|
||
|
Retórica de la argumentación y retórica de las figuras: ¿hermanas o enemigas?[1] J. M. Klinkenberg (Grupo
µ, Universidad de Lieja) |
|
1.
Dos retóricas 1.1.¿Cuál es “nueva”? Cualquiera
que utilice la palabra neorretórica
sabe que constituye una simplificación engañosa. Efectivamente, hay
dos retóricas contemporáneas y las dos se llaman nuevas. Por un lado,
hay una retórica de la persuasión
cuya partida de nacimiento es, sin duda alguna, la publicación por Chaïm
Perelman y L. Olbrechts-Tyteca del Traité
de l´argumentation, que apareció en 1958 con el subtítulo de La
Nouvelle Rhétorique. Por otro, hay una retórica
de las figuras, cuya partida de nacimiento es ligeramente más tardía,
pero que se calificará también de “nueva”. Como Alain Lempereur recuerda
en un artículo que tendré ocasión de citar en muchas ocasiones, cuando
Ricoeur redacta su libro La Métaphore
vive, designa su trabajo y el de sus antecesores como constitutivos
de una “nueva retórica”. Más cerca de nosotros, durante un coloquio
de retórica que tuvo lugar en Cádiz en 1993, fui sorprendido –sin serlo
excesivamente- al constatar que un periodista no había dudado en dar
al Grupo µ,
del que se me consideraba representante, y que había ilustrado la retórica
de las figuras desde 1967, el nombre de “Grupo
retórica nueva”. Estas
dos neorretóricas han evolucionado de manera autónoma, ignorándose mutuamente,
incluso negándose. Cuando aparece, en 1970, el mítico número 16 de la
revista Communications, consagrado
al tema Recherches rhétoriques,
el bibliógrafo no duda en indicar que la originalidad de la tentativa
de Perelman es “se situer en marge de la plupart des reprises modernes
de la rhétorique” (Lacoste, 1970, p. 235). 1.2.Tres oposiciones:
objetos, conceptos, generalidad Estas dos retóricas pueden ser, pues, enfrentadas una a la otra y, a título pedagógico, voy a hacerlo aquí de una manera, sin duda, algo caricaturesca. Caricaturesca, puesto que mi objetivo final será mostrar que estas dos neorretóricas están menos alejadas entre sí de lo que parece. Su oposición puede ser establecida desde tres puntos de vista: según el objeto de estas dos disciplinas, según sus conceptos centrales y según su estatuto epistemológico. La primera neorretórica se consagra al estudio de los mecanismos del discurso social general y a su eficacia práctica. Sus campos de aplicación han sido primero, sobre todo, la propaganda política o comercial, la controversia jurídica, e incluso la discusión filosófica. En cuanto a la segunda neorretórica, en sus inicios, se ha consagrado al estudio de los mecanismos internos de la producción literaria, y, sobre todo, poética. Se ha dado, pues, esencialmente un rostro estético. En la primera neorretórica, los conceptos centrales son los esquemas o procesos generales de la argumentación, a los cuales volveremos. En la segunda, son las figuras, y, sobre todo, las figuras semánticas: esta segunda neorretórica constituye así una retórica de los tropos o tropología. Finalmente, se pueden oponer las dos neorretóricas tomando sus estatutos epistemológicos como criterio: la primera tiene una vocación social y se preocupa de objetos comunes. Se interesa por lo idéntico y rechaza fuera de su campo de interés lo que puede ser considerado excepcional, incluso lo raro. La segunda se preocupa de lo que aparece primero como lo excepcional. La literatura es en efecto un lugar de rupturas. Y la figura es a menudo definida como un desvío en relación con la manera de expresarse considerada normal. Si esta segunda neorretórica parece rechazar algo, es lo banal. Es un punto fundamental, sobre el que volveré. 1.3.
La tradición y la herencia Una cosa es cierta: la primera neorretórica está más próxima a descubrir especulativamente lo que, en cada caso, puede ser propio del “persuadir” y su estudio lleva a abarcar todos los elementos y todas las disciplinas que concurren en el conocimiento del contexto persuasivo, de la lógica (con las pruebas) a la psicología (con el pathos). Con la teoría de los tres discursos –que se caracterizan, cada uno de ellos, por un tipo de acto social, por un criterio de logro o de pertinencia de este acto, por la preferencia por una cierta perspectiva temporal y por la preferencia por una cierta técnica discursiva–, Aristóteles puede ser considerado como el antepasado de una sociosemiótica totalizante. La escuela perelmaniana, principalmente representada hoy por Michel Meyer, reformula de una manera moderna y sintética estos objetivos: se presenta a menudo como el estudio de la negociación de la diferencia y de la distancia por medios simbólicos. En efecto, una diferencia radical es inconcebible: sería negación de todo intercambio, incluso alienación; por el contrario, la abolición de la distancia que conduce a la fusión total, sería también negación de la comunicación, pues vuelve a ésta inútil (se sabe que algunos gemelos sufren un tipo de afasia que tiene allí su origen). Una comunicación postula la existencia entre los interlocutores de una distancia, distancia cuya amplitud es modulable. Dicho de otra manera, en todo intercambio humano hay un terreno común, pero también elementos de diferencia. En términos de conjuntos, la comunicación supone una intersección y zonas de exclusión recíproca entre los mundos del emisor y del receptor, así como una negociación de esta intersección. Veremos más adelante la importancia de todo esto. Mi objetivo es examinar aquí las relaciones entre la retórica de la argumentación y la retórica de las figuras. Se verá enseguida que sus objetivos y sus métodos no están tan alejados unos de otros como se ha querido decir, y que la evolución reciente de las disciplinas que los fundan no puede más que acercarlos más. 2.
La reducción histórica Pero antes, no será quizás inútil hacer un segundo y rápido repaso histórico, para ver cómo, a partir de la síntesis aristotélica, se puede llegar a esta división en dos retóricas. Esta división es antigua, y tiene sin duda su raíz en el pensamiento clásico. De la concepción integrada de la retórica se desgajó otra definición de esta disciplina como “ars bene dicendi”. A este propósito, se ha hablado frecuentemente de deriva. De hecho, habría que hablar mejor de balanceo. Algunos historiadores de la retórica creen observar un balanceo entre una concepción social y una concepción formalista de la práctica retórica y, por consiguiente, en las doctrinas que teorizan estas prácticas. En los períodos y bajo los regímenes de relativa democracia, la retórica vive en tanto que arte de la argumentación; en efecto, solamente un universo de referencia en el que prevalece el pluralismo puede autorizar el debate, y un arte de gestionar las diferencias y las contradicciones que se expresan en él. En las fases de menor democracia, la retórica se reduce a no ser más que un ejercicio puramente formal. Se restringe a la práctica y al estudio de los ornamentos. La oscilación entre concepción social y concepción formalista será también, lo veremos, una oscilación entre una concepción amplia y una concepción restringida de la retórica. La deriva hacia la concepción formalista tiene dos fuentes, según Lempereur: por una parte, cierta actitud filosófica (lo que el autor llama “un anatema filosófico”) y, por otra, cierta relación que se ha establecido entre el metadiscurso retórico y la producción literaria. 2.1.
Una tentación filosófica El anatema filosófico es el siguiente (Lempereur, p. 140): La philosophie –telle qu´elle s´exprime majoritairement depuis les Grecs, en particulier depuis Platon- est en quête de vérité absolue et de nécessité dans ses jugements; par conséquent elle s´accommode mal d´une rhétorique à vocation dialectique qui prétendait résoudre une question, par la sugestion éventuelle d´une pluralité de réponses. Dans ce contexte de rejet (…), la tentation est grande de ne garder de la rhétorique que la partie la plus inoffensive, la moins connotée philosophiquement, à savoir le style. En trouvant à exploiter le style pour le style, la forme pour la forme, la rhétorique reste à l´abri des critiques de fond. 2.2.
Una tentación literaria
Para describir la interacción entre producción literaria y especulación
retórica, Lempereur cita a Michel Beaujour: “Dans les circonstances
sociales qui exigent la production de discours ou de textes “éloquents”,
l´usage des arguments et des figures (…) est lui-même conventionnalisé
et esthétisé (…) Dès lors la volonté d´efficacité en se sépare plus
de jugements esthétiques.” Añadiendo a continuación: Le professeur ou l´élève, celui qui pratique l´art rhétorique, sera de plus en plus friand de tours de langage, qu´il peut seul reconnaître et reproduire, appartenant à une société d´initiés. En contrepoint, se construit une littérature, d´abord inféodée à la visée persuasive, qui s´en serait ensuite détachée (...). On serait passé à une littérature de plus en plus gratuite, auto-référentielle, qui préfère la quête individuelle, l´interrogation existencielle à la volonté d´édification. (...) La rhétorique aboutit à des exercices de plus en plus figés, qui sont à eux mêmes leur propre justification. De pasada, notemos que esta visión da cuenta de algunas críticas que se le han hecho al Nouveau Roman, cuyo nacimiento es contemporáneo a la rehabilitación de las dos neorretóricas. Habría lugar para un estudio más sociológico de esta alternancia entre teorías con acento formalista y teorías con acento argumentativo. Nos daríamos cuenta de que coexisten en dos sectores diferentes de la misma sociedad, pero en el mismo momento. Volvemos
así al siglo XX. Pero no definitivamente: mi explicación me obligará
a volver por tercera vez a un pasado más lejano. 3.
Primeros puntos de encuentro: el tiempo y el lugar
Observemos las dos neorretóricas cuando se establecen. Más allá
de las oposiciones apuntadas, observamos dos encuentros o, mejor dicho,
dos paralelismos. Paralelismos, dado que estos encuentros no son esenciales,
sino accidentales. Sin embargo, estas coincidencias van a autorizarnos
una reflexión sociológica sobre el estatuto de las dos disciplinas que
mostrará uno de sus parentescos.
El primer
paralelismo es cronológico; el segundo es epistemológico: las dos neorretóricas
parten de una misma exigencia de pertinencia en relación con las disciplinas
de las que se desgajan. 3.1.
El momento Como
subraya Vasile Florescu (1973), Una fecha convencional que podría indicar la reintroducción de la categoría retórica en la problemática filosófica sería 1952, año de la publicación de la obra de Perelman Rhétorique et Philosophie. (…) En cuanto a la revalorización de la retórica en el marco de la lingüística, de la teoría y de la crítica literarias, no sabríamos ponerle fecha; como mucho se puede indicar el comienzo de esa acción, cuyos propios promotores asocian al nombre de Roman Jakobson y a la traducción francesa de sus Ensayos de lingüística general (1963).
Como señala Renato Barilli (1973), “dans la conscience européenne,
l´idée est enracinée aujourd´hui qu´on arrive à la rhétorique par deux
voies; la linguistique et la philosophie”.
El momento
histórico no significa nada en sí mismo. Es necesario subrayar que,
desde un punto de vista sociológico, estos dos movimientos han nacido
en grupos sociales comparables y responden los dos a cuestiones nuevamente
planteadas en el marco de la episteme occidental de la segunda
mitad del siglo XX. Volveré sobre esto.
Pero,
sobre todo, la recuperación de la retórica, en sus dos dimensiones,
corresponde a nuevas actitudes a propósito del lenguaje. Se ha hablado
mucho del éxito de la lingüística como ciencia piloto. Sería evidentemente
demasiado fácil invocar este triunfo y hacer de él la causa de la resurrección
de la señorita de los espejos: eso sería explicar el efecto soporífero
del opio por su virtus dormitiva.
Creo que es necesario invocar una serie de factores, en cuya primera
fila es necesario situar, bastante clásicamente, la economía; y preguntarse
si las neorretóricas no son, como la poética, una de las creaciones
de los Golden Sixties, esa
década que, viviendo un optimismo triunfante, creció en el progreso
continuo, tanto en el plano económico como en el plano intelectual.
Se creía que, gracias a lo simbólico, se iba a tomar el poder frente
a las cosas y a los acontecimientos. A esto se añade un factor demográfico,
magníficamente descrito por François Ricard en su Génération
lyrique: la explosión de la natalidad en la inmediata postguerra
en Europa y en América tuvo una repercusión espectacular veinte años
después. Debía, en efecto, arrojar sobre el mercado de los estudios
una nueva capa emergente, esencialmente originaria de una pequeña burguesía
impulsada por el movimiento de terciarización de la economía. Es notorio
que las capas jóvenes de esta población nueva se volvieron hacia formaciones
que aseguraban el dominio del poder simbólico y, singularmente, del
poder del verbo, viendo en ello la mejor garantía posible de legitimación.
Se podía tener fe tanto
en la lingüística como en la sociología, en la animación cultural y
en los programas de actualización pedagógica. La lingüística, con su
hipóstasis conquistadora que era el estructuralismo y sus variantes
tecnológicas como la gramática generativa, iba a decir la última palabra
sobre todos los lenguajes y sobre la especificidad de todas las clases
de discurso. Una excelente demostración de ello ha sido proporcionada
por la sociolingüista Nicole Gueunier, cuando explica el renacimiento
del mito de la “crisis del lenguaje”, evidentemente provocada por la
sospecha hacia las empresas simbólicas, provocada ésta misma por la
crisis del empleo en las categorías socio-profesionales en cuestión.
Los mismos factores que iluminan y la fe y la desilusión en el lugar
del dominio del lenguaje explicarían también el carácter fulgurante
de la carrera de la retórica y de la poética. 3.2.
El lugar epistemológico
Volvamos al paralelismo epistemológico. Este paralelismo es aquí
de tipo polémico. Cada una de las dos neorretóricas constituye una réplica
al empobrecimiento de las disciplinas a las que pretenden completar.
La
primera neorretórica constituye una respuesta al empobrecimiento en
el análisis de los pasos del pensamiento práctico, empobrecimiento a
consecuencia de la reducción cartesiana –factor de progreso por otra
parte- y al antirretoricismo burgués ligado a la promoción de las artes
mecánicas. Cada una de las partes del gran edificio que la retórica
clásica constituía se había independizado, tanto en el dominio de las
disciplinas retóricas como en el de las disciplinas prácticas. Por ejemplo,
por un lado, los refinamientos de los mecanismos de demostración habían
desembocado en una lógica que no ha cesado de formalizarse. Por otro
lado, una multitud de prácticas sociales ha retomado en una perspectiva
utilitaria una parte de la herencia lógica clásica. (Se puede pensar
en actividades tan diferentes como el marketing o la muy equívoca “Programación
neurolingüística”). La nueva
retórica de la argumentación intentará oponerse a estas tendencias centrífugas.
Se apoyará sobre el hecho de que razonar, no es solamente deducir y
calcular, sino también deliberar y argumentar. Estudiará las técnicas
discursivas “permettant de provoquer ou d´accroître l´adhésion des esprits
aux thèses qu´on présente à leur assentiment” (Perelman, 1958), y yuxtapondrá
a la lógica convertida en formal una lógica natural.
La segunda
neorretórica, la de los tropos, pretendía sacar todas las consecuencias
de la “totalización poética” operada por su hermana mayor desde los
primeros siglos de su existencia, partiendo principalmente de la elocutio
para plantear la cuestión de su relación con una eventual ciencia de
la literatura. Pero, desde un punto de vista polémico, se levanta contra
el psicologismo de una estilística que había acabado por mitificar la
obra hasta el punto de prohibir mantener sobre ella cualquier propósito
objetivo. Desde un punto de vista polémico, la neorretórica de los tropos
se ha pronunciado en contra de las carencias de la estilística –esta
estilística que, como sugiere
una fórmula célebre de Novalis, se había elaborado ella misma sobre
las ruinas de la retórica, a favor del pensamiento inducido por el idealismo
romántico-, exactamente como la otra había pretendido rehabilitar lo
que el empirismo lógico descuidaba.
En el
movimiento de recuperación que operan cada una por su cuenta, las dos
neorretóricas se oponen igualmente a la retórica antigua, de la misma
manera en la que ciencia y técnica se oponen.
Detallemos
esta oposición en tres puntos. Mientras que la retórica antigua era
esencialmente empírica –lo que la había llevado a oscuras taxonomías
que han sido objeto de burla–, las retóricas contemporáneas analizan
a posteriori los hechos de palabra y discurso y extraen las
reglas generales de su producción. Sustituyen la enumeración por la
elaboración de modelos que dan cuenta de la generalidad de los fenómenos
contemplados, convirtiéndose así la preocupación por la clasificación
en accesoria. En segundo lugar, la retórica antigua conformaba un conjunto
de reglas normativas, mientras que la nueva ya no proporciona los medios
para producir enunciados performativos, sino los medios para describir
los enunciados, cualquiera que sea su tipo. Tercera oposición: la antigua
retórica se situaba del lado de la producción intencional de efectos.
La nueva descalifica la intención –o al menos, la vuelve a colocar en
el puesto de un simple factor en la competencia pragmática–; se sitúa
del lado de la recepción y de la hermenéutica. 4.
El proceso de la retórica de las figuras. Tres condenas
Estos paralelismos no han podido impedir que se haya instruido
un proceso contra la retórica de las figuras. La expresión más severa
de la sentencia se la debemos sin duda a José María Pozuelo. Para él,
la neorretórica nacida en la cuna estructuralista es “fundamentalmente
formalista y visiblemente desideologizante”; “desemboca finalmente en
un formalismo limitado a la literatura, con beneficios ideológicos evidentes
a favor de una concepción de las cosas como cortadas del discurso social,
concepción autonomizante y verbalista” (1984, p. 184).
Pero
esta crítica no es la única. En apoyo de todas las que han sido formuladas,
tres familias de argumentos: autonomización, reduccionismo, desvío.
Examinémoslos uno a uno. 4.1.
Autonomización
Sobre la autonomización, Vasile Florescu se había mostrado ya
algo mordaz: Si se tiene en cuenta la forma en la que los “neorretóricos” explican el acto social que consiste en elaborar una obra, tenemos derecho a hablar de una actitud antirretórica manifiesta (...) El autor no es positivamente nadie, afirma Genette (...) La justificación de esta tesis sorprendente es la forma más sorprendente aún de considerar la lengua: “une des fonctions du langage et de la littérature est de détruire le locuteur et de le désigner comme “absent”, pretende Genette que matiza una tesis de Blanchot: “quand je parle je nie l´existence de ce que je dis, mais je nie aussi l´existence de celui qui le dit (...). L´écrivain appartient à un langage que personne ne parle, qui ne s´adresse à personne, qui n´a pas de centre, qui ne révèle rien”, afirma Blanchot. Pero ¿qué papel puede jugar aún la retórica en la elaboración de una obra literaria si el autor no afirma nada, no se dirige a nadie, no habla a la manera de nadie y, sobre todo, si no piensa nada, puesto que las palabras piensan por nosotros, no las gobernamos, como cree Genette” Lo
que se plantea aquí es una cierta concepción del formalismo, no la que
tenían los formalistas rusos, sino la que apunta a lo excepcional, lo
marginal, el experimentalismo aristocrático y hueco. 4.2. Reduccionismo Para
alcanzar la autonomización, y siempre para el procurador que he citado
más arriba, esta retórica debe pecar en un segundo punto: debe condenarse
a no ser “más que una retórica restringida”, limitada de manera drástica
a la elocutio, y más específicamente
todavía a los tropos, para acabar por ser una simple teoría de la metáfora.
Este reduccionismo llevaría a su término un proceso en curso desde la
antigüedad, como recuerda Perelman: La
rhétorique dite classique, quel´on oppose à la rhétorique ancienne,
s´était réduite à une rhétorique des figures, se consacrant au classement
des diverses manières dont on pouvait orner son style. (...)
Déjà dans l´Antiquité certains rhéteurs s´étaient spécialisés dans la
déclamation et dans les exhibitions littéraires, sans grande portée,
et les philosophes, tel Epictète, n´ont pas hesité à s´en moquer: “Et
cet art de dire et d´orner notre langage, s´il y a là un art particulier,
que fait-il d´autre (...) que d´enjoliver et arranger notre langage
comme un coiffeur fait d´une chevelure?”
Como
se ve, esta segunda crítica está relacionada con la primera: ligereza,
futilidad. Se suele a menudo citar su expresión más firme. Se debe ésta
a Gérard Genette, a pesar de ello uno de los principales responsables
de lo que él denuncia: Rhétorique-figure-métaphore: sous le couvert dénégatif, ou compensatoire, d´une généralisation pseudo-einsteinienne, voilà tracé dans ses principales étapes les parcours (approximativement) historique d´une discipline qui n´a cessé, au cours des siècles, de voir rétrécir comme peau de chagrin le champ de sa compétence, ou à tout le moins de son action. La Rhétorique d´Aristote ne se voulait pas “générale” (encore moins “généralisée”): elle l´était, et l´était si bien dans l´amplitude de sa visée, qu´une théorie des figures n´y méritait encore aucune mention particulière; quelques pages seulement sur la comparaison et la métaphore, dans un livre (sur trois) consacré au style et à la composition, territorire exigu, canton détourné, perdu dans l´immensité d´un Empire. Aujourd´hui nous en sommes à intituler rhétorique générale ce qui est en fait un traité des figures. Et si nous avons tant eu à généraliser, c´est évidemment pour avoir trop restreint: de Corax à nos jours, l´histoire de la rhétorique est celle d´une restriction généralisée. 4.3. Desvío La
tercera crítica apunta al concepto central de la segunda neorretórica:
la noción de figura. En efecto,
se la ha definido habitualmente como un desvío en relación con una presunta
manera normal de hablar. Tal perspectiva eliminaría del campo de interés
de la retórica todo lo que está socializado. Lo que constituiría una
insoportable contradicción en los términos: como ciencia de los discursos
sociales, la retórica no podría asumir la figura así definida.
En otras
obras, demostré que la noción de desvío era recurrente, necesaria e
insuficiente. Voy a dedicarme aquí a la crítica de la crítica. Dicho
de otra forma ¿qué se persigue cuando se critica la noción de desvío?
Esta crítica es doble y se formula tanto desde un punto de vista técnico
como desde un punto de vista ideológico.
Desde
el punto de vista técnico, el concepto de desvío pone en evidencia el
problema de la norma y el de su definición.
Norma que es difícil de establecer: ¿se pretende una norma estadística
o una representación ideal del lenguaje? ¿La norma es un lenguaje “sin
afectación”, “natural” como decían los antiguos? ¿Sería un lenguaje
directamente denotativo, el del código civil, como se suele decir? Lo
“natural”, está, ya lo sabemos, en todos sitios y en ninguna parte a
la vez...
Sea lo
que sea, es necesario señalar que cuando se trata de estudiar técnicamente
los mecanismos semióticos que producen la figura, nos damos cuenta de
que nadie, ni siquiera sus más feroces detractores, puede prescindir
de la pareja de conceptos norma-desvío. Como lo demostré, se la encuentra
bajo numerosos nombres como tensión,
subversión, inversión, etc. Parecería que no pudiéramos pasar de esta pareja;
para ello, hay que dar una definición estructurada. Definición que puede
hacerse de dos formas. Por una parte, haciendo de la norma y del desvío
no objetos empíricos sino modelos. Es lo que hace la escuela rumana
de poética matemática que llega a construir un lenguaje de pura comunicación,
puramente transitivo y unívoco, que se opone a un lenguaje poético puramente
reflexivo y plurívoco. El escollo está en que tales lenguajes no existen
en la realidad. La segunda manera de retomar el problema, que va a acercarnos
a la retórica perelmaniana, es mostrar que el desvío figural es siempre
contextual: no existe en relación con un modelo absoluto, sino siempre
hic et nunc. Las normas son siempre locales, de manera que los desvíos
son locales también.
Este
planteamiento debe permitir resolver los problemas epistemológicos e
ideológicos planteados por la pareja desvío-norma.
En efecto,
de esta naturaleza epistemológica e ideológica son las más importantes
reticencias ante la noción de norma. La crítica se une una vez más al reproche del formalismo, extendido
esta vez al conjunto del discurso social. Por un lado, el concepto de
desvío lleva a concebir los
discursos retóricos como gratuitos, despojados de cualquier utilidad
práctica, incluso como privados de cualquier preocupación de comunicación.
Por otro, el concepto de norma,
puesto que es simplemente postulado por el de desvío
sin ser discutido previamente, parece resolver bruscamente el problema
de lo normal en lo simbólico y, por consiguiente, en lo social. 4.4. El desvío
como piedra de toque Me
propongo examinar la actitud de las dos retóricas frente a este problema
particular. El problema es, sin duda, el nudo de la cuestión. Las otras
dos críticas parecen ser corolarios de la que recae sobre el desvío.
En una argumentación tripartita, mostraré que los planteamientos sobre
este tema de las dos neorretóricas son muy cercanos.
En un
primer momento, examinaré la naturaleza del desvío tal como está planteada
en la retórica de las figuras, y veremos que la norma, ese envés del
desvío, es ahí de la misma naturaleza que la que propugnan los discípulos
de Perelman.
En un
segundo momento, interrogaremos la naturaleza de lo que aparece como
socializado en la retórica de la argumentación; veremos que su estabilidad
es ilusoria y que no se puede sostener la idea de que esta retórica
se funda sobre lo común salvo a condición de despejar lo problemático;
lo que es paradójico en una disciplina que precisamente tiene por objeto
la gestión de lo problemático.
En un
tercer momento, veremos que ambas neorretóricas postulan una teoría
de la figura y que, más allá de lo que en apariencia enfrenta a estos
dos fragmentos de teoría, lo esencial de la descripción del mecanismo
figural es común. 5. Los tres parentescos
de las dos retóricas 5.1. El desvío en la retórica de las figuras
La
primera observación que conviene hacer es subrayar que la noción de
desvío no va necesariamente
emparejada con la de excepción. Es
fácil ver de dónde procede la confusión: de una sobrevaloración del
papel literario de la figura o, inversamente, de lo figural en la literatura. 5.1.1.
La fuente del malentendido: la sobreevaluación del papel literario de
la figura Es
necesario recordar que la retórica de las figuras nació entre los especialistas
de la literatura que veían en la lingüística un instrumento propio para
objetivar sus preocupaciones. Pero, de golpe, al situar la figura en
el campo tan específico de la literatura, se impedía verla en acción
en dominios menos excepcionales: en los crucigramistas, los artistas
del insulto, los publicistas, los eruditos. Insistiendo sobre los aspectos
individuales y momentáneos de la reestructuración retórica, se impedía
ver lo que esta reestructuración teórica tenía en común con la reestructuración
científica, que apunta a la universalidad y a la constancia. Así
pues, hoy se saben mejor dos cosas. La primera: que la parte de lo figural
en las estructuras literarias no es la que ha creído la poética naciente.
Si la estructura retórica es una condición necesaria de la literariedad,
no es en todo caso una condición suficiente, como lo hemos establecido
(grupo µ,
1977). La segunda cosa nos retendrá más tiempo: es el hecho de que la
metáfora es una estructura en acción en toda la vida cotidiana. O mejor,
que constituye un proceso general del saber tanto popular como especializado.
Me extendí, en otra obra (Klinkenberg, 1996), sobre la fecundidad del
proceso metafórico y sobre los estrechos parentescos entre la reestructuración
retórica de las enciclopedias y su reestructuración científica. En
el proceso metafórico, se ve que la eficacia de la figura no está fundada
únicamente sobre el desvío, sino también sobre lo que es socializado
en el intercambio. No se funda solamente sobre lo diferente, sino también
sobre lo idéntico. 5.1.2.
La puesta en evidencia de lo socializado por la figura Al
violar las reglas, el desvío las resalta poniéndolas en evidencia. Decir,
hablando de una mujer, (1) Es una tigresa es,
desde luego, alejarse de las reglas que en el código asignan cierto
sentido a la palabra tigresa,
pero es también operar a partir de un sistema de lugares comunes. Lugares
comunes en el sentido fuerte del término: el hablante de una lengua,
al inscribirse en una enciclopedia, está ligado por una especie de contrato
a los prejuicios y a las opiniones corrientes de la cultura en la que
se mueve. Aquí la figura no podría ser descodificada si tales estereotipos
no atribuyeran al animal la crueldad, e incluso la bestialidad, sino
también la belleza salvaje y la inteligencia, y tantos otros estereotipos,
relativos al referente de la figura, aquéllos no la harían apta para
recibir esos calificativos. Pero no son solamente los sentidos conectados
por la figura los que reposan sobre lo socializado, son también los
movimientos mismos los que los asocian. Ellos también reposan sobre
esquemas de pensamiento que ofrecen a la derivación figural grandes
reglas productivas. Se aprecia así una tendencia, en numerosas culturas,
a nombrar a una nación o a una colectividad por su supuesta especialidad
gastronómica. En virtud de estos esquemas, un franchute xenófobo podrá
exclamar: (2)
¡Venga,
Rosbif! al dirigirse a un súbdito de la reina de Inglaterra, o incluso
tratar a un conciudadano del Sr. Berlusconi de “macaroni”. Se trata
de un molde disponible, que remite a una arquitectura del mundo, arquitectura
sostenida por grandes estereotipos. Roland Barthes había tratado mucho
sobre esta arquitectura, cuando, sobrepasando por anticipación la oposición
entre las dos neorretóricas, hablaba de “la italianidad” como de un
molde ideológico productor de figuralidad. Se ve en todo caso, se vuelve
a encontrar aquí, iluminada por el saber antropológico que la relativiza,
la noción de tópico sobre
la cual se fundaba la retórica clásica.
Hacer
de la pareja norma-desvío un fenómeno social y contextualizable permite
acercarla a la retórica de la persuasión. Sigamos al mismo representante
de la escuela de Bruselas: La retranscription d´une métaphore, sa déproblématisation passe par le rétablissement d´une ou de plusieurs normes de compréhension. Cette “norme” n´est pas nécessairement le langage quotidien ou un quelconque degré zéro de la rhétorique. Le langage est naturellement métaphorique, comme il est naturellement figuré. Ce n´est qu´au moment où il y a un surcroît métaphorique que l´on remarquera la métaphore et l´isolera. La métaphore est en ce sens “hors norme”, question posée à du hors-question (...) À chaque fois, la métaphore s´écarte, dans un contexte bien précis de prise de parole –contexte éminemment variable- de l´ordre qui y prévaut. La métaphore est toujours à quelque degré émergence de problématique dans un contexte qui ne l´est pas ou est censé le réduire. (Lempereur, 1990). Así,
loin de se limiter au seul monde de la différence, l´intelligibilité en rhétorique littéraire est indissociable d´un univers de la norme, de l´identité (...) L´ensemble du langage commun est repris à travers le contexte d´énontiation. Pour comprendre la métaphore, et donc les figures (la figurativité), comprendre les textes (la littérarité) qui sont fabriqués dans le même tissu de rupture, pour comprendre enfin la réthorique (la rhétoricité), il faut convoquer tour le discours, avec ses opinions, ses lieux communs... Lo
que es necesario ver, es algo que intenté poner en evidencia en la obra
citada (1996): que la desviación retórica es del orden del “como si”.
Es de una naturaleza casi lúdica.
Fuera
de este planteamiento, no hay más que otras dos series de actitudes
que se puedan contemplar. Estas actitudes recubren las diferentes reacciones
al desvío que había descrito en mi primera lección. La primera posibilidad
es la siguiente: la figura puede ser tomada en la palabra, bien porque
el desvío no es percibido, bien porque desemboca en una reconvencionalización
– “sí, este ser es una tigresa”; bien porque la estructura del mundo
a la cual remite el nuevo vínculo simbólico anudado por la figura es
de entrada compartido por los actores. O bien no lo es, pero se propone
serlo. Y este punto de partida es exactamente el de la reestructuración
científica, que pide también ser compartida. En esta serie de actitudes,
la figura está plenamente resocializada. Segunda serie de actitudes:
la figura es vista como un desvío puro, como una violación radical con
todo lo que crea el intercambio. Bien porque es considerada como un
error, bien porque parece indicar que el contrato comunicativo está
suspendido.
En resumen,
la figura puede desencadenar tres series de actitudes que ponen todas
en evidencia la imposición del vínculo social: o el producto de la reestructuración
está plenamente resocializado, lo que no plantea problemas, o la figura
propone una reestructuración que viola la enciclopedia dominante, pero
lo hace sobre la base de lugares comunes y juega a presentar sus reestructuraciones
como potencialmente compartibles. O bien se sitúa resueltamente en ruptura
con lo socializable, pero lo hace hasta el punto de que no es más que
solipsismo.
El éxito
de la comunicación retórica supone un doble movimiento de desvío y de
restitución que he descrito con detalle. Este movimiento se apoya evidentemente
sobre la connivencia entre los interlocutores, vinculados por el contrato
de cooperación del que ya he hablado en varias ocasiones durante estas
lecciones y al que volveré aquí por última vez. 5.1.3.
Vuelta al principio de cooperación El
principio central que subyace a una semiótica cognitiva y pragmática
es el principio de cooperación. Este principio regula todos los intercambios
semióticos. Todos los participantes del intercambio están obligados
a conformarse con él. Por esta razón, se ha utilizado a menudo la imagen
de un contrato.
Utilizando
los términos de cooperación y de contrato,
no quiero decir que el ideal de cualquier comunicación es que los interlocutores
se refieran a reglas estables forjadas en un código único, que sería
perfectamente idéntico para cada uno de ellos; no quiero sugerir más
que estos interlocutores ocupen de una vez por todas un lugar fijo en
la relación que mantienen. Esta idea simplificadora ha sugerido a ciertos
lingüistas la imagen de “circuito de la comunicación”, circuito en el
que cada uno ocupa una posición que el otro puede enseguida ocupar (el
emisor se convierte en receptor y así sucesivamente...). He criticado
en más de una ocasión el esquema así construido y he llamado la atención
sobre el interés que había en concebir la comunicación no como una transferencia
lineal de informaciones, sino como un proceso en el que emisor y receptor
juegan simultáneamente un papel activo. Hemos visto que los comportamientos
semióticos no sólo reflejan las relaciones de poder que se establecen
entre los interlocutores, sino también que contribuyen a construir esas
relaciones.
El principio
de cooperación remite a esta concepción dinámica. Significa que los
intercambios semióticos no se reducen a una serie de emisiones unilaterales
y deshilvanadas, sino que son los productos de interacciones en el seno
de las cuales cada interlocutor reconoce al menos una orientación común.
Este objetivo puede ser muy explícito o permanecer implícito, puede
ser el objeto de un verdadero consenso o imponerse dolorosamente, puede
aparecer desde el principio de la interacción o construirse en el curso
de ésta...
Siguiendo
a Grice, se ha estructurado este principio de cooperación en cuatro
máximas llamadas “máximas conversacionales”. Son las máximas de cantidad,
de calidad, de modalidad, de relación[2].
La formulación del principio de cooperación bajo esta forma de máximas
(del tipo “sea pertinente”) es, no obstante, algo desafortunada, dado
que aparecen como una serie de recetas que se aplican con el fin de
conseguir una buena comunicación, o incluso como un conjunto de normas
fuera de las cuales no habría más que comunicaciones fallidas. Por otra
parte, esta formulación – y las connotaciones que vehicula la misma
palabra de cooperación- parecen
remitir a una especie de cortesía semiótica: respiran optimismo, incluso
‘angelismo’.
Pero
este angelismo es desmentido por los hechos observados en todas las
disciplinas humanas, desde la psicología al psicoanálisis y desde la
antropología a la polemología. Los intercambios semióticos no son necesariamente
el fruto de consensos apacibles: pueden, ya lo he dicho, llevar la huella
de diferencias o de tensiones, e incluso instituir esas diferencias
o agravar dichas tensiones. A pesar de la máxima de cualidad, se puede
muy bien mentir; y muchos discursos -desde el comunicado militar a algunos
tipos de publicidad- tienen ese objetivo. A pesar de la máxima de modalidad,
es posible expresarse muy bien de manera confusa y numerosos discursos
no se privan de ello, por ejemplo, los del paciente en el psicoanálisis
o el de las administraciones. Los lenguajes sirven también para crear
distancia entre los actores semióticos, a los que ya no nos atreveremos
a llamar interlocutores, si
no es por convención.
Hay en
la interacción semiótica un principio que parece entrar en contradicción
con el de cooperación, entendido de manera optimista. Podemos llamarlo
principio de diferenciación.
Como ya hemos visto, es el que da consistencia a la retórica de la argumentación.
Conviene salir de esta contradicción. Por
todo ello, se puede redefinir el principio de cooperación no como una
norma que rige las relaciones entre interlocutores, sino como una tendencia
a la pertinencia o a la economía semiótica. Entiendo por tendencia
a la pertinencia el hecho de que los interlocutores apunten todos
a optimizar la eficacia de la forma en la que tratan la información
en el curso del intercambio. Por supuesto, esta intención puede ser
consciente o no, y puede desembocar en estrategias muy diversificadas.
E incluso a veces puede desembocar en no tener en cuenta una máxima
particular.
Esta
reformulación más prudente del principio de cooperación nos permite
salir de la contradicción subrayada antes. Podemos perfectamente someternos
al principio de cooperación tendiendo a objetivos “egoístas” (por ejemplo
ejercer un poder simbólico sobre el interlocutor, convenciéndolo, engañándolo,
etc.). La cooperación representa el precio a pagar para obtener este
provecho semiótico deseado. Se eliminan así las connotaciones optimistas
de la palabra: incluso en una disputa hay cooperación.
La cooperación
es un concepto que es relativo a la enunciación. Su reformulación en
términos de economía semiótica permite ver que concierne también al
enunciado. Para ello, podemos volver al concepto de isotopía.
Concepto que, vinculado al de redundancia,
nos es familiar. Todo elemento de un enunciado se inscribe en el contexto
creado por los elementos que lo han precedido. Se ve que hay aquí un
efecto multiplicador de pertinencia: en un enunciado redundante se rebaja
el coste semiótico del intercambio maximizando su provecho. Las informaciones
ya suministradas sirven de telón de fondo a las nuevas. Asociándose
a las primeras, producen nuevas informaciones y así sucesivamente. El
enunciado ve de esta forma reforzada su coherencia. Una
vez redefinido así el principio de cooperación, se puede volver a su
funcionamiento en el intercambio. En toda comunicación, se presume que
el principio es respetado por las dos partes, y esto incluso cuando
hay aparentemente ruptura de cooperación. En efecto, hay enunciados
en los que una de las máximas parece ser incumplida. Es lo que ocurre
en todo lo implícito. Y particularmente en la figura. La figura impone,
como se ha visto en la segunda lección, un cálculo complejo, pero este
cálculo es precisamente consentido para salvaguardar el principio de
pertinencia. Como
se ve, la figura, lejos de arrancar el discurso de los vínculos socializados,
pone en evidencia, por el contrario, los vínculos
de cooperación que se establecen entre los actores. Reflexión que
nos permite, notémoslo de pasada, encontrar otro concepto de retórica
clásica, recuperado por la neorretórica de la argumentación y sobre
el cual volveré: el de auditorio. La especificidad de la figura es evidenciar los vínculos de cooperación innovándolos. Abre el abanico de las leyes del intercambio y propone nuevas dialécticas entre sentidos. Para que se cree la significación, es necesaria una verdadera negociación entre interlocutores. La figura es un instrumento que hace surgir lo problemático en el discurso. Lo que nos acerca definitivamente a la concepción perelmaniana de la retórica. 5.2.
Lo socializado y la excepción en la retórica de la argumentación Acabamos
de ver que la retórica de las figuras no podía fundarse sobre el concepto
de desvío si no lo reemplazaba en el marco de una dialéctica de lo nuevo
y de lo socializado. En este marco, las dos neorretóricas se han aproximado
claramente. El segundo paso va a ser consentido esta vez por
la retórica de la argumentación. Vamos a ver que ésta no se funda únicamente
en el monismo de lo socializado, como pretende a veces, sino que convoca
también la diferencia y, en consecuencia, el desvío.
Sigamos una vez más a Alain Lempereur. Se podría creer, según
él, que “le persuasif se complaît dans un monde d´identité, de normes
tellement contraignantes que la différence d´opinion, qu´une étape intermédiaire
appelée à disparaître dans la communion ou l´accord ultime”. En todo
caso es la idea que se encuentra subyacente en Aristóteles y en Perelman.
Es conocida la aportación del primero: Un
certain type de problème est posé. La rhétorique “ne prend pour sujets
que des questions qui sont déjà matière à délibération”. Il y a plusieurs
orientations (A, B,...Z) de
réponses à un problème débattu. Les unes vont dans un sens (a,
a´, a´´...); d´autres dans un autre, etc. Ce sont les réponses rhétoriques.
Leur unité est bien leur question commune: “Nous ne délibérons que sur
les questions qui sont manifestement susceptibles de recevoir deux solutions
opposées.” Pero
¿cómo seleccionar estas respuestas? Parecen pasar por dos filtros. En
el primero: le pluralisme rhétorique est préservé: “Le vraisemblable est ce qui se produit le plus souvent.” Et nous ne tombons pas ainsi dans le relativisme, puisque ces premiers critères préservent d´un double écueil: ils écartent d´autres réponses rhétoriques, que l´on qualifierait de “sophistiques” – fondées sur l´irrationnel, le religieux, le dogmatique, l´acceptation aveugle-, en même temps qu´ils préservent le pluralisme. Mais souvent, l´on n´en reste pas là; une deuxième phase dans l´argumentation, qui n´est pas indispensable, s´ajoute à celle-ci, comme pour empêcher le débat de rebondir. (...). Aristote montre l´exemple: il va plus loin que ce qui est requis par le primier filtre. En fonction d´autres critères, d´une hiérarchie au sein des topoï (le premier pas vers le monisme), partant notamment de l´idée que “le vrai et le juste ont une plus grande force naturelle que leurs contraires”, il s´offre les moyens de distinguer le bon grain de l´ivraie, de décider laquelle de a´ou de b´s´impose comme la seule et unique réponse au problème posé, celle qui fait disparaître le problème.
En Perelman,
le
concept qui permet de fermer les alternatives d´aboutir à une résolution
fermée, (est) celui d´auditoire universel, celui qui établit
la hiérarchie entre les thèses, les valeurs,
les topoï (...) Cet auditoire universel est directement inspiré d´un
des acteurs d´un genre rhétorique bien connu, le genre judiciaire; cet
acteur est bien entendu le juge: l´auditoire universel est à la philosophie
de l´argumentation ce que le juge est à la philosophie du droit. Así: La
rhétorique persuasive souffre de son incapacité à admettre une fois
pour toutes son pluralisme. Le critère de la réponse préférable chez
Aristote et le modèle du juge réconciliateur des oposés dénotent cette
attirance pour le débat qui se clôture et la répugnance pour celui qui
se perpétue, comme s´il fallait absolument nier l´irréductible distance,
différence entre les personnes. (...) Ni le droit, ni quelque autre
domaine ne procure de caution qui épargnerait la problématicité à l´activité
rhétorique ou qui empêcherait cette problématicité de resurgir à quelque
moment que ce soit. Qui
dit controverse suppose différence, problématicité, “différend” inévitable. Por
otro lado, la retórica de los conflictos no se elabora en su búsqueda
de identidad más que sobre la base de topoi.
Permiten cerrar las alternativas, pero son a menudo contradictorios.
Las normas múltiples que suponen son orientables según el uso. No existe
la norma y el desvío. Hay, por una parte, una serie de normas en desvío
unas en relación con otras y, por otra parte, una serie de desvíos que
no lo son en relación con algunas normas y que pueden serlo en relación
con algunas otras. 5.3.
La teoría de la figura Así
pues, hemos constatado que sobre el punto nodal que constituye la pareja
norma-desvío, las dos neorretóricas están muy próximas entre sí. Tienen
las dos, implícita o explícitamente, en su núcleo central la idea de
una negociación comunicativa. Nos queda mostrar que la aproximación puede también proponerse en otro punto central y más técnico: la definición de la figura.
De manera
quizás un poco brusca, afirmaré que es la misma idea que se encuentra
en Perelman y Olbrechts-Tyteca, por un lado, y en los poeticistas, por
otro. Lo que posiblemente haya impedido verlo son los criterios de clasificación
de las figuras. Estos criterios son radicalmente diferentes en los unos
y en los otros, porque en estas clasificaciones prevalecen puntos de
vista distintos.
Se recordará que Perelman y Olbrechts-Tyteca toman como punto
de partida de su estudio cierto número de procesos argumentativos generales,
llamados esquemas. Se preguntan
enseguida si algunas figuras pueden por su naturaleza ser capaces de
cumplir las funciones reconocidas por estos procedimientos, “si elles
peuvent être considérées comme une des manifestations de celui-ci”.
Lejos
de ser consideradas sinópticamente en un marco único, tal como lo facilitaba
la antigua elocutio, las figuras
son observadas en función de los papeles que juegan en un momento
u otro de los discursos argumentativos.
En la
presentación de las premisas, por ejemplo, se distinguen “figuras de
elección”, “figuras de presencia” y “figuras de comunión”. Las figuras
de elección son, entre otras, la definición, la perífrasis, la corrección.
Todas tienen por efecto exhibir la maniobra de selección de los argumentos
-el semiótico diría: su formalización- en la substancia del mundo inteligible.
En cuanto a las figuras de presencia, como la onomatopeya o el pseudo-discurso
directo, tienen por efecto atraer la atención sobre los materiales argumentativos
seleccionados. Las figuras de comunión son la alusión, la cita, el apóstrofe,
el enálage de la persona, etc. Tienen por función acercar a los interlocutores
y juegan así un papel fático, movilizando los signos de su connivencia.
(Observemos de paso que en esta clasificación el marco de la elocutio
se disuelve: las figuras de elección forman parte de la inventio,
mientras que las figuras de presencia competen sobre todo a la actio).
En el
planteamiento argumentativo propiamente dicho (por consiguiente, en
la dispositio), se distinguen
“figuras de unión” y “figuras de disociación”. Las primeras son esquemas
que acercan elementos distintos y permiten establecer entre estos últimos
una solidaridad que apunta bien a estructurarlos, bien a valorarlos
positiva o negativamente el uno por el otro. Estas figuras de unión
están a su vez repartidas en clases, según estén constituidas “por argumentos
casi lógicos”, como la ironía o la retorsión, “por argumentos fundados
sobre la estructura de lo real”, como la hipérbole o la litote, o finalmente
“por argumentos fundadores de la estructura de lo real”. En esta última
categoría encontramos la metáfora. Se ve que el criterio de clasificación es el de los efectos sociales y cognitivos de la figura, y no su estructura lógica o discursiva. Esta función social es la que autoriza a Perelman y Olbrechts-Tyteca a distinguir claramente las “figuras de estilo” de las “figuras argumentativas”, llamadas a veces “figuras de retórica”: Nous
considérons une figure comme argumentative si, entraînant un changement
de perspective, son emploi paraît normal par rapport à la nouvelle situation
suggérée. Si par contre, le discours n´entraîne pas l´adhésion de l´auditeur
à cette forme argumentative, la figure sera perçue comme ornement, comme
figure de style. Elle pourra susciter l´admiration, mais sur le plan
esthétique, ou comme témoignage de l´originalité de l´orateur. (Perelman,
1977, p. 13) Si
se quisiera relanzar la polémica, se señalarían tres aspectos de estos
propósitos que recuerdan extrañamente las críticas hechas a la retórica
estructuralista. La
primera es el hecho de que el edificio de la retórica antigua está minado
tanto por las proposiciones perelmanianas como por las de los poeticistas;
como he demostrado, la elocutio
está literalmente atomizada. En
segundo lugar observaremos el reduccionismo que se manifiesta en la
sinonimia establecida entre “figuras de retórica” y “figuras argumentativas”.
Se trata evidentemente de una maniobra que reduce el campo de la retórica,
expulsando de él todo lo que no es estrictamente argumentativo.¡La neorretórica
de la argumentación corre así el riesgo de ser calificada también de
“restringida”! De todas formas, se plantea el problema de saber cómo
se puede ver si una figura es argumentativa. Decir que una figura es
tal cuando alcanza su finalidad es evidentemente circular, puesto que
esa finalidad es definida como argumentativa... Lo
tercero a subrayar es que se encuentra aquí todavía el “dejar de lado”
lo estilístico. El tropo poético es, en esta perspectiva, considerado
como un simple ornamento y no puede ser abordado en su especificidad,
puesto que no se le define más que negativamente, como el efecto de
un discurso argumentativo que ha fracasado. Esto parece remitirnos a
una concepción dicotómica de la norma y del desvío, según la cual algunos
discursos estarían del lado de la norma y otros del lado del desvío,
sin que haya partición posible, mientras que en la neorretórica de los
tropos se insiste, por el contrario, en la relación dialéctica que se
establece entre los diversos elementos del enunciado, algunos de los
cuales constituyen la isotopía del enunciado -su norma, si se quiere-
y otras se manifiestan como alotopos, en consecuencia desviantes. Estas
reservas no deben hacernos olvidar el problema de la estructura de las
figuras. Problema que preocupa poco a los miembros de la escuela de
Bruselas. Sin embargo, se toman el trabajo de caracterizarla. Según
observan, cualquier figura presenta dos aspectos necesarios: “une structure
discernable, indépendante du contenu”, por una parte, y, por otra, “un
emploi qui s´éloigne de la façon normale de s´exprimer, et, par là,
attire l´attention” (1976, p. 227). Exactamente de esta manera la retórica
de la elocutio define estas
figuras. Primero: como un desvío reevaluable, estando determinada la
reevaluación por factores contextuales y pragmáticos. Segundo: como
procedimientos propios para provocar el efecto del autotelismo, que
Perelman y Olbrechts-Tyteca encuentran en la fórmula “atraer la atención”.
Mejor todavía: sobre el detalle de algunas figuras, las dos retóricas
se encuentran. En Rhétorique générale
hemos definido los metalogismos – entre ellos la hipérbole y la litotes-
como figuras que tienen en cuenta la representación que los interlocutores
de la comunicación tienen del referente. Perelman y Olbrechts-Tyteca
hablan “de argumentos fundados sobre la estructura de lo real” (una
palabra cuya imprecisión asombra en la pluma de filósofos). Los
hechos de estructura interesan poco a nuestros autores, he dicho antes.
Se comprende por qué. Esas estructuras son de hecho idénticas para la
figura argumentativa y para la figura de estilo. Constatar esta identidad
debilitaría esta oposición o, mejor, obligaría a desentrañar los criterios
que la justificarían. Por tanto, lo que otorga el estatuto de figura
argumentativa o de figura de estilo es el contexto pragmático y nada
más. 6. Conclusión
general: las ciencias del lenguaje y las dos retóricas Acabamos
de constatar que hay más puntos de contacto entre las dos neorretóricas
de los que se había creído hasta ahora. Lo que es chocante es que su
intersección comprende los puntos que las designan como ciencias modernas.
Dicho de otra forma, no han acabado de aportar una contribución de elección
a las ciencias del lenguaje.
Éstas
han conocido conmociones considerables a lo largo de las últimas décadas.
Para simplificar, de una manera figurada, se podría decir que la lingüística
ha debido, para sobrevivir, ampliar su campo de jurisdicción extendiéndose
en tres direcciones. Primero, en dirección a los interlocutores de la
comunicación. Es el caso tanto de la pragmática como de la sociolingüística,
esa sociolingüística que he intentado generalizar en una sociosemiótica
(Klinkenberg, 2000). A continuación, en dirección al mundo. Hay que
pensar en la semiótica cognitiva, que he defendido al comenzar esta
serie de exposiciones. Finalmente, en dirección a los otros códigos. Las
ciencias del lenguaje han debido consentir estas expansiones para resolver
las aporías que señalaba la retórica de la elocutio.
No quiero forzar la historia y sugerir con ello que son los trabajos
realizados en poética los que habrían dado el impulso a las investigaciones
a las cuales aludo aquí. Las soluciones que estas investigaciones permiten
elaborar responden, de hecho, a problemas planteados en un marco más
amplio, que desborda con creces el de la literatura, y que es el inmenso
abanico de los usos sociales del lenguaje. Es verdad que gran número
de las cuestiones que plantean lo han sido también en el marco de la
retórica de las figuras. Se puede afirmar sin exageración alguna que
esta última ha participado en la fecundación de la lingüística contemporánea.
Para atestiguarlo, la palabra “retórica” vuelve frecuentemente – con
sentidos diversos y a veces difuminados, es verdad – en la pluma de
investigadores como Grice, Sperber o Ducrot. Sentidos difuminados que
a veces es difícil relacionar claramente con cada una de las dos neorretóricas.
Esos trabajos sirven equitativamente a las dos hermanas, a las que muestran
como cada vez más solidarias en el seno de la pragmática. 6.1. Primera expansión: hacia el discurso Para
resolver los problemas planteados por las figuras, no nos podíamos contentar
con una semántica léxica, ni siquiera con una semántica que permitiera
contemplar el sentido de los sintagmas. Ricoeur ve muy bien que no nos
podamos limitar a una concepción de la “metáfora-palabra”, concepción
que atribuye, de forma apresurada e indistintamente, a todos los neorretóricos.
Definir ese tropo como el cambio del sentido de una palabra es limitar
el poder de la figura, que se manifiesta en el nivel no del sentido
sino de la significación. Las tesis que he intentado defender ante ustedes
se fundan sobre la consideración tanto del enunciado en su conjunto
como sobre la de la enunciación. La teoría general de la figura –con
sus tres niveles: portador, revelador y formador- describe la copresencia,
en un conjunto sintagmático, de elementos conformes a la isotopía de
este conjunto y de elementos alotopos que deben ser reevaluados. La
teoría es bastante potente para dar cuenta de hechos retóricos que se
manifiestan en los conjuntos sintagmáticos de un nivel inferior al de
la palabra (por ejemplo, en el caso de numerosos metaplasmos), pero
también de hechos que engloban varias frases (como en la metáfora hilada).
Tal retórica, no limitada a la metáfora, debe elaborar una teoría general
del contexto. Esta
expansión de preocupaciones sobrepasa inevitablemente fenómenos considerados
hasta aquí como extralingüísticos. ¿Dónde está el límite entre los contextos
lingüístico y no lingüístico? Para producir sobreentendidos, por ejemplo,
se sabe que es necesario superponer al mensaje explícito otros mensajes
que permitirán recusar lo que es planteado. A veces esos mensajes se
manifiestan por vía lingüística –un enunciado anterior en el discurso
o la conversación, por ejemplo-, y otras se manifiestan por vía semiótica,
sin que el mecanismo de producción del sobreentendido sea fundamentalmente
diferente en ambos casos.
Todo
esto desemboca igualmente en la noción de discurso.
Entre estos discursos, algunos presentan características formales que
la retórica de las figuras ha podido describir. No porque esas características
no afecten más que a los discursos literarios. Se encuentran en una
clase de discurso de la que J. Geninasca (1987) dice que remiten a una
especie de “racionalidad mítica”. Se observa que incluso la retórica
de la argumentación no se encuentra muy lejos, pese a que no se preocupa por la distinción entre palabra,
frase y enunciado, y aunque
clasifica los discursos en función de su papel social. 6.2. Segunda expansión: hacia las significaciones implícitas En
otra dimensión situaremos otra expansión de la lingüística. El estudio
de los tropos desemboca, ya lo sabemos, en la revisión del postulado
de la linealidad del lenguaje: ¿no muestra ésta que una misma unidad,
situada en un mismo lugar del enunciado, puede tener varios sentidos?
Tales tropos no existen solamente en la lengua literaria o en la publicidad
como ponen de manifiesto las investigaciones sobre la dinámica conversacional,
sean sus autores Grice o Goffmann. Esta propiedad que tienen algunos
enunciados de vehicular dos sentidos es frecuentemente rebautizada con
el nombre de polifonía.
El tropo
viene así a colocarse armoniosamente al lado de otras dos categorías
de contenidos implícitos cuyas propiedades comienzan a ser muy conocidas:
las presuposiciones y los sobreentendidos. La literatura clásica se detiene en esas dos categorías de contenidos implícitos que difieren notablemente en su funcionamiento. En la descripción clásica que se da de ellos, las primeras dependen directamente del material lingüístico utilizado; la aparición de los segundos es suscitada por factores más netamente exteriores en el contenido planteado. Se puede mostrar que la familia de los tropos, cuyos representantes son a menudo confundidos con los sobreentendidos, constituye una categoría independiente: el tropo presenta algunas características que lo acercan o que lo oponen tanto a lo presupuesto como a lo sobreentendido.
El tropo
posee las mismas propiedades sintácticas que la presuposición: igual
que ella, resiste a la interrogación, a la negación y a la subordinación:
el sentido trópico de (3)
Un hombre es una isla subsiste
en (3´)
Ningún hombre es una isla El
sobreentendido y el tropo tienen a su vez en común hacer ver en la obra
esta “lógica de lo ilógico” que estudia también la retórica de la argumentación.
Algunos sobreentendidos pueden ser descritos bajo la forma de una confusión
entre condición necesaria y condición suficiente, como en el célebre
ejemplo alegado por Ducrot; no se dice la frase (4)
Si Pierre viene, Jacques se marchará si
se está de todas formas convencido de la marcha de Jacques; en el lenguaje
natural, tal frase hace de la llegada del primero la causa de la marcha
del segundo.
Pero
el tropo se separa de lo presupuesto y de lo sobreentendido en dos puntos.
El primero concierne a la responsabilidad de los interlocutores de la
comunicación. En la presuposición, el locutor debe asumir la responsabilidad
del sentido implícito, mientras que en el sobreentendido, la responsabilidad
de ello incumbe exclusivamente al interlocutor, pudiendo siempre el
primero parapetarse tras el sentido explícito de su enunciado. En el
tropo, como ya se ha visto, el locutor y el interlocutor tienen una
responsabilidad compartida en el acto de comunicación: el primero porque
suscita necesariamente la obra de la lectura retórica por la producción
del desvío alotópico, el segundo porque lleva esa lectura de forma muy
personal elaborando el grado concebido completo. El tropo se separa además de lo presupuesto y de lo sobreentendido en un segundo punto: la originalidad de su comportamiento con relación a lo planteado. Presuposiciones y sobreentendidos tienen en común efectivamente la propiedad de no descalificar la significación de lo planteado. Lo que sí hace el tropo: éste crea una impertinencia en el enunciado, impertinencia que no es simplemente corregida como se haría con un error.
Y se
presiente que las leyes que autorizan a deducir sobreentendidos son
semejantes a las que suscitan la descodificación del tropo. Se sabe
que la isotopía es una de esas leyes. Pero la regla principal, que no
he dejado de subrayar, hay que buscarla fuera del enunciado mismo: es
el mantenimiento del principio de cooperación. En la búsqueda de los
mecanismos de producción del sobreentendido, Ducrot sugería también
la existencia de reglas sociales, como la “licéite”, junto a criterios
como la economía del discurso: si decir de alguien (5)
No detesta el vino puede
sugerir que lo ame con pasión, sería porque un tabú pesa sobre la acusación
de embriaguez. Pero esta hipótesis no es explorada de otra forma. El
pragmatista duda a menudo al enunciar tesis que pongan en peligro el
carácter insular del objeto lingüístico que construye. Este pudor no
lo tiene el retórico, pues tanto la retórica de la argumentación como
la retórica de las figuras nos animan al estudio del vínculo establecido
entre el enunciado y lo que lo rodea. 6.3.
Tercera expansión: hacia el mundo Veamos a continuación la tercera expansión que conocen las ciencias del lenguaje. Es hoy cada vez más difícil separar la semántica de la enciclopedia, es decir, de la representación del mundo que la determina. Una semántica que rehusara esta relación permitiría como mucho dar cuenta de proposiciones analíticas, de las cuales se sabe que no tienen una utilidad social general, y sería impotente para dar cuenta de la más alejada de las comparaciones. Decir de una persona (6)
Corre como una cebra no
tiene sentido más que si se hace de “rapidez” un rasgo semántico de
“cebra”. Este tipo de determinación, que plantea un problema a la semántica
clásica, se encuentra en todos los tropos: es modelada por la representación
del mundo tanto como aquélla modela a esta última. Si
todas estas expansiones operan, ¿será aún de lingüística de lo que habrá que hablar? Algunos preferirán hablar
quizás de disolución. Aceptemos
la idea, observando que al reemplazar la lengua en el seno del conjunto
de las prácticas de comunicación y de significación, no se hace otra
cosa que llevar a cabo la realización de un programa propuesto por Saussure
y precisado por Hjelmslev y Buyssens: el de un estudio de la vida de
los signos en el seno de la vida social. De avanzar en la dirección
de una semiótica de la que he intentado demostrar que no puede ser más
que una ciencia cognitiva. A
este programa, las dos neorretóricas pueden aportar su contribución.
Las dos han tenido una exigencia de rigor que no encontraban en las
disciplinas que cubrían el mismo campo que ellas. Una y otra, íntimamente
acercadas por la evolución actual de las ciencias del lenguaje y de
la significación, pueden apoyarse en su proyecto de análisis general
de lo particular, de análisis racional de lo no racional. Pues, efectivamente,
en estos términos se enuncia el cometido de las dos: Est-il exact que nous abdiquions l´usage de la raison sitôt que nous quittons le champ du formel? (…) La Rhétorique vient ici pour faire éclater la traditionnelle connexion du rationnel et du nécessaire, du non-nécessaire et de l´irrationnel et acheminer vers une conception élargie de la raison intégrant l´argumentation aux côtés de la démonstration. (Max Loreau)
BIBLIOGRAFÍA
ANSCOMBRE,
Jean-Claude, y DUCROT, Oswald. L´Argumentation
dans la langue, Bruselas, Mardaga, 1983. BARILLI,
Renato. Prólogo a Vasile FLORESCU, 1971. ------------.
1979, Retorica, Milán, Isedi,
col. Enciclopedia fílosofica. BARTHES,
Roland. «Rhétorique de l'image», Communications,
nº 4, 1964, p. 40-50. -------------.
«L´analyse rhétorique», en Littérature
et Société, Bruxelles, Ed. del Institut de sociologie de l´ULB.,
1967, p. 31-45. --------------.
«La rhétorique», curso en l´École pratique des hautes études, 1964-1965;
recogido en RECHERCHES RHÉTORIQUES,
1970, p.172-223 con el título de L´Ancienne
Rhétorique. BAUDELOT,
Christian y ESTABLET, Roger. Le
niveau monte: réfutation d´une vieille idée concernant la prétendue
décadence de nos écoles, París, Le Seuil, col. L´épreuve
des faits, 1989. BOUCHÉ,
Claude, DUBOIS, Jacques y KLINKENBERG, Jean-Marie. Un
discours en blanc: analyse du discours du «Bulletin des chambres syndicales
de médecins», número
temático de la Lettre d´information
du GERM., nº 114, 1978. DEGUY,
Michel. «Pour une théorie de la figure généralisée», Critique, nº 269, pp. 841-861. DE
LA RHÉTORIQUE AU POLITIQUE ET AU POÉTIQUE,
número temático de Critique,
nº 378, 1978. DELCROIX,
Maurice y HALLYN, Fernand (editores). Introduction
aux études littéraires: méthodes du texte, Gembloux, Duculot, 1987. DUCROT,
Owald. Dire et ne pas dire: principes
de sémantique linguistique, París, Hermann, col. Savoir, 1980. ------------.
Le Dire et le Dit, París,
Éd. de Minuit, 1984. FLAHAULT, François. «Le fonctionnement de la parole: remarques à partir des maximes de Grice», Communications, nº 30, 1979, pp. 73-79. FLORESCU, Vasile. La Retorica nel suo sviluppo storico, Bolonia, Il mulino, 1971. -------------.Retorica
si neoretorica: geneza, evolutie, perspective, Bucarest, Editura
Academiei, 1973. GARCÍA
BERRIO, Antonio. «Retórica como ciencia de la expresividad (Presupuestos
para una retórica general)», en Estudios
de lingüística, nº 2, 1984, pp. 7-59. GENETTE,
Gérard. Figures, París, Le
Seuil, 1966. -------------.
Figures II, París, Le Seuil,
1969. -------------.
“La rhétorique restreinte», in RECHERCHES
RHÉTORIQUES, 1970, pp. 158-171; recogido in Genette, 1972. -------------.
Figures, III, París, Le Seuil,1972. GENINASCA,
Jacques. Sémiotique, en Maurice
DELCROIX y Fernand HALLYN (editores), 1987, pp. 48-64. GOFFMAN,
Erving. Les
Rites d´interaction,
París, Éd. de Minuit, 1974. GRICE,
H. P. «Logique et conversation», Communications, nº 30, 1979, p. 57-72. GROUPE
m, Rhétorique générale, París,
Larousse, col. Langue et Langage, 1970; reed. París, Le Seuil, 1982,
col. Points nº 146. --------------.
Rhétorique de la poésie: lecture
linéaire, lecture tabulaire, Bruselas, Éd. Complexe,
París, PUF, 1977; reed. París, Le Seuil, 1990, col. Points. --------------.
«Miroirs rhétoriques», Poétique,
nº 29, 1977, pp.1-19 (recogido en Rhétorique
genérale, ed. de 1982, pp. 201-218). -------------.(editor).
Rhétoriques,
Sémiotiques,
París, UGE. col. 10/18
nº 1324 / Revue d´esthétique,
1979, nº1-2. ------------.
1984a. «Avant-gardes et rhétoriques», Les Avant-gardes littéraires au XXe siècle, Budapest, Akadémiai Kiadó, vol.
II, pp. 881-940. ------------.
Traité
du signe visuel: pour une rhétorique de l´image,
París, Le Seuil, col. La couleur des idées, 1992. -----------.
“Sens rhétorique et sens cognitif”, Recherches
sémiotiques / Semiotic Inquiry
(RSSI), vol. XIV, nº 3, 1994,
número llamado La Rbétorique et
la Sémiotique / Rhetorics and Semiotics, pp.
11-23. GUEUNIER,
Nicole. «La crise du français en France», en Jacques MAURAIS (editor),
1985, pp. 3-38. KLEIBER,
Georges. «Métaphore: le problème de la déviance», en Roland LANDHEER
(editor), 1994, pp. 35-56. KLINKENBERG,
Jean-Marie. «La
crise des langues en Belgique», en Jacques MAURAIS (editor), La
crise des langues, Québec, Conseil de la langue française, Paris,
Le Robert, 1985, p. 93-145. -------------.
Le Sens rhétorique: essais de
sémantique littéraire, Toronto, Éd. du GEF, col. Theoria, nº 1 /
Bruselas, Éd. Les Éperonniers, 1990. ------------.
«Rhétorique de l'argumentation et rhétorique des figures», en Michel
MEYER y Alain LEMPEREUR (editores), 1990, pp. 115-137. ------------.1991a.
«La définition linguistique de la littérarité: un leurre?», en Louise
MILOT y Fernand ROY (editores), La
Littérarité, Actas del Coloquio Internacional de Québec «La littérarité”,
Québec, Presses de l´Université Laval, 1991, pp. 11-30. 1991b.
«Rhétorique et rhétoriques: une mise au point», en Studia Universitatis Babes-Bolyai, serie Philologia, vol. XXXVI, nº 1-2, p. 145-174, número llamado
La Belgie francophone: lettres
et arts (edición Rodica LASCU-POP). ----------.
«Y a-t-il une rhétorique du roman? Les figures d´argumentation chez
Jacques Godbout», en Louise MILOT y Jaap LINTVEET (editores), Le Roman québécois depuis 1960: méthodes et analyses, Québec, Presses
de l´Université Laval, 1992, pp.
35-55. ---------. «Métaphores de la métaphore: sur l'application du concept de figure à la communication visuelle», Verbum, nº 1-2-3, 1993, pp. 265-293. ---------. Sept leçons de sémiotique et de rhétorique, Toronto. Ed. du GREF, 1996. ---------. Précis de sémiotique générale, Paris, Le Seuil, 2000. KUENTZ,
Pierre. «La Rhétorique" ou la mise à l´écart», en RECHERCHES RHÉTORIQUES, 1970, pp. 143-157. LACOSTE,
Michèle. «Éléments de lecture», en
RECHERCHES RHÉTORIQUES, 1970, p. 230-235. LANDHEER,
Roland (editor). LES FIGURES DE RHÉTORIQUE ET LEUR ACTUALITÉ EN LINGUISTIQUE,
número temático de Langue française,
nº 101, 1994. LEMPEREUR, Alain. «Les restrictions des deux néo-rhétoriques», en Michel MEYER y Alain LEMPEREUR, 1990, pp. 139-158. MAURAIS,
Jacques (editor). La Crise des
langues, Québec, Conseil de la langue française / París, Le Robert,
1985. MEYER,
Michel. Logique, Langage et Argumentation,
París, Hachette, col. Hachette
Université, 1982. MEYER,
Michel, y LEMPEREUR, Alain (editores). Figures
et Conflits rhétoriques, Bruxelles, Ed. de la Universidad de Bruselas,
1990. MISSAC,
Pierre. Tropes, Tics et Trucs,
en AAVV, 1978, pp. 1017-1033. MOESCHLER,
Jacques, y REBOUL, Anne. Dictionnaire encyclopédique
de pragmatique,
París, Le Seuil, 1994. MOREL
Mary-Annick. «Pour
une typologie des figures de rhétorique: points de vue d'hier et d'aujourd'hui»,
DRLAV, nº 26,1982, pp. 1-62. MOUNIN,
Georges. Travaux pratiques de
sémiologie générale, textos reunidos y publicados por Alain BAUDOT
y Claude TATILON, prólogo de Claude TATILON, Toronto, Éd. du Gref, col.
Theoria,
nº 3, 1994, X-324 p. PERELMAN,
Chaïm. Rhétorique et Philosophie,
París, PUF, 1952. -------------,
y OLBRECHTS-TYTECA, L., La Nouvelle
Rhétorique: traité de l´argumentation, París, PUF, 1958; 3ª edic.,
Presses de l´Université de Bruxelles, 1976. -------------.
Justice et Raison, Presses
de l´Université de Bruxelles, 1963. -------------.
L´Empire
rhétorique: rhétorique et argumentation, París,
Vrin, col. Pour demain, 1977. POZUELO
YVANCOS, José María. Del formalismo
a la neorretórica, Madrid, Taurus, 1988. REBOUL,
Olivier. Introduction à la rhétorique,
París, PUF, col. Premier cycle, 1991. RECHERCHES
RHÉTORIQUES, número
temático de Communications, nº
16, 1970; reed. París, Le Seuil, col. Points, 1994. RICARD,
François. La Génération lyrique:
essai sur la vie et l´oeuvre des premiers-nés du baby-boom,
Montreal, Boréal, 1992. RICOUR,
Paul. La Métaphore vive, París,
Le Seuil, col. L´ordre
philosophique, 1975. ROSSI,
Daniela. «Diagnose de l´écart: éléments pour une étude rhétorico-pragmatique
de l'écart», memoria de licenciatura inédita, Universidad de Turín,
1992. SCHIFKO,
Peter, «L´interprétation sémantico-pragmatique de l´écart», Le français moderne, vol. LVI,
nº 1-2, 1988, pp. 16-32. SOJCHER,
Jacques. «La
métaphore généralisée», Revue internationale de philosophie, nº 87, 1969. SPERBER,
Dan y WILSON, Deirdre. «Rermarques sur l´interprétation des énoncés
selon Paul Grice», Communications,
nº 30,1979, pp. 80-94. -----------.
La Pertinence: communication et cognition, París, Éd. de Minuit,
1989. VIGH, Árpád. «L´Histoire et les deux rhétoriques», in GROUPE : (edición de), 1979, pp. 11-37.
[1] Traducción de Juana Castaño Ruiz. Una versión distinta de esta reflexión apareció en Retórica y Texto (ed. Antonio Ruiz Castellanos), Universidad de Cádiz, Servicio de Publicaciones, 1998, pp. 61-78. [2] Las recuerdo aquí. La máxima de cantidad concierne a la cantidad de informaciones que debe ser administrada: la contribución de un participante en el intercambio debe contener tantas informaciones como sean requeridas para este intercambio particular, pero no más. Ejemplo: si encuentro en una carretera la señal de “peligro: paso a nivel”, es porque las autoridades responsables han considerado que el cartel “atención: peligro no precisado” no era suficiente; pero se ha considerado también que la señal “paso a nivel” bastaba, y, por ejemplo, no se han añadido detalles sobre los tipos de trenes aptos para pasar. Desde ese momento, como usuario de la carretera, acomodo mi comportamiento sobre esos datos, en los cuales confío. La máxima de cualidad concierne al carácter verídico de la contribución: el principio de cooperación postula que el participante no afirma lo que cree ser falso o aquello de lo que no tiene pruebas. En general, el servicio de carreteras no coloca señales /carretera principal/ para gastar bromas a los automovilistas que circulan de hecho por carreteras secundarias; y estos automovilistas acomodan su conducta con relación al dato “carretera principal”. La máxima de modalidad concierne al carácter claro y no ambiguo de la contribución. La emisión de las señales viales tiene lugar de tal forma que el usuario no tenga que dudar entre “paso de trenes” y “paso de bisontes”. La última máxima, llamada de relación, concierne a la pertinencia del intercambio. El usuario asume que la administración ha situado una señal porque había razones para hacerlo. |
|