos Aires, repleta de habitantes cegados
hacia el porqué de su exilio y las consecuencias de su pecado lo que, en el
fondo, configura y constituye su desgracia. Su no aceptación de la verdad que,
con tanta crudeza, mostraba la Maternidad de Castel. Y para mostrar esta
realidad y su significación última, la inmersión en un túnel de soledad, Sábato
enmarcará a Castel y María en torno a muchas de esas edificaciones
arquitectónicas que hicieran decir virulentamente a
Martínez Estrada en La cabeza de Goliath de las mismas que eran “apáticas” (…) sin vida tras las persianas, donde los inquilinos viven su
propia conformidad sin mirar afuera” y en las que “entramos y salimos como de
un túnel, casas y calles aletargadas de bienestar y de hartazgo”. (Martínez
Estrada, 1983, p. 73). Pues las mismas se han construido como un reflejo de la
Europa, el origen que se fue, como un escondite para huir de las distintas
intemperancias del clima americano, para no mirar la horrible verdad: el
destierro y la alargada sombra de Yahvé.
De
hecho, para María Zambrano, es el “temor de ser visto” por Yahvé, lo que
provoca que el hombre se resguarde en un ámbito protegido, el de la razón, para
negar esa misma posibilidad de ser capturado por una divinidad, cuya creencia
se contempla ahora irracional, imposible, en el interior del nuevo “ámbito” construido para el dios de la visión y la inteligencia”, “el dios
de la visión intelectual, el descubierto por la filosofía”, que “es el dios que
corresponde a la necesidad de ver más que al temor de ser visto.” (Zambrano,
1986, p. 129,130). Como, de la misma manera, es la necesidad de huir de la
mirada de este vigilante Dios lo que obliga a sumergirse en construcciones de
cemento. A su vez, esa necesidad de mirar a través de la razón cuando, como en
Argentina, se encuentra con “la visión en un espejo que no nos devuelve la
imagen que nuestra vida necesita” que, en este caso, sería América,
se convierte en “envidia”. O lo que es lo mismo, in-videre,
imposibilidad de ver: ceguera. No sólo para mirar lo que se tiene alrededor
sino, por supuesto, aquello de lo que se huía, aquello que nos miraba desde el
confín de los tiempos: el ojo implacable y castigador del Dios de los judíos.
(Zambrano, 1986, p. 287).
Y por ello, acaso, tras la narración sutil, oculta, pero exacta de la
expulsión del jardín de las delicias de América
–aunque, en realidad, sería más justo decir que es más bien una narración y
retrato de la decadencia de ese mismo jardín- llevada a cabo por Sábato en la
plaza San Martín, el siguiente encuentro de Castel y María será en la Recoleta:
el barrio burgués, por excelencia, de Buenos Aires, donde el artificio sin
raíces de la nueva construcción ahonda aún más en la separación del paisaje
natural americano, donde la repetición y la reconstrucción del barrio europeo
llega a ser exuberante y el ardid del pecado no puede ser negado. Donde la
falsificación y el reflejo, el intento de reconstrucción de Europa en Argentina
se hace más exorbitante, se reproduce más vertiginosamente. Lo ha expresado con
precisión Daniel Durante: una vez que el hombre argentino rechazó “la relación dialógica con el Otro”, al considerarlo un Dios enemigo o
un peligroso compañero “se enferm(ó) en la lógica de la copia”. Y una vez que el reflejo de
Europa que esperaba no podía ser más que un reflejo de la Argentina, intentó
buscarlo o reproducirlo “hasta el punto de devenir” más europeo que el
original. Lo que es una forma sutil de cegarse, de esconder una verdad: “El
original no se encuentra (…) en Argentina”. (Castillo Durante, 1995, p. 54).
Y siendo La Recoleta uno de los barrios más celebres de
Buenos Aires, si lo es, en realidad, es por poseer una personalidad que, en el
fondo, es una denegación de los atributos del ser, del “ente” americanos y
donde la espada de la razón occidental clava su daga con más fuerza sobre la
naturaleza de América. Uno de los lugares en que –a pesar de su frágil y
calculada belleza– la necesidad de apartar la mirada de la realidad, el
destierro, que trae como consecuencia la ceguera llega a su punto más elevado y
el pecado original cometido contra América se muestra con más evidencia.
Precisamente, porque es allí donde este pecado más se quiere negar. Donde el
aparente vacío de la falta, su elipsis, la hace aún más omnipresente en torno a
un caparazón de edificios resplandecientes, sonrisas vacías, huecas, de la
multitud, y la vida se muestra discontinua, sin historia, en torno a los
reflejos incoloros de los vidrios de las casas. Casas construidas como símiles
de un refugio que, sin embargo, la cercanía del mar, o la extensa tela de
chavolas destruidas que se ciernen sobre el mapa del barrio amenaza,
cuestiona.
Pecado o drama que para Rodolfo Kusch consiste en “la participación simultánea del ser europeo y del presentimiento de una onticidad americana” en un ensamblaje no sedimentado que
trae como consecuencia que “la participación del ente del ser, por la que el
ente toma conciencia de su onticidad, no pueda
lograrse.” Que, por lo tanto, “la existencia” no logre ser auténtica”, sea
“falsa, adquirida, propiamente existente porque se bifurca y flota entre
verdades parciales y sólo se completa por exceso adoptando un extremo por vez”,
como en la sobrepujanza del “ser” masculino, conquistador, poseedor de
Occidente sobre la raíz americana de la tierra argentina. (Kusch, 2000, II, p. 103).
De
esta manera, los nombres de las calles por los que transitan sus protagonistas
les envuelven en una tela inconsciente de significados y sentidos forjados por
la razón y que llevará en muchos momentos a Castel a rugir de rabia por la
incapacidad de poder unificar sentimientos y razón: “¡Cuántas veces esta
maldita división de mi conciencia ha sido la culpable de hechos atroces!
Mientras una parte me lleva a tomar una hermosa actitud, la otra denuncia el
fraude, la hipocresía y la falsa generosidad; mientras una me lleva a insultar
a un ser humano, la otra se conduele de él y me acusa a mí mismo de lo que
denunció en los otros”, (Sábato, 2000, p. 71) exclamará Juan Pablo en una de
las más descarnadas, esclarecedores y recurrentes confesiones (tantas veces
citada por los exegetas y críticos de El
túnel) que nos refiera.
Nos
remiten a una historia espuria de la conquista de la tierra argentina que
absorbe y enjuga los recuerdos de Castel y María al ser cómplices inconscientes
de una narración en la que ejercen como marionetas desplazadas por los hilos de
algún oscuro demiurgo para su triunfo final.
Así,
desde la Plaza Francia (con sus reminiscencias al influjo malévolo de la razón
cartesiana en toda América, el estallido de la Revolución en el siglo XVIII y
sus consecuencias para la Independencia de América, el flujo discontinúo que
invoca otra más de las disímiles influencias que ayudaron a construir
Argentina), el Parque Avenida Centenario (donde asoma como la sombra de un
testigo histórico y acusador la fecha de la Independencia de Argentina), o
Puerto Nuevo (indicando un nuevo confín situado en tierra en el que los
navegantes podrían encontrar auxilio a su exilio), todas las calles transitadas
por María y Castel, nos remiten a la conquista, al trasplante del reflejo, el
ser “europeo” en América, creando un ámbito fantasmagórico, irreal, mortuorio.
Un hábitat afín a la razón acuartelada detrás del paredón de palabras,
edificios de sílabas y huérfanos deseos del pensamiento de Castel, incapaz,
como nos referirá, de vislumbrar vida auténtica a su alrededor, encontrar un signo
de vida: “acá y allá, con gran esfuerzo, lograba vislumbrar vagas siluetas de
hombres y cosas, indecisos perfiles de peligros y abismos”. (Sábato, 2000, p. 53).
Pero
esta actitud de Castel no habría de sorprendernos, una vez que se comprende
que, como han indicado las más altas filosofías y religiones que ha creado el
hombre, cuando el hombre se encuentra frente a las nieblas y el ruido de la
materia, ha de volverse hacia su interior. Hacia su corazón. Exactamente, esto
es lo que hacían Adán y Eva en el paraíso. Mirar hacia su interior desde donde
podían ver los signos angélicos de los arcontes que preanunciaban la luz
divina, el pleroma gnóstico. Sin embargo, como nos ha
sugerido Martínez Estrada en Radiografía
de la Pampa -en una reflexión geográfica pero que podemos entender,
asimismo, simbólicamente- “para el porteño, mira al interior es mirar hacia
fuera; al exterior. Interior es para él Europa”. Pues para el ciudadano que
puebla Buenos Aires, internarse en el fondo de su país, su verdadero corazón,
como indica Estrada, “es dislocar su persona del conjunto de que forma parte”,
tener “que luchar con hechos distintos, no con la aventura sino con la ceniza
de una aventura que se ha quemado hasta el fin”. (Martínez Estrada, 1983, p. 223).
En
verdad, más tarde, Martín en Sobre
héroes y tumbas mostrará lo errado de este razonamiento pero Castel
–situado en primera línea de contacto de los aspectos éticos presentados por
Sábato en su trilogía- aún no podrá hacerlo. Mirar hacia dentro significaría
reconocer que está perdido en América, que no se encuentra en Europa (el
paraíso original de tantos ciudadanos argentinos) y asistir a un desvalimiento
del que huye como la peste. Por ello sólo ve niebla, porque únicamente mira al
exterior. Mira un reflejo. El intento de reconstrucción de Europa en América. Y
el espejo está empañado, sucio. Observa la sombra de lo que fue un día. Una
sombra perdida en un contorno de sombras. Aquellos que habitaron en un paraíso
(Europa) al que llegaron siendo expulsado de otro anterior (paraíso original)
al que, quién sabe, si también fueron condenados Eva y Adán, por ser creaciones
concupiscentes de la Sophia inferior, según nos
relata en el mito gnóstico.
Y es
ahí, en estos detalles anteriormente referidos, desde donde podríamos comenzar
a entender su asesinato, el porqué en el fondo de él late la ira. Porque como
Castel entiende de aquella María que le traía la promesa del posible retorno a
un lejano paraíso perdido, ella no había sido sino alguien ubicado “detrás de
un impenetrable muro de vidrio, a quien yo podía ver, pero no oír ni tocar; y
así, separados por el muro de vidrio, habíamos vivido ansiosamente, melancólicamente”.
(Sábato, 2000, p. 107). Lo cual no debía, no tenía por qué ser así. Él era el
señor de este mundo y tenía derecho como se le prometió a hacer lo que quisiera
con él. Y por esto, el hombre occidental después de una expulsión tras otra
hizo de América, un verdadero paraíso, lo que es para Castel y tantos hombres
que la sufren: un infierno. Un resto maloliente y sin alma del continente
europeo. O, al menos esto es lo que sabe, en el fondo de sí, Castel y no puede
ni quiere reconocer. El motivo implícito de su ira y de su descenso continuado
a los infiernos en El túnel: una
obra que, tal y como hemos querido demostrar, nos refiere como pocas las causas
y los efectos de haber concebido en América un nuevo pecado original de
insondables consecuencias para sus habitantes y para todo el mundo occidental
reflejado de manera indirecta en las costas de este continente.
Bibliografía.
ARIAS SARAVIA, Leonor. La Argentina
en clave de metáfora. Un itinerario a través del ensayo. Buenos Aires:
Ediciones Corregidor, 2000.
BACHELARD, GASTON. Poética del
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