REVISTA ELECTRÓNICA DE ESTUDIOS FILOLÓGICOS


Literati, Barry McCrea

 

(Barcelona, Círculo de Lectores, 2006)

 

         Paula me preguntó si prefería vino blanco o tinto. Le dije tinto y pidió una botella.

         - Y ya que estamos podemos comer algo –dijo–, sólo un aperitivo.

         Miré la carta y le propuse pedir bruschetta. Lo pronuncié brusheta, como había oído decirlo en los restaurantes. Ella sacudió la cabeza.

         - Brusqueta, querido, brusqueta. «Che» en italiano se pronuncia que –dijo en voz baja.

(pág. 130)

 

 

         Lecciones de gramática. «Is é dífhostaíocht an fadhb is in Éirinn inniu. Is í, an fhadhb. Dans la France métropolitaine. L´hexagone. Savez-vous prendre le métro? Les spécialités d’Annecy. Ag Críos an Síol.» Valles glaciales. H2SO4. Chicos que lanzaban corazones de manzana contra la pizarra. Jesús, triste y piadoso, colgando del crucifijo de la clase por un solo brazo. Aguanta ahí, chico. Confesión. Un simulacro de incendio. «Follow it up, follow it up, that’s the way to win the cup Patrick hablando con mi madre y llamándola por su nombre, como le gustaba a ella: «Tu jardín tiene un aspecto magnífico, Eileen

         Me di la vuelta en la cama. No podía dormir y temía que aquel sentimiento melancólico volviera a apoderarse de mí. Me pareció oír un sonido, un lejano cántico en latín.

 

Ecce enim in inquitatibus conceptus sum

et in peccatis concepit me mater mea

 

         Escondí la cabeza bajo el edredón, pero el cántico seguía ahí, una presencia casi imperceptible en el aire de la habitación, como el vibrado invisible de un mosquito. No podía liberarme de él. «Chris, Chris, piensa en Chris», me decía, pero aquel sonido seguía llegando hasta mí, cruzando el aire y la habitación hasta alcanzarme debajo de las sábanas.

 

ecce enim veritatem dilexisti

incerta et occulta sapientiae tuae manifestasti mihi

(pp. 161-162)

 

 

         John se tumbó y cantó en un tono agresivo fragmentos de canciones que hablaban de cárceles; su mente, a pesar de él, trabajaba aún según los principios de los sincronismos:

 

A hungry feeling came over me stealing

And the mice were squealing in my prison cell

And the old triangle went jingle jangle

All along the banks of the Royal Canal.

 

         Me levanté de la cama y me senté en la silla del escritorio, donde Sarah escribía los correos electrónicos para Luis. A mi espalda, John cantaba, con la cabeza hundida en la almohada:

 

As we gather in the chapel here in old Kilmainham Gaol

I think about the past few weeks, oh will they say we’ve failed?

From our schooldays they have told us we must yearn for liberty

Yet all I want in this dark place is to have you here with me.

(pp. 224-225)

 

 

         Lentamente, el tintineo de las joyas de Paula comenzó a transformarse en un canto, no el cántico en latín que esperaba y temía, «cor mundum crea in me, Deus: et spiritum rectum innova in visceribus meis», sino la voz débil y aguda de un chico joven dublinés de clase trabajadora, estridente e inexpresiva en las notas agudas, cantando fonéticamente, sin comprenderla, la letra de una canción irlandesa que había aprendido en la escuela:

 

Báidín Fheilimí, d’imigh go Gabela

Baídín Fheilimí’s Feilimí ann.

 

El pequeño bote de Felim iba a Gola,

el pequeño bote de Felim con Felim a bordo.

(pág. 237)

 

 

         Cuando tomé el primer volumen prohibido, el tráfico, el rumor de la nevera, la pareja de mendigos peleándose en el exterior, el tictac del reloj despertador de Patrick e incluso, tal vez, el timbre de mi teléfono se habían entretejido en un fino entramado de sonido: el inevitable y peligroso cántico en latín que me había seducido la primera vez y que ahora iba a guiarme de nuevo:

 

ecce enim veritatem dilexisti

incerta et occulta sapientiae tuae manifestasti mihi

Asperges me hyssopo et mundabor

Lavabis me, et super nivem dealbabor.

(pág. 298)

 

 

         También él me miró de arriba abajo, y al ver mi aspecto sucio y desaliñado se echó a reír meneando la cabeza. Me atrajo hacia él, me dio un beso cálido en la boca y luego me apartó y volvió a mirarme con atención, como una abuela inspeccionando a su nieto recién llegado de la guerra. Esperé que me dijera algo, pero en lugar de eso llamó al camarero.

         - Deux citrons glacés au vodka, chef –pidió en un francés de Dublín despreocupado y resuelto.

         Abrí la boca para comenzar a hacerle preguntas, pero me detuvo chasqueando la lengua y levantando un dedo, así que esperamos en silencio junto a la barra hasta que el camarero trajo las bebidas. Pablo pagó y alzó el pequeño vaso.

         - Saol fada, gob fliuch agus bás in Éirinn –brindó en tono burlón–. Por una larga vida, un gaznate húmedo y una muerte en Irlanda.

         Hicimos chocar los vasos y bebimos.

(pág. 314)

 

 

         En algún momento llegaron Keith y Ryan, con un tintineo de botellas, y durante las horas siguientes les oí pasar la aspiradora, mover los muebles, mantener conversaciones por el móvil, las más largas en inglés americano, «I think Stacey’s comino, you can, like, walk over with her», y las más breves en francés americano, «la métro c’est Saint Ambroise, oui, oui, c’est ça». Más tarde, les oí entrar con comida china para llevar, que pude oler desde mi cuarto. Sus amigos empezaron a llegar a las ocho y media, y tuve que oír todos sus «qué tal, tíos», sus palmadas en la espalda y las voces de pito de las chicas norteamericanas entusiasmadas con los cócteles que les servían, «oh Dios mío, estas margaritas están de muerte». Durante una o dos horas me concentré en mi labor lo suficiente como para aislarme del ruido, pero cuando finalmente se convirtió en el alboroto simultáneo de mucha gente, y la música, Eminem o algo parecido, empezó a retumbar en el suelo, tomé un sincronismo para ver qué debía hacer.

(pág. 327)

 

 

         Me tocó hacer el turno que llamaban fermeture, la palabra que en francés significa «cierre», aunque en realidad ese término, como tantos otros objetos y conceptos en La Brioche, tenía un sentido intraducible dentro de su contexto, de modo que los irlandeses seguíamos diciendo fermeture incluso cuando hablábamos en inglés, adaptando, eso sí, las vocales a nuestro acento.

(pág. 337)