Descartes tuvo una vida muy agitada y repleta de viajes. En 1.617 se alistó como voluntario en el ejercito de Mauricio de Nassau; en 1.619 en el del elector de Baviera y en 1.621, en el del conde de Bucquoy. Abandonó las armas para darse de lleno a la meditación filosófica. Viajó por Hungría, Alemania, Polonia, Países Bajos, Suiza e Italia, y de vez en cuando regresó a París, o al lado de su familia en Rennes. En 1.629 marchó a los Países Bajos, donde esperaba encontrar libertad y silencio; allí vivió unos veinte años. Mientras residía en Holanda conoció a Isaac Beeckmann, doctor holandés que apreció mucho la cultura y las notables dotes naturales del joven Descartes y, en consecuencia, le animó a reanudar los estudios, con lo cual encontró su verdadera vocación. Esta estancia fue interrumpida por un viaje a Dinamarca y tres viajes a Francia. La reina Cristina de Suecia le llamó para que fuera su profesor de filosofía. Allí en Estocolmo no pudo soportar el rigor del invierno sueco y falleció inesperadamente, víctima de una afección pulmonar, cuando sólo contaba cincuenta y cuatro años de edad.