Educación, educación, educación... Expansion, 22 de mayo de 2001
Educación, educación, educación...
GASPAR ARIÑO-ORTIZ

Éste ha sido el grito de Tony Blair en el lanzamiento de la campaña electoral británica: educación, educación, educación... Y éste podría ser también el objetivo central -al menos uno de ellos- del Gobierno de Aznar en lo que queda de legislatura.
Al fin parece que se ha hecho de este tema una cuestión nacional. Educación a todos los niveles y desarrollo tecnológico son la clave -lo ha sido siempre, pero hoy especialmente- de la riqueza de las naciones. Lo que hace la prosperidad de un país no son sus recursos naturales, sino sus recursos humanos. Sin embargo, los gobiernos de estos últimos quince o veinte años han preferido olvidarse del tema y el único objetivo de los ministros del ramo parecía ser mantener la paz estudiantil.
Los resultados a los que hemos llegado son lamentables. Según datos del INCE (Instituto Nacional de Calidad y Evaluación), la mayoría de los alumnos de enseñanza media es incapaz de escribir un dictado sin faltas y sólo el 6% de los alumnos sabe resumir correctamente un texto en dos frases. La capacidad de lectura y de razonamiento de nuestros jóvenes es cada vez menor; la "cultura del esfuerzo", en la que fuimos educados los niños de la posguerra, es hoy inexistente.
Si hablamos de la Universidad, la situación es todavía peor que en las enseñanzas medias. La inevitable masificación de nuestras universidades -hoy contamos en España con sesenta universidades, más de una por provincia, con más de millón y medio de estudiantes- ha ido acompañada de una progresiva degradación de la enseñanza, pérdida de la excelencia y endogamia académica. Justo lo contrario de lo que debe ser la Universidad.
Reformas Bienvenido sea, pues, el amplio programa de reformas que, al parecer, tiene en cartera la actual titular del Ministerio. Ahora bien, conviene no quedarse en el terreno de los principios ni en los buenos deseos; tampoco conviene andarse por las ramas de los cambios de nombres, reorganizaciones y poco más: cambiar algo para que todo siga igual.
Si se quiere, de verdad, hacer frente a los graves problemas que padecemos en materia educativa, especialmente en su nivel superior, que es el que más conozco, hay que ir a la raíz de las cosas. Está muy bien decir que se suprime la selectividad, se fortalece el órgano de gobierno de las universidades y se reforma la carrera docente. Pero eso son minucias y con ello no se rozan siquiera los problemas. Es como darle una aspirina a quien tiene un tumor cerebral.
Hace más de 25 años que soy catedrático de Derecho Administrativo y he servido en cinco universidades distintas: Complutense de Madrid, La Laguna, Barcelona, Valladolid y Autónoma de Madrid. Durante este tiempo, no he visto mejorar la calidad de la enseñanza, ni acrecentarse la obra científica que sale de las aulas. He visto, por el contrario, cómo iban desapareciendo, uno a uno, los grandes maestros a los que yo había escuchado y admirado: Alfonso García Gallo, Federico de Castro, Joaquín Garrigues, Jaime Guasp, José Luis Villar Palasí, Eduardo García de Enterría.
No veo esa grandeza en las nuevas generaciones que hemos venido detrás, ni tampoco acierto a vislumbrarla en las que me suceden. Se ha perdido aquella excelencia y aquella aristocracia de la inteligencia que fue lo que nos atrajo a la Universidad a los de mi generación. Hoy, los que se quedan en la Universidad no son los mejores, como antaño (obviamente, siempre hay excepciones).
Leo a veces, con estupor, que "la Universidad de hoy es la mejor que España ha tenido nunca" (Carmen Chacón) o que "el incremento de alumnos no ha ido acompañado de una pérdida de calidad, ni en el nivel medio de los alumnos que terminan, ni en el conjunto del profesorado" (Santos Juliá). No sé qué realidad contemplan quienes tales cosas escriben. La realidad que yo contemplo es otra y creo no equivocarme si digo que la mayoría de los profesores que conozco piensan como yo.
España ha mejorado ciertamente, como no podía ser de otra manera, en el nivel de conocimientos de nuestros académicos, especialmente en carreras técnicas y en ciencias de la vida, pero los mejores productos científicos, que -al menos en las ciencias sociales- se generan hoy en España no salen de las universidades sino de sus aledaños: de los variados institutos, centros de postgrado, fundaciones e instituciones públicas y privadas, en las que se han ido refugiando los catedráticos "huidos" de la Universidad. El absentismo de los mejores, la endogamia creciente del profesorado y la práctica inexistencia de vida institucional son los tres grandes males de la Universidad actual.
La Universidad española, como he escrito ya alguna vez, responde al modelo napoleónico, burocrático, administrativo, de dependencia estatal, ajeno casi completamente a la sociedad en la que se inserta, que se desentiende de ella (eso del Consejo Social es puramente decorativo). En mi ya larga vida académica no sé de nadie -ninguna gran familia, ninguna gran empresa, ninguna gran fortuna, ni antiguo alumno, ni fundación- que haya hecho un buen legado a la Universidad (lo más que conozco es la cesión de modestas bibliotecas por algunos profesores fallecidos) lo cual no deja de ser preocupante.
En tales condiciones, con una reglamentación funcionarial detallada, con un sistema de retribuciones rígido y uniforme, con unos planes de estudios vinculantes, sin apenas capacidad de levantar ingresos propios, la llamada "autonomía universitaria", sobre la cual tanto han teorizado los juristas, es un mito y fácilmente se convierte en buena coartada para la irresponsabilidad universitaria. La Universidad no responde ante nadie: ni ante la autoridad política, ante la cual esgrime su autonomía, ni ante la sociedad, a la que nada le debe. Por su parte, ni el Estado ni la sociedad valoran en nada sus títulos académicos.
Académicos Bien está la reforma que se nos anuncia, pero si todo consiste en quitar la selectividad (sustituyéndola por otra cosa que es más o menos lo mismo), reforzar la figura del rector y ampliar los contratos de los ayudantes, para tal viaje no hacen falta alforjas. La más importante de las medidas anunciadas es el nuevo sistema de habilitación nacional del profesorado permanente, siempre que las pruebas se articulen con rigor y honestidad académica, como antaño. En este asunto, como en tantos otros campos de la ordenación de instituciones sociales, la clave está en los detalles que todavía no conocemos.
Bien está la reforma, digo, pero alguna vez habrá que plantear, si tenemos un Gobierno con agallas, la sustitución del modelo. Hay que acabar con esta Universidad funcionarial y burocrática -es una casa sin amo- y volver a la Universidad clásica, con vida institucional propia, con respaldo social y patrimonio propio, libre y competitiva, pública o privada, que es lo mismo, pero siempre configuradora de sus propios planes (de investigación y de estudios), cuyos títulos sean académicos, no profesionales (no le corresponde a la Universidad dar títulos profesionales, eso es misión del Estado). Así son hoy las únicas grandes universidades que en el mundo existen.
garino@f-estudiosregulacion.com





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