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La Universidad de Murcia y yo. Memorias de una alumna de los años 50, por Carmen Agulló Vives

No fui a la Universidad por decisión espontánea; la Universidad salió a mi encuentro. Yo era una muchachita de Elche que simultaneaba los estudios de Bachillerato (Plan 1938, siete cursos más Examen de Estado) con los de Magisterio, en Alicante por Enseñanza Libre, con la idea clara de que sería Maestra de Primera Enseñanza.

Circulaba la leyenda de que el terrible Examen de Estado, imprescindible para obtener el Título de Bachiller al tiempo que servía de ingreso en la Universidad, no se aprobaba a la primera, tan duro parecía. Me empeñé en romper el maleficio y dediqué el curso séptimo a prepararme a fondo, tanto que obtuve la calificación de Sobresaliente. Y me decía entonces: si lo sé no estudio tanto, que con aprobado me conformo, sin caer en la cuenta de que con los saberes acumulados y menos suerte podía haber suspendido.

Me dijeron en el Colegio que debía presentarme a Premio Extraordinario -no sabía que existiera tal prueba-; así lo hice y lo conseguí.

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Nuevo mensaje de mi Directora: el Premio te obliga a ir a la Universidad, tendrás Matrícula de Honor gratuita, puedes pedir una Beca, sería un disparate no aprovechar la ocasión con esas credenciales, es como un desaire a la Universidad que te está esperando... y me vi matriculada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Murcia en el curso 1948-49, con el número 1, no por mi apellido, que también pudiera, sino por aquello del Premio.

Olvido decir que Elche pertenecía al Distrito Universitario de Valencia y allí me correspondía realizar el Examen de Estado pero era costumbre solicitar el cambio de Distrito alegando la menor distancia en kilómetros entre Elche y Murcia; siempre se conseguía. Aporto el dato, uno más a favor de mi teoría sobre el papel tan especial desempeñado por la Universidad murciana en mi vida. Era como si me estuviera esperando desde siempre para marcar el rumbo de mi existencia un mes de junio, 1948.

En aquel tiempo los Estudios de Licenciatura en mi Facultad constaban de cinco cursos, de los cuales los dos primeros eran llamados Comunes porque lo eran para todos los aspirantes a Licenciados que, a partir de tercero, debían optar por una Especialidad de las muchas que existían en esta Carrera. Muchas en Universidades como Madrid o Barcelona. En Murcia solo había dos opciones: FILOSOFÍA y FILOLOGÍA ROMÁNICA.

Como terminé la carrera de Magisterio el curso 48-49, por Enseñanza Libre, mi idea era elegir la especialidad de PEDAGOGÍA, pero todavía tenía un curso segundo de Comunes por delante para la decisión final. Por fortuna, pues ya las clases de don Ángel Valbuena Prat me iban inclinando hacia el campo de la Literatura, inclinación consolidada en segundo curso al llegar un nuevo y jovencísimo Catedrático de Lengua y Literatura, don Mariano Baquero Goyanes. Estos dos maestros me hicieron olvidar el primitivo proyecto y en Murcia me quedé, en la Sección de Filología Románica. Acertadísima decisión.

Nuestro Plan de Estudios no contemplaba la posibilidad de Asignaturas Optativas. Todas eran Obligatorias y se estructuraba así: (Indico el nombre de los profesores que tuve y el año)

CURSO PRIMERO DE COMUNES (1948-49)

  • Historia General de la Cultura. D. Juan Torres Fontes
  • Historia General del Arte. D. José Sánchez Moreno
  • Fundamentos de Filosofía. D. Adolfo Muñoz Alonso
  • Lengua y Literatura Española. D. Ángel Valbuena Prat
  • Lengua y Literatura griegas, 1º. D. Antonio de Hoyos
  • Lengua y Literatura latina, 1º. D. Andrés Sobejano
  • Religión, 1º. D. Fco. Javier Leandro Sánchez de Ocaña
  • Educación Física, 1º. Dª. Mercedes Pujante
  • Formación Política, 1º. D. Juan Torres Fontes

CURSO SEGUNDO DE COMUNES (1949-50)

  • Historia general de España. D. Juan Torres Fontes
  • Geografía general de España. D. Juan Torres Fontes
  • Historia de los Sistemas Filosóficos. D. Adolfo Muñoz Alonso
  • Literatura Universal. D. Mariano Baquero Goyanes
  • Lengua y Literatura griegas, 2º. D. Antonio de Hoyos
  • Lengua y Literatura latinas, 2º. D. Andrés Sobejano
  • Religión, 2º. D. Fco. Javier Leandro
  • Educación Física, 2º. Dª. Mercedes Pujante
  • Formación Política, 2º. D. Juan Torres Fontes

ESPECIALIDAD DE FILOLOGÍA ROMÁNICA.

CURSO TERCERO (1950-51)

  • Latín Vulgar. D. Luciano de la Calzada
  • Gramática general. D. Antonio de Hoyos
  • Gramática histórica de la Lengua española. D. Manuel Muñoz Cortés
  • Seminario de gramática histórica de la lengua española D. Manuel Muñoz Cortés
  • Crítica literaria. D. Antonio de Hoyos
  • Lenguas románicas: Galaico-portugués, 1º. D. Dictinio del Castillo-Elejabeitia
  • Lenguas románicas: Italiano, 1º. D. Adolfo Muñoz Alonso
  • Religión, 3º. D. Ceferino Sandoval
  • Educación Física, 3º. Dª. Mercedes Pujante
  • Formación Política, 3º. D. Juan Torres Fontes
  • Cursillo monográfico. D. Luciano de la Calzada

CUARTO CURSO (1951-52)

  • Historia de la Lengua y de la Literatura española, 1º. D. Ángel Valbuena Prat
  • Semántica. D. Manuel Muñoz Cortés
  • Lenguas románicas: Galaico-portugués, 2º. D. Dictinio del Castillo-Elejabeitia
  • Historia de la Literaturas románicas: Portuguesas. D. Dictinio
  • Filología galaico-portuguesa. D. Dictinio del Castillo
  • Comentario de textos: Galaico Portugués. D. Dictinio
  • Lenguas románicas: Francés, 1º. D. Carlos Clavería
  • Filología rumana. D. Manuel Batlle Vázquez
  • Lenguas románicas: Italiano 2º. D.Adolfo Muñoz Alonso
  • Comentario de textos: Italiano. D. Adolfo Muñoz Alonso
  • Religión, 4º. D. Ceferino Sandoval

QUINTO CURSO (1952-53)

  • Historia de la Lengua y Literatura Españolas, 2º. D. Ángel Valbuena Prat
  • Literatura Hispanoamericana. D. Mariano Baquero Goyanes
  • Filología Catalana. D. Ángel Valbuena Prat
  • Historia de la Literaturas románicas: Francesa. D. Juan Barceló Jiménez
  • Comentario de textos: Francés. D. Andrés Sobejano
  • Historia de las Literaturas románicas: Italiana. D. Juan Barceló
  • Lenguas románicas: Italiano, 3º. D. Adolfo Muñoz Alonso
  • Lenguas románicas: Francés, 2º. D. Andrés Sobejano
  • Dialectología Hispánica. D. Manuel Muñoz Cortés
  • Lingüística románica. D. Manuel Muñoz Cortés
  • Paleografía española. D. Juan Torres Fontes
  • Curso monográfico. D. Juan Torres Fontes

Terminaba la carrera con un EXAMEN DE LICENCIATURA que constaba de tres ejercicios: Escrito, Oral y Práctico. La Calificación Final era la media de los tres ejercicios.

Se preguntará el lector cómo he reproducido tan fielmente la distribución de asignaturas en el Plan de Estudios.

Aunque presumo de buena memoria no hubiera sido capaz de hacerlo sin la ayuda de las papeletas de examen que conservo desde hace tantos años.

¿Qué eran las papeletas de examen? Como su nombre indica unas hojas impresas, tamaño cuartilla, en las que figuraba el nombre del alumno y el de cada asignatura, documento imprescindible para poder presentarse a examen y recibir, de modo individual, la calificación correspondiente.

En el mes de mayo se pasaba por Secretaría y nos daban el lote de papeletas para que las fuéramos presentando a cada profesor cuando él lo solicitara. Curioso peregrinaje el de los tales papelillos que nos tenían en vilo durante casi un mes o más. De la Secretaría a nuestras manos, de ellas, una vez desprendido el clip que las unía, a las de cada profesor, que, tras haber confeccionado las Actas correspondientes y copiado los datos de las mismas en cada uno de aquellos papelillos ambulantes, las daba al Bedel para su entrega a los interesados. ¡Aquí se armaba la gorda! ¡Han salido las papeletas de....! Nunca estuvieron tan rodeados de alumnos los bedeles como en tales momentos. En nuestra Facultad recuerdo a Rafael, mi paisano, en los cursos comunes, y, cuando él se jubiló, a Labaña, padre, tan joven entonces. No sé si los Labaña van ya por la tercera o cuarta generación. Al primero de ellos lo estrenamos nosotros, como a varios Catedráticos. Cuando habíamos recogido todas las papeletas era costumbre dar una propina al Bedel, la voluntad. No así en la Facultad de Derecho donde el imponente don Pedro -era el Bedel Mayor de la Universidad y yo lo tomé por Intendente o algún alto cargo cuando lo vi por primera vez- tenía organizada la entrega de tal modo que, antes de dar la papeleta al nervioso solicitante, él pedía una determinada cantidad de pesetas, dos, tres, cuatro o cinco, según qué calificación figuraba en ella, Suspenso, Aprobado, Notable, Sobresaliente. Parece cruel tener que pagar por un Suspenso, pero el documento aquel tenía su valor: se necesitaba para presentarlo en los exámenes extraordinarios de septiembre.

¿Y qué decir de las tribulaciones ante los extravíos de tales papeles, que, para mayor agravio, no tenían valor oficial, solo acreditado mediante Certificación Académica si debía presentarse en algún Organismo como justificante de expediente? ¿Y de las falsificaciones? Mejor, el silencio piadoso.

Existían también las "papeletas largas". Yo recibí en mayo de 1949 un lote completo de ellas. Eran unas papeletas que medían 16x32 cm., de ahí lo de "largas", en las que se hacía constar que en el curso anterior el alumno había recibido la máxima calificación y, por ello, (copio literalmente) El Rector de esta Universidad, en nombre del Jefe del Estado, le concede conforme a lo dispuesto en el artículo 12 de la Ley de Protección Escolar de 19 de julio de 1944, MATRICULA DE HONOR en la asignatura de ... como testimonio del aprecio y la consideración a que se ha hecho acreedor por su buena conducta, aplicación y brillante aprovechamiento. Ahí queda eso. El Premio extraordinario en el Examen de Estado se aplicaba a todas las asignaturas de Primer curso en la Facultad, pero, durante la carrera (lo supe después) la Matrícula de Honor en una determinada asignatura daba derecho a "aplicarla" a la asignatura del curso siguiente que el alumno eligiera, era como una carta de presentación para el nuevo profesor y, naturalmente se solía aplicar a las asignaturas más difíciles. Se decía que un profesor, ante una papeleta larga no tenía valor de firmar un Suspenso, incluso un Aprobado parecía escaso galardón, por respeto al compañero recomendante. Creo que mis papeletas de primer curso me favorecieron bastante aunque no faltó profesor a quien mi Premio lo dejó indiferente y me despachó con el Aprobado que merecía. Ellos fueron don Antonio de Hoyos en Griego 1º, don Adolfo Muñoz Alonso en Fundamentos de Filosofía, y doña Mercedes Pujante en Educación Física 1º. Y ya que cito esta última asignatura -que formaba con la Religión y la Formación Política el grupo de las llamadas complementarias, mal llamadas después con un apelativo que jamás usé porque me parecía falta de respeto-, he de decir que fue una de las que más me costó aprobar pues no practicaba ni practico más ejercicios físicos que los realizados en el mar, esa gimnasia acuática y natación a cámara lenta que llevo en las venas desde que a los tres años di a mi familia un susto de muerte cuando me alejé de su vista y control, feliz cogiendo conchas en las orillas de la bahía de Santa Pola. Y menos mal que la clase de gimnasia se daba en el patio del Colegio Mayor Femenino, en la calle Saavedra Fajardo, vulgo La Rambla, donde residí durante dos cursos. Y cuando llovía, en el Salón de Actos, según se entraba a la izquierda. Salón en el que dieron magníficas conferencias don Ángel Valbuena y don Luciano de la Calzada, que yo recuerde. Este último nos encandilaba con aquella su especialidad de las mujeres importantes en la Historia.

El mismo respeto que manifiesto por la Educación Física, tuve por las otras dos asignaturas. No faltaba a clase, las tomé siempre en serio. Bien es verdad que debía mantener una Beca en tiempos en que se exigía una media de Notable, amén de presentar a fin de curso un trabajo. Recuerdo que, en Formación Política, don Juan Torres Fontes cada año elegía un tema monográfico distinto relacionado con la Historia. Me gustó mucho La idea imperial de Carlos V. Tuve dos profesores de Religión, don Francisco Javier Leandro Sánchez de Ocaña y don Ceferino Sandoval. Del primero recuerdo que un chico de Derecho, que ya había cursado la asignatura, me prestó sus apuntes de clase tomados taquigráficamente; aquello me sirvió para ir estudiando los temas según los oía al profesor. Del segundo recuerdo su bondad y que, en cuarto curso me examinó en su casa, la de los Canónigos, en los soportales de la Catedral. Éramos solo tres alumnas libres... pero ese es otro cantar.

En el verano de 1950 grandes titulares de prensa informaban del establecimiento de la ENSEÑANZA LIBRE en la Universidad española. Hasta entonces solo existía la llamada "Dispensa de Escolaridad" para personas que cumplieran unos requisitos, como estar trabajando y haber cumplido un mínimo de años. Yo no podía acogerme a tal dispensa pero en aquel decisivo verano, después de haber vivido dos felices cursos, los Comunes, en Murcia, en un ambiente que influyó muchísimo en el desarrollo de mi personalidad, yo, Carmen Agulló Vives, dije solemnemente a mis padres: renuncio a la Beca y me paso a la Enseñanza Libre. Así fue como se convirtió en "la chica libre" la que, con gran esfuerzo, habilidad y simpatía había hecho olvidar a sus compañeros el nombre tan horrible de "la niña Premio" con que la bautizó el ciego Antonio Fuster Chazarra, él también era Premio y por la Universidad Central, creyendo que le hacía un favor cuando la pobre detestaba que la llamaran así.

Una chica libre en 1950 era todo un escándalo. Y de verdad se armó por los pasillos de la Universidad, al comenzar el curso en octubre. Una, ingenuamente, había hecho su plan y pensaba que este iba a ser muy bien acogido en todos los medios: Iré a Murcia al comenzar el curso, hablaré con todos los profesores, les pediré orientación para trabajar por mi cuenta y permiso para asistir a los exámenes parciales con mis compañeros de quienes espero gran ayuda con los apuntes de clase y demás. Pediré también permiso para asistir de vez en cuando a clase, puedo pasar una semana al mes en el Colegio Mayor aunque tenga que subir a dormir con las chicas de bachiller, seguro que la Madre me encuentra un rincón adecuado, el día lo paso en la Universidad y en el pabellón de universitarias, etc., etc.

Todo previsto; sí, sí. Aún estoy oyendo las voces de don Antonio de Hoyos señorita Agulló, está usted loca, echar a perder así su carrera, renunciar a una beca, eso no puede ser, no puede ser. Y eso que era de los conocidos, que en Griego 2º ya me dio un Notable. Había un nuevo escollo que salvar, el de los nuevos profesores. Entre ellos y muy en primer lugar se encontraba don Manuel Muñoz Cortés, recién llegado a Murcia tras su Oposición a Cátedra en Madrid. Llegaba con la aureola de pertenecer a la escuela de Menéndez Pidal como discípulo directo del maestro; era el centro de todas las conversaciones, las de los profesores y los alumnos. En tercer curso daba Gramática Histórica de la Lengua Española. Mis compañeros estaban deslumbrados. La que suscribe, con su desparpajo habitual, al terminar una clase, se dirigió al profesor para exponerle su caso y pedir orientación para estudiar la asignatura. Sin gritos pero con habla rápida me vino a echar con cajas destempladas esta asignatura no se puede estudiar por enseñanza libre, hay que venir a clase.

No me achanté, aquello era un reto. Yo me decía ¿para qué están los libros? Y, buscando, buscando, leyendo, leyendo, copiando, copiando los apuntes de mis compañeros, me creí preparada en junio para enfrentarme con aquel señor -ni soñar podía entonces las cordialísimas relaciones que me unieron a él, pasados los años- y, bien asesorada, hice uso de la Matrícula de Honor concedida por don Mariano Baquero en segundo curso aplicándola a la Gramática Histórica de tercero. Aquella papeleta larga era mi baza para el examen oral, como alumna libre. Me fue bien y hasta me sirvió en el curso cuarto cuando volví a examinarme con don Manuel.

Es otra historia interesante por cuanto ilustra el tipo de relaciones que existían en la Facultad entre profesores y alumnos. En el año académico 51-52 no pude viajar a Murcia con tanta frecuencia como hubiera deseado, entre otras cosas porque tuve unas fiebres reumáticas que me tuvieron casi baldada durante cierto tiempo. Llegó la hora de los exámenes y he de confesar que me presenté al de Semántica con don Manuel sin haber dado golpe como decíamos entonces. El examen, fatal. Y el maestro, no olvidaré la lección mientras viva, que se molesta en llamarme y me pregunta qué me ha ocurrido. Le digo lo de las fiebres y señorita, el universitario ha de ser responsable siempre; si usted no estaba preparada no debió presentarse a examen. El pasado curso le di Sobresaliente -lo recordaba para mi asombro- y ahora tendría que suspenderla; no quiero estropear su expediente y le devuelvo la papeleta; para mí no se ha presentado que es lo que debía haber hecho. Se lo contaba a los compañeros y no lo creían, enseñaba la papeleta en blanco y decían que aún no la habría entregado. La verdad es que para un solo suspenso que he merecido a lo largo de la carrera resulta que no puedo acreditarlo como no sea bajo palabra de honor.

Me siento muy agradecida a la Facultad, la Universidad toda, pues las tres Facultades existentes entonces estaban muy unidas, tanto que la nuestra vivía de prestado en las dependencias de la de Derecho. La Facultad de Químicas estaba en el patio interior donde después se construiría, frente a ella, la de Letras. En el actual edificio solo hice mi examen de Tesis Doctoral, bastantes años después. Lo llamo mi examen bonito. Pero no acabaría contando exámenes. Pasemos a otros puntos.

Qué grato ambiente el de la vida en los pasillos. Las tertulias improvisadas con profesores como don Ángel de quien se decía que andaba detrás de las chicas ¡tontería!; don Ángel Valbuena era un padrazo que nos tenía por hijas a sus alumnas como en casa tengo solo muchachos... Le gustaba, eso sí, fijarse en los nuevos vestidos veraniegos cuando el calor llegaba tan pronto a Murcia. Siempre tenía un piropo adecuado para nuestros percales y sedas de colores vivos -aquellos azules, amarillos, rosas y verdes o las telas estampadas, las listas, los cuadritos, casi siempre de escasa calidad y precio, no olvidemos las fechas-; las chicas dábamos la nota alegre y juvenil en el claustro, el del patio con el pozo en el centro. Siempre dije que, si desaparecía el pozo aquel, dejaría de ir por la Universidad, tan identificado lo siento con ella.

Y nuestras risas. Reíamos a toda hora. Fue la nuestra una generación riente y peripatética. Nos gustaba pasear por el Malecón o la Gran Vía; no teníamos un cuarto ni lo echábamos en falta. Ir al cine, un lujo, no a diario. Y al teatro, no digamos; eso sí, no nos perdíamos función en el Romea cuando llegaba compañía de Madrid. En el paraíso, por supuesto. En las alturas del teatro, delante del paraíso, hay una primera fila de asientos cuyo precio es algo superior al de la zona siguiente. Recuerdo que asistimos a unas representaciones de la Compañía de Manuel Dicenta en la que figuraba como galán un jovencísimo Paco Rabal, que entonces se llamaba Francisco. Aunque en "El Alcalde de Zalamea" hacía el papel del capitán, tan desairado, lo aplaudimos a rabiar y, al finalizar la función, los actores saludaban elevando las cabezas en vez de inclinarlas, tanto alboroto armábamos. Y para alboroto el de nuestras risas al ver a un solo chico que tomaba asiento en esa primera fila. Nuestra localidad costaba cinco pesetas y la suya nueve. La voz de Luisa ¡ahí va, ese chico es de nueve pesetas! El pobre muchacho estuvo a punto de marcharse. Y nosotras de ganar posiciones y ocupar asiento a su lado. No lo pudimos hacer porque había un inspector de la Compañía que controlaba la recaudación y no hubieran cuadrado las cuentas en taquilla.

También en la Universidad funcionaba el TEU, Teatro Español Universitario, con Anastasio Alemán, González Vergel, Fernández Montesinos... pero esa historia compete a don César Oliva. Me limito a decir que el teatro era una de nuestras pasiones, alimentada por el magisterio del profesor Valbuena.

Otra diversión practicada, imagino que como ahora y siempre, la de conversar y coquetear con los chicos de las tres Facultades pero en especial con los de Derecho, en cuya casa estábamos. Y asistir a las fiestas organizadas en el Colegio Mayor Belluga o en cualquier parte con motivo de las fiestas patronales. Solo se celebraban las de Derecho y Químicas. Como San Isidoro caía muchos años en vacaciones de Semana Santa y Pascua, largas vacaciones aquellas de casi quince días, no teníamos oportunidad de celebrarlo. Y porque éramos pocos alumnos, más mujeres que hombres, y la organización de las fiestas solía correr a cargo de los varones. Las chicas, las invitadas. Y también las cortejadas por la Tuna cuando salía de ronda. Noches inolvidables en el Colegio Mayor de la Rambla, las pequeñas ventanas de las habitaciones que daban a la calle repletas de cabezas, pese a la prohibición reglamentaria a partir de las nueve de la noche para no alborotar...

En la fiesta de San Alberto era tradicional un partido de fútbol u otro deporte entre los alumnos de Químicas y los de la Academia General del Aire. Por la noche un baile en el Salón de Contrataciones, al lado de la Universidad. Los aviadores de San Javier con sus flamantes uniformes eran los preferidos por las chicas cosa que fastidiaba bastante a los universitarios.

Desde mayo de 1980 hasta el año de su fallecimiento, 1984, mantuve regular correspondencia con mi querido maestro don Mariano Baquero. Le enviaba copia de las prosas y versos que escribía, a modo de memorias sin pretensiones de publicación, y él siempre contestaba con comentarios atinados y cordiales. En carta fechada en Murcia, 13, octubre, 81 decía ...He disfrutado mucho con la lectura de todos sus folios, compartiendo vivencias y recuerdos, como el tan emocionante del buenísimo y admirable D. José Loustau, o tan pintorescos como el de los bailes del ya desaparecido Salón de Contrataciones, local horrendo que había desaparecido totalmente de mi memoria y que se ha reconstruido, gracias a sus memorias, como estampa de un pasado bello, incluso a despecho de la fealdad de edificios como aquel. (....) Muy bien los dos sonetos y muy graciosa la que usted llama Letanía de sus maestros murcianos. Gracias, Carmen, por todos estos afectuosos recuerdos. ¡Qué memoria tan sensible la suya! Nada parece escaparse.

Transcribo la "Letanía" aludida, no por su valor poético sino por lo que supone de recuerdo y homenaje a mis profesores a quienes también evoqué en un texto ya publicado en mi libro VIVOS EN MI PALABRA.

LETANÍA DE MIS MAESTROS MURCIANOS

Don Mariano,
la mesura inconmensurable.
Don Juan,
la seriedad consciente y pretendida.
Don Adolfo,
pirueta intelectual hecha palabra.
Don Ángel,
el único en su género.
Don Luciano,
natural elegancia.
Don Manuel,
Rector inolvidable.
Don Manolón,
vástago inquieto de conquistadores.
Don Antonio,
hipérbole en el fiel de la balanza.
Don Andrés,
carterón y sombrero siempre a mano.
Don Dictinio,
vigía en su castillo marinero.
Maestros que pasasteis por mi vida:
Gracias os doy por vuestro magisterio.
Vuestro recuerdo me acompañe siempre
y con él la esperanza
de ser también yo recordada un día.

(21, 5, 1981)

Acabo de releer las páginas dedicadas a don José Loustau que tanto emocionaron a don Mariano y me permito transcribirlas como homenaje a ambos. Suscribo así lo escrito el 14 de junio de 1981.

"Cuando, en reciente viaje a Murcia, paseaba por la "galería de Rectores" en la Universidad (no recuerdo si fue el día que instalaron el cuadro del último Rector o algo antes) tuve que preguntar qué cuadro recogía el retrato de don José. Así, al óleo, y vestido de Rector, no supe reconocerlo... Para mí don José será siempre una bata blanca de laboratorio, una mirada cansada tras los cristales de las gafas, un microscopio, un taburete... y una gran emoción.

Hija, ahora que estás en Murcia estudiando, debes acercarte a la Facultad de Ciencias a saludar a don José y darle las gracias por lo del Examen de Estado, que sepa que estás allí... en fin, portarte bien. Aquello se me hacía una montaña. Yo no conocía a don José más que a través de los relatos de mi padre: que antes de la guerra veraneaba en Santa Pola, que en el Casino jugaban al dominó por las tardes, que había sido Rector en Murcia... y que al cabo de los años (tiempo hacía que no se veían, con la guerra don José dejó de ir a Santa Pola) mi padre le había escrito con motivo de nuestro Examen de Estado (el de mi hermana primero y el mío después) y en ambos casos don José se había portado estupendamente.

Antes de hacer aquella visita para mí tan difícil (en realidad no sabía cómo iniciar la conversación) procuré documentarme, por medio de las estudiantes de Ciencias, sobre la personalidad de aquel señor. Quedé asombrada: era un profesor que no suspendía a nadie, muy sabio, respetado y querido por todo el mundo... también supe algo sobre desgracias familiares que no recuerdo bien.

Armada de valor, un día anduve preguntando por aquellos pasillos, menos familiares que los de la "casa vieja" de la Universidad, y vine a desembocar en un Laboratorio. Era el primero que veía en mi vida. Quiero decir laboratorio de estudio e investigación. (En mi Colegio de Bachillerato el laboratorio estaba en una cocina, la de la casa antigua en la que se montó el Colegio, con tan pocos medios y tanto espíritu sin embargo...)

Llamé tímidamente la atención de don José con un carraspeo, él estaba solo, sumido en la observación microscópica. Levantó la cabeza y me miró distraído. Yo me presenté como hija de mi padre, le hablé de Santa Pola y le dije que le traía recuerdos al tiempo que le comunicaba que, gracias al Premio, me habían concedido una Beca y estaba matriculada en Filosofía... eso debí decir aproximadamente. Algo recuerdo con nitidez: la mirada vaga y soñadora de don José, perdida en el vacío, cuando nombré Santa Pola. Eran tiempos aquellos muy felices, me dijo. Después... han pasado tantas cosas... y ya no siguió hablando.

Ahora, pasados más de treinta años desde aquella entrevista, pienso en el tan llevado y traído conflicto de generaciones, ¡menuda estupidez! Por nada del mundo cambiaría aquel momento de emoción que supo trasmitirme don José, él a punto de jubilarse, a mí, jovencita de diez y siete años, con tan solo aquellas lacónicas palabras. Confieso que lo imaginé joven, rodeado de niños en la playa, con un sombrero de jipijapa como los había visto yo en las películas o en las viejas fotografías familiares, erguido (y no cargado de espaldas como estaba ahora, el ahora de entonces) y enormemente feliz. Tuve la impresión de que había estado hablando con un gran hombre." Hasta aquí mi añejo artículo.

No he hablado de la Biblioteca. Don Manuel Muñoz Cortés, cuando evocaba su llegada a Murcia, hacía referencia a su asombro al encontrarse sin libros en el Seminario; era lógico en él que llegaba de Madrid, de trabajar con don Ramón, de visitar Universidades alemanas. Punto de vista distinto el mío al llegar en primer curso y comenzar mis visitas a la Biblioteca, la que estaba en la planta baja del Claustro, al fondo izquierda según se entra por la puerta grande. Era Biblioteca General y allí acudían estudiantes de las tres Facultades. A estudiar y charlar por lo bajo pues era lugar de encuentro y de citas para el tiempo libre. A mí me parecía repleta de libros y que allí se podía estudiar todo. Siempre temida la presencia de don Andrés Sobejano, el Bibliotecario, sombrero verde y cartera, dispuesto a imponer silencio por las bravas y dejarnos sin respiración. En mi última visita a la Universidad encontré una Exposición en el Claustro bajo dedicada al papel de la Región, hoy Autonomía, en la vida parlamentaria. Los paneles con páginas de prensa y fotografías de políticos me trasladaron, de inmediato, a los cursos de Comunes, 1948-50, cuando don Juan Torres Fontes nos encargaba hacer fichas, consultando los libracos con las Actas de las Cortes de Cádiz, sobre las intervenciones de los Diputados murcianos en tan interesante período histórico. ¡Qué gusto ver el retrato de "mi Don Vicente Cano Manuel"! Su actuación en Cádiz ocupó parte de mi tiempo como incipiente investigadora. Era el señor que me adjudicó don Juan, entonces solo un nombre en un libro. ¡Qué pequeña letra y qué amarillento papel el de aquellos diarios! Para que don Manolón viniera diciendo que en Murcia no había libros. Confieso que me dolía un poco oírle tales afirmaciones, tan justificadas desde su perspectiva y tan injustas desde la de mis veinte años recién cumplidos, esos tenía cuando me examiné con él por primera vez. Por cierto, la lección que me dio en cuarto curso fue aprovechada al planificar los estudios de quinto. Dejé para septiembre sus dos asignaturas para dedicarme a ellas en exclusiva, si aprobaba en junio las demás. Aquello provocó una anécdota que recuerdo con especial ternura hacia el bueno de don Ángel Valbuena; era nuestro padre y no podía portarse de otro modo. En el curso, entre oficiales y libres, unos quince. Cuando se acercaba el día del examen de Licenciatura me crucé con don Ángel en el claustro y me dijo ¿Qué, preparando la prueba final? Le contesté que no porque había dejado para septiembre las asignaturas de don Manuel ¿Pero cómo? ¿con su expediente no va a hacer en junio la Licenciatura? Ahora mismo voy a hablar con don Manuel, yo la avalo… y lo decía echando a andar. Casi tuve que darle un tirón de la chaqueta -ay, aquella chaqueta azul marino tan descuidada- para impedírselo. Me costó convencerlo para que no mediara en el asunto. Querida Universidad ¡cuántos recuerdos gratos!

Don Mariano, que siempre se excusaba al escribirme por la tardanza en dar respuesta a mis cartas, en la suya de 10 de diciembre de 1981 decía:

Querida Carmen: Esta vez sí que es preceptivo abrir esta carta con una explicación de mi -supongo que "perdonable"- retraso epistolar. He estado, aunque brevemente, fuera de Murcia y de mis ocupaciones habituales. Fui designado, en su momento, miembro del Fondo que acaba de conceder el Premio Nacional de Literatura, Poesía. El pasado día 2 lo otorgamos, póstumamente, a Vicente Gaos por su libro Última Thule.

Quiere decirse que pasé casi la 2ª quincena de noviembre leyendo los 48 libros que a tal premio se presentaron. Ya puede V. comprender que esta tarea y el subsiguiente viaje a Madrid ha desbaratado por completo mi habitual programa de actividades.

Al reanudar las mismas no quiero dejar de acusar agradecido recibo de sus últimos envíos, tan gratos para mí como siempre, con evocaciones tan animadas como la de la conferencia de D. Ángel González Álvarez en la Económica, todo lo relativo al soneto Octubre, o el amable pliego navideño de ahora unido a nuevas o reiteradas evocaciones -la escalera de la Económica, el comercio de esas calles...-

Gracias, una vez más, por permitirme compartir esos recuerdos, que puede que solo necesitaran -como Proust con su magdalena mojada en infusión- del conjuro mágico de sus escritos para ponerse a vibrar de nuevo y retrotraerme a un pasado muy querido.

Párrafo como el transcrito me anima a dar publicidad a uno de mis artículos inéditos, mecanografiado el 3 de noviembre de 1981, aunque solo sea para que de él tenga conocimiento mi ya imprescindible Platero. Una reflexión sobre la cortesía del profesor Baquero. Si el artículo al que alude lo escribí el 3 de noviembre y su carta es de 10 de diciembre, no media entre ambas fechas tanto tiempo como para que tenga que disculparse de ese modo. Don Mariano era así de perfecto caballero.

He aquí el artículo que titulé Inolvidable conferencia

"¡Qué abrigadita la calle de la Sociedad! Tenía curvas como una mujer. El transeúnte aparecía y desaparecía de nuestra vista al pasar por ella. Y los adoquines en el silencio de la noche. El adoquín, frente al asfalto, es el hombre contra la máquina. Mosaico de artesanía el empedrado de la calle de la Sociedad. ¡Cuántas veces, al transitar por ella, he pensado en el hombre que estuvo allí antes, colocando las piedras....!

¿A qué íbamos a la calle de la Sociedad? Casi siempre a las conferencias que se organizaban en la Sociedad Económica de Amigos del País que daba nombre a la calle. El edificio tenía su sabor. Me impresionaba la galería de retratos de los distintos Presidentes que la Sociedad había tenido. Confieso con rubor que en más de una conferencia me distraje contemplando las figuras de aquellos señores cuyas vidas hubiera querido conocer. Un retrato, y si es de cuerpo entero más todavía, hace pensar en una vida.

De esto hace unos treinta años (más de cincuenta, Platero, cuando te lo cuento). No, no podré olvidar aquella conferencia. La pronunciaba un catedrático de Filosofía, hombre circunspecto y metódico, ordenado y tomista, del que yo tenía muy buen concepto aunque nunca me dio clase. Tras aquella fachada algo fría creo que se escondía un corazón cordial. Me impresionó que me reconociera, recién comenzado el curso primero, y se dirigiera a saludarme recordando mi actuación en el Examen de Estado. Bien es verdad que no era para olvidar la "ocurrencia" de una señorita que, tras haber extraído de una bolsa el tema objeto del examen, se atreve a decir "¿podemos sortear otra vez?" Fue en el examen para Premio, solo siete aspirantes, seis de ellos varones. Comprendo que se recordara la anécdota pero no el aspecto de la persona y don Ángel me recordó.

Hablaba el profesor aquella noche en la Económica, etc. sobre el Existencialismo y acudimos juntas a oírlo un grupo de jóvenes, unas diez, todas residentes en el Colegio Mayor. Para mayor afrenta, por lo que luego se dirá, nos situamos en las primeras filas de la sala.

La conferencia discurría por sus cauces normales pero el río resultó ser de largo curso y pasaban los minutos, lentos e iguales, el reloj anunciaba la proximidad de la hora fatídica -las nueve- en que se cerraba la puerta del Colegio a cal y canto hasta la mañana siguiente. Además del enorme portalón de la calle de la Rambla, existía una pequeña puerta de acceso a las cocinas del Colegio a la que se llegaba tras varias vueltas por extraños callejones. Vuelvo al salón de la Sociedad Económica etc. en el que aún nos encontrábamos atadas sin remedio al existencialismo y con la mente puesta en la puerta trasera a que he aludido…

De repente, tras silenciosas miradas furtivas en las que hubo trasmisión de pensamiento -no lo dudo-, como un solo hombre nos levantamos las colegialas e iniciamos un aparatoso desfile de salida ante la atónita mirada del público allí congregado. Tuve la desgracia de ser la última y antes de salir del salón escuché estas palabras que tengo clavadas como puñales en la memoria: no sé si me estaré poniendo un poco pesado....

Paso por alto la carrera, casi de competición, por las calles solitarias en las que resonaba nuestro trote de manera escandalosa, alguien se torció un tacón por culpa de los artesanos adoquines, lo infructuoso de la misma pues encontramos la puerta principal cerrada, las malas caras que nos pusieron en la cocina a cuenta del retraso... Sí, eso fue nada comparado con la que armó al día siguiente en la Universidad cierto profesor, cuyo nombre se adivina tras su gesticulante prosopopeya, sus gafas de concha y su desconcertante expresión, ya de burla, ya de veras esto es intolerable, que tengan que abandonar una conferencia las residentes en el Colegio Mayor porque les cierran la puerta. A esa Superiora hay que llamarla al orden, ¿qué hacemos con la cultura? Esto es el oscurantismo, la intransigencia y la intolerancia; por culpa de las dichosas señoritas, desde su intempestiva salida, la conferencia se despeñó y don Ángel no dio pie con bola...

Cuento esto de oídas, no de vista, Nati fue testigo de la diatriba y cuando llegué a la Universidad era el comentario del día por los pasillos.

Querido don Ángel: desde aquí le pido perdón en nombre del grupo y también en el de la Directora del Colegio, la singular Madre Concepción, mujer muy comprensiva que, a buen seguro nos hubiera tenido abierta la puerta principal con solo haberla advertido del posible retraso. Ignorancia la nuestra al no pensar que tema tan profundo como aquel necesitaba más de una hora para su exposición o un simple acercamiento al mismo. Espero que después de tantos años nos haya perdonado aunque sea más difícil olvidar el desaire. Bien presente en mi memoria el hecho y sus pormenores. Hasta la fatiga de aquella carrera me pesa; no digamos el calor que me subió al rostro al oír sus palabras "de despedida" aunque yo estaba de espaldas.

También confieso con humildad que recuerdo muy poca cosa del contenido del discurso. Sí que lo estuve siguiendo con atención y gusto hasta las nueve menos cuarto y que la fuerte emoción de los minutos vividos desde esa hora bloqueó mi mente e impidió la normal asimilación de tan sabias palabras."

Leo en una carta del profesor Baquero, fechada en Murcia el 26 de febrero de 1982 un párrafo que me traslada, por sus alusiones, a otros momentos:

El que V., a la hora de ir redactando sus memorias, no se atenga a la linealidad cronológica, sino a un -muy personal también- impulso hacia el "salga lo que saliere", barajando tiempos, recuerdos y experiencias, comunica a esos escritos variedad y contraste de tonos. Los leo sin cansancio y con agrado. Cuando se refieren a algo que conozco bien, con redoblado gusto y emoción. Así, lo relativo a la historia de su Tesis; recordado, tal vez, al hilo de sus evocaciones cordobesas, con Valera al fondo.

Esta cita me obliga a resumir brevemente mis relaciones con la Facultad desde que me licencié en septiembre de 1953, casi hasta hoy. En primer lugar he de decir que, al pasarme a la Enseñanza Libre, calculaba así como siete u ocho años para terminar la carrera. No perdí curso, y aquí quiero dejar constancia de ello, porque todos los profesores, pese a las resistencias iniciales, me trataron muy bien y me aceptaron en clase como si fuera alumna oficial las veces que iba a Murcia. Y lo mismo digo de los compañeros a quienes tanto debo, a todos en general y en particular a Manolita García Ruiz-Funes por su constante correspondencia e información de todo lo que ocurría en la Facultad durante esos tres años de Románicas.

Me licencié en 1953 como he dicho, estuve dando clases de Latín, Griego y Lengua y Literatura Española en Elche, en el mismo Colegio donde había hecho yo mi bachiller, hasta que en 1958 obtuve por oposición libre la Plaza de Profesora Numeraria de Lengua y Literatura Española en la Escuela de Magisterio de Córdoba. Desde aquella hermosa ciudad, en junio de 1961, en plena época de exámenes, hice un viaje relámpago a Murcia para examinarme de los cursos del Doctorado. Entonces se trataba de tres cursos monográficos y una asignatura tipo A), elegida libremente por el alumno entre las de una Especialidad distinta a la cursada en la Licenciatura. Como entonces, creo que por un acuerdo con la Universidad de Valencia, en Murcia ya existía la especialidad de Historia, elegí Historia de España Contemporánea. Los directores de los cursos monográficos, don Ángel Valbuena, don Mariano Baquero y don Jesús García López, por estar ejerciendo la docencia oficial en lugar tan lejano, me dispensaron de asistir a las clases a cambio de unos trabajos que presenté al examinarme de Historia. Recuerdo que, a mi regreso a Córdoba, tras la paliza que supuso el viaje en aquel tren "catalán" de mis pecados (así lo llamaban los andaluces, "sevillano" los catalanes), doña Inés, mi directora, me preguntó tímidamente si me habían suspendido, tan mala cara me vieron. No, que me han dado Sobresaliente en Historia y Apto, calificación única, en los tres cursos. De nuevo, gracias, a mi querida Facultad. En octubre de 1961 conseguí el traslado a la Escuela de Magisterio de Albacete, donde he ejercido hasta mi jubilación anticipada, -que esa sí es divertida historia ya impresa en mi libro VIVOS EN MI PALABRA- y he tenido ocasión de seguir el contacto con "mi Facultad" hasta que fue creada la Universidad de Castilla-La Mancha para regocijo de manchegos y pesar mío. Menos mal que la ausencia de vinculación administrativa no ha mermado un ápice la afectiva que ha de permanecer mientras sea dueña de mis pensamientos, afectos y emociones.

Desde 1961, fecha en la que presenté la solicitud en la Secretaría de la Facultad para elaborar la Tesis Doctoral bajo la dirección del doctor Baquero Goyanes, hasta 1975 en que me doctoré con Tesis dirigida por el doctor Muñoz Cortés, pasaron quince años de los que no voy a dar cuenta en este artículo. Sí de que mi relación con la Universidad murciana ha sido permanente y deseo que siga siéndolo, a nivel personal y sin pretensiones de protagonismo alguno. Es parte de mi vida esa casa y me agrada verla viva con gente joven, responsable y entusiasta. Así la percibo.

A las nuevas generaciones brindo mi última página, última por ahora...que nunca se sabe.

Y no podía terminar de otro modo que con otro párrafo sacado de una carta de don Mariano Baquero, escrita el 18 de marzo de 1983. Lejos estábamos todos de imaginar que su vida iba camino de un final próximo. Queda entre nosotros su obra, su memoria y su gran humanidad celosamente guardada.

El lote ahora llegado de memorias me ha resultado especialmente interesante y hasta conmovedor, por los recuerdos que aporta de Adolfo y de Mariano Muñoz Alonso, de la grata primera librería de AULA, y por las curiosas noticias sobre la pintoresca familia ilicitana de la primera esposa de Adolfo. Y de nuevo, continúo admirando no solo su buena memoria sino también la justeza de su poder evocador, patente en la semblanza de Joaquín Gimeno Casalduero. Hace años que no le veo, aunque tengo noticias epistolares de él. (....) Sí; aquella fue nuestra pequeña, provinciana y amable edad de oro universitaria, la de ustedes, entonces alumnos, la de los profesores que tuvimos la suerte de disfrutar de tal época y el privilegio de contar con alumnos tan excepcionales en todos los órdenes -incluido, por supuesto, y aún situado en lugar preferente, el humano- como Joaquín Gimeno...

Y para no dejar intrigado al lector sobre La familia política de don Adolfo -así titulé el 22-2-83 mi artículo- vayan unos párrafos de muestra:

"Apacible rincón de Santa Ana. Tardes dedicadas a mirar y remirar en los estantes de AULA a la espera del libro interesante... o el encuentro con algún amigo. Se decía que don Adolfo conversaba con sus alumnos predilectos en un rincón de la librería. Nosotras, pobrecitas estudiantes de primer curso, nos sentíamos felices si el maestro nos llamaba simplemente "majas", ¡hola, maja!, ¿qué tal, maja?, ¡adiós, maja!

¿Recordáis a aquella Llanitos de Albacete que estudiaba quinto de Filosofía y tenía un pelo precioso? Daba gusto verla de espaldas con la larga melena cubriéndola casi hasta la cintura. (.....)

Pero yo quería escribir sobre la familia política que don Adolfo adquirió con su primera esposa, la de "en Elche fue el amor". Ingenua e indiscreta, un día en AULA le dije no sé qué sobre Elche y la familia de su mujer. Tal vez que yo era amiga de Miguel, el hermano menor, poeta singular en que dedicaba sus ahorros a editar pequeños folletos con sus poemas, negocio ruinoso pues regalaba todos los ejemplares -quién me iba a decir que veinte años después de escribir el párrafo anterior haría yo lo mismo con mis publicaciones, así es la vida-, creo que ya ha muerto, trágica la historia de esta familia. A lo que iba, que don Adolfo torció el gesto y me dijo: sí, maja, vive en Elche la familia de mi mujer pero no sé por qué cuando voy a ver a las tías empieza a dolerme el estómago.

Comprendí que el tema no era grato y desde entonces sospechaba que mi sola presencia provocaría el temido dolor.

Contaba mi madre que en la familia aquella, por taras hereditarias debidas a varios matrimonios entre consanguíneos, siempre había algún miembro que no tenía todas las de Salomón. Me refiero a generaciones anteriores a la de la esposa de don Adolfo, de ella solo he visto una foto, en la Revista local de las Fiestas de Agosto, vestida como Reina de los Juegos Florales, los del flechazo y la boda, era guapísima, y la sencilla lápida gris de su tumba en la que don Adolfo hizo esculpir el expresivo futuro ¡SURGENT! que me impresionó hondamente.

Calculo que una de las tías responsables del dolor de estómago debía ser la que mi madre llamaba "la Roja". El nombre lo inventó un hermano suyo, el tonto de turno de su generación. La llamaba "la Roja" por el color de su pelo, algo azafranado. Esta familia tenía un negocio, almacén de lonas o fábrica de calzado, y la hija rubia intervenía activamente en la dirección tal vez porque los hermanos varones estaban menos capacitados intelectualmente. Es el caso que el joven poco listo acudía con frecuencia a casa de mis abuelos y siempre iba contando, a su manera, los incidentes que presenciaba en su casa. Llegó un día muy alterado porque había sido testigo de una fuerte discusión familiar. Por lo visto la rubia tenía el genio fuerte y se enfrentó con el padre y los hermanos; con los calores de la discusión debió sufrir un ataque de histeria que el hermano resumía en una frase ¡Y mi hermana, la Roja, cayó a la larga! No pudieron averiguar ni el motivo ni la gravedad de la caída. Siempre repetía la misma frase, frase que quedó como expresión coloquial en nuestra familia cada vez que acontecía algo fuera de lo común. Al oír a mi madre la historia de que la Roja cayó a la larga he imaginado a una señora muy tiesa, muy rubia, con un moño alto, traje negro y largo, ojos desencajados y brazos en cruz. Lo que nunca he podido imaginar es una conversación entre don Adolfo y las tías de su primera esposa. Dios los tenga a todos en su gloria. Amén"

Albacete, febrero, 2004

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