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Deborah Tannen es profesora
de Lingüística en la Universidad de Georgetown (Washington D.C.) y se
ha destacado, especialmente, por sus trabajos sobre las repercusiones
discursivas de las diferencias de género y también por sus propuestas
en torno al análisis del discurso oral[1].
Entre sus publicaciones traducidas al español destacaríamos los siguientes
libros: Tú no me entiendes. ¿Por
qué es tan difícil el diálogo hombre-mujer?, editado por Vergara,
Buenos Aires, 1991; Género y discurso,
en Paidós, Barcelona, 1996; ¡Yo
no quise decir eso!, también en Paidós, Barcelona, 1999; y La
cultura de la polémica. Del enfrentamiento al diálogo, publicado
por la misma editorial que los dos anteriores y, como el último de ellos,
también en 1999. Es este último trabajo el que ahora ocupará nuestra
atención.
El libro, en palabras de su autora, “trata de la omnipresente
atmósfera de beligerancia en nuestro discurso social y que, ante el
deseo de consecución de un objetivo, nos coloca a menudo en la palestra
como si se tratase de un combate. Se refiere en efecto a una tendencia
persistente en el mundo occidental, en especial en los Estados Unidos,
útil sin lugar a dudas en muchas ocasiones, pero que en años recientes
ha llegado a esgrimirse de forma exagerada como método eficaz para resolver
todo tipo de contratiempos. Nuestros espíritus han sido corroídos a
fuerza de vivir en una atmósfera de tensión constante: una cultura de
la polémica” (pág.15). En este sentido, el uso generalizado del género
debate en tanto que procedimiento más adecuado para el análisis de cualesquiera
aspectos de la vida política, social, económica, cultural, etc. corrobora
esa propensión a la polémica. Ahora bien, tal vez convendría
decir que más que el uso del debate habría que hablar del uso de un
determinado tipo de debate, aquél que se establece desde un marco de
interacción (selección de participantes, tono conversacional, actitud
de los actores encargados de la moderación, uso de símbolos) mucho más
favorable al enfrentamiento que al consenso. Esta circunstacia lleva
en ocasiones incluso a forzar ese marco: “Nos encanta utilizar la palabra
«debate» para manifestar lo candente de una cuestión: el debate sobre
el aborto, el debate sobre la salud pública, el debate sobre una medida
de discriminación positiva, llegamos incluso a utilizar esta palabra
para aplicarla a temas tales como «las ventajas del senderismo sobre
la acampada». Nuestra tendencia a conceptualizar se pone de manifiesto
cuando constatamos la asiduidad con que utilizamos la palabra «debate»,
lo que representa una predisposición a polarizar las cuestiones del
ámbito público situándolas en terrenos opuestos y sin opción alternativa.
Las temáticas que adolecen de este cariz abundan. Cuando se adopta una
postura basada en el supuesto de que deba
existir «la otra cara de la moneda», cabe la posibilidad de que se tenga
que remover cielo y tierra hasta poder dar con dicho opuesto. Como resultado
de ello esgrimiremos a modo de evidencia hechos demostrados, como, por
ejemplo, nuestros conocimientos sobre la evolución de la Tierra y de
sus habitantes, ante teorías de las cuales no tenemos ninguna prueba
fidedigna, caso del creacionismo” (pág.23). Naturalmente,
los medios de comunicación cobran aquí un protagonismo singular, dado
que propiciar la intervención de las “dos caras de la moneda” no sería,
supuestamente, sino una muestra de objetividad, obviando el hecho de
que a veces son más de dos "partes" las implicadas y dejando
a un lado, también, el que se pueda estar concediendo una excelente
tribuna a personas que manipulan a su conveniencia determinados hechos
sociales o históricos y que, de esta forma, por el mero hecho de aparecer,
adquieren visos de verosimilitud para quienes no están suficientemente
informados sobre la realidad. "La firme convicción de que existen
dos versiones para cada tema -nos recuerda Tannen- puede conducir a
un escritor o a un productor a indagar «el otro lado», con lo cual se
consigue que un cantamañanas cualquiera llegue a difundir sus bulos
a los cuatro vientos desde una plataforma pública. Este tipo de situación
justifica en parte el extraño fenómeno de la negación del holocausto
judío. Como ha demostrado la profesora de la Universidad de Emory, Deborah
Lipstadt, el éxito de los que niegan la existencia de tales hechos radica
en su capacidad de obtención de un espacio televisivo y de una columna
en una revista universitaria, erigiéndose en representación de «la otra
cara de la moneda» en un «debate». La presencia en un espacio de televisión
o en una publicación tiende a otorgar credibilidad, con lo cual se propicia
la posibilidad de airear opiniones carentes de fundamento. Lipstadt
demuestra de qué modo quienes niegan el holocausto plantean los hechos
históricos establecidos de forma que sus contertulios, por muy razonables
que sean, se ven obligados a emplearse a fondo para defenderse. El actor
Robert Mitchum, por ejemplo, manifestó ciertas dudas sobre la existencia
del holocausto judío en una entrevista en la revista Esquire.
Cuando el periodista le preguntó sobre la matanza de seis millones de
judíos, Mitchum respondió: «No lo sé, hay gente que lo pone en duda».
La constante referencia a la «otra cara de la moneda» fomenta la firme
convicción de que existe una versión diferente, con lo cual se alimenta
la duda y, por ende, la veracidad de unos hechos" (pág.23). Como
recuerda la profesora Tannen, en lo que se refiere al discurso, no sólo
la propensión al uso del debate, sino también otros aspectos lingüísticos,
tales como el uso habitual de determinados marcos metafóricos, abonan
la conformación de los límites en los que se desenvuelve esta cultura
de la polémica: "El lenguaje funciona efectivamente así. De forma
invisible moldea nuestra forma de pensar sobre las demás personas, sus
acciones y el mundo en general. Las metáforas militares nos enseñan
a pensar y a ver nuestro entorno como si se tratara de un campo de batalla,
de conflicto, de lucha. Una vez adquirida, esta perspectiva limita nuestra
imaginación y nuestras posibilidades de comprender o cambiar una situación
determinada" (pág.27). Y más tarde: "Si la guerra proporciona
las metáforas necesarias mediante las cuales analizamos nuestro entorno
además de a los seres que nos rodean, es natural que terminemos por
vernos a nosotros mismos y a los demás como guerreros en combate. Se
puede organizar cualquier encuentro entre dos personas como si de dos
adversarios en guerra se tratara. El hecho de hacerlo implica que se
oscurezcan ciertos aspectos para que resalten otros" (pág.29). Ante
semejante panorama, es normal que las interacciones verbales se planteen
en términos de ataque, contraataque y autodefensa, como también lo es
el que ciertas personas prefieran mantenerse al margen, conocedoras
de la falta de perspectivas que caracterizan estas luchas conversacionales
en cuanto a consecución de conclusiones y de soluciones con respecto
a los problemas tratados. El
primer capítulo del libro acaba con el epígrafe titulado "¿Existe
una alternativa?". Entre las propuestas ofrecidas por la autora,
nos gustaría destacar dos: en primer lugar, "la experimentación
con metáforas que se apartaran de la clásica utilización de las exclusivamente
bélicas o deportivas, y cuyo formato condujera a un intercambio de ideas
sin que mediase el debate" (pág.40); y en segundo, la ampliación
del "significado que damos a la palabra «debate» para que en él
tuviera cabida el diálogo (pág.40), lo cual, por cierto, no significa,
ni mucho menos, "la eliminación de la crítica, la negatividad y
el desacuerdo" (pág.40), sino su recreación y recontextualización.
En definitiva, el propósito de Tannen es "cuestionar el uso automático
del formato adversarial, o lo que es lo mismo, el supuesto de que la
mejor forma de solventar un conflicto es siempre
por medio de la confrontación" (pág.41). Los
capítulos 2 y 3 están dedicados al análisis de la cultura de la polémica
en los medios de comunicación. A lo largo de las 75 páginas, se nos
recuerda, por ejemplo, que siempre "que se abra un periódico o
revista, se puede llegar a la conclusión de que si el tema no es controvertido,
no va a tener éxito", o que cuando se cubre la información sobre
las protestas de ciertos colectivos se suele eludir la presentación
de las razones de la propuesta, incidiendo casi exclusivamente en el
hecho mismo de protestar. Como no podía ser menos, algunos actores sociales,
conocedores de las preferencias que suelen mostrar los medios (y no
sólo los sensacionalistas) en este sentido, llegan a adecuarse perfectamente
al reclamo e incluso acaban por promoverlo: "al saber que son precisamente
los momentos conflictivos los que más atraen a los medios de comunicación,
los oponentes políticos contruyen entornos a su medida, ya sea infiltrando
a provocadores en ciertos eventos o efectuando preguntas hostiles"
(pág.50). En estas situaciones, la información veraz queda en un segundo
plano: "La controversia excita pero no ilustra" (pág.53).
También puede suceder que otras personas no solo no se adecuen a los
requisitos de estos tipos de interacción basada en el enfrentamiento,
sino que de hecho no puedan, no quieran o no sepan hacerlo: "A
menudo, cuando se entrevista a un personaje público, el periodista insta
a su interlocutor a divulgar el tipo de información hacia la que manifiesta
una mayor reticencia. En principio, el entrevistado no tiene obligación
de responder a ninguna pregunta, pero puede correr el riesgo de dar
una mala imagen con una negativa. Esta conducta induce a dos tipos de
reflexión; por una parte, ¿hace justicia al entrevistado?; y por otra,
¿se obtiene más información en caso de que accediera a responder a todo
tipo de preguntas?" (pág.89). En este mismo sentido, podemos decir
que "cuando se provoca a un entrevistado -se le «sonsaca»-, ¿se
consigue efectivamente que de su boca sólo salga la verdad? ¿Es posible
que en algunas ocasiones, y en vista de la provocación, sólo responda
lo primero que la pasa por la cabeza, aunque no sea lo que realmente
piensa? Algunas personas pierden el don de la palabra cuando se sienten
heridas, contrariadas o se les pilla desprevenidas. Otras se levantan
y abandonan la entrevista. Sin lugar a dudas, hay ocasiones en las que
el periodista necesita formular a su invitado preguntas arriesgadas.
Mi preocupación se dirige hacia el uso automático y gratuito con que
algunos entrevistadores abordan su cometido". (pág.91). La
propia participación de Tannen en debates desarrollados en distintos
medios de comunicación le sirven para ofrecer ejemplos detallados y
de primera mano de la pertinencia de las hipótesis anteriormente comentadas,
aunque también se sirve del análisis de la representación periodística
de grandes temas de la política y de la sociedad norteamericanas (como
el intento de reforma de la sanidad pública liderado por el presidente
Clinton en su primer mandato, el suicidio del almirante en jefe de la
armada, Jeremy «Mike» Boorda, el aborto o los eventos deportivos) o
de la historia reciente de Europa (el holocausto judío). El
capítulo 4 se titula, parafraseando a Shakespeare, Oposición en política: «¡Mala landre devore a entrambas casas!». Se
ocupa de las repercusiones de la cultura de la polémica en el ámbito
político, especialmente en lo que respecta a cómo el ataque constante
"se está convirtiendo en una interferencia que impide a nuestros
políticos llevar a cabo su labor de gobierno y a los ciudadanos sentirse
conectados al mismo y, por extensión, a su país" (pág.121). Según
Tannen, ha pasado por completo la época en la que se valoraba adecuadamente
las bondades de la conciliación en favor del antagonismo, llegándose
incluso a entorpecer proyectos que, por encima de intereses personales
y partidistas, hubiesen repercutido favorablemente en el bienestar social.
La propuesta de cobertura pública de la sanidad defendida por Clinton
vuelve a ser un ejemplo emblemático. Las
referencias a la necesidad de eliminar el aburrimiento de la política,
la campaña permanente, la impúdica alusión a datos y circunstancias
personales son argumentos de uso frecuente para desacreditar al adversario
y para promover las interacciones basadas exclusivamente en el enfrentamiento.
"La mayor parte de los escándalos actuales y de las consultas independientes
en espera de resolución son el producto de un conjunto de investigaciones
concertadas desde la oposición por los políticos, así como por periodistas,
quienes viven en la convicción de que un escándalo público vale más
que todos los demás temas de actualidad juntos" (pág.153). Al
final del presente capítulo, Deborah Tannen insite sobre una idea ya
expuesta, como vimos, al inicio de su trabajo: "No me opongo a
la crítica ni a la oposición; a fin de cuentas, este libro constituye
una crítica de las conductas que a mi parecer son peligrosas o nocivas.
Simplemente estoy en desacuerdo con la crítica y la oposición que de
forma sistemática y exagerada desbordan el control, como sucede en la
actualidad en nuestro sistema político" (pág.157). Idénticas
propuestas a las evocadas para el sistema político son aplicables al
sistema jurídico norteamericano, según la autora; eso es lo que analiza
en el capítulo 5: «Litigar es batallar».
"A veces nos referimos al mundo como si fuera un gran tribunal,
y a nuestra vida como si de una serie de juicios tratara. Nos dirigimos
a los juzgados en la esperanza de que nos revelen la verdad, y a menudo
así es. No obstante, el sistema legal americano no dispone de los mecanismos
necesarios para desvelar verdades, al menos no de forma directa: se
trata de ganar a toda costa, aunque para ello sea preciso distorsionar,
teñir o soslayar algunos elementos. El sistema legal norteamericano
es un buen ejemplo de la práctica de resolver casos por medio del enfrentamiento,
es decir, colocando a las dos partes en disputa contra las cuerdas y
permitiendo que resuelvan sus discrepancias en el cuadrilátero. Con
este procedimiento se refleja y se refuerza el supuesto de que la verdad
emerge a raíz de la polarización, de situar a dos extremos uno frente
a otro" (pág.159). Las referencias al caso O.J. Simpson o a las
estrategias verbales utilizadas por los abogados en casos de violaciones
son pruebas evidentes de que eso no es así. "El despliegue de manipulaciones
intencionadas que se utilizan para distorsionar las declaraciones de
los encausados imposibilita, asímismo, o al menos dificulta enormemente,
que la verdad salga a la luz" (...) "Del mismo modo en que
los periodistas juzgan sus respectivas intervenciones según el grado
de dureza de las preguntas que efectúan en las entrevistas, los abogados
que intervienen en un juicio se evalúan entre sí según haya sido el
despliegue de agresividad durante el careo de las declaraciones"
(pág.173). Como
advertíamos en el primer párrafo de esta reseña, una de las líneas de
investigación más apreciadas por la profesora Tannen es la que se refiere
a la caracterización discursiva de las diferencias de género. La presencia
de estrategias dispares, según el sexo, para la representación última
de la oposición en interacciones infantiles es el tema principal del
capítulo 6, «Los chicos serán chicos: género y oposición», en donde
leemos: "En todos estos ejemplos, las niñas arden en los mismos
deseos que los niños de conseguir sus propósitos, pero intentan por
todos los medios encontrar un método en lugar de enfrentarse en una
pelea" (pág.209). El
insulto como fórmula híbrida de tratamiento entre adolescentes es una
muestra, por una parte, del arraigo de la polémica en nuestra cultura
y, por otra, de su adaptabilidad y polifuncionalidad. También en esto
el género es fundamental: "El intercambio de insultos y de mofas
está a la orden del día cuando se cumplen los trece o catorce años (...).
A menudo las chicas de esta edad manifiestan su sorpresa ante la grosería
de sus compañeros, porque, al no comprenderla, la interpretan literalmente,
es decir, en serio" (pág.215). "No es fácil encontrar grupos
de chicas que utilizan el insulto y la algarabía de tonos grosero para
manifestar que existe una amistad entre ellas, pero tampoco es de extrañar
que dicho comportamiento pueda resultar chocante para otras jóvenes
que no estén acostumbrados a ello" (pág.216). Desde la sociología
(por ejemplo con los trabajos de Sandra Petronio) o la sociolingüística
(a través de los estudios de Haru Yamada, por ejemplo) se ha aludido
a este fenómeno. Recordemos también, por nuestra parte, que, de modo
más general, Erving Goffman ya había mencionado estos usos entre la
juventud. El
capítulo 7 tiene este sugestivo título: «¿Qué otros métodos existen.
Aprender de otras culturas». Sin duda, el objetivo parece muy apropiado
para un libro como éste: "Si nos dedicamos a observar en qué modo
se negocia el conflicto, la agresión y el desacuerdo en otras culturas,
quizás podamos adquirir nuevas perspectivas que nos permitan manejar
nuestro estilo oposicional de forma más constructiva y menos destructiva"
(pág.243). La controversia y el debate son estilos muy marcados culturalmente:
"La tradición en Israel exige que se manifiesten las opiniones
en voz alta, particularmente cuando se disiente. Esta misma actitud
prevalece en muchas otras culturas, especialmente en la parte más oriental
de Europa y entre individuos de origen mediterráneo, armenio, africano
o sudamericano. Todos ellos al parecer disfrutan con una buena polémica,
un argumento, una sesión de debate. En India y Sri Lanka, por ejemplo,
se espera que los individuos sean agresivos en su discurso. En Bali,
en cambio, sucede prácticamente lo opuesto. Un experto lingüista que
pasó muchos años en Bali comentó que las discusiones emocionales son
casi inexistentes, y que cuando una persona de aquella isla llega a
Estados Unidos se asusta cuando tiene ocasión de presenciar una polémica
de cierto calibre. Sin embargo los estadounidenses se asustan, o cuando
menos sienten desagrado al presenciar ciertos tipos de polémica que
se dan en algunos países de Europa y naturalmente, en ciertos ámbitos
de su país que ellos desconocen" (pág.244). Tannen utiliza diferentes
anécdotas para ilustrar tanto el hecho de que "cada cultura dispone
de sus propios medios para expresar desacuerdo" (pág.248) como
las fricciones que surgen cuando dos actores de culturas diferentes
negocian el disenso. La ritualización del vituperio y de la lucha, la
resolución individual o colectiva, según los casos, de las disputas,
y las alternativas a las metáforas bélicas son algunos de los procesos
más interesantes a los que la autora se refiere en este capítulo. Los
avances en las técnicas de comunicación pueden facilitar de alguna manera
la consolidación de procesos de agresión verbal (capítulo 8). El anonimato
afecta evidentemente a la responsabilidad locutiva de manera que se
genera un distanciamiento entre el locutor y el mensaje que repercute
con claridad sobre el tono que se selecciona. Sobre el correo electrónico,
por ejemplo, dice la autora: "A medida que este sistema se ha ido
simplificando, el número de usuarios ha aumentado ostensiblemente y
son cada vez más las personas que se conectan y que mantienen una conversación
constante con amigos y desconocidos, con lo cual la práctica de provocar
se ha hecho muy popular. En efecto, el ataque y los mensajes insultantes
a tavés de este sistema, que permite un anonimato total tanto para el
emisor como para el receptor, están cada vez más en boga. Resulta extremadamente
fácil transmitir sentimientos hostiles a alguien tan lejano y que en
muchos ocasiones es, además, desconocido" (pág.277). Y más adelante:
"En nuestra vida cotidiana actual suele suceder lo contrario. Nuestras
comunicaciones son cada vez más impersonales y con frecuencia se desarrollan
con personas desconocidas. La proliferación y el aumento de la tecnología
portátil aíslan a las personas y las sitúan en una especie de burbuja"
(pág.278). Tannen alude a otras circunstancias que rubrican sus argumentos,
tales como el desprecio que fomenta la comunicación unidireccional,
la ausencia de reflexión metacomunicativa o las facilidades que encuentra
el rumor para su propagación. Todas
las ideas mencionadas hasta el momento a lo largo de esta reseña no
resultan ajenas tampoco al ámbito académico (enseñanza e investigación).
Tannen reserva el último capítulo de su libro a confirmar esta hipótesis.
Ya en la antigua Grecia, el estilo adversarial, en realidad, había sido
una técnica pedagógica muy arraigada. Sobre la situación actual, dice:
"En el entorno académico, la cultura de la polémica valora el ataque
y lo considera una señal de respeto, porque se contempla el intercambio
intelectual como una batalla metafórica" (pág.307). Y también:
"El procedimiento común para escribir un artículo académico supone
un posicionamiento de desacuerdo con otro, y su argumentación. Ello
presupone la creación de la necesidad de encontrar errores ajenos, lo cual nos aleja de la realización
de un análisis con una mentalidad abierta y con intención de descubrir
discrepancias con el propio trabajo" (pág.308). En
definitiva, para la profesora de la Universidad de Georgetown, "la
controversia se ha convertido en un modelo de conducta que incita a
la sociedad a practicarla en las relaciones personales y en el entorno"
(pág.321). Con independencia del grado de acuerdo o desacuerdo que se
tenga sobre las opiniones ofrecidas por la autora a lo largo de las
331 páginas de su libro, se trata de un ensayo, en nuestra opinión,
de gran utilidad para todos los interesados en la semiología crítica
del discurso.
[1] Un listado completo de la bibliografía de Deborah Tannen se encuentra disponible en http://www.georgetown.edu/tannen.
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