Endogamia universitaria y libertad intelectual Artículo aparecido en EL MUNDO 29/6/01


Endogamia universitaria y libertad intelectual
ANTONIO FERNANDEZ-RAÑADA

Ante el proyecto actualmente en marcha de retocar la Ley de Reforma Universitaria (LRU), se vuelve a hablar estos días de la famosa endogamia. Los redactores de la LRU estaban muy preocupados, con razón, por establecer la autonomía universitaria, que era un mandato constitucional absolutamente necesario, pero de la que no había ninguna experiencia. Para respetar las necesidades específicas de cada centro y dar estabilidad a los equipos de investigación se estableció que dos de los cinco miembros de los tribunales para la provisión de las plazas de profesor fuesen propuestos por la universidad que recibe al nuevo catedrático o titular. El grado de acuerdo sobre esta disposición fue alto. Pero la práctica hizo luego que muchas veces sean los líderes del grupo dominante en cada departamento quienes nombran efectivamente esos dos vocales, sin que los órganos superiores de cada universidad entren habitualmente en la cuestión. La consecuencia fue que una idea que pareció en su momento razonable abrió el camino al clientelismo, pues el importante peso local hace que se admita a menudo, como práctica socialmente aceptada, que toda plaza vacante debe ser para uno de la casa, por encima incluso del mérito académico.
En eso consiste la endogamia: en elegir a los nuevos profesores entre los candidatos de casa, o sea los discípulos de los líderes locales, rechazando a los formados en otras universidades o en otros grupos de la misma universidad, aun si demuestran ser mejores. Algunos la consideran como un mal grave que debe ser combatido y eliminado, otros aseguran que sus efectos nocivos son dudosos y estarían compensados en cualquier caso por sus aspectos positivos. Examinaré aquí un argumento que suele pasarse por alto: es una práctica incompatible con la libertad intelectual.

En los años del franquismo, se denostaba el sistema de entonces con el pareado "Catedrático es/el que tiene votos tres"; ahora se dice a menudo con ironía que llega a contar más el número de cafés tomados con el grupo local que los méritos docentes o investigadores. Sin duda esto no es bueno porque la universidad debe mirar hacia afuera, estar abierta a la fertilización cruzada y a la venida de profesores con ideas generadas en otros ámbitos. La prestigiosa revista inglesa Nature nos lo advertía hace unos dos años en un editorial, al decir que la universidad española está lastrada por la rigidez burocrática y el amiguismo. Según Nature, debemos cambiar un sistema que llega a crear esclerosis intelectual, si se quiere que España llegue a desarrollar todo su potencial científico y tecnológico. Palabras fuertes sin duda. Necesitamos saber si tienen o no razón.

Quienes quitan importancia al problema suelen decir que hay que mantener y potenciar los equipos investigadores, fomentando su continuidad, que se vería amenazada por la llegada de profesores con otras ideas. Por el contrario, los que consideran la endogamia como un problema grave aducen que es causa de una corrupción: cerrar el paso a los primeros, prefiriendo a veces a los segundos o terceros por ser de la casa aunque no sean tan buenos, pero de cuya fidelidad no caben dudas. Según dicen, eso es inadmisible cuando los sueldos salen de las arcas públicas.

Este último argumento es certero pero insuficiente. Al fin y al cabo, los segundos y terceros están a menudo bien preparados, o sea que la cosa podría no ser tan mala, si somos capaces de olvidar la evidente injusticia con los primeros. Pero lo verdaderamente nocivo de la endogamia no es eso sino dos efectos perversos de los que se habla poco o nada, especialmente del segundo.

El primero es que incita a perpetuar las escuelas y los temas de investigación más allá de su vida funcional razonable. La afirmación de que hay que mantener los equipos o las líneas de investigación es una verdad a medias, o sea, un argumento engañoso. Las líneas de trabajo deben mantenerse si son interesantes, dan buenos resultados y son competitivas, pero no por principio. Al rechazar a algunos por venir de fuera, aunque puedan aportar ideas nuevas, se mantienen artificiosamente líneas de investigación y de enseñanza que ya no dan mucho más de sí. Cambiarlas por otras es, en ocasiones, lo más conveniente para una universidad.

El segundo es el más importante: la libertad intelectual queda muy mal parada, cosa grave pues, si en una universidad falta la libertad intelectual (o sea, la libertad sin adjetivos), no puede ser creativa por muy buenos profesores que tenga. Una universidad sirve para que los estudiantes aprendan y adquieran una formación profesional para ganarse luego la vida; esto lo entiende bien la opinión española. Pero debe ser mucho más que eso, no puede renunciar a ser un lugar de creación científica, técnica, jurídica, cultural o filosófica, en la que surjan nuevas ideas en contraste con las hoy admitidas y cuya vida debe estar siempre caracterizada por el ejercicio de la crítica y la renovación permanente; esto se entiende mucho peor. Una universidad poco creativa sólo puede servir para ir tirando, para formar profesionales correctos, para estar en un discreto segundo lugar de investigación, pero no para un país que pretenda estar en la vanguardia, porque le será difícil mantenerse a la altura de los tiempos.

Los jóvenes deben cumplir con su obligación de no aceptar sin más lo que ya está hecho pero, en la situación actual, se ven forzados a abdicar de su rebeldía, renunciando a cualquier actitud crítica ante el peso de quienes pueden decidir su futuro, bajo cuerda, sin trabas y sin dar cuenta a nadie. A eso se debe una de las realidades más preocupantes de nuestra universidad: se escucha poco la voz crítica de los profesores jóvenes. La incapacidad de renovación que ven a su alrededor les hace buscar la seguridad del pragmatismo, actitud destructora de la creatividad. Esto es grave, pues necesitamos que los jóvenes no se sientan ligados a lo que piensa la generación anterior y aporten sus ideas renovadoras, para discutirlas, no para aceptarlas sin más. Tomemos por caso a Einstein, Heisenberg y Dirac, los tres físicos más importantes del siglo XX, quienes desde antes de los veinticinco años rompieron con las ideas admitidas. No estaban amparados por ningún grupo local, quizá podrían haber tenido problemas en una situación como la española: Einstein era de fuera de la universidad, trabajaba en una oficina de patentes cuando consiguió a los 28 años un contrato en el Instituto Tecnológico de Zúrich, Heisenberg era un graduado de la Universidad de Múnich que fue a abrirse camino en la de Gotinga, Dirac venía de la de Bristol cuando entró en la de Cambridge y ni siquiera era físico de carrera, sino ingeniero electrónico. Tomo estos expresivos ejemplos de mi propia ciencia, pero sin duda hay casos parecidos en otras disciplinas.

Dos reflexiones finales son necesarias. La primera es que hemos llegado a esta situación a pesar de que los redactores de la actual Ley de Reforma Universitaria fuesen conscientes del problema y estableciesen varios contrapesos para evitarlo. Por desgracia, no se aplicaron luego (sin que esos redactores tuvieran la culpa). Daré cuatro ejemplos: (I) la exigencia de haber estado dos años en otra universidad o laboratorio de investigación antes de ser profesor permanente; (II) la necesaria intervención del Consejo Social, como representación de los sectores sociales, en el proceso de provisión de plazas; (III) la apuesta por los departamentos grandes y más difíciles de controlar, y (IV) la creación de la figura de profesor asociado, un profesional de prestigio de fuera de la universidad contratado para dar cursos concretos. Las dos primeras disposiciones fueron derogadas (tras incumplirse reiteradamente la primera), la tercera y la cuarta se desvirtuaron al no aplicarse en los términos previstos (los departamentos suelen ser pequeños y muchos asociados son docentes profesionales, no lo que se llama normalmente un profesional).

A causa de todo eso no sé qué contestar cuando, como a otros profesores, me preguntan si la LRU era una buena ley. Es difícil saberlo porque no se ha aplicado según sus previsiones en aspectos importantes. Deberíamos tomarlo como advertencia para no tropezar una segunda vez en la misma piedra, pues sería de desear que esta vez se cumpla lo que se apruebe. Si se decide que hay que arreglar el problema, se debe legislar con cuidado para que sea difícil contornear la ley a base de estirar las interpretaciones. Por poner un ejemplo, una habilitación nacional serviría de poco, si no se cuida que el número de habilitados sea igual al de vacantes que se produzcan.

La segunda reflexión final es breve, optimista y se refiere al profesorado. Su nivel en la universidad española es bueno. En particular tenemos ahora una generación de jóvenes profesores y aún más jóvenes aspirantes con una enorme preparación técnica, como nunca la ha tenido España. La mayoría puede salir adelante en una situación de libre competencia sin ningún tipo de proteccionismo, lo peor que les puede pasar es conocer otras universidades, pero eso no es malo, sino todo lo contrario. Para España, sería mucho mejor. Podemos confiar en ellos en la confianza de que, si se examinan con cuidado las consecuencias de la endogamia y se legisla luego con ideas claras, los resultados serán buenos.

Antonio Fernández-Rañada es catedrático de Física de la Universidad Complutense de Madrid.




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