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Los colores de la esperanza
Pascual Vera
Director Revista Campus (Universidad de Murcia)
Una cosa es evidente cuando se contempla la obra de Trini García: su juventud solo se atisba en sus obras a través de la pasión que se intuye en sus resultados. Sin embargo, muestra una encomiable madurez en la resolución de sus obras.
Con frecuencia, las miradas de los personajes que pueblan sus cuadros son tan intensas que nos encadenan a él, nos convierten en partícipes del propio cuadro, como espectadores que somos mirados por el propio modelo, que antes ha sido observado, a su vez, por la artista, en un juego interminable de miradas y correspondencias que se alternan y entrecruzan pero que inevitablemente enriquecen y dan sentido a la obra.
Es difícil sustraerse a la fascinación que produce la mirada clara, serena, limpia de esos niños, de esas mujeres, de esos hombres que la artista nos coloca frente a nosotros. Sus ojos transmiten vida con esa serena calma de la que hablaba Shakespeare cuando afirmaba que la mirada es el lenguaje del corazón. Ese lenguaje descarnado, transmutado en pura imagen y aprisionado en un lienzo, es el que utiliza Trini García para transmitir su mensaje, para expresar sus pasiones, sus inquietudes, las experiencias que le marcaron y que han conformado –nuestro yo es siempre, sobre todo, esa circunstancia de la que hablaba Ortega- su personalidad más profunda.
No se puede permanecer indiferente ante esa niña medio perdida cuya mirada aparece devastada por los efectos del tsunami en su islita próxima a Sumatra. Es una olvidada más, un motivo más para que la artista exprese su rabia y su impotencia por no poder ayudar en ese drama constante que con tanta frecuencia se ceba con la parte más débil del planeta. Tampoco podemos ser ajenos ante esos ojos de una profundidad casi dolorosa de esas africanas orgullosas que parecen desafiar al espectador.
Es esa labor de crítica social, de denuncia de situaciones injustas que ocurren al otro lado de un mundo en el que la miseria es lo único globalizado, una de las razones que más mueven el arte de Trini Gracía.
Por esta razón, por más que la pintura –y algo semejante podría decirse de su fotografía- de esta joven autora posea una rara intensidad y transmita emociones y matices, su obra no es un fin en sí misma, sino un medio para expresar sus pensamientos, para transmitir sus experiencias más profundas. Por eso –su juventud le guiará todavía, a buen seguro, por diversos derroteros artísticos- su obra se presenta con diferentes estilos. Es su manera de solicitar nuestra atención, de abrir sus entrañas, de exponerse a nuestra indiscreta mirada: reflejándose, de alguna manera, en las sensaciones que expone en sus cuadros.
De momento, tiene suficiente –y no es poco- con saber que cada día nos levantamos de un color diferente, con una sensibilidad mutable que nos ayuda a enfrentarnos, de maneras diversas, a los avatares que nos depara la experiencia vital y pedir de una particular manera, un poco más de solidaridad con aquello –con aquellos- que no comprendemos del todo, pero que intuimos tan próximo como nosotros mismos.
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