Artículo
aparecido en el Norte de Castilla
Sábado, 8
de marzo de 2003
Los estatutos y
las témporas
De manera
contundente, el autor da la opinión que le merecen los estatutos en
estudio de la Universidad de Valladolid: «Yo acuso a estos estatutos en
gestación de propiciar que aquí edifique su casa no la
sabiduría, como reza nuestro lema, sino la mediocridad y la
insensatez».
PABLO
ESPINET/Catedrático de Química Inorgánica en la
Universidad de Valladolid (espinet@qi.uva.es)
SI nadie lo remedia, los futuros
estatutos de la Universidad de Valladolid consolidarán una
evolución todavía más decidida de nuestra Universidad
hacia una de cantidad a expensas de la utopía, posible y deseable, de
una de calidad. Me explico. Los estatutos proclaman en su primer artículo
que la Universidad «se esforzará por mantener y acrecentar su
prestigio en el ámbito nacional e internacional». Alegra el alma
esa declaración, pero al leer el resto del documento me pregunto
cómo se espera conseguir ese resultado con estos estatutos. Por
concentrarme sólo en la mayor: en el articulado que afecta a los
órganos de gobierno, representación y administración,
está ausente cualquier referencia a signos de calidad a los que los
estatutos aluden en otros artículos. Los componentes de esos órganos
necesitan simplemente ser elegidos reuniendo un número de votos
(cantidad), sin que se les requiera como garantía para ser aspirantes
que hayan demostrado en sus tareas universitarias (docencia,
investigación, administración, estudio) un mínimo de capacidad
(calidad). Así, en estos tiempos tan ayunos en milagros, los nuevos
estatutos nos embarcarán de hoz y coz en una aventura milagrosa:
conseguir una Universidad prestigiosa en el ámbito nacional e
internacional sin exigir calidad a los individuos que, por su
participación en órganos de gobierno, han de trazar su rumbo.
Con el proyecto de estatutos en la mano
sigue siendo perfectamente posible que en el futuro (ya ocurre ahora) se
cuenten entre los elegidos para responsabilidades de gobierno profesores que
cumplan mal sus tareas docentes y no cumplan en absoluto sus obligaciones
investigadoras. Los resultados de las evaluaciones docente e investigadora de
los profesores no son públicos, pertenecen a la intimidad del evaluado y
se ocultan celosamente a sus posibles votantes ¿Cuánto puede
acertar en su elección un votante engañado respecto a la
valía universitaria de los aspirantes a cargos? Es igualmente posible
que un alumno que no estudie gran cosa (¿podemos llamarle no
estudiante?) termine siendo el representante de los estudiantes, ya que no se
le exige que mantenga al menos un rendimiento académico medio (que le
haría representativo además de representante). En otros
ámbitos se requiere competencias profesionales determinadas para
participar en decisiones sobre algunos asuntos concretos; el proyecto
igualitario de estatutos no se plantea esa cuestión, como no se plantea
el de la legitimidad moral de algunas representaciones basadas en
participaciones ridículamente bajas del cuerpo electoral correspondiente
(hablo de un 10% o 15%, algo que haría saltar las alarmas de cualquier
democracia representativa seria).
En este escenario de desatino nos
movemos, so pretexto de que la democracia universitaria lo exige. Y yo digo que
no, que el pretexto es falso y los estatutos confunden claramente el culo con
las témporas. Yo señalo que gobierno racional de la Universidad
en democracia es otra cosa y que no establecer matizaciones imprescindibles ni
garantías de competencia para los integrantes de órganos de gobierno
es una irresponsabilidad muy grave. Yo atestiguo que en estados
democráticos sin el complejo de provenir de dictaduras muertas en la
cama, la oportunidad y conveniencia de esas garantías no se cuestiona.
Yo denuncio que estos estatutos endógenos se parecen poco a las normas
que regulan las vidas de universidades de reconocimiento universal (entre las
que no nos contamos, pese a manifestaciones en otro sentido de los sucesivos
rectores que en ésta han sido). Yo acuso a estos estatutos en gestación
de propiciar que aquí edifique su casa no la sabiduría, como reza
nuestro lema, sino la mediocridad y la insensatez.
Don Santiago Ramón y Cajal, en su
discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias en 1897, reclamaba:
«Hay que transformar la Universidad, hasta hoy casi exclusivamente
consagrada a la colación de títulos y a la enseñanza
profesional, en un centro de impulsión intelectual, al modo de Alemania,
donde la Universidad representa el órgano principal de la producción
filosófica, científica e industrial». Don Santiago
había viajado, y no de turista. Escribió Juan Rojo (ex secretario
de Estado de Universidades e Investigación que puso en marcha la
Evaluación de la Actividad Investigadora) que la gran etapa de desarrollo
universitario que fue desde Cajal hasta la Junta de Ampliación de
Estudios se vio truncada por la guerra española. Hoy el hacha que puede
continuar el trabajo iniciado por la dictadura está en otras manos, en
las nuestras. ¿Permiten y persiguen los estatutos propuestos el objetivo
de Cajal? ¿Habrá que esperar cien años más?
¿Esta cuestión no merecerá siquiera una discusión
profunda? Las previsiones son que, en el uso democrático de nuestra
autonomía, nosotros, los claustrales, tomaremos por ustedes, ciudadanos
que pagan sus impuestos, la decisión de cómo regir una de las
empresas más importantes de la ciudad y de la región, y lo
haremos en menos que canta un gallo, cabalgando sobre sus 267 artículos
como quien se come un buñuelo.
Veo que para el proyecto de estatutos
(artículo 3.1, igualdad como absoluto, en vez de igualdad ante la ley)
la opinión de Cajal sobre la Universidad no vale más que la del
estudiante que se matriculará por vez primera el próximo
septiembre. En esta democracia universitaria que nos proponen los estatutos
(conceptualmente muy distinta de la constitucional) la opinión de un
cardiólogo sobre el funcionamiento de nuestra víscera no
sería más valiosa que la de ese mismo estudiante recién
matriculado en medicina, o la del celador del servicio de cardiología.
No crean ustedes, ciudadanos, que los claustrales estamos locos. Cuando lo
precisamos vamos a que nos revise el cardiólogo, no el celador; y hasta
procuramos que el cardiólogo sea de los mejores. Me pregunto:
¿Acaso es más simple el pulso de nuestra Universidad que el
palpitar de nuestro corazón? Y si no lo es, ¿por qué nos
atrevemos a encomendarlo a manos cuya capacidad, en ocasiones ya evaluada
negativamente, se nos oculta? ¿Por qué esta diferencia de
procederes? ¿Será que nuestro corazón sí nos
importa?