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una visión comparada de las
literaturas negroafricanas postcoloniales en lenguas europeas
Monique Nomo Ngamba
(Escuela Normal Superior. Universidad de Yaoundé I.
Camerún)
La
expresión “literatura africana” se relaciona en la actualidad con tres campos
de la actividad creativa, que a su vez remiten a una infinita diversidad. En
primer lugar, la literatura oral que, a pesar de su poca difusión, sigue siendo
practicada y es muy popular, pues existe en los centenares de lenguas e idiomas
hablados en el continente negro. Es el dominio privilegiado de folkloristas,
lingüistas, antropólogos y etnólogos. Por lo tanto, no formará parte de nuestra
investigación. En segundo lugar, existe una abundante producción literaria en
lenguas vernáculas o arábicas, que tampoco constituirá nuestro objeto de
estudio. Y en tercer lugar, cabe considerar una literatura africana escrita en
lenguas europeas (concretamente en inglés, francés, portugués y español). En
este apartado vamos a centrar nuestra atención en estas literaturas postcoloniales
en lenguas europeas, con el fin de ofrecer una visión comparativa de las
mismas.
En
los años sesenta fue cuando por primera vez se habló de estudios comparados de
la literatura africana en lenguas europeas. A este respeto, se publicaron algunas
obras, como Seven African, de Gerald
Moore, aparecida en 1962; l’Afrique des
africains: inventaire de la négritude, de Claude Wauthieren, publicada en
1964, o Nación y alienación en la
literatura negroafricana, de Fernando Morán, editada en 1964. Estos estudios
tenían como tema principal la Negritud y su posible relación con la literatura
afroamericana de habla inglesa o la literatura de África del sur. De hecho,
bajo la denominación europea, todos los escritores africanos tenían una sola y
misma preocupación: luchar por la abolición de la colonización y la
rehabilitación de la dignidad negra, así como por la valoración de la cultura
africana. La controversia que existió en torno a la Negritud en su doble
vertiente francófona y anglófona es una prueba de dicho comparatismo naciente.
Era también el reflejo del conflicto que oponía a los partidarios de la escuela
de Jean-Jacques Rousseau, basada en la glorificación de las glorias del pasado,
y cuya figura representativa era Léopold Sédar Senghor, con las aspiraciones de
unos intelectuales urbanizados de habla inglesa como Ezequiel Mphahlele o Wole
Soyinka. En una palabra, era la abstracción de la escuela francesa contra el
pragmatismo inglés.
Sin
embargo, estas diferencias no se limitaron al aspecto lingüístico, ya que
dentro del mismo conjunto del África anglófona habría que distinguir entre las
literaturas de Nigeria, Sierra Leona y Ghana, diferenciación debida a la nueva
configuración geopolítica de los Estados nacidos de la colonización. En un
deseo de constituir unidades políticas y culturales independientes, cada país o
nación desarrollo sus propios productos culturales, y, por supuesto, su propia
literatura. De ahí el carácter nacionalista de esas producciones literarias.
Queda claro, pues, que la estructura y las instituciones de los nuevos Estados
contribuyeron al progreso y al desarrollo de las literaturas modernas en
Nigeria, Ghana, África del sur, Uganda y Kenia. Esta fragmentación que se
notaba en la parte anglófona de África no tardo en manifestarse en las partes
francófona, lusófona e hispánica. En todos los casos, la realidad de este fin
de siglo es que las literaturas en lenguas europeas se dividen en tres grandes
grupos lingüísticos: las literaturas en lengua francesa, las literaturas en
lengua inglesa y las literaturas en lengua portuguesa. A estos tres grandes
grupos, hay que añadir las literaturas en lengua española muy recientes y
todavía desconocidas.
Por
otra parte, la especificidad de un acercamiento comparativo a las literaturas
africanas residiría en trascender las barreras nacionales y lingüísticas, y en
examinar las distintas relaciones que existen entre dichas producciones
literarias. Una visión comparatística podría también centrarse en las
relaciones entre las literaturas africanas y cualquier otra producción
literaria del mundo. Por nuestra parte, centraremos nuestra atención en las
relaciones que mantienen entre sí las distintas narrativas negroafricanas en
lenguas europeas, destacando las similitudes y las diferencias, a fin de resaltar
la gran diversidad y unidad del continente negro.
Hemos
notado anteriormente que los primeros estudios comparativos de las literaturas
negroafricanas en lenguas europeas empezaron después de las independencias,
como el resultado de un deseo de afirmar y consolidar las identidades
nacionales y lingüísticas de las antiguas colonias. Estos estudios, pese a sus
evoluciones distintas y a la divergencia de su pensamiento, partían de la misma
base: la transferencia del poder de las manos de las potencias colonizadoras a
las de las antiguas colonias. A esta descolonización siguió el neocolonialismo
y sus consecuencias: el éxodo rural, una urbanización rampante e incontrolada,
la corrupción, la falta de experiencia en la gestión de los recursos
nacionales… Sin embargo, es importante subrayar, a la hora de comparar las
literaturas africanas en lenguas europeas, que la unidad lingüística que
comparten varios países de habla francesa, inglesa o portuguesa no implica
necesariamente una unidad cultural. Aunque el francés, por ejemplo, es la
lengua madre en todos los países del África francófona, el Magreb incluido,
muchos países del norte de África han desarrollado dos tradiciones literarias
distintas: una en francés y otra en árabe. Por otra parte, aunque el Islam es
la religión más expandida en el Magreb y gran parte del África negra, la
práctica religiosa en el África negra es una mezcla de los elementos de la
religión musulmana y elementos de las religiones animistas locales. En una
palabra, el compartir la misma lengua literaria, el mismo color de la piel, el
mismo pasado, o las mismas preocupaciones ideológicas, no impide que el
conjunto del África francófona o el caribe francófono presenten expresiones
literarias y culturales distintas. De la misma manera, por mucho que quiera, el
intelectual negro del África anglófona nunca expresará su apego a los valores
tradicionales, o su respeto por los mitos y demás creencias religiosas, como lo
haría el negroamericano u otro negrocaribeño de habla inglesa. Los negros, ya sean
de África, del Caribe o de América, tendrán quizás una historia común hecha de
opresión, lucha y rebelión, pero son y siempre serán experiencias vividas de
forma distinta.
Por
otra parte, las relaciones entre África y las Américas son de una importancia
indudable, primero por el papel desempeñado por la diáspora negra llevada a
Estados Unidos durante la trata de negros, y además porque gran parte del
hemisferio Norte, América latina en especial, pertenece al tercer mundo, como
África. La necesidad de identificar las variedades de la Negritud por una y
otra parte del Océano Atlántico, su significado como concepto ideológico y
poético y las relaciones literarias entre África y el resto del mundo
constituyen un dominio ilimitado todavía inexplorado. No cabe duda que uno de
los aspectos más interesantes de los estudios comparativos es la identificación
e interpretación de las similitudes y contrastes que existen entre las
literaturas africanas y las literaturas de los demás países del tercer mundo,
en la medida en que dichas producciones son todas fruto de la descolonización.
De hecho, la llegada (aunque relativamente tardía) de todo un continente como
África a la escena literaria mundial constituyen en sí un acontecimiento sin
precedentes, que modificará seguramente la historia de la literatura mundial.
Hay
que precisar, una vez más, que nuestro campo de investigación se limitará a las
narrativas negroafricanas en lenguas europeas. No nos interesaremos por los
países del norte de África, porque, aunque comparten con los del África
Subsahariana algunas experiencias históricas, como el colonialismo y, en
algunos casos, la lengua francesa, queda claro que dichos países se identifican
más con la cultura árabe. Excluiremos también la narrativa africana producida por
los europeos y demás forasteros afincados en el subcontinente.
La
narrativa negroafricana en lenguas europeas se caracteriza por su doble
herencia africana y europea. Es el hijo bastardo de varias culturas y géneros,
el acumulador de varios estilos y tradiciones. Esta diversidad de la narrativa
negroafricana, así como la variedad de las lenguas en las que está escrita,
reflejan mejor que nada las realidades del África moderna. La mezcla de estilos
y tradiciones constituye también una fuente de vitalidad que, lejos de
empobrecer dicha narrativa, la enriquece.
Albert
S. Gérard, en la introducción de Four
African Literatures: Xhosa, Sotho, Zulu, Amharic, plantea que el nacimiento
y desarrollo de las literaturas escritas en África constituye uno de los
fenómenos más extraordinarios del siglo pasado, el cual seguramente cambiará la
historia de la literatura mundial. A este respecto, Albert S. Gérard declara lo
siguiente:
“In the course of the last
century and a half, a most extraordinary development has taken place, almost
unnoticed, in the history of world literature: a wole continent has been
introduced to the art of writing and the techniques of modern creative writing
[…]. A vast and rich new field has thus been opened for the student of literary
history to graze at leisure”[1].
De
hecho, hasta mediados del siglo veinte, la escritura en África era considerada
como un instrumento para fines religiosos o educacionales, o bien como un
material para investigaciones lingüísticas y antropológicas. Hay que reconocer,
sin embargo, que el paso de la creación literaria en África de la tradición
oral a la tradición escrita es un hecho evidente que marca el nacimiento y
desarrollo de una nueva literatura en dicho continente. Evidente también es la
influencia de la colonización en las literaturas africanas modernas. Las
circunstancias históricas, la lucha común para acabar con la supremacía blanca
propugnada por la ideología política del panafricanismo y la ideología cultural
de la Negritud constituyen la base que une a casi todos los pueblos africanos,
favoreciendo así un acercamiento internacional y comparativo a las literaturas
negroafricanas. Puesto que la Literatura Comparada consiste en trascender las
barreras nacionales, una África tan diversa en apariencia y tan unida en el
fondo no podía escapar a este destino.
Es
importante notar, siguiendo a A. S. Gérard, que la idea de un acercamiento
comparativo a las literaturas africanas se desarrolló primero en la parte
anglohablante del continente, tal vez porque sus estudiosos eran sensibles a
los elementos nacionalistas de sus colegas de la parte latina[2].
La publicación en 1971 de Introduction to
Nigerian Literature[3]
marcaba el principio de un acercamiento nacionalista a la literatura en el
África anglófona. Refiriéndose a la perspectiva comparatística de las
literaturas africanas en lenguas europeas, A. S. Gérard decía lo siguiente:
“Indeed, many of the new
states, especially in the former British territories, have actually develiped a
sizable bulk and with specific features. The process of national diferentiation
has also begun in French speaking África and there is little doubt that it will
spread to lusophone África after the comon exultation over recently acquired
independence has subsided and writers have begun to cast more sober glances at
the national environment”[4].
Según las mismas
fuentes, el primer proyecto de la literatura africana en lenguas europeas,
conocida bajo la denominación de “the HALEL project”, fue concebido en Sydney
en 1975 durante la conferencia de la Federación Internacional de las Lenguas y
Literaturas Modernas. Dicho proyecto tuvo el visto bueno de la conferencia de
la Asociación Internacional de Literatura Comparada, celebrada en Budapest en
1976. Unos meses antes, durante la segunda conferencia anual sobre la
Asociación de la Literatura Africana, el americano Berth Lindfors, un eminente
experto en la materia, expresaba su pesimismo en cuanto al futuro de los
estudios literarios africanos en los términos siguientes:
“African literature is a
speciality rather than a discipline in American Universities, and it appears
destined to remain so far the forseeable future. It is an amorphous field
offering its devotees neither a large corpus of literary works to study nor
established traditions or scholarship to carry on. […]. Until those
deficiencies are remedied, african literature is not likely to gian recognition
as a separate but equal humanistic discipline in American academia”[5].
J.
Chevrier, por su parte, reconoce que, desde hace medio siglo, África sigue
siendo la gran ausente en la serie de los manuales dedicados a la Literatura
Comparada. Según él, este ostracismo es debido a la juventud del fenómeno, y
también a una serie de hábitos y actitudes mentales propios del africanismo
tradicional, que focalizaba su atención en la historia, las religiones, las
lenguas y en el aspecto social del continente africano, dejando de lado sus
propias producciones literarias[6].
Expresión
de una conciencia oculta por mucho tiempo, era natural que las literaturas
africanas trataran de desprenderse de una perspectiva globalizante y
eurocentrista, que no veía en ellas más que una rama exótica de las literaturas
europeas.
Sin
embargo, y teniendo en cuenta la definición de la Literatura Comparada como una
disciplina que busca, más allá de las diferencias y de la diversidad entre los
pueblos, lo que les une, Albert S. Gérard establece los orígenes de une
historia literaria comparativa en el África Subsahariana a partir del mismo
fenómeno de balcanización que repartió el continente en Estados-naciones de
habla inglesa, francesa, portuguesa y española. Según este autor, la Negritud
fue un intento de recreación de la imagen y de la personalidad negroafricana
como base común a todos los habitantes del continente, no obstante las diferencias
lingüísticas, étnicas y tribales. El mismo substrato indígena y el impacto de
la civilización occidental seguramente constituyen, entre otras cosas, esta
base común[7].
Ahora
bien, no se trata para el comparatista tanto « de encontrar ‘la africanidad’
de tal o cual texto –aunque este concepto puede ser operativo- cuanto de
considerarlo como el surgimiento de una conciencia arraigada hic et nunc[8],
pues es difícil afirmar que producciones literarias escritas en francés,
inglés, portugués, o español, y cuyos modelos formales tienen su origen en la
cultura occidental, no puedan comprenderse más que por referencia a un sistema
de valores auténticamente africanos. Por otra parte, es evidente que la
literatura oral, de origen secular, ha marcado y sigue marcando con su impronta
la moderna literatura africana. Esta literatura oral, constituida por mitos,
cuentos, panegíricos y epopeyas, cuyos orígenes se pierden en la noche de los
tiempos, es objeto de numerosos trabajos de reevaluación, de carácter antropológico
o lingüístico, y con menor frecuencia literario. Su importancia es hoy
unánimemente reconocida, aunque solo sea por el papel cultural determinante que
sigue desempeñando para el ochenta por ciento de los africanos todavía
analfabetos, o por la novedad de campo que ofrece al investigador.
Es
importante señalar que la situación está cambiando. Son cada vez más los
comparatistas que abren la disciplina, aunque con desconfianza y cierto recelo,
a las literaturas africanas. Lo cierto es que África, tanto al norte como al
sur del Sahara, tiende a suscitar un interés creciente en las filas de los
comparatistas que encuentran en ella un nuevo territorio, a la medida de sus
ambiciones. Es más, África, y de manera general el tercer mundo, constituyen un
espacio privilegiado para la aprehensión de los fenómenos históricos,
culturales y sociales en los que descansa la renovación de los estudios
comparatistas. Incluso no sería exagerado pensar que el África contemporánea
constituye un terreno privilegiado para el estudio de la relación entre
literatura y sociedad: la literatura africana actual despliegue un haz de
interferencias cuya comprensión pasa necesariamente por un enfoque
pluridisciplinario que conjuga la antropología, la historia y la sociología.
Tal enfoque permite interrogarse provechosamente sobre la noción misma de
literatura, sobre las relaciones que ésta mantiene con la tradición oral y el status del escritor, cuya misión
simbólica y mesiánica frente a su pueblo muchas veces tiene que ver con la
ideología de la descolonización. Se trata para el crítico, el comparatista en
este caso, de enfrentarse a una literatura en la que la búsqueda y la
reconquista de la identidad, en el marco de una pluralidad e intersección
racial y cultural, constituyen la base de la que parte toda creación. Debido a
este carácter revolucionario, expresión de un despertar y una toma de
conciencia, J. Chevrier afirma que la acogida que se ha dado a las literaturas
africanas ha sido una acogida vergonzante y a veces hasta hostil, que oscila
entre el paternalismo y la mala conciencia. En palabras de J. Chevrier,
“Esta irrupción de las literaturas africanas es acogida
con bombo y platillo en el famoso Orfeo
negro de Jean-Paul Sartre, […]. Aunque la Anthologie atestigua el fin del monopolio europeo en materia de
critica literaria africana, su prefacio da buena cuenta de las dificultades de
una lectura blanca y del sentimiento de mala conciencia que la acompaña”[9].
El
mismo autor de Orfeo negro, se
expresaba en los siguientes términos a propósito del desarrollo de estas
literaturas negroafricanas: “El bozal que cerraba estas bocas negras ha sido
suprimido y hoy estos hombres negros nos miran y nuestra mirada refluye dentro
de nuestros ojos. La Negritud está para ser destruida, es pasaje y no
culminación, medio y no fin ultimo”[10].
Al
lado de estas reticencias, existe una problemática más importante, que es la de
la verdadera autonomía de las literaturas africanas. En realidad, las
literaturas africanas eran explícita o implícitamente orales. Sin embargo, si
no queda duda de que existen ciertas similitudes entre las formas literarias
tradicionales y las modernas, sería un error imaginar que las literaturas
africanas modernas derivan exclusivamente de la literatura oral. De hecho, las
literaturas modernas africanas son distintas de las tradicionales en la medida
en que constituyen evidentemente un legado de la irrupción europea en la escena
africana. Es más, la literatura oral supone por su naturaleza una experiencia
íntimamente personal que implica un contacto físico e inmediato con el público.
Tanto el orador como el público comparten no solo el mismo espacio, sino
también la misma experiencia temporal y una identidad cultural. Mientras que se
requería al artista tradicional un conocimiento profundo de las costumbres y de
la historia de su comunidad, lo cual lo revestía de una autoridad y de una
dignidad inconmensurable aunque éste viviera en condiciones miserables, no se
le exige tanto al artista moderno, porque se supone que éste forma parte de la
elite occidental. Y aunque el escritor moderno reivindique la misma legitimidad
que el artista tradicional, dicha reivindicación no encuentra suficiente
justificación, pues, como persona perteneciente a esa clase elitista
occidental, no está inmerso en la cultura africana de la misma forma que su
homólogo tradicional.
Hay
que añadir que las literaturas modernas africanas reflejan inevitablemente la
alienación cultural y lingüística de sus productores. Dichas literaturas
conllevan las marcas de una colonización cuyo deseo era formar una clase
dirigente en la que se pudiera confiar y sobre la cual tener cierto control, a
fin de poder así, a través de ella, seguir dominando las estructuras
sociopolíticas y económicas legadas por la colonización. Las literaturas
modernas africanas son la prueba del impacto de la colonización en el
continente negro, impacto que se sigue notando en la misma manera en que se
suele definir a los africanos como unos seres a caballo entre dos culturas: la
africana y la occidental.
Nos
parece importante insistir en que los países africanos vivieron experiencias
coloniales distintas. De hecho, la colonización europea no tuvo ni las mismas
manifestaciones ni las mismas consecuencias en el conjunto del África negra.
Según opina Russel Hamilton, la literatura africana en lengua portuguesa, por
ejemplo, aunque fue la primera en aparecer, fue la última en ser conocida,
debido a la represión y al oscurantismo que caracterizó la política colonial
portuguesa. Tanto los colonizadores belgas como los portugueses centraron sus
esfuerzos en la explotación de los africanos y de sus recursos, mientras que
los colonizadores franceses e ingleses, aunque por distintas razones, se
empeñaron en “occidentalizar” a sus súbditos. Como consecuencia de ello, las
colonias portuguesas en África no se han deshecho totalmente del estigma de la
represión hasta el final del siglo XX[11].
En todos los casos, los países emergentes de la colonización inglesa han sido
hasta ahora los más fecundos en cuanto a producciones literarias, siendo
Nigeria el primero de todos. A este respecto, se suele citar El bebedor de vino de palma (1952), de
Amos Tutuola, como el principio de una literatura africana verdaderamente
dicha. A este autor siguieron Chinua Achebe y Wole Soyinka, primer africano y
escritor negro en conseguir un premio Nobel de literatura en 1986.
En
cuanto a la literatura del África francófona, Servanne Woodward considera que
es una producción muy importante tanto en cuanto a cantidad como a calidad[12].
Se suele situar el principio de la literatura negroafricana de expresión
francesa en el año 1920, obra de unos escritores formados en el sistema
asimilacionista francés. El movimiento de la Negritud, que luchaba por la
emancipación y la promoción de la cultura africana, está considerado como el
arma cultural que favoreció la verdadera eclosión de las letras en el África
negra, debido al importante papel que desempeño en la lucha anticolonial del
África francófona en particular y del África negra en general. Sobre este movimiento
de la Negritud volveremos más adelante. Señalemos por el momento que, aunque
algunos escritores anglófonos, como Ezekiel Mphahlele o Wole Soyinka,
demostraron cierta reticencia acerca de la Negritud, es forzoso reconocer que
la poesía anglófona ha sufrido algunas influencias de dicho movimiento
literario y cultural. La presencia en la poesía anglófona de ciertos elementos
naturales, como la imagen de la mujer materna y erótica o de las máscaras, los
bailes y demás instrumentos musicales, son buena prueba de esa influencia.
Por
otra parte, es preciso resaltar, como un fenómeno general característico de las
literaturas africanas, la ausencia de las mujeres en la escena literaria hasta
fechas muy recientes. Esa escasa participación y representatividad es, en
cierta medida, el reflejo de la marginación de la mujer africana. La tendencia
a identificar siempre las literaturas africanas con las producciones
masculinas, ignorando las actividades literarias femeninas, contribuyó de
manera considerable a esa marginación.
De
todas formas, más allá de las diferencias que pueden presentar los africanos en
la forma de tratar algunos temas o acontecimientos, tienen en común una
indiscutible marca de inspiración europea y una preocupación inmensa por las
vicisitudes tributarias de la colonización europea a través del continente. De
entre las actividades coloniales, cabe destacar la exportación de millones de
africanos a las Américas, la explotación y apropiación de los recursos
naturales de África por los europeos, la imposición de las reglas coloniales,
la destrucción de la cohesión social y étnica en África en favor de un mosaico
de colonias que se llamaron más tarde naciones y la imposición de unas
estructuras políticas, económicas y sociales poco eficaces y provechosas para
África. El resultado de todo ello es la incoherencia que se encuentra en el
continente africano, cuyas consecuencias son las guerras tribales, las
dictaduras y las demás manifestaciones irracionales, como fue el régimen del apartheid en Sudáfrica. La opresión
europea fue tan impactante en África que el escritor camerunés Mongo Beti,
haciéndose eco de las palabras de unos de sus amigos, dijo: “Wherever there was
a Negro, there would be some European colonial to kick his backside”[13].
De hecho, durante la dominación europea, la única imagen que se tenía de África
y de su pueblo era difundida por los europeos y, como era de esperar, dicha
imagen tenía como objetivo legitimar el colonialismo. Con la emergencia de sus
propias obras, los africanos empezaron a apropiarse del derecho a hablar de sí
mismos y de interpretar su universo y su mundo según visiones y concepciones
propias. A este respecto, Chinua Achebe afirma que le impresionó la imagen
deformada de África que daban al mundo ciertos novelistas como Joyce Cary, con
la que Chinua Achebe no se identificaba ni identifica a África, razón por la
cual decidió hacerse escritor para dar a conocer la verdadera cara de su
continente[14]. A
través de los trabajos hechos por los mismos africanos, se descubre de nuevo a África,
de tal modo que el continente negro se ha vuelto un sujeto muy atractivo para
numerosos estudiosos africanos y no africanos.
Quizás
sea pronto para hablar de generaciones o de una tradición escrita en el África
negra, porque la literatura escrita en esta parte del mundo es un fenómeno
todavía joven. Sin embargo, lo cierto es que ya existe un número importante de
temas, periodos y demarcaciones que permiten establecer su evolución y
desarrollo. Numerosos son los estudiosos que intentan definir las literaturas
africanas escritas teniendo en cuenta los parámetros regionales, nacionales o
lingüísticos, pero estas definiciones resultan más convencionales que
prácticas. Como ya comentamos con anterioridad, la aparición y el desarrollo de
las literaturas africanas en inglés, en francés, en español o en portugués es
un fenómeno colonial derivado de la balcanización del continente negro. Un
acercamiento comparativo de las narrativas negroafricanas consistiría en
resaltar, dentro de la diversidad que caracteriza a África, la unicidad de sus
pueblos.
Como
acabamos de indicar, es pronto para hablar de generaciones literarias en el
África negra. Sin embargo, se puede hablar de periodos para referirse a grupos
de escritores pertenecientes a una época más o menos limitada en el tiempo y en
el espacio, los cuales comparten las mismas preocupaciones.
En el
África anglófona, Nigeria es el país donde empezó a florecer la narrativa
negroafricana en lengua inglesa. Se puede situar el primer periodo de dicha
eclosión literaria en los años que siguieron a las independencias, es decir,
desde 1960 hasta 1964. El tema más resaltado en los escritos de dicho periodo
es la desilusión que sucedió a la consecución de las independencias políticas.
El segundo periodo empieza en el año 1965, con las tensiones políticas que se
vivieron en Nigeria como resultado del golpe de estado de enero de 1966, hasta
1976. Es la llamada “novela de guerra”. En el tercer periodo, que va de 1976 a
1988, los escritores se volvieron a concentrar sobre los temas coloniales hasta
entonces ocultados por las realidades bastantes crudas en las que se encontraba
sumergido el país al adquirir la independencia.
El bebedor de vino de palma, de Amos
Tutuola, publicado en 1952, es considerada como la novela que inauguro la
narrativa negroafricana en lengua inglesa. En esta novela de inspiración
tradicional y oral, conviven, por una parte, el mundo moderno y el mundo
fantástico y tradicional, y, por otra, el mundo de los vivos y el de los
muertos.
A
Amos Tutuola sucedió Chinua Achebe, un joven nigeriano de una veintena de años
que decidió, en los años cincuenta, escribir sobre su pueblo. Se suele
considerar a Chinua Achebe como una de las figuras más representativas de la
narrativa moderna en Nigeria en particular y en el África de expresión inglesa
en general. Es también el que mejor representó la transición de la tradición
oral a la tradición escrita. Su novela Things
Fall Apart, aparecida en 1958, habla de la llegada de los primeros
misioneros y colonos europeos a África y del choque cultural que originó tal
encuentro. Bajo el pretexto de la evangelización y de la civilización que
pretendían llevar a aquellas tierras lejanas, los primeros misioneros
pretendieron más bien dominar y explotar a los africanos. En Things Fall Apart, Chinua Achebe
presenta también al público occidental la verdadera cara de la sociedad
africana en general y de la sociedad Igbo en particular, hasta entonces
desconocida y caricaturada por reporteros y demás escritores europeos. Se trata
de una sociedad cuyos valores fundamentales eran el altruismo, la solidaridad y
el respeto de la naturaleza.
En su ensayo titulado “The Novelist as
Teacher”, refiriéndose a lo que él mismo llamó “adequate revolucion”, Chinua
Achebe afirmaba que su misión
La
segunda novela de Chinua Achebe, Arrow of
God, aparecida en 1964, retrata el periodo británico y el choque que
resultó del encuentro entre la cultura tradicional y la cultura moderna. La
tercera novela, No longer at ease,
refleja el periodo justo antes de las independencias. Dicha novela es la
historia de un joven que, después de unos años de estudios cursados en
Inglaterra, vuelve a su tierra natal, pero ya no consigue reconciliar su
experiencia en el extranjero con las realidades de su país. En la cuarta
novela, A Man of the People, se
describe el despertar del pueblo nigeriano ante la nueva realidad. Una realidad
hecha de violencia, de engaño, de corrupción y de desilusión. En las cuatro
novelas, aparecen de forma recurrente algunos temas, como el choque de
culturas, la destrucción del antiguo sistema tradicional y de todos sus
valores, y otros asuntos de índole sociocultural, como la religión, las
costumbres, los tabúes, y lo sobrenatural. Se trata para el escritor de exponer,
más allá de la alienación individual, la disfunción de todo un sistema de
valores, el que regía la vida colectiva de las sociedades del África negra.
En
resumidas cuentas, el primer periodo de la narrativa negroafricana en lengua
inglesa duro una docena de años. Dicha narrativa se desarrollo en torno a una
actividad literaria caracterizada por la organización de distintas conferencias
sobre literatura africana. Black Orpheus
fue la primera revista dedicada al estudio de la literatura africana en esta
parte del continente, mientras que la primera bibliografía, obra de Margaret
Amosu, apareció en 1964 bajo el titulo de Creative
African Writing in the European Languages[16].
En cuanto a los temas, giraban alrededor del encuentro entre la cultura
occidental moderna y la cultura tradicional, además de otros asuntos
históricos, socioculturales y religiosos.
El
segundo periodo empieza con la novela The
Interpreters (1965), de Wole Soyinka, ganador del Premio Nobel de
literatura en 1986. La novela es una presentación de la nueva sociedad
nigeriana nacida después de la independencia. Una sociedad caracterizada por la
corrupción, la hipocresía, la violencia y las ambiciones políticas desmesuradas
de unos dirigentes cínicos que consideran el país como un pastel donde cada uno
tiene que llevarse su parte. La euforia que sucedió a las independencias se
convirtió en un sueño frustrado. Desilusión, pues, y también pesimismo frente a
un futuro incierto e inseguro. La variedad y la diversidad de estilos, talantes
y públicos es característica de este segundo periodo. El escritor más famoso
del segundo periodo fue el ghanense Ayi Kwie Armah, cuyos temas centrales eran
una vez más la corrupción y la hipocresía. Sin embargo, la gran novedad con Ayi
Kwie Armah fue que no se contentó con denunciar los vicios que minaban aquella
sociedad, sino que proponía unos medios para sacarla de la apatía, de la
inercia, del cinismo y de la decadencia moral. Ayi Kwie Armah denunciaba también
la invasión cada vez más rápida de la sociedad ghanense por el capitalismo.
En el
tercer periodo, el conflicto entre modernismo y tradición, las preocupaciones
políticas, socioeconómicas y culturales relativas al colonialismo, así como la
desilusión vivida después de las independencias, ya no constituían la tela de
fondo de la narrativa negroafricana en lengua inglesa. Los problemas a los que
se enfrentaba el África anglófona eran ahora los mismos que en el resto del
continente en particular y del tercer mundo en general. Eran problemas que
requerían soluciones mucho más complejas que las que proponían los escritores
anteriores, en su mayoría idealistas. De hecho, los escritores del tercer
periodo, mucho más jóvenes que sus antecesores, se dirigían a un público
africano más amplio, al mismo tiempo que tenían la pretensión de rivalizar con
producciones euroamericanas. Su visión de las cosas era mucho más realista y
menos idealista que la de sus predecesores. Su mayor preocupación, además de
entretener o divertir, era instruir y edificar a sus destinatarios a cerca de
los problemas presentes: el neocolonialismo y sus manifestaciones y
consecuencias. Los productores de esta nueva literatura, así como sus lectores,
estaban mejor educados, y la publicación y difusión de las obras se realizó de
manera más adecuada.
Nos
gustaría, antes de cerrar este apartado sobre la narrativa negroafricana en
lengua inglesa, hacer hincapié en el caso particular de Sudáfrica. Si bien la
mayoría de los poetas, dramaturgos y novelistas negroafricanos han estado
preocupados por la exploración de los valores tradicionales, la literatura
Sudafricana, por su parte, tenía y sigue teniendo como tema fundamental y
constante la lucha y el combate contra el opresor blanco y contra sus injusticias
y abusos. En Sudáfrica, las presiones del presente y del futuro son tan
urgentes que parece un lujo mirar hacia el pasado. Todos estos ingredientes que
amueblan las demás narrativas negroafricanas, como los proverbios, los mitos,
las leyendas y demás procedimientos lingüísticos, aparecen como una especie de
distracción en el caso de Sudáfrica. Es sobradamente sabido que la historia de
Sudáfrica es inseparable del apartheid,
ese régimen racista, opresivo y segregacionista instaurado por la minoría blanca
dominante y una clase negra mayoritaria en número pero dominada por la primera.
Toda la literatura producida en dicha parte del continente gira alrededor de
esta realidad histórica y sociocultural, reflejada en el caos y la inseguridad
de la vida urbana que se describe. Los escritores sudafricanos, preocupados por
esta intolerancia racial, expresaron y siguen expresando su pesimismo frente a
la imposibilidad de alcanzar un desarrollo personal y una igualdad política,
debido al modo de vida al que estaban sometidos. Su desesperación desemboca a
veces en un cinismo marcado por la violencia, el enfado y la rebeldía. La
protesta, la rebeldía y el compromiso social, así como la falta de continuidad
entre la institución tribal y la ciudad moderna, son las características de la
narrativa sudafricana.
De
hecho, desde que en 1960 el extremismo político vino a acabar con la expresión
de un optimismo liberal, el desarrollo de la literatura sudafricana siguió dos
itinerarios distintos: el de los blancos y el de los negros. Esta diferencia
racial se nota tanto en el estilo como en el tono de los escritores. Por muy
comprometido que pueda ser un escritor sudafricano blanco, por ejemplo, su
indignación y vergüenza nunca tendrá ni el mismo tono ni la misma rabia que los
de un negro, puesto que el escritor blanco no vive la misma situación de
exclusión que su colega negro. Por esta razón, la mayoría de los escritores
blancos denuncian el apartheid con
menos contundencia que los negros, mientras que estos, más implicados y víctimas
de los abusos del sistema, son mucho más directos, prefiriendo una descripción
cruda de las atrocidades que constituyen su realidad cotidiana. Nadine
Gordimer, la escritora blanca más refinada de Sudáfrica, es sin embargo la que
más objetividad ha demostrado en la exposición y denuncia de las realidades del
sistema repugnante en el que vivían sus compatriotas. Las observaciones
siguientes hechas por la misma Nadine Gordimer resumen su postura en cuanto a
la realidad de su país: “It is an extraordinarily interesting society you never
come to an end of discovering its strangeness. There’s never a point where all that can be said has been said”[17].
Ezekiel
Mphahlele, una de las figuras más representativas de la narrativa moderna de
Sudáfrica y detractor del movimiento de la Negritud, centra su atención, además
de en los temas del exilio, del destierro y del viaje, en la población negra
urbana. Tanto sus temas como sus personajes son el reflejo de la vida
cotidiana, una vida hecha de persecución y de violencia física y mental. En sus
novelas se suelen distinguir dos tipos de personajes: los negros, en su mayoría
sirvientes, y los blancos, racistas y esnobs. Ezekiel Mphahlele expresa esta
estratificación de la sociedad en dos clases opuestas con las palabras
siguientes: “We keep on talking across the wall, singing our diferent songs,
beating our diferent drums”[18].
La forma anecdótica de la novela corta es la que permite a estos autores
resaltar de manera directa y sin paliativos el ambiente social, así como las
experiencias personales. No es de extrañar que la cárcel ocupe un lugar
privilegiado en dichas producciones, visto el contexto, y que Johannesburgo,
con sus contrastes e injusticias, sea la escena principal.
En
cuanto a la literatura negroafricana en lengua francesa, está tan vinculada al
movimiento de la Negritud que llega a confundirse con ella. La Negritud, cuyo
objetivo era sacar al pueblo negroafricano del yugo colonial, se inspiro en
otro movimiento de liberación negra: el “Harlem Renaissance”. Según explica O.
Owomoyela[19], la
Negritud era el resultado de la toma de conciencia, por los colonizados
africanos, de las discrepancias que notaron entre las promesas hechas por el
régimen asimilacionista francés y la realidad posterior. De hecho, la política
asimilacionista prometía a los asimilados no solo llevarles la civilización,
sino también colocarlos al mismo nivel que los ciudadanos franceses de la
metrópoli. En la práctica, sin embargo, la realidad fue distinta. Hasta el más
asimilado de los negros comprobaba, para su asombro, que era considerado como
un ser inferior y tratado como tal. Aquellas gentes se encontraban en la
desafortunada situación de quienes habían perdido su propia cultura sin por
ello acceder a los privilegios de la única cultura que abrazaron y adoptaron
ciegamente. Su reacción fue naturalmente una mezcla de elementos intelectuales,
psicológicos, políticos y emocionales que luego se manifestarían en la poesía y
en la narrativa de la Negritud. El movimiento consistía, como ya hemos dicho,
en una rehabilitación y en un redescubrimiento de los valores tradicionales del
África negra, y en el rechazo de las nociones de superioridad de la cultura
europea inculcadas por la política racial colonial. Irónicamente, algunos
exegetas de la Negritud reconocieron haber sido influenciados por unas
doctrinas de inspiración occidental como el Marxismo, el Surrealismo y el
Existencialismo. J. P. Sartre resaltaba, en el prefacio de Anthologie de la nouvelle poésie nègre et malgache de langue française,
la profunda preocupación de la Negritud y su postura antitética en relación con
la raza blanca, que consideraba como radicalmente opuesta a la negra. Según
Jean-Paul Sartre, la Negritud caracterizaba a la raza blanca como una raza
inteligente, inventiva y asexual, mientras que la raza negra era emocional, no
inventiva, respetuosa de la naturaleza, humana e hipersexual[20].
Es
importante observar que el movimiento de la Negritud ha evolucionado mucho: de
la antigua concepción de la Negritud, representada por Senghor, el
poeta-presidente de Senegal y quizá s el portavoz y teórico más famoso del
movimiento en África, que era una Negritud extremadamente compleja, sugestiva y
poética, a una Negritud más abierta y objetiva: la de algunos escritores
negroafricanos, más jóvenes y sobre todo de habla inglesa. Con respecto a la
Negritud en su versión senghoriana, Lewis Nkosi afirmaba que ésta no consistía
simplemente en unas protestas políticas, sino también que era toda una
ontología africana, una forma especial de percibir la realidad y las relaciones
entre los seres y las fuerzas que pueblan el universo[21].
De hecho, Senghor distinguía, por ejemplo, entre lo que él mismo llamaba
“racionalidad africana” y “racionalidad europea”. Para él, mientras que el
europeo contempla la « inteligencia objetiva », o sea, una
inteligencia analítica, el negro utiliza “la razón intuitiva”. John Reed
traduce en las palabras siguientes esta diferencia que Senghor establece entre
el negro y el blanco:
“Clasical european reason is
analytical and makes use of the objects.
Muy
cerca de Senghor está el escritor nigeriano Abiola Irele, para quien
seguramente existe, como en todos los pueblos y todas las razas de la tierra,
algo común a los negroafricanos, que los distingue de los europeos o de los
asiáticos. Esta unidad de la cultura africana no excluye, sin embargo, algunas
variaciones internas. Abiola Irele afirma lo siguiente:
“Apart from the empirical
considerations such as those dictated by racial affinity, there are objective
proofs of a fundamenta african world system, which embraces Bantu, Akan,
Yoruba, Kikuyu y Zulu toghether in one cultural family. This fundamental
conception of the world is expressed in languages, music and art that are
related, and that are surely distinguishable from european and Asian, and more
profoundly still in the religions of the african peoples. I find nothing to
contradict the thesis of unified african universe”[23].
En
opinión de Albert S. Gerard, la diferencia entre la literatura negroafricana en
lengua francesa y la de habla inglesa reside en el hecho de que Francia no
favoreció la eclosión, el desarrollo y la expansión de las letras en sus
colonias[24]. De
hecho, hasta 1920, fecha que marca el comienzo de la narrativa negroafricana de
expresión francesa, dicha narrativa era procolonial, aunque con cierta nota de
protesta. La ruptura con el discurso procolonial y alienante de este primer
periodo llego con la publicación en 1920 de Les
trois volontés de Malic, del senegalés Ahmadou Mapate Diagne. Ousmane Soce,
fundador de la revista Bingo que más
tarde se incorporaría al movimiento de la Negritud, y Abdoulaye Sadji, ambos
políticos, son conocidos como los verdaderos pioneros de este cambio. A esta
primera oleada siguió otra más comprometida con los problemas políticos,
socioeconómicos y culturales del África postcolonial. Dentro de ellos, se puede
citar al guineano Camara Laye (L’enfant
noir), al camerunés Alexandre Biyidi, más conocido como Eza Boto o Mongo
Beti (Ville cruelle, Le pauvre Christ de Bomba), al también
camerunés Ferdinand Léopold Oyono (Le
vieux nègre et la médaille, Une vie de Boy), o al senegalés Cheick Hamidou
Kane (L’aventure ambiguë). Más allá
de los problemas de identidad y de la denuncia del colonialismo, la nueva
oleada de escritores se preocupaba también por el desarrollo de un nuevo género
propio de África. Esta segunda generación, denominada “novelistas de la
Negritud”, se caracterizó además por un discurso político más agresivo y fuertemente
anticolonial basado en la rehabilitación de la cultura tradicional y el
cuestionamiento de los nuevos valores de la sociedad moderna. A partir de las
independencias, es decir, en la década de los 60, es cuando más producciones
hubo en el África francófona. El anticolonialismo dio paso al “nuevo realismo”.
De hecho, los autores de dicho periodo, entre los que destacan Camara Laye (Dramouss), Ouologuem (Le devoir de violence) y Kourouma (Le soleil des indépendances), liberaron
la narrativa francófona no solo del anticolonialismo, sino también del mito de
la Negritud, así como de la obsesión por Europa y los europeos. Jonathan Ngate,
haciéndose eco de las palabras de Henri-Daniel Pageaux, describía esta nueva
era de la manera siguiente:
“In these ‘new’ novels, it is
less theme and argument in the usual sense (bad conditions in Africa,
disapointment in the face of dictatorial and corrupt politics) that matter as
it is a search for a new way of organizing dialogues, chronology and
questioning of meaning (be it social or textual)”[25].
En
este segundo periodo, se experimenta también la mezcla de géneros, que consiste
en una combinación de las técnicas cinematográficas con el arte narrativo
tradicional. Se puede citar a Assoka, ou
les derniers jours de Koumbi, una novela histórica de Amadou Ndiaye,
aparecida en 1973, como buena prueba de ello.
Jacques
Chevrier predijo en 1989 que la narrativa africana de habla francesa se
desarrollaría hacia la alegoría, la parábola y la fábula, porque dichas formas
son más africanas y permiten a los escritores una mayor flexibilidad en un
contexto político tan opresivo como es el del África negra[26].
Lo cierto es que el rumbo que ha tomado la literatura negroafricana de
expresión francesa en general y su narrativa en particular constituye un camino
sin retorno, y, a pesar de las dificultades, está decidida a ser maestra de su
destino y a llevar lejos los estandartes de su continente.
Queda
claro que, para sus iniciadores, la Negritud era ante todo un movimiento
literario, aunque en un momento dado, la mayoría de los teóricos de la Negritud
pusieron el acento en el aspecto político del movimiento, así como en las
consecuencias históricas que tuvo sobre las literaturas negras en África y en
el Nuevo Mundo. De hecho, la única diferencia entre la Negritud de tendencia
caribeña y la de tendencia africana residía en el nivel del estilo, ya que la
temática, los manifiestos y la praxis eran similares. Tanto la definición del
caribeño Aimé Césaire como la del senegalés Léopold Sédar Senghor resaltaban la
preocupación por la rehabilitación de la identidad negra en general. A juicio de Sédar Senghor, “
Debido
al menor prestigio que, en comparación con las lenguas inglesa o francesa,
tiene el portugués a nivel internacional, la literatura en lengua portuguesa de
Cabo verde, Guinea-Bisao, São Tomé y Principe, Angola y Mozambique es menos
conocida. La falta de traducciones constituye también en gran medida un freno a
la difusión de dichos trabajos. Aunque fue la última en ser descubierta, la
literatura negroafricana en lengua portuguesa existió, irónicamente, con
anterioridad a la francófona y a la anglófona, pues los portugueses fueron los
primeros en llegar a África y los que más tiempo permanecieron en ella. Sin
embargo, la eclosión propiamente dicha de la literatura lusófona no tuvo lugar
hasta el año 1930, con el afianzamiento de los sentimientos nacionalistas
dentro de la intelectualidad lusoafricana y sus aliados, y como la expresión de
una conciencia política y social durante los años que precedieron a las
independencias. De hecho, la interrelación entre las condiciones
socioeconómicas, culturales y políticas dio nacimiento a un movimiento
literario nacionalista. Como resultado de ello, la mayoría de las producciones
literarias se centró en las reivindicaciones culturales, políticas y
socioeconómicas. Como las demás literaturas del África negra, la literatura
lusoafricana no podría separarse de la ideología de los demás movimientos
culturales negros, como la Negritud o el panafricanismo, con los que tuvo y
sigue teniendo relaciones estrechas, ya que todos estos movimientos están
basados en la reivindicación y rehabilitación de la cultura negra expoliada
desde la trata de negros hasta el colonialismo. Es un discurso no solo de
protesta y de combate, sino también de exaltación de la personalidad negra. La
temática, en relación con el colonialismo y sus consecuencias, gira en torno al
choque de culturas y a la explotación inherente a las estructuras sociales de
la colonización. Sin embargo, después de las independencias, los escritores en
los cinco países del África lusófona orientaron su atención hacia las
realidades imperantes, o sea, el realismo social.
Es
importante notar que desde los años 80, la situación de hambruna vivida en
Angola y Mozambique como consecuencia de las guerras, así como las dificultades
económicas bastante agudas en los demás países del África lusófona ,
ocupan el primer sitio en las preocupaciones de los escritores. Sin embargo, es
de reconocer que dicha literatura está cumpliendo con sus promesas como
fenómeno social, cultural o ideológico.
En
cuanto a la literatura negroafricana en lengua española, existe desde 1953,
fecha de publicación de la primera novela hispanoafricana. Se titulaba Cuando los combe luchaban, y fue obra de
Leoncio Evita. Dicha literatura se limita a Guinea Ecuatorial, único país
africano de habla española. Al contrario del resto de las literaturas africanas
escritas, no existe por el momento en la literatura guineana ninguna obra
verdaderamente anticolonialista, puesto que pasó el tiempo en que podían haber
florecido escritos como los de Mongo Beti, Ferdinand Léopold Oyono o Sembène
Ousmane. Mientras que en el resto de África el nacionalismo anticolonial
apareció en el periodo de entreguerras, esto no se daría en la Guinea Española
hasta finales de los años 40. La narrativa guineana siguió una trayectoria
completamente diferente a la de la literatura africana en general. Cuando el
movimiento de la Negritud vio la luz en Paris en los años 30, entre estudiantes
negros (africanos y caribeños) que cursaban estudios universitarios en Francia,
el sistema educativo colonial en la Guinea española no pasaba de la enseñanza
secundaria. Los ecos de la ideología nacionalista que animaban movimientos
tales como la Négritude o el African Personality no llegaron a Guinea
en ese momento. Es más, cuando, muchos años más tarde, los escritores guineanos
estuvieron expuestos a movimientos o tendencias culturales e ideológicas como
la Negritud, algunos de ellos los rechazaron. Así lo expresaba claramente
Donato Ndongo-Bidyogo en Cántico en
1974: “Yo no quiero ser poeta / Para cantar a África. / Yo no quiero ser poeta
/ Para glosar el negro. / Yo no quiero ser poeta así”.
La
fundación de la Cruzada Nacional de Liberación, impulsada por maestros y
agricultores nativos en 1950, marco en Guinea el principio del movimiento
nacionalista que llevaría el país a la soberanía internacional el 12 de octubre
de 1968. Desgraciadamente, a los cinco años de su independencia, Guinea
Ecuatorial entraba en una larga y sangrienta represión indiscriminada que
afectaría a todas las esferas de la vida nacional, y sobre todo al mundo
intelectual naciente. De hecho, en los años 70, unas 110.000 personas habían
huido del país a consecuencia de las exacciones del régimen dictatorial de
Macías Nguema. A la dictadura de Macías Nguema sucedió otra, la de su sobrino
Obiang Nguema. En este ambiente de dictadura y represión es donde nació y se
desarrolló la narrativa hispanoafricana. Los llamados “años del silencio” son
los que sucedieron a la toma del poder por Macías Nguema. Fue un periodo de
verdadera sequía cultural, ya que ni una sola obra salió de las prensas
guineanas. En una entrevista hecha a Donato Ndongo-Bidyogo en agosto de 1992,
el escritor afirmaba que “La única ‘literatura’ que se produce en el país es la
destinada a halagar la tremenda megalomanía del dictador y a cimentar el culto
a su personalidad, bajo la excusa formal del ‘nacionalismo’”[29].
La
mitificación y la sacralización de la figura de Francisco Macías Nguema
contribuyo al nacimiento de un culto a su personalidad que rozaba lo mesiánico.
La “etnicización” del poder Estado y la consiguiente instauración de un
universo en el que solo el discurso “nguemista” tenía cabida, y la ausencia de
un espacio objetivo que aprehender mutilaron la cultura, lo que dio lugar a una
doble circunstancia en el terreno de la producción cultural: por un lado, el
discurso hegemónico-étnico, y por otro, lo que se podría denominar la “visión
del silencio”, operando desde una situación de marginalidad. Esta subcultura,
desarrollada sobre todo desde el exilio, se constituyó en un discurso
alternativo e intentó describir el trauma histórico y cultural que vivía Guinea
Ecuatorial. Bajo estas circunstancias de marginalidad, de precariedad y de
semi-clandestinidad, el discurso de la diáspora guineana tardaría en salir a la
luz pública. Desde el exilio español en la mayoría de los casos, los creadores
guineanos lloraron la tierra violentada y perdida. Junto al desarraigo, la
melancolía y la nostalgia, la relación del escritor con el entorno lejano de
Guinea se traducía por la presencia excesiva del paisaje guineano. La orfandad
de la tierra simbolizaba así al mismo tiempo la perennidad de la naturaleza,
que constituía lo único que quedaba al guineano, mientras que su cuerpo iba
desapareciendo, victima de la violencia indiscriminada e irracional.
El
exilio como experiencia precaria y traumática ocupa un lugar destacado en la
formulación del discurso alternativo. El exilio supone una
desterritorialización física y social en el tiempo y en el espacio. Significa
también desplazamiento cultural, moral y espiritual. Significa por fin
desplazamiento lingüístico, ideológico y económico del individuo. El exilio es
no solo un tema recurrente en la narrativa hispanoafricana, sino también una
vivencia cotidiana. Esta presencia excesiva del exilio en la narrativa guineana
expresa, además, la angustia del desarraigo, la falta de comunicación
interpersonal y la crisis de identidad.
Por
otra parte, el exilio representa la espera, la esperanza y la búsqueda de la
identidad propia dentro de un espacio exiguo. Además de persecución de un
espacio prohibido y lejano, la tierra natal, el exilio es, en última instancia,
un espacio de tensión, de experiencias solitarias, dolorosas y trágicas.
En
resumidas cuentas, las preocupaciones de los escritores guineanos que
sucedieron a Leoncio Evita, tales como Donato Ndongo-Bidyogo, María Nsue Angüe
o Juan Balboa Boneke, por citar algunos, gravitan en torno a temas inmediatos,
como la opresión del negro por el negro tras la independencia, que no supuso la
liberación; la miseria actual, que impide un desarrollo armonioso del país; los
conflictos que subyacen entre la tradición y la modernidad; las señas de
identidad del pueblo guineano; la recuperación de su memoria colectiva, y el
retrato del colonizado como sustrato de la personalidad guineana actual. En una
palabra, se trata de realizar una reflexión sobre los fines de la independencia
de Guinea Ecuatorial. Es también una narrativa que trata de los problemas del
exilio, como el racismo y el aislamiento de que es víctima el negro inmerso en
la sociedad blanca. Esta primera etapa concluye con la trilogía de Donato
Ndongo-Bidyogo, cuyas dos primeras novelas son Las tinieblas de tu memoria negra y Los poderes de la tempestad, aparecidas en 1987 y 1997,
respectivamente. La tercera novela que viene a completar esta trilogía no ha
sido publicada aún.
Hay
que notar que, desde los años 90, empezaron a aparecer nuevas figuras en el
escenario literario guineano. Son, en su mayoría, escritores que no han vivido,
por lo menos directamente y en carne propia, la traumática experiencia del
exilio como sus mayores. Sin embargo, tanto su visión de la realidad guineana
como su estilo, así como los temas y la problemática que plantean en sus
textos, son distintos y apuntan a lo que se ha llamado “nueva escritura
guineana”.
En
vista de lo que precede, podemos afirmar que la originalidad y la
particularidad de la literatura hispanoafricana radican en la conjugación de
dos elementos. Por un lado, su carácter bantú y, por ende, negroafricano, al
producirse al sur del desierto del Sahara; y por otro, el uso del español como
lengua oficial y como vínculo de expresión cultural escrita. Asimismo,
participa de dos tradiciones literarias: una marcada por la escritura con todas
sus exigencias formales, estilísticas y técnicas; y otra de carácter oral, con
sus reglas más pragmáticas y flexibles. La literatura de Guinea Ecuatorial goza
también del doble privilegio de participar de la literatura africana y de las
literaturas hispánicas. De ahí que el proyecto guineano se ubique dentro de la
denominada literatura hispano-negroafricana,
o, simplemente, literatura hispanoafricana.
Para
resumir la cuestión, hay que resaltar que, a pesar de la distancia geográfica y
las diferencias de tono y de estilo, existe una continuidad en la narrativa de
habla inglesa, francesa, española y portuguesa por una y otra parte del
continente. De la misma manera no hay ruptura completa entre los primeros
escritores y sus sucesores, sobre todo en cuanto a la temática. Comparten todos
la misma preocupación por los problemas políticos y socioeconómicos de los
pueblos africanos, así como por la búsqueda de una identidad auténticamente
negra. El redescubrimiento de la cultura tradicional africana, así como su
supervivencia en un mundo moderno dominado por la cultura occidental, y la
crítica de los valores culturales europeos, constituyen temas constantes. El
escritor negroafricano sigue actuando como el portavoz de la nación, del
continente y de la raza negra en general. Por eso, una de las características
de la narrativa negroafricana es representar a la comunidad y no demarcarse de
ella. De este compromiso para con su grupo depende su fuerza y su originalidad,
razón por la cual la historia de la literatura escrita en el África subsahariana,
si se pudiera hablar de una historia de la literatura en el subcontinente, está
íntimamente vinculada al movimiento de la Negritud. A este respecto, Lewis Nkosi señala que “No work purpoting to introduce
the student to african literature can be said to have accomplished its tasks
without some explanatory remarks on the theory of Negritude”[30]. Y aunque la Negritud
haya sido y siga siendo objeto de muchas polémicas y controversias, no cabe
duda de que este movimiento desempeñó un papel determinante en la eclosión de
las letras en el África negra.
[1]
A. S. Gérard, Four African Literatures:
Xhosa, Sotho, Zulu, Amheric,
[2] Cfr. A. S. Gérard, European Language writing in Sub-Saharan Africa,
cit.
[3] Cfr. B. King, Introduction to Nigerian Literature, Lagos, Bruce King, 1971.
[4] A. S. Gérard, European Language writing in Sub-Saharan Africa, cit., p. 1261.
[5]
B. Lindfors, “On disciplining Students in a Nondiscipline” en T. A. Hale y R.
Priebe (eds), The Teaching of African
Literature, Austin, University of Texas Press, 1977, pp. 41-47.
[6] J. Chevrier, “Las literaturas
africanas en el campo de la investigacion comparada”, en P. Brunel e Y Chevrel,
Compendio de Literatura Comparada,
cit., pp. 188-217.
[7]
Cfr. A. S. Gérard, Four African
Literatures; Xhosa, Sotho, Zulu, cit.
[8] Ibid., p. 189.
[9] J. Chevrier, “Las literaturas
africanas en el campo de la investigacion comparada”, cit., p. 193.
[10]
J.-P. Sartre, apud J. Chevrier, op. cit., pp. 193-194.
[11]
Cfr. O. Owomoyela, A History twentieh-century of African Literatures,
[12] Cfr. O. Owomoyela, op. cit., p.4.
[13]
M. Beti,
[14]
Cfr. C. Achebe, “The African writer and the English Language” en Morning Yet on
Creation Day, Nueva York, Anchor Books, 1976, pp. 74-84.
[15]
Cfr. C., Achebe, “The Novelist as Teacher”, en G. D. Killam (ed.), Africans
Writers on African Writing, Evanson, Northwestern University Press, 1973, pp.
11-35.
[16]
Cfr. M. Amosu, Creative African Writing
in the European Languages, Institute of African Studies, University of
Ibadan (Nigeria), 1964.
[17] Apud O. Owomoyela, A history of
Twentieth-Century African Literatures, cit.
[18]
E. Mphahlele, The Unbroken song,
[19]
Cfr. O. Owomoyela, African Literatures:
An Introduction, African Studies Association, Crossroads, Massachussets,
1979.
[20]
Cfr. Al respecto O. Owomoyela, African
Literatures: An Introduction, cit.
[21]
Cfr. L. Nkosi, Tasks and Masks: Themes
and Styles of African Literature,
[22]
J. Reed y C. Wake (eds.), Senghor: Prose
and Poetry,
[23]
A. Irele, “A Defence of Negritude”, en Transition,
5, March-April 1964, pp. 11-23, p.14.
[24]
Cfr. A. S. Gerard, European Language
writing in Sub-Saharan
[25]
Apud O. Owomoyela, A history of
Twentieth-Century Literatures, cit, p. 186.
[26] Cfr. Ibid, p. 187.
[27]
L.S.Senghor, Prose and Poetry,
[28]
A.Césaire, “Discours sur l’art africain,
[29] D. Ndongo-Bidyogo y M. Ngom, Literatura de Guinea Ecuatorial (Antologia),
Madrid, S. I. A. L, 2000, p. 20.
[30]
L. Nkosi, Tasks and Masks: Themes and
Styles of African Literature,
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