Libro de G. Chastagnaret, De fumées et de sang

Se ha publicado el libro de Gérard Chastagnaret (2017): De fumées et de sang. Pollution minière et massacre de masse. Andalousie – XXe siècle. Madrid, Casa de Velázquez. pp. XXIV + 423.

Resumen (pp. 405-407): Esta obra, que analiza una catástrofe ecológica y una masacre de población inaudita en Europa occidental en tiempo de paz civil, se basa en fuentes originales, amplía la perspectiva y cuestiona el funcionamiento mismo del sistema de la Restauración. Dichas fuentes son tanto nacionales como locales. A nivel nacional, se trata de la documentación del Ministerio de la Gobernación conservado en el Archivo Histórico Nacional así como del informe de la intervención militar que se conserva en el Archivo General Militar de Madrid. Localmente, hemos completado la documentación de la Fundación Río Tinto con una investigación en los archivos de los municipios más afectados. La obra se organiza en cinco partes siguiendo un orden cronológico, desde la génesis del problema de los «humos de Huelva» hasta su epílogo y su proceso de rememoración.
La primera parte, «La invasión de los humos», está consagrada a una doble apertura: temporal, desde la génesis de la explotación minera y la implantación de las calcinaciones de las piritas al aire libre mediante el sistema de las teleras; espacial, prestando atención al oeste de la cuenca minera, donde se gestó el primer movimiento de protesta, en Alosno en 1877, contra la compañía británica de Tharsis, pionera en la contaminación masiva por azufre. El informe de la comisión de expertos enviada con este motivo minimizó los daños y fue manipulado por las compañías. Unos años más tarde la contaminación a gran escala alcanza el Este de la cuenca; con la compra de la empresa estatal por la Rio Tinto Company, en 1873, se había producido un notable incremento de las calcinaciones, pasando rápidamente del millón de toneladas a los dos millones. Un nuevo movimiento de protesta se produce durante el invierno de 1880 que, aun fracasando, dará por primera vez una dimensión nacional al problema con la creación de una comisión ante las Cortes de representantes de los pueblos afectados. Esta pugna se salda con la constatación, desconcertante para los observadores de la época, de la magnitud y gravedad de los daños infligidos al medioambiente, a los cultivos y a los habitantes. La región se está convirtiendo, estricto sensu, en un lugar inhabitable.
La segunda parte, «La quema de la cuenca», analiza en primer lugar el equilibrio de fuerzas: compañías extranjeras convencidas de su poder, élites locales con escasa proyección nacional pero cada vez mejor organizadas, un mundo obrero aparentemente inerte, dirigido por un líder enigmático, Tornet, y un aparato de Estado cuyo funcionamiento encorsetado encubre otras realidades, como el poder de los grandes caciques o la autonomía de facto de un gobernador civil mal controlado. La cronología de la reanudación del movimiento resalta el papel de la coyuntura política en el desfase entre la intensificación de la contaminación y el desencadenamiento de la protesta, y más tarde en su arranque vigoroso en Calañas, en la primavera de 1886. La estrategia adoptada a partir de entonces, jurídica y «municipalista», se basa en las responsabilidades y prerrogativas de los alcaldes en materia de salud pública. El movimiento se amplificó en el otoño de 1887, con una campaña de ataque telegráfico al Estado, en respuesta a las maniobras de las compañías mineras y de las élites de la capital de la provincia, partidarias de las calcinaciones. El nuevo ministro de la Gobernación, Albareda, descubre la magnitud del problema cuando el Consejo de Estado refrenda la decisión de un municipio contestatario. Esta victoria, así como el testimonio del ministro en el Congreso de los diputados declarando su pesar por las desgracias de la población local, infunden esperanza de los aldeanos sin por ello calmar los ánimos, tanto más cuanto que los intereses británicos, y en concreto la Rio Tinto Company, lanzan una contraofensiva política con métodos singulares.
La tercera parte, «La masacre», ha sido objeto de una cronología minuciosa gracias a los intercambios telegráficos. El tiempo se acelera a partir de mediados de enero de 1888: las tensiones se concentran en Riotinto a la vez que confluyen dos protestas, una obrera y otra medioambiental, con Zalamea a la cabeza del movimiento. El endurecimiento y el rechazo de toda concesión por parte de la nueva dirección local de la Rio Tinto Company propicia la movilización obrera y lleva a las autoridades a prepararse explícitamente para una represión violenta en una región donde las fuerzas de orden público cuentan con pocos efectivos. Todas las fuentes confirman el carácter multitudinario y pacífico de la manifestación del 4 de febrero. Hemos podido reconstituir el desarrollo de los hechos hasta la llegada del gobernador y el momento en que los soldados, situados en medio de la multitud, abrieron fuego sin previo aviso. Los archivos permiten analizar la colusión de las autoridades presentes para maquillar el resultado y eludir las responsabilidades individuales.
La cuarta parte, «Del estupor al olvido», muestra como los debates celebrados en el Congreso de los Diputados, a pesar de las fuertes denuncias de Francisco Romero Robledo y Juan Talero, sirvieron para echar tierra al asunto. Los debates, que se saldaron con un único decreto de supresión progresiva de las calcinaciones, no socavaron el sistema de la Restauración. A esto hay que sumar el rápido olvido de una prensa nacional que seguía siendo dependiente de los debates parlamentarios, incluida la prensa obrera.
La quinta parte, «Salir del decreto, salir de los humos», analiza las dos facetas de la salida de la crisis. La primera es el temor de las poblaciones rurales y obreras de la cuenca. La segunda es la ofensiva en tres frentes emprendida por las compañías, y sobre todo por la Rio Tinto, para obtener la anulación del decreto de prohibición: frente político, local y nacional, frente jurídico y frente médico. Este último, fundamental para justificar la retirada de una medida adoptada en nombre de la salud pública, nos lleva a sacar a la luz a personalidades e instituciones médicas que estuvieron implicadas en ambos bandos de este combate. El fin del caso de los humos, a principios del siglo xx, obedece a otros resortes: las innovaciones técnicas y la desaparición de intereses personales. Quedan las cicatrices y la memoria, con sus lagunas y sus reinterpretaciones.