El último rayo de luz de la tarde, sutil se filtra en la celadura de un ventanal modernista. En el ambiente vagan las notas de una gymnopédie de Satie y la clara atmósfera evoca otras horas quizás dichosas.
Fuera de cuadro un hombre. Un hombre solo, con todo el desconsuelo y la esperanza a cuestas, abandona la estancia. Únicamente sus maletas señalan que alguien habitó ese espacio.
Antes, la cama deshecha proclamó la gloria de una entrega loca de esperanza y deseo .
Un hombre, un hombre solo con todo el desconsuelo y la esperanza a cuestas entra en un viejo café italiano de una ensimismada ciudad del sur, se dirige a una mesa junto a una ventana (en las ensimismadas ciudades del sur siempre nos espera una mesa junto a una ventana en la que arribar) y contempla con las tazas abandonadas los restos de otros naufragios. Un pequeño velador junto a una ventana es a veces una barca varada donde los hijos de la mar lanzan sus redes y recogen su diario botín de desconsuelo y esperanza.
Un hombre cuyos bolsillos contiene todo el desconsuelo y la esperanza toda, se dirige a la mesa situada junto a una ventana de un viejo café italiano, En su mano los versos del poeta amado y en su boca un nombre como un beso o como una oración que lo salve.
Murmura un nombre como quien acaricia un sartal, una cuenta es un altar en el cielo, otra cuenta un jardín en la tierra y otra más el esplendor de Troya.
Mientras recita su mantra se siente el hombre consolado y la esperanza se hace ventana que el construirá convocando los colores que pintan el cielo nocturno de un cuento infantil, o los que bañan la pulida madera de las mesas de oriente, o los que nos salvan de los viejos fantasmas al encender una lámpara.
Construirá su ventana con la materia de las cosas que ama y con la que alienta el interior profundo y caliente de la tierra.
Será un don esta ventana para quien decida asomarse, un pozo de los deseos para quien se abisme, una pregunta con infinitas respuestas.
El universo entero mostrará la ventana, cada cual verá lo que su corazón deseé porque una ventana abierta a la quietud de la tarde es una barca varada donde los hombres lanzan sus redes para recoger el misterio que los peces voladores guardan: el consuelo de un faro si se hallan perdidos o la caricia de una lágrima que se le escapó a la luna.
Es ahora el hombre un hacedor de enigmas, oráculo amable que no asusta ni engaña,
es el dueño de un cosmos cotidiano y sensible de luces y sombras, playas cuyos mares imposibles invitan a la meditación de los contrarios, arenas que muestran las huellas de lo por vivir .
Es la mágica hora que detiene el mundo, imperceptibles segundos para quien no contiene el aliento y simplemente contempla, es cuando todo lo que gravita cesa y los colores un momento son uno solo.
Y ya sólo queda dejarse seducir por el misterio y sucumbir.
La belleza se quiebra si es asida, también ella de sí misma se nutre y el dolor del hombre, sagrado. Para calmarlo está el mar más allá de la ventana.
Mª del Carmen Piqueras.
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