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Los emblemas poéticos de Alejandra Pizarnik
(universidad
de murcia)
RESUMEN
Este trabajo pretende realizar un análisis de
los distintos emblemas poéticos de la obra de la poetisa argentina Alejandra
Pizarnik. Desde la infancia (imagen reiterada con más insistencia), el jardin
(observar as vinculaciones con la obra de Lewis Carroll, Alice Liddell, Alicia en el país de las maravillas),
Alejandra se erigirá en ardiente enamorada del viento, escogiendo el ámbito de
la noche para crear y aludiendo, a través del espejo, a la abstracción de la
escritura y al estrecho vínculo que ésta mantiene con la otredad.
Palabras claves: Alejandra Pizarnik, poesía,
surrealismo
1.- Infancia.
Una
de las imágenes que se reiteran con insistencia en la poesía de Alejandra
Pizarnik se corresponde con la de una niña cuya infancia,
"asesinada", se persigue restablecer. La poeta insiste en todo
momento en cantar sobre su desgarradura, la pérdida del paraíso de la niñez que
pretende restituirse con el ejercicio de la poesía,[1] una convicción plenamente kafkiana, autor muy
leído por Alejandra al final de su
vida. Con esta creencia, el apasionante trabajo de la escritora va a consistir
en un viaje hacia la niña que fue, la que permanece viva y late como animal dominado
por esa otra, sucesiva, que no termina de triunfar sino con el último gesto.
Como aclara Delfina Muschietti [2] en su estudio, nos hallamos "ante el
exceso de una obsesión". La autora canta junto a una niña extraviada que
es ella, una niña que aguarda entre vientos grises y verdes. La irremediable
tristeza que padece Alejandra Pizarnik ante la pérdida de su infancia, se
manifiesta en sus Diarios, en donde
se exhibe el extravío emocional de una mujer de treinta años que invoca a la
niña que fue, al tiempo que vive sujeta a una nostalgia desgarradora. Al verse
alejada de la armonía primera, ese ámbito de inocencia y plenitud casi sagrado
representado por la infancia, la joven vislumbra muy pronto la tragedia
contenida en su destino:
Heme
aquí llegada a los treinta años y nada sé aún de la existencia. Lo infantil tiende a morir
ahora pero no por ello entro en la adultez definitiva.
Pero aceptar ser una mujer de treinta años... Me miro en
el espejo y parezco una adolescente.[3]
En
este esforzado proceso de reconquista, los terrores infantiles llegan a
suplantar a la joven que, a pesar suyo,
comienza a ser "adulta". La poeta, la gran discapacitada que logra ser, se reconoce desamparada[4] al advertir que ya no asombra con su rostro de
niña.[5] Sometida a la angustia de no ser disculpada
por los demás, un poderoso sentimiento de orfandad la atormenta:[6]
(...)He
desplegado mi orfandad
Sobre
la mesa, como un mapa
Dibujé
el itinerario
hacia
mi lugar el viento (...).[7]
La
tarea que Alejandra se ha impuesto,
esa aspiración de que vida y literatura confluyan en el estado de su absoluto,
le impide asumir el natural transcurso del tiempo. Debido a ello, la infancia
entra a formar parte del hecho poético como si se tratara de una luz radiante y
cegadora, cuya añoranza y recuerdo van a configurar un perfil terriblemente
sombrío y oscuro: "La hermosura de la infancia sombría, la tristeza
imperdonable entre muñecas, estatuas, cosas mudas, favorables"[8]. La voz poética tiñe su canto de amargura:
"el cielo tiene el color de la infancia muerta".[9]
En la
trayectoria creativa de la autora, se aprecian las variaciones de un canto que,
como se dijo, deriva en un tono destructor y ácido. La infancia, que aparece
por vez primera en Las aventuras perdidas,
se restablece en Árbol de Diana como
algo puro e intocado; aunque el descentramiento personal de la autora genera
que en Los trabajos y las noches, y
ya desde la orilla de la muerte, la infancia no sea más que la visión de un
reino lejano. La mayor confusión de los últimos días obliga a la poeta a
asistir a la infancia desde lejos, a una distancia que no ha sido posible
establecer con anterioridad: "Sombría como un golem la infancia se ha
ido";[10] la oscura y triste infancia aparece, desde el
otro lado, como uno más de los sueños que invaden el espacio de lo real:
"Un claro en un jardín oscuro o un pequeño espacio de luz entre hojas
negras. Allí estoy yo, dueña de mis cuatro años, señora de los pájaros
celestes".[11]
Con
bastante frecuencia la autora evoca en el poema la hermosura de una infancia
plagada de muñecas, ahora "desventradas por mis antiguas manos de
muñeca";[12] a lo que se añade la experiencia del tiempo
recordado y traído como presente, ése que la condena a la fragmentación y que
la separa de la niña Alejandra. Surge
entonces la imagen de la muñeca que se erige como imagen de sí misma, de la
silenciosa poeta cuya infancia implora desde sus "noches de cripta",[13] a la búsqueda de una canción que como un
dibujo represente "una pequeña casa debajo de un sol al que le falten
algunos rayos", allí donde pueda vivir ella, la muñequita de "papel
verde celeste y rojo".[14]
Alejandra
Pizarnik, que como se ha dicho quiere
"hundirse" para recuperar con su oficio la "niñita" que
recuerda haber sido, que quiere "entrar adentro de la música para tener
una patria", canta reiteradamente desde sus primeros versos a la infancia,
aquel momento en que fue posible la plena posesión de sí misma. Gracias a ello,
en ocasiones, le caen "niñas de papel de variados colores"; mientras
que la mayoría de las veces, en su
búsqueda del jardín, padezca la angustia del exilio, el castigo del viento y el
"súbito desbandarse de las niñas que fue".[15]
2.- Jardín.
En la
poesía de Alejandra Pizarnik este
emblema está vinculado al relato que Lewis
Carroll dedica a su joven amiga de
diez años Alice Liddell, Alicia
en el país de las maravillas, donde la protagonista confiesa: "sólo
vine a ver el jardín".[16] Esa fantástica historia, que cuenta cómo una
niña cae dentro de la madriguera de un conejo blanco, fascina a la autora,
quien recrea el primer capítulo de este cuento en uno de sus libros.[17] En el relato de Carroll Alicia comenta que se imagina a sí misma "paseando
entre parterres de preciosas flores, acompañada por el murmullo de cristalinas
fuentes",[18] y expresa de este modo su poderoso deseo de
formar parte de un país imaginario; sin embargo, Alejandra Pizarnik, encubierta
tras "A", que protagoniza su texto "Ojos de perro
azul", habla de un centro
"perfecto, vedado y peligroso" que, por su caracter
"fluído", somete a quien habita en él a las más "imprevistas
transformaciones". Allí donde la pequeña amiga de Carroll confiesa que sólo viene a ver el jardín, la autora intuye
que su búsqueda tiene que ver con el jardín del que fue arrancada al crecer,
que es, en realidad, un estado de su alma, el estado de su niñez. La
identificación con el texto de Alicia en el país de las maravillas se
basa en que este relato contiene en sí la fascinante aventura del sueño, generado
desde una infancia que seguro se encuentra muy cerca de la "verdadera
vida"[19] que Alejandra Pizarnik persigue restablecer.
El
jardín, para la poeta, se convierte en el lugar de la cita, en el centro del
mundo, de su propio ser.[20] Retomo entonces unas palabras escritas por Gastón Bachelard [21] en las que se expresa: "¡y qué espiral
es el ser del hombre! (...). Ya no se sabe en seguida si se corre al centro o
si se evade uno de él (...). El ser del
hombre es un ser desfijado". Contradictoria postura la de Alejandra
Pizarnik al perseguir "un
pequeño lugar perfecto aunque vedado", lugar peligroso por "su
carácter esencialmente inseguro y fluído, sinónimo de las más imprevistas
metamorfosis".
Aunque
la poeta no quiere hablar del jardín, quiere -como Alicia- verlo, en un ansia
que nos traslada a esa teoría platónica
en donde se propone que ver es recordar y recordar es vivir en una suerte de
reminiscencia afortunada, como Frances A.
Yeats manifiesta en su estudio sobre la memoria: "La memoria, (...) ,
pertenece a la misma parte del alma que la imaginación; es un archivo de diseños
mentales, procedentes de las impresiones sensoriales con la añadidura del
elemento temporal, pues las imágenes mentales de la memoria no arrancan de la
percepción de las cosas presentes sino de las pasadas".[22] Con todo, es interesante rescatar el poema que
Olga Orozco escribe a propósito de la muerte de su amiga:
(...)
Sólo
había un jardín: en el fondo del todo hay un
jardin
donde se abre la flor azul del sueño de
Novalis
(...)
y que jamás se alcanza sin dejar la cabeza o el
resto de la sangre en el umbral.
Pero
tú te inclinabas igual para cortarla donde
no
hacías pie,
abismos
adentro.
(...)
¡Ah los estragos de la poesía cortándote las
venas con el filo del alba,
y esos labios exangües sorbiendo los venenos
en la inanidad de la palabra!
(...)
en el
fondo de todo hay un jardín.
Ahí
está tu jardín.[23]
Se advierte que este
anhelo pizarkniano se remonta a un texto de carácter romántico, Hyperion, obra escrita por Hölderlin en la que un espíritu
liberado intuye su origen al ingresar en el jardín arcádico. Esta es la
aspiración de una poeta que se reconoce, abismos adentro, como una "reina
loca que yace bajo la luna sobre la triste hierba del viejo jardín".[24] Alejandra Pizarnik busca el origen, el centro,
la reunión de sí misma en armonía, en ese lugar "en ruinas en la
memoria" vinculado al lugar del sueño, un lugar poético de múltiples
matices, hermoso y pleno de ramificación estética, que salpica sus versos; ese
espacio que termina siendo el lugar donde, cumplido el propósito de cambiar de
naturaleza, se ha de comulgar con la muerte. En Nombres y figuras, libro escrito poco antes de 1969, se prefigura
la consumación de ese esperado encuentro y reunión: "La noche, de nuevo la
noche, la magistral sapiencia de lo oscuro, el cálido roce de la muerte, un instante
de éxtasis para mí, heredera de todo jardín prohibido".[25]
Está
claro que ese lugar es un espacio abierto y cerrado al mismo tiempo, un
universo para iniciados que se erige en paradigma de la dialéctica pizarkniana
generada a causa del lenguaje que encierra al otorgar sentido y que también
abre con la ayuda de imágenes poéticas.[26]
3.- Bosque.
En sus Diarios escribe la autora: "el
bosque estaba oscuro". Por eso las hojas suspendidas de los árboles la
amenazan con un color negro, no verde: (...) "Es mentira todo",
pensé, "hasta lo que me decían del color de las hojas". Tenía tanto
miedo que no sabía si avanzaba o retrocedía" (...).[27] Desde su primer libro hasta el último de sus
versos, Alejandra Pizarnik construye
una trayectoria basada en la entrega al arte y al poder de la estética, esa
llave imprescindible para una Alicia
confundida ante la pérdida de la infancia: "La acción transcurre en el
desierto y qué sola atravesé mi infancia como Caperucita el bosque antes del
encuentro feroz".[28] De esta experiencia se genera el miedo, al
contemplarse la autora como "una pequeña estatua de terror"[29] que insiste en recomponerse, en salvar eso que
ella llama "torcido",[30] su desgarradura, a través de la recreación
poética. Alejandra Pizarnik sabe, recuerda, que hubo un morar antiguo en un
bosque de hojas verdes. Pero ese espacio -el jardín arcádico que ya fuera
estudiado-, ha llegado a ser con la pérdida de sus yos, el espacio de la privación, donde se siente el rugir del
viento, donde la poeta vive a la intemperie, en una soledad plena,
conscientemente peregrina y rodeada de silencio. La existencia de la autora,
sujeta a la violencia de lo oscuro e inmenso que es su insondable fondo, se
transforma en un vivir errante:
para
reconocer en la sed mi emblema
para
significar el único sueño
para
no sustentarme nunca de nuevo en el amor
he
sido toda ofrenda
un
puro errar
de
loba en el bosque
en la
noche de los cuerpos
para
decir la palabra inocente.[31]
Para entender el
sentimiento que en ella se genera se rescata la obra de Gaston Bachelard, quien, en su libro La poética del espacio declara: "la inmensidad está en
nosotros", y para estudiar un ejemplo concreto se refiere a la
"inmensidad del bosque",[32] que posee una inmensidad inmóvil, la
inmensidad inmóvil de su profundidad. Tal vez Alejandra Pizarnik siente la
inmensidad inmóvil de su bosque interior y ése es el espacio de su inmensidad
íntima. Entonces el miedo no viene del exterior, el miedo está aquí, en ella,
es el ser mismo: "¿dónde huir, dónde refugiarse, a qué afuera?". El espacio del bosque no es
más que un "horrible
afuera-adentro".[33] En "Contemplación", uno de los pocos
poemas escritos entre 1970 y 1971, cuando la poeta está llegando a su fin, se
puede leer: "(...) Cuando llegamos al centro de la oscuridad el bosque se
abrió. Murieron las formas despavoridas de la noche y no hubo más un afuera ni
un adentro".[34]
El riesgo de caer
al fondo, en la búsqueda del absoluto, donde las distancias y los fragmentos ya
no existan, donde el sujeto individual se pierda ante la contemplación del
horizonte, somete a la poeta a una continua permanencia en el bosque, en donde
se inscriben el silencio, el viento, el infinito y lo oscuro. La inmensidad
íntima nombrada por Gaston Bachelard y
el sentimiento de terror,[35] aproximan a la autora a la percepción de lo
sublime, lograda mediante la palabra poética. Edmund Burke, en su obra sobre nuestras ideas acerca de lo sublime
y lo bello, habla del sentimiento de la "privación", una de las penas
padecidas por la poeta en su errar por el bosque. De la sección VI de su libro
se recogen estas palabras: "Todas las privaciones generales son grandes,
porque todas son terribles: la vacuidad, la obscuridad, la soledad y el
silencio".[36] Según esto, la autora parece sufrir grandes
privaciones cuando se entrega a la errancia como si se tratara de una pequeña
"alucinada: la más desnuda del bosque en el silencio musical de los
abrazos".[37] Pero, mientras tanto, ¿qué más podemos saber
de ese adentro-afuera inmenso? Con frecuencia se sugiere cierta vastedad, es
decir, una grandeza de dimensiones que, según Edmund Burke, también puede ser considerada causa de sublimidad. La
niña-Alejandra se extravía y se
desorienta frente al silencio, "como la pequeña choza que encuentran en el
bosque los niños perdidos". Finalmente, la vastedad se observa, no sólo en
la magnitud del bosque, sino en la extrema pequeñez de esa muchacha que escribe
contra el miedo, contra un viento con garras que se aloja en su respiración,
esa joven que vive temiendo encontrarse muerta al llegar cada mañana.
Para
terminar de comprender el significado de este emblema, no sólo hay que acudir a
otras imágenes como el viento, el silencio, o la peregrina.; sino a la interpretación que Delfina Muschietti ofrece en su estudio "Poesía y paisaje:
exceso e infinito",[38] donde escribe que Alejandra Pizarnik
"delira en un vértigo de reapropiación de las antiguas voces en el bosque",
esto es, que la poeta, llevada del arrebato de su pasión, "en un exceso de
fuerza que la obliga al fuera de sí", viaja "del mundo exterior hacia
el adentro como no-lugar, vaciamiento y ceguera natural". Delfina Muschietti, que prefiere hablar
del discurso del delirio, se detiene, sobre todo, en el tiempo de la noche en
el bosque, donde la poeta, ante la cercanía de la muerte, avanza aterrorizada.
4.- Viajera.
Alejandra
Pizarnik inicia su periplo poético a la edad de veinte años aproximadamente,
momento en que ella mantiene una consciencia todavía inocente acerca del riesgo
que implica la aventura a emprender. Desde su primer libro, La tierra más ajena, se observa la marca
de una extranjería, "sea de la tierra, la poesía o la infancia
misma",[39] que ha de ser fundamental en su escritura;
aunque es en La última inocencia,
obra compuesta por la poeta en 1956, donde se consolidan todos los temas que
más tarde desarrolla y entre los que destaca esa condición de exiliada de la
realidad.
Partir
en
cuerpo y alma
partir.
Partir
deshacerse
de las miradas
piedras
opresoras
que
duermen en la garganta.
He de
partir
no
más inercia bajo el sol
no
más sangre anonadada
no
más formar fila para morir.
He de
partir
Pero
arremete ¡viajera![40]
En poco tiempo el verso de Alejandra Pizarnik
se muestra más sombrío, y ella misma experimenta con angustia que la
experiencia de la partida se agudiza durante la oscuridad de la noche. Tras
dieciséis años de entrega a la creación, la poeta, transformada en una figura
errante, escribe estos versos:
(...)
al alba
voy a partir,
al alba no partáis, al alba
voy a partir[41]
En
ellos se advierte una necesidad vital por alcanzar la otra orilla[42], propósito que la ha estado condenando a la
soledad, al silencio y a la muerte durante años, un lamentable estado de
privación al que Edmund Burke
aludiera y que fue mencionado en el estudio del emblema bosque. En este sentido el logro de su propósito se
observa en su libro Árbol de Diana,
obra clave que, si bien no ha variado en lo esencial respecto a libros
anteriores, desvela cómo la voz poética -el ser- inicia su errancia por el
bosque. En su estudio biográfico se apunta un hecho decisivo, un segundo viaje
a París, a partir del cual la autora sufre la tragedia del desencuentro:
"un
país que consideraba que la bohemia estaba muy bien para los jovencitos y los
marginales, y que, si bien seguía estudiando atenta y respetuosamente a sus
poetas malditos, los miraba como a una curiosidad del pasado que formaba parte
de su herencia cultural. El surrealismo, ¿perdón? Ah, sí, ese movimiento
literario que se había acabado en 1935". [43]
Este
peregrinaje reviste las características de un destierro, el destierro de quien
padece a solas la idea del porvenir y la supervivencia "(...) en la
tremenda soledad que implica no tener raíces en ningún lado";[44] Alejandra Pizarnik, que es un personaje hipersensible a quien se asoman la locura y el
desvarío, sobrelleva una vida que no puede abandonar. Para entender este
sentimiento es necesario rescatar unas palabras escritas por Octavio Paz:
El
acto de escribir entraña un desprenderse del mundo, algo así como arrojarse al
vacío. Ya está sólo el poeta. Debe ponerlo todo en entredicho incluso él mismo
(ocurren dos cosas 1. todo se evapora. 2. Todo se cierra) En ambos casos el
poeta se queda solo, sin mundo en qué apoyarse. Es la hora de crear de nuevo el
mundo. Pero las palabras también se han cerrado, también se han fugado.[45]
La idea de ser extranjera, emigrante o peregrina, está
vinculada a la tendencia de aquellos seres que aspiran a llegar al fondo de sí
mismos. La autora, al manifestar con su poesía su hambre de realidad, confía en
que el poeta es el más extranjero sobre la tierra mientras que su única morada
posible es la palabra. Es Vicente Huidobro[46] quien propone y formula un auténtico vuelo-caída-viaje a través del cual la
libertad reconocida del poeta consigue hacer el milagro de la palabra, allí
donde ésta libera, exalta y transfigura. El compromiso huidobriano de la
ofrenda vital, el periplo del hombre que va hacia su muerte origen, se
corresponde con la propuesta y la trayectoria poética de Alejandra Pizarnik,
que concluye con la muerte-comunión entre vida-obra. El canto de Altazor
convida, anima, llama a que la lengua sea una aventura entre dos naufragios, es
decir, entre el principio y el fin de la persona, como sugiere Vicente Huidobro:
"Y puesto que debemos vivir y no nos suicidamos mientras vivamos
juguemos".[47] Y escribir entraña un desprenderse del mundo,
es iniciar un viaje que implica arrojarse al vacío, llegar a la soledad; el
poeta debe ponerlo todo en entredicho, incluso él mismo, hasta que se queda sin
mundo en qué apoyarse. Entonces llega la hora de crear, de buscar, del vértigo
o del delirio. Alejandra Pizarnik está dispuesta a "desplazarse,
desaforarse, descentrarse, descubrirse".[48] En este sentido se nos muestra como un
personaje cortazariano, heroína que, al inscribirse en ese mundo creado desde
la visión surrealista, no posee ninguna garantía para la preservación de su yo.
La poeta, en su deseo de superar todos los límites, va a perder, estrictamente
hablando, su identidad. Su viaje-destierro-naufragio la sitúa en un paisaje
ininterrumpidamente nuevo, y, a pesar de ello, aspira a poseer la realidad, a hincarle el diente. Estamos ante una
búsqueda ontológica que puede conducir al vacío y que origina miedo; se
recuerda entonces que Altazor anima a que exista ese miedo, sí, pero también a
que se confíe en el poder salvador de la palabra para derrotarlo, superarlo o
vencerlo. Hay algo que no puede decirse, y la autora, como dijimos, lo sabe;
pero "el hombre está para insistir en decirlo, el poeta en todo caso, el
pintor y a veces el loco".[49] Rainer
María Rilke, en una carta a Clara
Rilke, escribe: "las obras de arte nacen siempre de quien ha afrontado
el peligro, de quien ha ido al extremo de un experiencia, hasta el punto que
ningún humano puede rebasar". Alejandra Pizarnik, como buena perseguidora,
acepta el riesgo y emprende su camino. Este gesto de la poeta es similar al de
Johnny Carter en El perseguidor:
"ahora sé que no es así, que Johnny persigue en vez de ser
perseguido",[50] sobre todo cuando la identidad de Alejandra
Pizarnik se dispersa y se introduce en un laberinto de paradojas y
perplejidades en donde ella se encuentra extraviada, desterrada: "Mi
corazón disuelto en pequeños soles negros naufraga hacia donde no hay
olvido".[51]
La
autora se halla en medio de la ausencia de lo real tanto como a la intemperie,
y emplea un lenguaje en carne viva, más allá del lenguaje desarticulado de
Altazor, despeñada verbalmente. Por eso, para ella, la tabla de salvación que
es la poesía -propuesta huidobriana-, sólo son pedazos a la deriva. La pérdida
de coherencia significativa, a la que ya se ha hecho referencia en varias
ocasiones, refleja una angustia irrefrenable y una total falta de asideros.
Como dejara escrito Francisco José Cruz
Pérez, estudioso de la obra pizarkniana: "Se diría que al suprimirse
el sentido renovador de la escritura
Pizarnik empieza a no existir".[52]
Alejandra
Pizarnik, que apuesta por fundir vida y poesía, por lograr experiencias
verbales que compiten incluso con sus experiencias vitales, se arriesga a
perder la vida en cada imagen y se somete a
un exclusivo modo de extravío que Rainer
María Rilke interpreta con estas
palabras:
(...)
Vivir, vivir verdaderamente una imagen poética, es conocer en una de sus
pequeñas fibras un devenir del ser que es una conciencia de la turbación del ser.
El ser es aquí tan sumamente sensible que una palabra lo agita (...). Esta
especie de extravío que nos es propio, debe insertarse en nuestro
trabajo".[53]
5.- Viento.
Alejandra
Pizarnik se erige en la ardiente enamorada del viento, una exiliada que camina
hacia adelante, de cara al viento, contra el viento y se introduce en él para
descubrirse a la intemperie en la realización de su tarea: la entrega a la
imagen poética. La autora repite en múltiples ocasiones su pasión por un viento
sagrado, y es esto lo que la anima a
mostrarse en ocasiones como una hija
agradecida:
(...) Pero no. Mi infancia
sólo comprende al viento feroz
que me aventó al frío
cuando campanas muertas
me anunciaron (...)[54]
La poeta sospecha
que su destino en el bosque, donde es castigada por el señor de esos dominios,
la somete a un desamparo irremediable: "Peregrina de mi he ido, hacia la
que duerme en un país al viento".[55] Entonces,
en el devenir de su poesía, tras dibujar la autora el itinerario de su lugar al
viento y confiarle a éste su deseo de ser,[56] se cumplen la derrota y la entrega en contra de todos los intentos por ganar la
batalla: "al viento no lo escuchéis (...)".[57] La
poeta tiene la intuición de que si el viento gana ella estará perdida
para siempre; por eso, porque se está enfrentando a un viento que posee garras,
un viento distinto a aquel que la tienta en el momento de la creación, teme
extraviarse y no encontrar el camino de vuelta. Es en sus Diarios donde
escribe: "Esta creencia mía de que escribiendo veré una señal, algo con
qué seguir. Nostalgia pura, en estado de pureza apremiante. El viento feroz, la
cueva de arpías que me remite a mi llamada de cada día".[58]
Su respiración se entrecorta ante el dolor del
castigo: "De repente poseída por un funesto presentimiento de un viento
negro que me impide respirar";[59] pero, al comprobar que, incluso asfixiada se
entrega a la ausencia de aire, se cumplen sus momentos de grácil volatinera:
"...has golpeado al viento / con tus propios huesos...".[60] Después de este triunfo, es inevitable que el
viento llegue hasta ella, a pesar de su huída, y que la alcance y se instale en
su interior para arrasarlo todo con violencia. Es el aire, acompañado por la
lluvia, quien le castiga el ser, por eso el viento se convierte en el gran lastimador:
El viento me había comido
parte de la cara y las manos
Me llamaban ángel harapiento
Yo esperaba[61]
El
viaje poético se ha transformado en la imagen de una joven envestida por el
viento que corre "a través del bosque en busca del jardín.: Como quien no
quiere la cosa. Ninguna cosa. Boca cosida. Párpados cosidos. Me olvidé. Adentro
el viento. Todo cerrado y el viento adentro".[62] Y las imágenes poéticas, que son vividas de
forma esencial, consiguen que el ser,
sumamente sensible, se sienta agitado. El extravío es tan grande que se va más
allá; el viento borra a la muchacha "como a un poema / escrito en un
muro",[63] y acaba por instalarse en su lugar:
"(...)Yo ya no existo y lo sé; lo
que no sé es qué vive en lugar mío. Pierdo la razón si hablo, pierdo los años
si callo. Un viento violento arrasó con todo (...)".[64] Esta visión le sirve a la poeta para expresar
el riesgo, la soledad y el dolor de su viaje, del que queda la "señal
rondando por el aire".[65] Finalmente, Alejandra Pizarnik, que ha
confiado al viento su deseo de ser, se siente definitivamente extraviada al no
hallar amparo en la palabra: "(...) Adentro el viento. Todo cerrado y el
viento adentro. La tragedia del viento en el corazón".[66]
6.- Noche.
Alejandra Pizarnik
elige el ámbito de la noche para crear; su condición de peregrinaje se cumple
en la oscuridad, por eso pasa las noches de su vida escarbando en el lenguaje
como una loca:[67]
Los ausentes soplan y la noche es densa. La noche tiene el
color de los párpados del muerto.
Toda la noche hago la noche. Toda la noche escribo.
Palabra por palabra yo escribo la noche.[68]
Su aproximación a lo nocturno, iniciada desde muy
temprano, se acentúa conforme se adentra en el bosque, donde, sometida al
viento y al silencio, espera consumar su obra.
En Las aventuras perdidas se
prefigura el poder que la noche llega a adquirir en su obra:
Poco sé de la noche
pero la noche parece saber de mí, y más aún, me asiste
como
si me quisiera,
me cubre la conciencia con sus estrellas.
Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte.
Tal vez la noche es nada
y las conjeturas sobre ella nada
y los seres que la viven nada.
Tal vez las palabras sean lo único que existe
en el enorme vacío de los siglos
que nos arañan el alma con sus recuerdos.
Pero la noche ha de reconocer la miseria
que bebe de nuestra sangre
de nuestras ideas.
Ella ha de arrojar odio a nuestras miradas
sabiéndolas llenas de intereses, de desencuentros.
Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos.
Su lágrima inmensa delira
y grita que algo se fue para siempre.
Alguna vez volveremos a ser.[69]
Víctor Gustavo Zonana apunta[70] que en este
poema se sintetiza el sentido real que la noche adquiere en la poética
pizarnikiana; una noche que cobija y asiste a la poeta, pero que "también
se instala en el centro de su ser". Propiciada la desnudez del
"yo" se entra en la "noche-cripta",[71] que, identificada con la autora, llega a
adquirir "la forma de un grito de lobo".[72] Para una artista que padece depresiones
cíclicas desde la adolescencia, de las que ni siquiera escapa con ayuda de una
fuerte medicación, se comprende que la
atmósfera nocturna propicie la aparición de sus terrores, -entre ellos el
poderoso miedo a la muerte-. El itinerario se inicia con la ingenua entrega
nocturnal que se da en "La última inocencia":
¡Pudiera ser tan feliz esta noche!
Aún quedan ensueños rezagados.
¡Y tantos libros! ¡Y tantas luces!
¡Y mis pocos años! ¿Por qué no?
La muerte está
lejana. No me mira.
¡Tanta vida Señor!
¿Para qué tanta vida?[73]
y
termina en un exceso de sufrimiento:
"yo que sólo conozco la noche de la orfandad",[74] cuando Alejandra Pizarnik se ha sumido en la
noche, el espacio idóneo para su reconocimiento existencial.
7.- Espejo.
Pero
es con el espejo, último de los emblemas a presentar, con el que nos
introducimos en la problemática que, desde el principio de este estudio, ha
despertado nuestro interés. La grácil volatinera en que se transforma la autora
en ocasiones, no siempre vence; sobre todo si ésta asume la esencialidad del lenguaje, es decir, la imposibilidad
radical de nombrar. El emblema del espejo remite a la teoría de los arquetipos
platónicos[75] -ya mencionados cuando nos referimos a la
imagen del jardín- y a la noción especular de la literatura.[76] El espejo alude a la abstracción de la
escritura y al estrecho vínculo que ésta mantiene con la otredad. El sujeto
poético confiesa: "(...) He tenido muchos amores -dije- pero el más
hermoso fue mi amor por los espejos".[77] Está claro que en el espejo Alejandra Pizarnik
ve a esa otra que es, especialmente en los escasos momentos en que, con ayuda
de la creación, se siente reunida; "su poesía se transforma en diálogo con
esa presencia absorbente y continua".[78] En el espejo de las palabras la autora se
vuelve imagen, pero cuando éstas ya no logran contenerla sino que la devoran,
la poeta, aun a pesar de su necesidad de trascendencia, avanza a ciegas.[79] En suma, y como Alfonso Reyes escribiera en su ensayo sobre la experiencia
literaria: "El hombre es el hombre y el espejo. Y es que el hombre no
camina solo".[80]
[1] André
Breton, Dicccinario del surrealismo, Buenos Aires, Ediciones
Renglón, 1987, pág. 17: "Si le queda al hombre un poco de lucidez, no
tiene más remedio que dirigir la vista hacia atrás, hacia su infancia que
siempre le parecerá maravillosa, por muchos que los cuidados de sus educadores
la hayan destrozado. En la infancia, la ausencia de toda norma conocida ofrece
al hombre la perspectiva de múltiples vidas vividas al mismo tiempo; el hombre
hace suya esta ilusión; sólo le interesa la facilidad momentánea, extremada,
que todas las cosas ofrecen. Todas las mañanas, los niños inician su camino con
inquietudes. Todo está al alcance de la mano".
[2] Delfina Muschietti, "Poesía y paisaje: exceso e
infinito", págs. 81-88 en Cuadernos
Hispanoamericanos, Madrid, n 538, abril, 995, pág. 83: "En Pizarnik,
el exceso está del lado de una obsesión: viajar hacia la niña, hacia el agua animal cuando todavía
se estaba al acecho del rapto". Pág. 87: "Si Alejandra se inclina en
su viaje hacia la niña es porque en ella, la antigua, el cuerpo pulsional está
vivo, y la vibración animal no ha sido dominada aún".
[3] Alejandra
Pizarnik, Semblanza, Alejandra Pizarnik. Diarios. México,
Fondo de Cultura Económica, 1992. Buenos Aires,
1966, 30 de abril, pág. 277.
[4] La orfandad de orfandades que es nacer al
mundo en soledad, también fue expresado por César Vallejo, leído
tempranamente por Alejandra Pizarnik. En Trilce,
libro publicado en Madrid por Cátedra, 1993, se lee en la pág. 150:
He
almorzado solo ahora, y no he tenido
madre,
ni súplica, ni sírvete, ni agua,
ni
padre que, en el facundo ofertorio
de
los choclos, pregunte por su tardanza
de
imagen, por los broches mayores del sonido.
(XXVIII)
[5] Alejandra
Pizarnik, op. cit., 1992, París, 1961, 18 de marzo, pág. 250: "Más miedo que antes. Antes me
disculpaba mi cara de niña. Ahora, súbitamente, me tratan como a una grande. Ya
no me exceptúan por mi edad breve. Ya no es tan breve. Ya no me ampara mi cara
de niña (...) pero nadie me sonrió con ternura, como pasaba antes, cuando asombraba
por mi rostro de niña precoz y procaz".
[6] Pizarnik, op. cit., París, 1960, 11 de
diciembre, pág. 239: "Y decidí anotar todo lo que se refiere a mi
sentimiento de orfandad".
[7]Alejandra Pizarnik, op. cit., 1991, Los trabajos y las noches, 1965,
"Fiesta", pág. 106.
[8] Alejandra Pizarnik, Alejandra
Pizarnik, Buenos
Aires, Planeta, 1991, El infierno musical, "Nombres y
figuras", pág. 158.
[9] Pizarnik, op. cit., Las aventuras perdidas, "La danza inmóvil", pág. 37.
[10] Pizarnik, op. cit., 1971-1972, pág. 248.
[11] Ibíd, "Niña
en jardín", pág. 216.
[12] Pizarnik, op. cit., El infierno musical, 1971, "Piedra
fundamental", pág. 153.
[13] Pizarnik, op. cit., Extracción de la piedra de la locura, "Desfundación",
pág. 121.
[14] Ibíd., "Noche compartida en el
recuerdo de una huída", pág. 144.
[15] Alejandra
Pizarnik, op. cit., El infierno musical,"Piedra
fundamental", pág. 153.
[16] Lewis Carroll, Alicia en el país de
las maravillas, Madrid, Cátedra, Letras Universales, 1995.
[17]Alejandra Pizarnik, op. cit., 1991, El deseo de la palabra, "El hombre
del antifaz azul", pág. 175.
[18] Lewis
Carroll, op. cit., pág. 117.
[19] André Breton, Manifiestos del surrealismo, Madrid, Colección universitaria
de Bolsillo, Punto Omega, 1974, págs. 61-62: "Quizá sea vuestra infancia
lo que más cerca se encuentra de la "verdadera vida"; esa infancia,
tras las cual, el hombre tan sólo dispone, además de su pasaporte, de ciertas
entradas de favor; esa infancia en la que todo favorece la eficaz, y sin
azares, posesión de uno mismo. Gracias al surrealismo, parece que las
oportunidades de la infancia reviven en nosotros. Es como si uno volviera a
correr en pos de su salvación, o de su
perdición".
[20] Northrop
Frye, Poderosas palabras,
Barcelona, Muchnik Editores, 1996, "Segunda variación: el jardín",
pág. 251: "(...), cabría pensar que Alicia difícilmente hubiera podido
controlar su País de las Maravillas de haber sido púber, y mucho menos una
persona adulta". El comentario realizado por este autor incorpora una
arriesgada lectura del emblema jardín. En este caso se entendería que existe
una identidad metafórica entre el ambiente paradisíaco y el cuerpo femenino, es
decir, estamos ante el jardín erigido en símbolo de lo femenino, pág. 246:
"(...) lo que era simbólicamente femenino antes de la aparición de Eva
debe de haber sido el jardín en sí, con sus árboles y sus ríos". En este
sentido la búsqueda del jardín quizás sea para
Alejandra Pizarnik el reconocimiento de su propia sexualidad. Como ya
fuera apuntado en su biografía, su condición de lesbiana acentuó sus conflictos
personales.
[21] Gaston Bachelard, La poética del espacio, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1983, "La
dialéctica de lo de dentro y de lo de fuera", págs. 252-253.
[22] Frances A. Yates, El arte de la memoria, Madrid,
Taurus, 1974, pág. 49: "Más Platón, a diferencia de Aristóteles, cree
en la existencia de un conocimiento que
no deriva de las impresiones sensoriales, un conocimiento que constituyen,
latentes en nuestras memorias, las formas o moldes de las Ideas, de aquellas
realidades que conocía el alma antes de su descenso a este mundo inferior. El
conocimiento verdadero consiste en ajustar las improntas de las impresiones
sensoriales al molde o impronta de aquella otra realidad superior, de la que
las cosas inferiores de aquí son reflejos (...) el conocimiento de la verdad y
del alma consiste en recordar, en la recordación de las Ideas, vistas una vez
por todas las almas, y de la que todas las cosas terrestres no son más que
copias confusas. Todo conocimiento y todo saber es el intento de recordar las realidades,
de recoger esa unidad, por sus correspondencias con las realidades, las
numerosas percepciones de los sentidos".
[23] Alejandra
Pizarnik, op. cit., 1992,
"Pavana para una infanta difunta", pág. 316.
[24] Alejandra
Pizarnik, op. cit., 1991,
"Extracción de la piedra de la locura", págs. 134-135.
[25] Pizarnik, op. cit., El infierno musical, "El
infierno musical", pág. 156.
[26] La poesía simbolista y modernista
hispanoamericana también recurre a la imagen del jardín como espacio donde el
alma, sensibilizada, se refugia. Ya en la tradición romántica la naturaleza
entra a formar parte del sentir poético, que la hace suya para expresar sus
angustias y fracasos. Desde este primer descuidado jardín hasta el precioso
escenario modernista, se cumple con una trayectoria que reúne a Jose Asunción
Silva, Leopoldo Lugones, Herrera y Reising o Rubén Darío, autores conocidos por
Alejandra Pizarnik. En suma, la herencia que ella acepta recoger de esta
práctica es la de hallar un nombre para decorar ese lugar que es el escenario
de su aspiración por el absoluto; el jardín entendido como un espacio cuyo
paisaje es el resultado de un estado del alma, principio pronunciado por el
romántico Novalis.
[27] Alejandra
Pizarnik, op. cit., 1992, París, 1960, 23 de diciembre, pág. 241.
[28] Alejandra
Pizarnik, op. cit., 1991, 1971-1972, "La verdad del bosque", pág. 214,
[29] Pizarnik, op. cit., La
última inocencia, "A la espera
de la oscuridad", pág. 28.
[30] Alejandra
Pizarnik, op. cit., 1992, Buenos Aires, 1965, 25 de julio, pág. 270:
"(...) Hay en mí algo
definitivamente errado, desviado y torcido".
[31] Alejandra
Pizarnik, op. cit., 1991, Los
trabajos y las noches, "Los trabajos
y las noches", pág. 99.
[32] Gaston
Bachelard, La poética del espacio, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1983,
cap. VII, La inmensidad íntima. págs.
220-224: "En al análisis de las imágenes de inmensidad realizaríamos en
nosotros el ser puro de la imaginación pura (...) La inmensidad está en
nosotros. Está adherida a una especie de expansión de ser que la vida reprime,
que la prudencia detiene, pero que continúa en la soledad (...) No hace falta
pasar mucho tiempo en el bosque para experimentar la impresión siempre un poco angustiada de que "nos
hundimos" en un mundo sin límite (...) El bosque es un estado del
alma". CF: Zambrano, María, El
hombre y lo divino, México, Fondo de Cultura Económica.
[33] Ibíd.,
pág. 257.
[34] Alejandra Pizarnik, op. cit., 1991, 1970-1971, "Contemplación"
pág. 217.
[35] Edmund Burke, Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo
sublime y lo bello, Valencia, Artes Gráficas, Colegio
Oficial de Aparejadores y Arquitectos de Murcia, 1985, pág. 19: "El terror
implica dominio de algo o de alguien sobre nosotros, de una fuerza superior en
sentido absoluto, ante la cual estamos perdidos. El terror puede surgir ante la
divinidad o ante el mismo demonio, en ambos casos la distancia es absoluta y
nada podré hacer frente a ellos: ante lo absoluto estoy completamente en
suspenso, inerme. Es la afirmación de todo el poder y, por tanto, autoconciencia
de mi carencia, de mi finitud: ante lo absoluto estoy radicalmente en peligro".
[36] Burke,
op. cit., págs. 18-19, de la
introducción realizada por Valeriano Bozal y titulada "Sublime,
neoclásico, romántico" se rescatan las siguientes palabras de un texto del
filósofo: "Las pasiones que pertenecen a la propia conservación, versan
sobre la pena y el peligro: son penosas simplemente, cuando nos tocan de cerca:
son deleitosas cuando tenemos una idea de pena y de peligro, sin hallarnos al
mismo tiempo en tales circunstancias; no he llamado placer a este deleite...
(...). Llamo sublime a todo lo que cause este deleite".
[37] Alejandra
Pizarnik, op. cit., 1991, 1963-1968, "Naufragio inconcluso", pág. 203.
[38] Delfina Muschietti, op. cit., págs. 81-88.
[39] Cristina
Piña, Alejandra Pizarnik,
Buenos Aires, Planeta, 1991, pág. 63.
[40]Alejandra Pizarnik, op. cit., 1991, La última inocencia, "La última
inocencia", pág. 29.
[41] Pizarnik,
op. cit., 1971-1972, "Al alba venid", pág. 254.
[42] Alejandra
Pizarnik, op. cit., 1992, París, 1960, 18 de diciembre, pág. 241:
"Memorias de una náufraga, sueños de una náufraga. Qué puede soñar una
náufraga sino que acaricia las arenas de la orilla".
[43] Cristina Piña, op. cit., 1991, pág. 209:
"...Por mi parte encontré en París algo que me horrorizó; una suerte de
americanización -traducida al francés, desde luego- que no me hizo daño, pero
me dolió que en el Flore, par ex., allí donde veía a Bataille, a Ernst, a
Claude Mauriac, a Jean Arp, etc., etc., no vi sino jovenzuelos de rostros desiertos
con pantalones de gamuza y el uniforme erótico-perverso del hippie de luxes."
[44] Alejandra
Pizarnik, op. cit., 1992, Buenos
Aires, 1964, 8 de julio, pág. 261.
[45]Octavio Paz, Los signos en rotación y otros ensayos, Madrid, Alianza Editorial, 1971,
"La revelación poética", "La inspiración", pág. 176.
[46] Vicente
Huidobro, Altazor, Madrid,
Cátedra. Letras Hispánicas, 1966, págs. 62-63:
Cae
Cae
eternamente
Cae al fondo del infinito
Cae al fondo del tiempo
Cae al fondo de ti mismo
Cae
lo más bajo que se pueda caer
Cae sin vértigo
A
través de todos los espacios y todas las edades
(...)
Estás
solo
Y
vas a la muerte derecho como un iceberg que
se
desprende del polo.
[47] Julio Cortázar sabía del deseo de Alejandra por lograr vivir sin caer presa del delirio poético, se
podría decir del delirio surrealista, y así lo expresa en el poema que dedica a
ésta tras su suicidio y que ha sido extraído de la obra Semblanza, recopilación de textos sobre Alejandra Pizarnik que
presenta Frank Graciano, Alejandra
Pizarnik, Semblanza. Diarios, (1960-1968), México, Fondo de
Cultura Económica, pág. 310 "Aquí
Alejandra". En estos versos se refleja la derrota de la poeta allí donde Cortázar resulta victorioso:
(...)
quisieras
insultarme sin que duela
decir
cómo estás vivo, cómo
se
puede estar cuando no hay nada
más que
la niebla de los cigarrillos,
cómo
vivís, de qué manera
abrís
los ojos cada día
No puede ser, decís, no puede ser.
(...)
[48] Julio
Cortázar, Rayuela, Cátedra, Madrid,1996, cap. 97, pág. 608 : (...) "Y eso es despedida,
grito y muerte, pero ¿quién está dispuesto a desplazarse, a desaforarse, a
descentrarse, a descubrirse? (...) Por lo que me toca, me pregunto si alguna
vez conseguiré hacer sentir que el verdadero y único personaje que me interesa
es el lector, en la medida en que algo de lo que escribo debería contribuir a
mutarlo, a desplazarlo, a extrañarlo, a enajenarlo".
[49] Gaston
Bachelard, La poética del espacio,
"De lo de dentro y de lo de fuera", op. cit., pág. 259: "Una filosofía
de la imaginación, pues, seguir al poeta hasta la extremidad de sus imágenes,
sin reducir jamás dicho extremismo que es el fenómeno mismo del impulso
poético". Y añade unas palabras que R.M. Rilke escribiera a Clara Rilke
(Cartas, ed. stock, pág. 167) : "Las obras de arte nacen siempre de quien
ha afrontado el peligro, de quien ha ido hasta el extremo de una experiencia,
hasta el punto que ningún humano puede rebasar. Cuanto más se ve, más propia,
más personal, más única se hace una vida".
[50] Julio Cortázar,
El perseguidor, op. cit., pág.
124.
[51] Alejandra Pizarnik, op. cit., 1992, París, 1961, 29 de
marzo, pág. 252.
[52] Francisco José Cruz Pérez, "Alejandra Pizarnik: el
extravío en el ser", Cuadernos
Hispanoamericanos, n 520, octubre, 1993, págs. 105-109, pág. 109.
[53] Rainer María Rilke, que venía citado en la obra de Gaston Bachelard, La poética del espacio, op. cit., pág. 259.
[54] Alejandra Pizarnik, op. cit., 1991, Las
aventuras perdidas, "Origen", pág. 48.
[55] Pizarnik, op. cit., Extracción de la piedra de la locura, "Caminos del
espejo", pág. 133.
[56] Percy Byshe Shelley, autor inscrito en el romanticismo
inglés del siglo XIX, preconiza una nueva visión poética que responde a un
interés del individuo por contemplar la naturaleza y enfrentarse a lo desconocido
con la pretensión de alcanzar un paraíso donde poder vivir. Alejandra Pizarnik,
que hereda de los poetas románticos la práctica de una introspección ilimitada,
entabla un diálogo y una relación personal con el viento, al igual que lleva a
cabo Percy Bysshe Shelley en su
"Oda al viento del oeste". La diferencia entre ambos autores estriba
en que la poeta no encuentra consuelo en el estado de la naturaleza. El
carácter que Shelley imprime a sus emociones se transparenta en estos versos:
"Furioso Viento Oeste, aliento del Otoño / que arrastras a las hojas
marchitas con tu oculta / presencia, como amarillas y negras / o de un rojo
enfermizo, ya pálidas. Oh, donde yacen, medio muertas y frías, / como todo
cadáver en su tumba (...). Espíritu salvaje que remueves el mundo, /
destructor, protector: ¡escúchame, oh, escucha! (...). Sé tú, feroz Espíritu, /
mi espíritu y seamos los dos el mismo ímpetu". ("Oda al viento del
oeste", No despertéis a la serpiente,
Antología poética. Hiperión, Madrid, 1944, pág. 63). Alejandra Pizarnik, desde
la experiencia de su angustioso surrealismo, se ha transformado en una hoja
marchita que vive arrastrada por el viento.
[57] Alejandra
Pizarnik, op. cit., 1991, 1971-
[58] Alejandra
Pizarnik, op. cit., 1992, París, 1962, 25 de julio, pág. 330.
[59] Alejandra
Pizarnik, op. cit., 1991, Extracción
de la piedra de la locura, "Extracción de la piedra de la
locura", pág. 135.
[60] Pizarnik,
op. cit., Árbol de Diana, 16, pág. 76.
[61] Pizarnik, op. cit., Los
trabajos y las noches,
"Comunicaciones", pág. 111.
[62] Pizarnik,
op. cit., Caminos del espejo, "Extracción de la piedra de la
locura", pág. 132.
[63] Pizarnik,
op. cit., Los trabajos y las noches,
"Madrugada, pág. 102.
[64] op. cit., El
infierno musical, "III, Los poseídos entre lilas", pág. 171.
[65] Roberto
Juarroz, Poesía Vertical, Cuarta
Poesía Vertical, Madrid, Visor, 1991, pág. 111. Roberto Juarroz, poeta y
amigo de Alejandra Pizarnik, le dedica a ésta unos versos que son especialmente
reveladores y que, por lo mismo, parece imprescindible rescatar: "La
avalancha de los muertos, / la avalancha de los que se suicidan / por su mano o
por otra, / porque vivir es un suicidio, / la avalancha de las sombras / que en
vano amontonamos / en los rincones de la tierra, / la avalancha de lo que no
sabemos ni pensar, / hace que cada tanto extendamos un brazo / y hagamos una
señal en el vacío. / Y aunque el brazo no resiste / y se desmorona como los
gestos de los tímidos, / la señal queda rondando por el aire / como un golpe de
viento, (...) / Sólo queda la señal como un detalle". (en recuerdo de
Alejandra Pizarnik).
[66] Juarroz,
op. cit., pág. 131.
[67] Ricardo
H. Herrera, "Usos de la imaginación", Cuadernos de Poesía y Crítica. Buenos Aires: Lo negro, lo estéril, lo fragmentado o el legado de Alejandra
Pizarnik, 1984, pág. 97: "Esta
ebriedad del yo Pizarnik (...) esta identificación del yo con sus trabajos
(trabajos nocturnos que convierten incluso al placer en un sufrimiento, ya que
sólo el sufrimiento y el trabajo garantizan la perduración del yo), este
intento de anulación y dominio de la noche y el del tiempo, desemboca en la
locura".
[68] Alejandra
Pizarnik, op. cit., 1991, Extracción
de la piedra de la locura, "Linterna sorda", pág. 118.
[69] Alejandra
Pizarnik, op. cit., 1991, Las
aventuras perdidas, "La noche", pág. 46.
[70] Víctor
Gustavo Zonana, "Itinerario del exilio: la poética de
Alejandra Pizarnik", "Signos"
XXX, 41-42, primero y segundo semestre, 1997, págs. 119-144, pág. 129,
apartado 3.1.2.: "La poeta como cantora nocturna": Este valor
primordial de la noche revela una vez más el sesgo romántico de la poética de
Alejandra Pizarnik. Asimismo, remite a sus lecturas de Novalis. Conviene
recordar que, para el poeta alemán, la noche es un numen alentador de la
creación".
[71] Delfina
Muschietti, op. cit., pág. 82:
"el espacio de la noche-cripta que como Kafka se confunde con la escritura
(...) En la noche-cripta, la voz es atravesada por la voz de las otras:
insistencia llamativa en el plural femenino(...) Allí no se es porque la propia
voz ha sido expropiada y aparece para sí misma como un canto lejano".
[72] Alejandra
Pizarnik, op. cit., 1991, 1971-1972, pág 133.
[73] Alejandra Pizarnik, op.. cit., 1991, La última inocencia, "Noche",
pág. 26.
[74] Pizarnik,
op. cit., 1971-1972, (manuscrito A.P., fechado 1972) pág. 246.
[75] Vicente
Cervera Salinas, La poesía del logos,
Murcia, V Centenario, Comisión de Murcia, 1992, "Capítulo I: Invocación al
símbolo", C) El reflejo especular,
págs. 73-74: "(...)relación de dependencia entre el ser y su imagen,
evidenciando precisamente esa naturaleza quimérica de fenómeno existencial (el
espejo nos revela la falacia de nuestra sustancia temporal), en cuya base se
asienta inequívocamente la teoría platónica del arquetipo inmortal del cual no
somos sino formas e imágenes
fugitivas".
[76] Cervera
Salinas, op. cit., pág. 90: "El espejo perpetúa una dialéctica desde
su misma conformación material: es cristal bruñido y azogado y, como tal,
"mimetiza". Pero también en su base está el cristal con su doble
naturaleza: refleja por un lado, pero, por otro, transparenta, y al
transparentar se libera de su dimensión individualizada y nos permite
contemplarnos y contemplar al tiempo aquello que nos trasciende y nos
universaliza".
[77] Alejandra Pizarnik, op. cit., 1991, Extracción de la piedra de la locura,
"Un sueño donde el silencio es de oro", pág. 125.
[78] Gabriela de Sola, "Aproximaciones místicas en la nueva
poesía argentina (acerca de la obra de Alejandra Pizarnik)" , Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, marzo, 1968, n 219, págs. 545-553,
pág. 550.
[79] Carilda
Oliver Labra, Antología Poética, Madrid,
Colección Visor de Poesía, 1997, pág. 96. Podría decirse que esta poeta cubana
realiza también la proeza de convertirse en su propio heterónimo,
desconcertando al lector ante las múltiples imágenes de sus espejos. Su vínculo
con Alejandra Pizarnik se desvela en estos versos:
Como no
quiero descubrir la nada,
como me
gusta el aire de esta escena,
ignoro
si enmudece o si resuena
el
corazón de tórtola cazada.
Como no
admito golpe ni embajada
pues
creo que la muerte nunca es buena,
la
pobre que alimento casi cena
una
tonta merienda, enamorada.
A veces
conversando con el plomo:
arráncame
-le digo- trapos viejos,
y
volveré del vino este que tomo
en
ceremonias con el no y el lejos;
terca
en mi eternidad, porque soy como
la
ciega que se mira en sus espejos.
("La
ciega y sus espejos")
[80] Alfonso Reyes, La experiencia de la poesía,Buenos Aires, Editorial Losada, 1969,
"Jacob o la idea de la poesía", pág. 106: "La paradoja del
hombre. ¿Estamos seguros del hombre? ¿Es el hombre un hombre o varios hombres?
Dos por lo menos: uno que va, otro que viene. Casi siempre, dos que se
acompañan. Mientras uno vive, otro lo contempla vivir. ¡Extraño engendro polar!
El hombre es el hombre y el espejo. Y es que el hombre no camina solo".
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