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'Paisajes'

 

Manuel Jiménez

   
   

 

Paisaje y hechizo

 

Pascual Vera

Director de la Revista Campus de la Universidad de Murcia.

Comisario de las exposiciones ‘Aula Magna'.

 

Es posible que primero fuera la imagen. Después vino la imaginación y la utopía, el adentrarse por los vericuetos de la razón y el deseo. A la vista de esos paisajes lunares, casi lunáticos, fabricados por Manuel Jiménez, ante ese pueblo, ante esos tejados fascinantes que parecen esperar la culminación de un fenómeno prodigioso, ante esas balconadas impertérritas al paso del tiempo, el espectador no puede menos que preguntarse donde está el origen: ¿Fueron quizás esos paisajes los que posibilitaron sus obras? ¿O quizás fue más bien su obra la que posibilitó la existencia de ese paisaje mágico, utópico, a cuya búsqueda no podemos sustraernos a partir de la visión de sus cuadros?.

Si hemos de atenernos a definiciones al uso, podríamos encuadrar a Manuel Jiménez como pintor paisajista. Pero, en cierto modo, faltaríamos a la verdad. Este artista no pinta el paisaje, incluso podríamos decir que tampoco lo recrea: más bien lo crea. Calificarlo como paisajista sería una definición tan raquítica como aquella que, con humildad franciscana, hizo John Ford de sí mismo y del enorme cine que nos legó: ‘Me llamo John Ford –decía-, y hago películas de indios'.

Primero fue la imagen, y Manuel Jiménez lo sabe –lo intuye más bien, que es el estadio previo del conocimiento-. Los paisajes que le sirven de modelo cobran vida con sus imágenes. Una vida nueva y distinta, desde luego, que no necesita del original para cobrar sentido.

La acuarela, una de las técnicas más directas en pintura, le permite olvidarse precisamente de eso, de la técnica, para enfrascarse en lo más esencial en el arte: la forma, el color. Veinte años pintando paisajes, enseñando a centenares de alumnos a recoger su esencia. Quizás por eso tiene acostumbrado el ojo a adentrarse por los rincones no visibles –pero existentes sin duda- de la realidad.

Ese Adarve centenario y eterno, vencedor del tiempo, orgullosa balconada abierta a la historia que se yergue con orgullo en su pueblo natal de Priego de Córdoba, se pliega a sus requiebros e intenciones. En sus manos, en sus pinceles, no constituye más que una mera excusa. Al igual que sus otoñales bosques de álamos: simples recursos para dar rienda suelta a esa pintura barroca en su abigarramiento de formas y colores, a ese pintar suyo que bebe de sus pintores favoritos –tantos y tan variados…- para pasarlos por el tamiz de su propio estilo. Su figurativismo, lejos de estar apegado a la roma realidad, la reinterpreta, como el músico que toma del aire sonidos para conferirles nueva vida en una sinfonía. Como un demiurgo, que deconstruye la realidad y nos la lanza nueva y espléndida.

 

           
   

 

 

   
           
 
           
 
           

 
           
           
   
           
 
   

 

   
 
   
   
 
 
   
 
   
 
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