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ESTAMBUL CAPITAL IMPERIAL
MARÍTIMA EN LAS DESCRIPCIONES DE VIAJEROS HISPÁNICOS (1784-1916)[1]
Pablo Martín Asuero
(Instituto
Cervantes de Estambul)
ABSTRACT
During the
whole Eastern Question,
Key Words:
Los siglos XVI y XVII trajeron
consigo la máxima expansión de un Imperio Otomano enemigo del Imperio Español.
La gran cantidad de relatos que surgieron aportaron bastante información sobre
el otro gran imperio mediterráneo[2]. A
pesar de la abundancia de impresos y manuscritos la mayor parte de ellos son
resúmenes o compilaciones de autores italianos o franceses. Uno de los aspectos
que se mantendrán hasta el siglo XVIII es la imagen de la forma triangular de
la ciudad rodeada de mar. José Solano lo
vuelve a decir en 1793 "Está situada sobre siete colinas y su circuito
forma un triángulo de lados desiguales, de los cuales el uno se extiende sobre
el mar de Mármara o antigua Propóntide; el otro, que mira a Levante está sobre
el puerto y el tercero y mayor se presenta a parte de tierra"[3]
Sin embargo, a partir de finales del siglo XVIII la imagen
de Estambul empieza a cambiar, dependiendo de los movimientos artísticos y de
los adelantos tecnológicos. Así, entre
la aparición del segundo tomo del Tableau General de l'Empire Ottoman
de Mouradgea d'Ohsson en 1790 y 1893 en
que el sultán Abdul-Hamid II ofreció a las autoridades británicas y americanas
una serie de álbumes fotográficos hay un abismo en la imagen de Estambul. Ambos
documentos tienen como objetivo la presentación de la imagen del imperio
Otomano a los extranjeros, pero, mientras en el primero los 233 grabados
constituyen el aporte iconográfico, las 1800 fotografías del segundo son
suficientes[4].
Estambul empieza a ser conocida a través de colecciones fotográficas y de
tarjetas postales, a pesar de que mantengan similares tópicos y personajes
pintorescos dan una visión más real que los viajes románticos.
La visión de los textos española evoluciona desde la visión
clásica hasta las descripciones realistas de la segunda mitad del siglo XIX o
las modernistas a principios del XX. Las memorias militares españolas de las
expediciones fletadas tras las paces hispano-otomanas de 1782 están escritas
por ilustrados y algunas de ellas siguen modelos enciclopédicos. Casi todas
tienen también un aporte iconográfico
que acompañaba a las descripciones como la obra de José Moreno, Viaje a
Constantinopla en el año 1784 que contó con varios artistas como Vázquez,
Velázquez o Aguado. Los dibujos de la expedición se grabaron en Barcelona y
sirvieron de ilustración a las dos memorias. Los planos, mapas y vistas de
edificios hicieron innecesarias las descripciones de las vistas. La página 230
tiene una Vista de
La memoria de José Solano al ser una obra más personal compagina el grabado anteriormente mencionado
del Viaje a Constantinopla con una descripción del mismo sitio:
El serrallo o palacio de los sultanes, edificado por Mahometo II sobre la punta oriental de Constantinopla,
tiene una circunferencia de tres millas
y una figura casi triangular, le rodean murallas bastante elevadas y una espesa
y alta arboleda que casi le cubre a la vista, la mayor parte del edificio es de
piedra, y sus techos de bóveda cubiertos de plomo, y está sobre una colina: por
la parte del mar de Marmora no llega a la
orilla, pero sí por el lado del puerto, sobre el cual tiene el serrallo
varios Kiosk a la chinesca, cuyos techos de pizarra en
figura de pirámides hacen una bellísima vista . [5]
La descripción bidimensional del grabado se amplía con una visión
a vista de pájaro que le permite abarcarlo por completo. Esta perspectiva es
heredera de los antiguos planos de la ciudad que tuvieron una gran difusión con
fines militares[6]. En este contexto, las primeras vistas
panorámicas de la ciudad aparecen a principios de los años de 1830. Michaud en Correspondance
d'Orient describe el panorama que se ve desde la torre de Seraskierat. Este
punto de vista, edificado en la cima de una de las colinas de Constantinopla,
le permite una visión total de la ciudad: al Norte el Cuerno de Oro y los
barrios francos, al Sur el mar de Mármara y las Islas de los Príncipes, al Este
el Bósforo y la costa asiática y al Oeste las murallas y Rumelia. El problema
de este emplazamiento es que no permite abarcarlo todo sin girar la cabeza. La torre de Gálata, al otro
lado del Cuerno de Oro, se convertirá en el lugar ideal para esta clase de
descripciones.
Así, Lamartine, autor del Viaje a Oriente, una obra
que conoció numerosas traducciones al español en el siglo XIX[7],
descubre en un mirador edificado en el barrio de Gálata un punto de vista que
le sorprende y maravilla: "
Llegados aquí, olvidamos a Marmara, la costa de Asia y el Bósforo para
abarcar con la vista la laguna del Cuerno de Oro, y las siete ciudades sentadas sobre las siete
colinas de Constantinopla, que venían todas a unirse al brazo de mar para formar una ciudad incomparable y única que a un tiempo es,
ciudad, campo, mar, puerto, ribera de rios, jardín, frondoso monte, valle profundo, océano de casas, hormiguero
de buques y de calles, lagunas apacibles y encantadoras soledades, que ningún
pincel puede expresar en conjunto, y que a cada golpe de remo, se presenta,
recibiendo el alma una nueva impresión [9]
Lamartine esboza una visión del Cuerno de Oro como centro
de la ciudad donde su alma encuentra el éxtasis. La temática romántica también
es otro aspecto que encuentra en las noches de Estambul un escenario idóneo:
"Esta noche me he sentado solo a la luz de una esplendente luna que se
reflejaba en el mar de Mármara y aún sobre las moradas líneas de las perpetuas
nieves del Olimpo, bajo los cipreses de la escalera de los muertos. Estos
cipreses que dan sombra a los innumerables sepulcros de los musulmanes"[10].
Estas líneas contienen casi todos los elementos del romanticismo dentro de una de las primeras vistas nocturnas: la
exaltación del yo contemplando la belleza, la muerte desde el exotismo del
cementerio musulmán y el monte Olimpo con todas las connotaciones que
conlleva.
La torre del Gálata es el lugar desde donde el viajero
peruano Pedro Paz Soldán y Unanue dice que el panorama es más grandioso que el
de Nápoles en 1862, un tiempo en que la torre todavía no estaba acondicionada
para el turismo "También subí a la torre del Gálata, donde no hay como
esperaba una azotea o plataforma desde la cual se pueda abrazar toda la
perspectiva de la ciudad; antes bien se ve uno obligado a irla admirando por
partes por entre las ventanitas"[11]
Adolfo de Mentaberry, un diplomático español destinado en
Esta descripción sigue entre la enumeración y la erudición.
Gautier prescinde de este aspecto porque " […] nous ne pousserons pas plus loin cette revue de
mosquées à des légères différences." será necesaria la visión fotográfica
para captar estas diferencias[13]. La
larga estancia del diplomático posibilita esta clase de visiones. Los viajeros
describen una ciudad en un momento de plenitud estética que queda inmutable
entre las páginas de los libros.
La visión de Juan de Dios de
Lo cierto es que De Madrid a Constantinopla se
publicó en 1873, dos años después del viaje de la fragata Arapiles cuya
memoria no vio la luz hasta 1882. Este
texto prueba el proceso de elaboración
de los libros de viajes: inicialmente se documentan sobre el tema en el punto
de partida, en un primer momento contemplan la ciudad desde un barco con
bandera occidental, llegan a la ciudad donde pasan un tiempo que suele durar un
mes y medio. Las notas que tomaron durante la estancia configuran la primera
versión. El texto se corrige, amplía, completa con los últimos acontecimientos
y publica en el punto de origen del viaje.
La vista desde la torre de Gálata sí parece ser fruto de su percepción personal.
Los detalles de una vista panorámica casi fotográfica la separan de la visión
paisajística de Lamartine. El mundo fantástico rodeado de agua, oculto en casas
y jardines revela la formación romántica del autor del Viaje a Oriente de la
fragata de guerra Arapiles.
Desde tan elevado observatorio, abarca la mirada el Serrallo, el castillo
de las Siete Torres, la cúpula de Santa Sofía, los minaretes de la mezquita de
Achmet, los verdes cipreses de Scútari, elevándose al cielo, como plegarias de
la naturaleza por los que a su sombra descansan, la lejana campiña, las casas
de recreo y los haremes, ocultos entre bosques de flores y de verdura, las
blancas líneas de los acueductos casi borrados por festones de yedra, el
Bósforo con su ondulante superficie, movida por las contrarias corrientes que
le agitan, y el Cuerno de Oro, inmóvil, y el mar de Mármara, resplandeciente
como un inmenso espejo en el que, iluminado por el espléndido sol de Oriente, refleja
aquel hermoso cielo su inmensidad [16]
Engin Çizgen llama
a esta clase de descripciones visuales del siglo XIX le parcour des yeux[17].
Algunos autores siguen la perspectiva romántica
de Lamartine como Nerval para quien
el espacio contemplado no es más que aspecto menor en los llamados itinéraires
de l'esprit. La comparación de Gautier a la llegada con el escenario de una
opera de cuento de hadas refleja como ninguna la concepción de Estambul como
espacio romántico oriental.
La vista panorámica encuentra en
Estambul un marco ideal en la fotografía y en la literatura realista. Estas
nuevas imágenes reproducen una visión mucho más completa del urbanismo y de la
geografía que las anteriores. El primer panorama de Estambul es de Roberstson y
Beato de 1860. El lugar elegido es la torre de Galata frente a la otra torre
que domina la ciudad, la de Seraskier hoy en el recinto de
El panorama formaba parte de los gravados y retóricas
literarias de obras como Voyage Pinttoresque de Constantinople et des rives
du Bhosphore de Melling[18] o Promenades
Pittoresques dans Constantinople et sur le Bosphore de Perthusier en 1815.
La entrada a Estambul por mar tiene otra visión panorámica inicial, aparecida
en el álbum de gravados de Thomas Allom, que con las llegadas románticas serán
las precursoras de estas nuevas imágenes.
La primera mitad del siglo ha hecho que "La vision
panoramique s'impose. Elle s'impose aussi bien que aux peintres qu'aux
écrivains. Elle impose aux écrivains de se faire peinares."[19] El
desarrollo de la fotografía conoce un impulso inicial durante los años
cincuenta y acabará por consolidarse como la forma oficial de las imágenes del
imperio durante el reinado de Abdul-Hamid II (1876-1908).
Edmundo de Amicis,
uno de los autores extranjeros más conocidos por los viajeros hispánicos, participa
de este espectáculo desde el mismo punto que Michaud "Para el que se halla
puro y pronto a subir a las estrellas, nada más apropiado que
encaramarse a la cabeza de aquel gigante de piedra conocido por el nombre de
torre de Serasquier"[20].
Unos años antes, la difusión de álbumes como Panorama du Bosphore en 1870 y Panorama
de Constantinople pris de la tour de Galata de Sebah Pascal en 1873, han
difundido una nueva imagen de
Si las fotografías de las vistas panorámicas están
limitadas al campo de lo visual la literatura puede abarcar otras percepciones
sensoriales como el oído o el vértigo: "viendo en derredor aquella inmensa
bóveda azul; oyendo el viento que zumba furioso, haciendo crujir los vidrios y
bambolear el conjunto, apoderándose del espectador el vértigo"[21]
Incluso sentidos como el olfato o el gusto están presentes "[…] en una
especie de mirador circular, cubierto y rodeado de vidrieras, en el cual
permanece constantemente un guardián que sirve el café a los visitantes."[22]
La
visión literaria del paisaje no sólo reproduce una vista panorámica sino
también las reflexiones de un viajero
que ha visitado y descrito otras ciudades como París, Madrid y Sevilla
"Me acordaba de mis desmañanadas descripciones y me decía con amargura:-¡Desgraciado!
¿Cuántas veces han brotado de tu pluma las palabras bello espléndido,
magnífico! ¿Qué te queda ahora para este espectáculo?"[23]. La
vista panorámica unida a la descripción de la subida se acerca a un documental
con una panorámica cinematográfica donde los ojos del viajero hacen de cámara y
sus pensamientos de narrador. A partir de esta época la atención se fija otros
aspectos como el movimiento de los
barcos y de las palomas y en los cantos de los almuédanos. Si la visión de
Lamartine es pictórica la visión de de Amicis es cinematográfica.
Constantinopla entera está allí, y se abarca con girar en derredor la
mirada: todas las colinas y los valles de Stambul, desde el castillo de las
Siete Torres hasta el cementerio de Eyub; toda Gálata y toda Pera, cual si la
mirada cayera a plomo sobre las mismas; toda Scutari, cual si me hallara
debajo: tres zonas de la ciudad, de bosques, de flotas que se extienden hasta
perderse de vista, a lo largo de tres riberas encantadoras, y otras fajas
interminables de aldeas, y de jardines que en suaves ondulaciones, se pierden y
desvanecen en el interior de la campiña; y el Cuerno de Oro inmóvil, cristalino
y salpicado de innumerables caiques que semejan inquietos mosquitos que estén
nadando; y el Bósforo que parece cerrado aquí y acullá por las colinas más
avanzadas de ambas orillas, ofreciendo el aspecto de una continuada serie de
lagos, cada uno de los cuales parece ceñido por una ciudad y cada ciudad
rodeada de jardines; y al lado del Bósforo el mar Negro, azulado, cuyos últimos
límites se confunden con el firmamento; y por la opuesta banda el mar de
Mármara, el golfo de Nicomedia, la isla del Príncipe, la orilla europea y la orilla asiática, tapizadas de
blancas aldeas; y más allá del mar de Mármara el estrecho de los Dardanelos que
brinda cual sutilísima hebra de plata; y más allá de los Dardeanelos un vago
fulgor blanquecino que es el mar Egeo y una curva oscura que es la orilla de
La panorámica presentada como real tiene una particular
versión del espacio: desde la torre el mar Negro está oculto por el Bosque de
Belgrado, el mar de Mármara tiene varios cientos de kilómetros de ancho hasta
los Dardanelos y los estrechos no son
rectas trazadas por un tiralíneas. Pero qué importa que todo esto no se pueda ver si es
el paisaje que todo viajero ha soñado con admirar.
La fotografía, representante de las versiones oficiales, ha
permitido que la literatura vuelva a adoptar nuevas perspectivas dentro del
amplio espacio que es la realidad. La pintura y la literatura se escaparán de
las reglas de lo real para descubrir otros mundos en los movimientos vanguardistas
de principios de este siglo. Es el inicio del nuevo orden artístico.
Durante el último cuarto de siglo proliferan las vistas. La
ciudad se libera de la primavera perpetua de Lamartine y de la eterna luz
crepuscular de Chateaubriand. Ordóñez Ortega
la describe con todas las luces en el transcurso de las primeras horas: el
crepúsculo de la llegada proporciona una vista de una ciudad a punto de ser
tapada por las famosas nieblas. La vista nocturna desde el barco, que parece
ser que no fue impedida por la anunciada niebla, para terminar por la mañana,
otro momento ideal para describir lo que no pudo ser visto la víspera.
Los otros dos puntos de vista se mantienen: el serrallo y
la torre del Gálata "Desde este observatorio Constantinopla vuelve a ser
la ciudad grandiosa, se desarrolla ante los ojos un espléndido panorama, en el
que no se sabe que alabar más"[25]. La
contemplación de un paisaje donde los
ojos encuentran tantas cosas que ver y la memoria que recordar hace que las
multitudes, la suciedad de las calles, la fealdad de las casas y la cuesta se
olviden. Una vez más la belleza de Estambul es desde una perspectiva panorámica
donde los habitantes no son dignos de mención.
La larga estancia del diplomático y poeta Antonio
de Zayas, el duque de Amalfi, a finales del siglo XIX se ve reflejada en las
descripciones de la ciudad donde vivía a lo largo de las cuatro estaciones del
año. La contemplación del panorama desde el hotel Pera Palace le permite
olvidar el trayecto entre la estación y el hotel: "El soberbio panorama
que surgió de improvisto ante mis ojos absorbió de tal modo mis sentidos"[26].
Introduce una vista del Cuerno de Oro.
A los pocos días se cambió de habitación a la fachada del
quinto piso donde "[…] permanecí largo rato asombrado ante el espléndido
panorama que divisaba a través de los cristales de mi balcón. Veía a mis pies
[...] de humildes casas separadas entre si por huertecillos, que estaban ya
próximas a cubrirse con las frescas y lozanas galas de la primavera."[27] La
ciudad, visitada por los viajeros románticos en primavera o verano no suele
estar descrita en invierno, el mito de la ciudad inmutable va desapareciendo
también de las letras españolas.
La misma ventana le sirve para describir la noche donde
aparece la nostalgia de aquel que lleva tiempo lejos de la patria. El siguiente
fragmento es más la descripción de un paisaje muchas veces visto que una vista
panorámica en un momento puntual. Una vista que la rutina ha hecho que deje de
ser exótica. Esta visión, adornada de muchos tópicos, esconde un escenario que
forma parte de la cotidianeidad. Encierra un elemento que caracteriza la visión
española. La nostalgia de Zayas es fruto del recuerdo de una patria con un
pasado oriental.
Yo he contemplado muchas veces desde el balcón de mi cuarto del Hotel Pera el espectáculo que describo, a la
luz indecisa del crepúsculo vespertino. Yo he presenciado el rápido paso de
aquella alada procesión de negras aves, sino con el terror siniestro, sí con la
melancolía profunda con que contempló Don Juan Tenorio el paso de su propio
entierro. Yo he visto desdibujarse gradualmente en el fondo grisiento del cielo las cúpulas y alminares de
las vecinas mezquitas de Stamboul, y confundirse, al vencer las tinieblas
nocturnas a la claridad del día fugitivo, las luces encendidas en el barrio
turco con las estrellas del firmamento. [...] mientras el almuedano, viviente
campana de los templos musulmanes,
dirigía su voz a los cuatro puntos cardinales exclamando con el tono lastimero
de los incomparables cantares andaluces: "no hay más Dios que Dios, Mahoma
es el Profeta de Dios.
Entonces, en aquellas horas de penumbra, sentía con más viveza que
nunca la nostalgia de mi tierra bendita.[28]
El verano hace su aparición en el paisaje literario:
"El espectáculo es brillante. En el fondo, a mano izquierda, verdes y
frondosos árboles [...] Por fondo el azul purísimo de un cielo sin nubes"[29] o la
noche primaveral completa la visión del diplomático español a través de las
estaciones del año. El romanticismo tardío español se revela en este fragmento.
En la noche del 11 de Mayo de 1897 [...] abrí de par en par el balcón
de mi cuarto [...] El firmamento estaba despejado y sobre su inmensa bóveda
azul oscura, fulguraba misterioso séquito de estrellas. Las cúpulas de las
mezquitas de los sultanes Selim y Bayaceto se erguían coronadas por fúlgida
cornisa de diminutas luces y los esbeltos alminares de tan esbeltos templos y
los mas modestos que de trecho en trecho se elevan entre las casas que
dormitaban en anfiteatros ante mis ojos, perdían sus contornos en airosos en el
fondo oscuro del cielo [...] Los navíos turcos ostentaban en sus altos palos
innumerables luces que, al rielar en la superficie tranquila de las aguas,
semejaban tembladoras cintas de cristal. El frescor de la brisa acariciaba mi
rostro y el perfume que exhalaban los árboles y las plantas engalanados con
toda la lozanía y verdor de exuberante primavera, inundaba de gozo inefable
todo mi ser y sumía mis sentidos en dulcísimo sopor semejante a los preludios
de un tranquilo y dorado sueño.
Acordeme de las encantadores noches de Granada [...] Involuntariamente comparé entonces las noches
de Oriente con las noches de Occidente; las noches de
No todos lo observadores tenían alma de artista, así la
visión práctica del hijo del Dr. Pulido, entonces estudiante de medicina supone
una vuelta a las descripciones tradicionales: "Es de todos sabido que el
Cuerno de Oro, prolongación del Bósforo, divide a la capital de Turquía, en dos
partes completamente diferentes. La inferior bañada por el mar de Mármara, es
Estambul, la más antigua, la que contiene todas las bellezas"[31]
Blasco Ibáñez, el cual llegó a Estambul en 1907, es tajante
en el aspecto de la ciudad "Nada queda en Constantinopla del pasado; pero
¡cuán hermosa es con su aspecto musulmán!"[32]. El
novelista valenciano hace su aparición en Oriente
después de una introducción a la ciudad, la tradicional descripción de la forma
triangular da paso a la forma en Y.
La descripción de esta letra compuesta de tronco, dos ramas y los ángulos y
espacios existentes le sirve para explicarlo.
La visión panorámica desde un lugar típico, el Cuerno de
Oro, produce está visión donde el elemento humano está presente. Esta visión,
heredera de las llegadas en barco, sintetiza todos los elementos anteriormente
expuestos. La afición a los escenarios cinematográficos se refleja en esta
primera vista de la ciudad. Será necesario que el cine descubra el sonido y el
color para poder hacer un documental que pueda describir la realidad como lo
hace este texto:
¡El atardecer de mi primer día en Constantinopla! ... venía yo de contemplar
a cierta distancia, la santa mezquita de Eyoub, donde jamás ha puesto el pie
ningún cristiano. Eyoub es un arrabal en el fondo del Cuerno de Oro, que se
conserva como lo más turco y creyente de Constantinopla. Su mezquita, viene, en
rango de santidad, detrás de
La corriente del Cuerno de Oro empujaba el caique dulcemente, y el
remero sólo tenía que dar débiles paletadas para seguir el viaje. Había
desaparecido el sol, los minaretes de Constantinopla cortaban con su blanca
línea un cielo suave, teñido de rosa y violeta. Una estrella centelleaba en ese
inmenso telón de seda, como un brillante perdido. En lo alto del cielo brillaba
un fragmento de luna en creciente, como la que se muestra en el escudo otomano:
la media luna de los turcos.
La enorme ciudad parecía partida en diversos términos, como los bastidores de un teatro. Los barrios inmediatos
a la ribera, negros y levemente moteados de rojo por las luces de las ventanas
iluminadas; los de segundo término ligeramente sonrosados por los reflejos del
atardecer; los remotos marcados azulados e indecisos como montañas, reflejando
con fulgores de incendio los últimos rayos de un sol invisible en los cristales
de los miradores, y sobre esta aglomeración, envuelto en el misterio del
crepúsculo, los bosques de marfil de los agudos minaretes, los enormes huevos
blanquecinos de las cúpulas de las mezquitas.
Un espacio sagrado descendía del cielo, esparciéndose en compañía de
la sombra entre la ciudad y las aguas. Pasábamos entre buques de guerra, anclados
en el puerto militar: acorazados grises de triple chimenea, cruceros de una
sola cofa, esbeltos avisos, yates imperiales que aguardan la visita del sultán,
el cual no los ha visto nunca. De pronto la roja bandera con la media luna
blanca comenzó a descender de los mástiles. Sobre la cubierta veíanse agrupadas
las tripulaciones, con el fez, que iguala a oficiales y marineros. En el
cuartel del Almirantazgo, la infantería de marina extendía sus pelotones a lo
largo del muelle, destacándose el la penumbra la línea roja de sus cabezas
alineadas.
A un mismo tiempo se conmovió la calma majestuosa del crepúsculo con
gritos que parecieron rasgar el espacio como disparos cruzados. En los
balconcillos circulares de los minaretes, hombres liliputienses con turbante
blanco, agitaban los brazos, acompañando estos movimientos con las modulaciones
de un chillido sobrehumano. Sobre los puentes de los buques de guerra, un
hombre entonaba un canto majestuoso y triste, semejante a las saetas de
Andalucía.
La revolución de los jóvenes turcos de 1908 abre una nueva
página de la historia turca conocida como Ikinci Mesrutiyet Dönemi,
Segundo Periodo Constitucional, que terminará
con el derrocamiento de Abdul Hamid II
en 1909. La ciudad constitucional fascina a Gómez Carrillo, uno de los
mejores cronistas del modernismo. Este acontecimiento histórico predomina en
toda la descripción de Constantinopla de Ciudades
de Ensueño. El desencanto del periodista al encontrar una ciudad donde la
monarquía parlamentaria ha acabado con el poder del sultán es patente al estar
en una ciudad donde "la época musulmana que ahora agoniza"[34]. El
año que pasa entre el viaje de Blasco Ibáñez y el de Gómez Carrillo ha hecho
que la visión del novelista valenciano haya quedado obsoleta. La ciudad que un
año antes mantenía su alma musulmana bajo la apariencia occidental está
empezando a considerar la figura del califa dentro de un estado de
derecho.
La influencia europea es la culpable de que la ciudad haya
dejado de ser exótica "De todas las injurias que Europa ha hecho a
Constantinopla en los últimos cincuenta años, ninguna debiera ser tan dolorosa
para el corazón de los turcos como esta invasión del más detestable
occidentalismo [...] lo "parisiense" ha matado en él lo que antes
tenía de exótico y hasta la misma luz de Oriente parece haber huido a su
contacto"[35].
En poco más de un siglo se ha pasado de acusar a los turcos
de destruir la ciudad clásica a compadecerlos ante la agresión europea. Las
descripciones de los viajeros románticos, encargadas de revitalizar el mito de
la ciudad más bella del mundo, aportaron un exotismo a la imagen de Estambul
que acrecentó el interés occidental. La penetración cultural europea y las
reformas del Tanzimat están acabando con el Estambul otomano.
El escritor guatemalteco, indignado en los barrios francos
por lo que ha visto, contempla la torre del Gálata "¿Por qué no subir?...
Para olvidar la vulgaridad de
La descripción de la vista está contemplada con un nuevo
elemento: el viajero se da cuenta de que es el final de una época. El paisaje
vuelve a mantenerse como testigo mudo de
esplendores pasados, sólo la contemplación de la vista panorámica le permite
revivirlos "de pronto, para borrar todas mis visiones crueles o banales,
he aquí la terraza que domina a Stambul.[...] Bañada por la luz púrpura de la
tarde, la ciudad antigua se extiende, entre las aguas rosadas del Cuerno de Oro
y del Bósforo, en la gloria de su belleza milenaria"[37].
Gómez Carrillo llega a despreciar las mejoras en la calidad de vida de la
población "desdeñando los ejemplos muy higiénicos pero muy poco
pintorescos de las viviendas europeas de Pera"[38].
A
través de las líneas de este texto modernista se puede interpretar que
para Gómez Carrillo la ciudad pertenece
más al reino de la belleza que a su población.
La visión de la ciudad de Carlos Ibáñez de Ibero, un
observador español en Grecia y Turquía durante
La salle des séances se vide rapidemente. Peu à peu l'ombre l'envahit tandis que là-bas, tout au
fond, derrière la tribune du president, une inmense baie vitrée, d'où l'on
decouvre la rive d'Asie, demeure éblouissante de lumière. Du haut de mon
perchoir, je regarde passer avec
ravissement de superbes barquasses aux voiles ensoileillées glissant
lentement sur les eaux bleues du
Bosphore; c'est un paysage de rêve dont la douceur exquise s'acentue
encore maintenant que réssone au loin le
chant du muezzin appelant les fidèles à la prière. Mais les députés rentrent
bruyanment et le mirage disparait.[42]
[1] El presente artículo procede de un
capítulo de mi tesis doctoral que no ha sido incluido en la publicación, Viajeros
hispánicos en Estambul; de la cuestión de Oriente al reencuentro con los
sefardíes (1784-1918), Estambul,
Isis, 2005.
[2] Este aspecto ha sido estudiado por Albert Mas en Les Turcs dans la littérature espagnole du
Siècle d'Or, París, NRS, 1967.
[3] Josef
Solano Ortiz de Rozas, Idea del Imperio
Otomano, Madrid, Imprenta
de Sacha, 1793, p. 12
[4] Véase el capítulo I del catálogo de la exposición Images d'Empire, aux origines de la
photographie en Turquie, por Gilbert Beaugé, Estambul Banque Ottomane,
1993.
[6] Las vistas a
vuelo de pájaro dice Jean Ebersolt que empiezan a difundirse desde principios del XV siendo famoso el plano de
Buondelmonti. Estos documentos emplazan aproximadamente los monumentos. Son una
curiosa amalgama de fantasía y realidad ya que no se puede discernir qué
procede de la observación personal, de la erudición libresca o de la pura
imaginación. Ver Jean Ebersolt, Constantinople Byzantine et les Voyageurs du
Levant. París, Ernest Leroux, 1918, p. 53
[7] Véase mi artículo.” El viaje a oriente de Lamartine, su
traducción al español e influencia en autores hispánicos” http://www.um.es/tonosdigital/znum9/estudios/lamartineespa%F1ol.htm
[10] Ib. P. 208 La descripciones nocturnas encuentran su
apogeo en el conde de Nerval. El cambio a un ritmo de vida más de acuerdo con los preceptos coránicos
fascina a este viajero en Les Nuits du
Ramazan.
[11] Pedro Paz Soldán y Unanue, Memorias de un viajero peruano, Lima, Biblioteca Nacional del Perú,
1971, p. 333
[12] Adolfo de
Mentaberry, Viaje a Oriente, de Madrid a
Constantinopla, Madri0d, Berenguillo, 1873, p. 442.
[13] Engin
Çizgen cita a T. Gautier en Images
d'Empire, aux origines de la photographie en Turquie p. 82,
[17] Ver el capítulo titulado Le parcour des yeux: du
panorama général aux détails de la mosaïque. (1855-1870) pág 81-94 del
catálogo Images d'Empire, Estambul,
Banca Otomana, 1993 por Engin Çizgen.
[18] Ebersolt llama a Mellin "le peintre
incomparable du Bosphore" cuyas vistas están "calquées de la nature".
Arquitecto de Selim III y pintor de la sultana Hadice pudo durante su larga
estancia penetrar en los menores detalles del paisaje. El álbum se presentó en
París en 1818 y el texto se reeditó en Les
peintres du Bosphore au XIXe siècle,
París, Treuttel y Würtz, 1911, pag 166-221. Un viajero anónimo en Notes d'un voyage fait dans le Levant en
1816 et 1817 dice "dessinées (les vues) avec un scrupule de vérité,
poussé quelquefois trop loin dans les détails, donneront une idée bien plus
exacte des édifices modernes et de l'aspect de cette ville dont tous les points
de vue sont enchanteurs, que ne le ferait la description la plus
minutieuse" Ver Jean Ebersolt, op. cit. P. 201-202 y 218
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