Conozco tan bien como el autor, su obra, y claro está, eso me autoriza –creo yo- a decir de ella que es la obra de un hombre que cree firmememente en la pintura. Conoce mejor que muchos, que no han hecho otra cosa más que pintar, los secretos y los timbres del paisaje, cosa complicada para quien no sabe mirar las formas, los volúmenes y la luz (éste no es su caso), porque pocos saben ver el paisaje como él. Desnudarlo, transformarlo, situarlo en el corrector camino sin retorno que es la educación de la mirada.
La obra de Antonio Martínez Morales está llena de registros, de sonidos, de una bien timbrada voz, de los que saben convertir en música el color y, lo que es más difícil, sabe oír y entender los complicados mensajes que envía las formas de la naturaleza.
Antonio Martínez Morales dispara el paisaje, certeramente, como a un ciervo o a un faisán, pero con la munición de la luz, del color, de las formas, de la emoción. Es decir, de La POESÍA. La vibración de su pincel al rozar el lienzo deja esa acertada policromía de color que es el misterio, la magia de la luz sobre las formas, algo así como el temblor de las alas de la mariposa sobre el aire que él pinta, mezclando luz y color con emoción y pasión.
Debajo de su aspecto, a veces de hombre distante y frontal, hay un espíritu de jilguero, de artista dialogando con eso tan difícil que se llama PAISAJE, es decir, con la vida.
José Lucas