Reportajes

Respuestas emocionales contrarias ante la obra de arte y la realidad



En ocasiones juzgamos o respondemos emocionalmente ante una situación real de una determinada manera; sin embargo, esa misma situación planteada en la ficción, por ejemplo, en la literatura o el cine, puede provocar una respuesta contraria a la esperada.

Interesada en la respuesta emocional ante la obra narrativa, Mª José Alcaraz, se preguntó por la relación entre la apreciación de las obras de arte y nuestro desarrollo moral como personas. Su pretensión: conocer cómo las obras pueden poner en funcionamiento las creencias o dinamizar la respuesta moral que tenemos ante determinadas situaciones complejas.

La profesora del departamento de Filosofía de la Universidad de Murcia, Mª José Alcaraz León, dedica su actividad investigadora al análisis de nuestras respuestas emocionales contrarias.

Emociones en la realidad y en la ficción

Una de sus principales líneas de investigación se centra en saber por qué tenemos en ocasiones distintos comportamientos morales y emocionales ante los mismos hechos dependiendo de si se dan en la realidad o de si ocurren ante la ficción.

“Ante una obra de arte ejercitamos habilidades morales constantemente, más incluso que en la vida real; es decir, aparte de apreciar la belleza de la obra, realizamos juicios sobre los personajes: si son egoístas o generosos, si merecen o no nuestra simpatía, si son justos o no, etc.”, explica. Eso es parte de la apreciación de las obras narrativas, señala. “Cualquier lector por el mero hecho de entrar en contacto con ese tipo de experiencias necesariamente se ve emocionalmente agitado si está entendiendo la obra”, afirma Mª José.

Aunque normalmente un personaje que te causa desprecio en la vida real suele ser despreciable en la ficción, en ocasiones, el comportamiento de dicho personaje en la ficción nos parece atractivo o simpático. Y sería aquí donde surgiría el problema de las emociones contrarias o discontinuas.

Lolita de V. Nabokov

Uno de los ejemplos a menudo utilizado para abordar este tema es la obra de Vladimir Nabokov, llevada al cine por Stanley Kubrick, Lolita. Humbert Humbert, el protagonista, consigue que el rechazo moral que conllevaría el abuso sexual a una niña de doce años llamada Lolita quede en un segundo plano. Durante toda la historia el lector tiene dificultades para posicionarse en contra del pederasta, que despierta en ocasiones más simpatía que desprecio. “Asombra la capacidad de esta novela para transmitir qué le pasa al protagonista, qué sufre o le tortura, cuáles son sus deseos y qué le obsesiona; aún sabiendo que en la realidad nunca mostraríamos emociones tan cercanas hacia un a persona así”, explica Mª José Alcaraz.

La razón de por qué respondemos así no puede apelar al hecho de que estemos ante una ficción, ya que el fenómeno de la discontinuidad no es un fenómeno genérico de todos los casos en los respondemos afectivamente ante la ficción. En este sentido, la hipótesis explicativa que ha manejado la autora es la siguiente: si las emociones que llamamos discontinuas han de poder estar justificadas –y esto parece que es así en algunas ocasiones-, entonces las condiciones de justificación de las emociones ante hechos o situaciones reales y ante contenidos representados a través de arte han de ser distintas. Las emociones que experimentamos ante una obra de arte no solo están causadas y justificadas por el contenido representado, sino por los aspectos formales que determinan la forma de presentación de dicho contenido. Un determinado ritmo narrativo, el uso de un plano corto, una determinada música pueden causar emociones en el espectador con relación al contenido que percibe en la obra.

Algunos han defendido que el papel que juegan los aspectos estéticos y formales en la producción de la emoción en el espectador es meramente causal y que carece de papel justificativo. Sin embargo, María José Alcaraz ha tratado de mostrar que este papel puede ser de justificación cuando se dan determinadas condiciones. Para la autora cuando los rasgos formales de la obra están íntimamente ligados al contenido de manera que permiten revelar aspectos interesantes de dicho contenido, jugarían un papel justificativo y no meramente causal.

Por ello, que exista el fenómeno de las así llamadas emociones discontinuas no implica que las emociones que sentimos sean de un tipo diferente a las emociones reales o que no podamos extrapolar esas emociones a contextos no artísticos.

Que podamos sentirnos cerca de Humbert Humbert no es algo descabellado a no ser que se tenga una visión fuertemente posicionada sobre el asunto, en cuyo caso, nuestras creencias morales no nos permitirían entrar en el mundo que se nos está planteando, y que no tiene por qué ser erróneo ni totalmente descartable. “En estos casos, es el lector sensible quien debe ser muy cuidadoso al juzgar si hay o no manipulación por parte de la obra y si la reacción que siente es o no merecida por ésta; en última instancia, el lector debe hacerse cargo de su experiencia”, nos aclara Alcaraz.

“Lolita, de hecho, a pesar de ser una obra escrita en inglés, sufrió un rechazo generalizado por los editores estadounidenses, quienes, sólo tres años después de que se publicara en Francia, la editaron por primera vez. Las dificultades para encontrar editor muestran hasta qué punto el tipo de respuesta reclamada por la obra resultaba problemática”, explica la investigadora.

Otros ejemplos

Esta contradicción se plasma también en la novela de P. Highsmith El Talento de Mr. Ripley, donde el protagonista es un asesino con el que en cierto sentido simpatizas y deseas que las cosas le salgan bien a pesar de cometer actos despreciables.

Otro ejemplo, esta vez nacional, es la película Hable con ella. “Almodóvar emplea a menudo un estilo pop y desenfadado para hacer que se tengan actitudes relajadas hacia situaciones moralmente problemáticas”, explica Alcaraz. En esta película se percibe al personaje central, Benigno, como un “hombre bueno, sensible, capaz de atender a las necesidades de las mujeres, etc.”, aún habiendo violado a una chica, Alicia, que está en coma.

El valor cognitivo de las obras de arte

Así la investigadora aborda desde el punto de vista de las emociones discontinuas el debate sobre si podemos confiar en las obras de arte como una manera de formar nuestras emociones morales; ya que si, con frecuencia, éstas provocan emociones en el espectador que son contrarias a las que consideramos apropiadas en circunstancias reales, no parecen recursos fiables para desarrollar nuestras emociones morales. Supuestamente, la obra corrompería y provocaría reacciones dudosas o peligrosas en el lector. Mª José Alcaraz defiende que esto no tiene por qué ser necesariamente una consecuencia del fenómeno de las emociones contrarias.

Sus trabajos explican a qué se debe la discontinuidad de nuestras emociones ante la obra de arte y argumenta a favor del valor cognitivo de esas experiencias pese a su carácter contrario. Analiza por qué en determinadas obras la respuesta es discontinua o contraria y, por qué, aunque esto ocurra, la literatura puede ser interesante como herramienta de formación emocional. Como se ha señalado, la naturaleza de la justificación de las emociones artísticas, aun siendo especial, no conlleva necesariamente que dichas emociones no sean extrapolables o que puedan iluminar nuestra experiencia moral general. Si la obra produce una emoción contraria pero justificada, entonces tenemos razones para dotar de validez a dicha respuesta y para considerarla al mismo nivel que nuestras respuestas emocionales reales.

Belleza estética en paisajes dañados

En otra de sus líneas de trabajo discute sobre si es posible experimentar como bellos paisajes contaminados o gravemente alterados por la actividad humana. La investigadora argumenta que es posible percibir estos paisajes como bellos –u otros producidos de manera similar- al tiempo que se es consciente de las causas que han hecho que se sufran dichos daños.

“Me preocupan dos ideas que se oponen. Tenemos una actitud moral contraria ante la agresión o la transformación drástica de la naturaleza; pero, por otro lado, nuestra percepción estética puede ser de belleza ante algunos paisajes contaminados”, afirma la investigadora -que puntualiza que con esto no quiere decir que todos los paisajes dañados sean bellos, sólo que algunos lo son, al menos para ella.

Un gran número de investigadores que abordan esta cuestión piensan que un paisaje que está contaminado no puede ser bello. En una postura opuesta se sitúan los que  piensan que puede serlo; es el caso de Mª José Alcaraz que, en la línea de Robert Stecker, se planteó este tema al contemplar el paisaje de la zona de las minas de la Unión y Mazarrón; en estas zonas, a pesar de que los colores y la orografía actual se deben a la contaminación del entorno, cree que es posible que se experimenten como estéticamente bellos. “Pueden tenerse en consideración nuestras reflexiones morales –es decir, puede preocuparnos la degradación ecológica del paisaje-, pero eso no significa que esos paisajes o colores no puedan resultar atractivos”, defiende.

Otro ejemplo en el que podríamos afirmar que se da una situación similar, según la investigadora, es el Río Tinto en Huelva. El llamativo color rojizo de sus aguas, que justifica su nombre, y que históricamente se ha atribuido a su contaminación, ha propiciado que se le declare Paisaje Protegido por tratarse de un paisaje cuyas características lo hacen único en el mundo, llegando incluso a ser escogido por la NASA como hábitat a estudiar por su posible similitud al ambiente del planeta Marte.

Además, la escasez de oxígeno de sus aguas lo convierte en un río con condiciones inadecuadas para el desarrollo de la vida. Sin embargo, viven en él microorganismos que se alimentan sólo de minerales y se adaptan a estos nuevos hábitats extremos. Un experimento desarrollado en Río Tinto con participación el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha confirmado la posibilidad de que determinados tipos de organismos puedan sobrevivir bajo sus restrictivas condiciones similares a las del planeta Marte.

Ambas cuestiones, la de las emociones morales ante la obra de arte y la de las emociones estéticas ante paisajes dañados por el hombre están enmarcadas dentro de una problemática general que aborda las relaciones entre nuestros juicios morales (de una obra, de sus personajes, de la naturaleza dañada de un paisaje, etc.) y nuestras respuestas estéticas. En general, Alcaraz aborda cuestiones que reflejan su interés por cómo afecta a la experiencia estética del receptor la percepción de contenidos morales y, viceversa, cómo las cualidades estéticas de una obra o de un paisaje pueden influir en el carácter moral o cognitivo de los mismos.

 



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