REVISTA ELECTRÓNICA DE ESTUDIOS FILOLÓGICOS


Pandora en el Congo, Albert Sánchez Piñol

(Suma de Letras, Madrid, 2005)

 

 

         Lo que me sacaba de quicio eran sus emboscadas dialécticas. La Pinkerton nunca atacaba cara a cara, a la bayoneta, sino como la artillería naval, bombardeando a millas de distancia. Lo más irritante eran sus circunloquios, agotadores. Era incapaz de decir, por ejemplo:

         - Señor Thomson, ¿por qué no ha vaciado el buzón?

         O:

         - Señor Thomson, no sale agua del grifo.

         O:

         - Señor Thomson, ¿dónde está la leche?

         Juro que hubiera agradecido la franqueza. En lugar de eso, lo que decía era:

         - Hay alguien que olvida cuáles son sus obligaciones semanales.

         Hablar con ella suponía un complicado ejercicio, difícil de entender para quien no lo haya experimentado. Mis circuitos mentales debían hacer el triple esfuerzo de preguntarse: A: ¿Quién debe ser ese «alguien»? B: ¿Qué «obligación» he descuidado? C: Por el amor de Dios, ¿por qué no habla claro?

         Puede parecer una nimiedad. No lo era, hay torturas muy sutiles. Imaginemos unos ojos que sólo buscan defectos. Unas orejas que sólo escuchan blasfemias. Alguien, en definitiva, con quien no es posible mantener una conversación relajada y trivial. Cada vez que abría la boca me obligaba a ponerme en guardia, a intuir por dónde me atacaría. Siempre tenía que estar pensando lo que debía estar pensando ella. Éramos una especie de jugadores profesionales de ajedrez, obligados a prever los movimientos del contrario con cinco o seis jugadas de antelación.

         Otro ejemplo: tardé meses enteros en comprender que odiaba el tratamiento de «señorita». Nunca me lo dijo, lo noté por los síntomas. Cada vez que oía la palabra señorita el mentón se le alzaba y alzaba, y miraba tan arriba que en más de una ocasión me pregunté si había goteras en el techo. No. Tan sólo le molestaba que le recordasen que no tenía marido. Un día hice la prueba, la llamé señora Pinkerton, y aquella tensión invisible que creaba a su alrededor se alivió. Al menos un poco. Bueno, que la señora Pinkerton fuese un espantajo de carbón y una urraca solterona demuestra que el género masculino es más despierto de lo que algunas mujeres piensan.

(pp. 32-33)

 

         La siguiente sesión no siguió un orden cronológico. Preferí que nos centráramos en el personaje:

         - Hábleme de ella.

         - ¿De quién? ¿De la chica blanca?

         - Sí, de la chica blanca.

         Marcus miró a ambos lados de la mesa, con gesto indeciso.

         - ¿Tenemos que hablar de ella? – me rogó con cierto pesar.

         Él no quería. Pero mi trabajo me otorgaba algunas prerrogativas.

         - Sí, Marcus –insistí, implacable–. Creo que sí. Quiero que hablemos de ella.

         Según Marcus se llamaba Amgam. Pero le obligué a reconstruir la escena en la que se presentó y llegué a la conclusión de que probablemente ése no era su nombre real. Marcus le debió de bautizar así por un accidente lingüístico. Al principio Marcus me dijo que, un atardecer, ella tendió la mano hacia él, y dijo:

         - Amgam.

         - ¿Amgam? Yo, Marcus –respondió él.

         Cuando le exigí más detalles de la escena, Marcus me contó que aquella tarde había encendido un quinqué de gas. La chica blanca reaccionó como si la cerilla hubiera obrado un milagro. La llama bailaba tras las paredes de cristal. Ella se reía. Acercó aquella palma suya tan grande, con aquellos seis dedos tan largos, a la abertura superior de la lámpara y dijo:

         - Amgam.

         Marcus pensó que esos seis dedos lo señalaban a él, interpelándolo. Pero ante mi escepticismo Marcus dudó. Al final, ambos concluimos que la chica no hacía más que explorar la calidez del quinqué. De modo que, en realidad, no se estaba presentando, solamente se refería al quinqué con un nombre tecton. Marcus lo había confundido con una presentación oficial.

         - Marcus –dijo él.

         - Amgam –repitió ella.

         - ¿Amgam? –dijo Marcus–. Amgam.

         Así pues, lo más probable es que Amgam no fuera más que una palabra tecton que significara «luz», «fuego», o «calor». Pero Marcus empezó a llamarla Amgam. Y se quedó con ese nombre.

(pp. 140-141)

 

         ¿Por qué regresaba a las ruinas de la pensión? Por una nostalgia inútil, supongo, o con el fin de empezar a orientarme en mi nueva vida. Me senté sobre la maleta. Estuve ahí un buen rato, mirando la casa y jugando con los dedos y los recuerdos, hasta que reparé en que alguien había pegado una nota en una columna de escombros. Decía lo siguiente:

    Hola Tommy. Si lees esto es porque estás bibo y todos nos allegramos mucho mucho de que estés bibo y no estés muerto. Mariantonieta también salegra, te lo juro. A lo peor estás mutilado y te falta un brazo, o los dos. O una pierna, o las dos. O las dos piernas y los dos brazos, porque en la guerra la gente dispara y ai muchas explosiones. A nosotros y a Mariantonieta no nos importa lo que te falta, que lo sepas. Quizá te han explotado los ojos, los dos, y estás ciego. Si es así, dile a alguien que te lea la nota, porque es mía.

    Ahora bibimos en otro sitio. Te lo dige en las cartas que te mando a tu rejimiento, pero tú no me constestas y tu rejimiento me dice que tu ya no eres de tu rejimiento porque tas presentao voluntario pa lartillería y que no pueden decirme donde está lartillería por seguridad. (lartillería nuestra o la de los alemanes, eso no contiendo).

    Si lees esta nota tu no te muevas. Tu siéntate y espera. Tu siéntate y espera. Que te sientes, cojones.

    Tu buen amigo y compatriota de pensión:

                                                                              MACMAHON

(pp. 259-260)

 

         Recuerdo una vez, por ejemplo, en que accidentalmente cambié de lugar un signo de exclamación y la mayúscula siguiente. Sólo era un signo de exclamación y una mayúscula mal colocadas, pero tuvieron resultados desastrosos. Vivíamos los momentos culminantes de la gran ofensiva alemana de 1918. En la portada del semanario aparecía una ilustración de Paría bajo los bombardeos de los Bertha, los cañones gigantes alemanes. Por aquellos días había una polémica pública sobre la conveniencia o no de defender París. Unos, los «heroicos», afirmaban que se debía defender la ciudad hasta la última gota de sangre. Otros, los «realistas», que era preferible establecer las defensas en una posición más sólida, al sur, antes de contraatacar con los refuerzos yanquis. Naturalmente, los partidarios de la defensa a ultranza acusaban a los «realistas» de derrotistas. En definitiva sólo se trataba de una polémica de estrategas de café, pero hacía que se vendieran muchos ejemplares. La dirección decidió alinearse con los heroicos, faltaría más. Pero, en lugar de:

         ¡París! ¡Nunca seremos derrotados!

         Lo convertí en:

         ¡París nunca! ¡Seremos derrotados!

         Aquello fue una buena excusa para que el señor Hardlington me reprendiera por enésima vez.

(pág. 338)