REVISTA ELECTRÓNICA DE ESTUDIOS FILOLÓGICOS


EXPERIENCIA

 MARTIN AMIS

(Barcelona, Anagrama, 2000)

 

 

         - Papá.

         Treinta años más tarde, en el coche de nuevo, de nuevo Louis.

         - ¿Sí?

         - ¿De qué clase somos?

         Contesté rudamente, desde el volante:

         - No somos de ninguna clase. No aceptamos esas cosas.

         - Entonces, ¿qué somos?

         - Estamos al margen de todo eso. Somos la intelligentsia.

         - Oh – dijo él. Y añadió en un deliberado falsete -: ¿Soy un intelectual?

         - Papá.

         Éste era mi hijo número dos, Jacob, entonces de nueve años.

         - ¿Sí?

         - ¿Por qué dices “Fraidi” y “Mandi” y “Cersdi”?

         - ¿Y cómo lo dices tú? ¿Frai-dei y Man-dei?

         - Es que suena estúpido si lo dices con esa voz. ¿Y también dices “berzdi”?

         - Sí. “Berzdi”. “Berz-dei” es lo que tu abuelo llamaría una pronuntiation “ortográfica”. Aunque supongo que tú dirás pronounciation.

         - ¿Qué quiere decir…?

         - Una pronunciación “ortográfica” es cuando te guías por cómo se escriben las palabras en lugar de cómo se dicen en la lengua hablada. Como cuando dices often en lugar de ofen.

         - ¿Tú dices “yesterdi”? – preguntó Louis.

         - Sí.

         - Pero no dices “tudi”, ¿o sí?

         - No. Claro que no.

         - Y no dices “di”, supongo.  Qué maravilloso “di” hace.

         - Al “di” siguiente temprano – dijo Jacob.

         - ¿Te parecería bien decir “di”, entonces?

         - No, claro que no.

         - Entonces, ¿por qué dices “Mandi” y “Fraidi” y “Sandi”?

         - Santo Dios… Me acostumbré cuando era un jovencito porque me parecía “fino”.

         - ¿Y por qué te acostumbraste porque te parecía fino? – preguntó Louis con sincero asombro.

         - Porque en aquel tiempo estaba de moda ser “fino”.

         Su cabeza se volvió hacia mí.

         - ¿Sí…? Joder… - dijo.

(Pp. 28 – 29)

 

 

 

         Mi padre y yo estábamos sentados en la casa de las afueras de Barnet, en un esplendor de alta burguesía, tomándonos una copa antes del almuerzo y hablando del primer relato que había publicado: “El rinoceronte sagrado de Uganda” (en 1932, a los diez años). Corría el año 1972, y él acababa de cumplir los cincuenta, ocasión que celebró con el poema “Ode to me” [Oda a mí]: “Cincuenta hoy, ¿eh, muchacho? / Bien, no está nada mal…” Se hallaba entonces en el ápice de su productividad y bonanza económica, y su matrimonio con Jane aún se veía sin nubes – o eso creía yo, al menos -. Comentábamos “El rinoceronte sagrado de Uganda”…

         - Era horrible en todos los aspectos. Y lleno de excesos. Cosas como: “Raging and cursing in the blazing heat”.

         - ¿Y dónde están esos excesos? Quiero decir que sí, que es un tanto anticuado y…

         - No puedes poner tres ing así, seguidos.

         - ¿No?

         - No. Tendría que ser: “Raging and cursing in the intolerable heat”.

         No se podía poner tres ing seguidos. Y a veces ni dos. Y lo mismo sucedía con los ic, ive, ly y tion. Y con todos los prefijos.

         Después de comer subí a mi cuarto y dediqué unas horas a la novela que estaba a punto de enviar a una editorial. Más tarde, mientras nos tomábamos una copa antes de la cena, dije:

         - He estado revisando la novela. Y ¿sabes qué? Es puro ripio.

         - Estoy seguro de que no.

         - Lo es. Está lleno de cosas como “the cook took a look at the book”. Es como una poesía de jardín de infancia. Tatachín, tatachún, tatachán, el ratoncito se metió en el champán.

         - Estás exagerando.

         Sí, exageraba, pero volví a revisar la novela una vez más, con la guerra declarada a los ing y a los ic, a los pre y a los pro. 

(Pp. 35 – 36)

 

 

         Un inciso: éste es mi padre haciendo de lord David Cecil, el apuesto, teatral, naturalmente afectado y sobre todo aristocrático profesor universitario de literatura inglesa (que, entre otras distinciones, suspendió la literatura inglesa impartida por Kingsley en Oxford):

         Dams…, dams y caballeros, cuando decimos que un hombre tiene aspecto de poeta…, queremos decir… que se parece a Chauza (Chaucer)…, queremos decir… que se parece a Dvaiden (Dryden)…, queremos decir… que se parece a Checkspyum [o algo mínimamente reconocible como “Shakespeare”]…, queremos decir que se parece a Shelley [lo pronuncia Chellem o algo parecido]. Matthew Arnold [ahora prestissimo] llamaba a Shelley “ángel bello e inútil”. Matthew Arnold tenía cara [ahora rallentando] de caballo. Pero mi tema de esta mañana no es el poeta Shelley. Es Jane… Austen

         Los corchetes son del original (Memoirs). Me sorprende ver “Austen” en redondilla: en la lengua hablada de Kingsley la primera sílaba –Aus- siempre iba ferozmente acentuada.

(Pp. 56 – 57)

 

 

         En un momento dado me sobresalta ver que se incorpora en el lecho y que dice algo incomprensible. Lo repite, pero sigo sin entenderlo.

         Parece haber dicho algo parecido a “… Borges”.

         Bor-gesss…” Como si quisiera nombrar a Jorge Luis Borges. Creo que lo que intenta es lanzarme un juramento. Philip ha recibido ya los suyos, y también yo he tenido mi cupo de ¡Cristos!, etc., cuando me he interpuesto en su campo de visión. Puede que haya tratado de maldecir a Eric Shorter, o a Bernard, el bromista de la sala. Quizá haya querido decir buggers, o bastard, o sencillamente “Bernard”. “Borgess” Lo que con seguridad no quería decir en ningún caso era precisamente “Borges” (otro de mis dioses; alguien ante el que mi padre siempre se sentía instintivamente receloso, y para el que nunca tenía tiempo, y en cuya obra jamás se había “iniciado”).

(Pág. 427)