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François Franco: Magia y azar Pascual Vera, Director de la Revista Campus de la Universidad de Murcia. Son muy pocas las formas artísticas capaces de mostrar con mayor propiedad que la pintura la imagen de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. François Franco tiene asumido que -como cantaba Patxi Andión en los setenta- exponer es exponerse, hasta que caiga quien caiga : una forma profunda y atrevida de mostrarnos en nuestra propia y particular esencia. La pintura de F. Franco constituye una tensa mezcolanza de emociones, de íntimas luces y tenues sombras que invitan al recogimiento. Es una manera de expresarse al mundo, de aprehenderlo, dotándolo de límites y formas; de conferirle colores y expresiones. De proporcionarles encarnadura, en definitiva, y darle ese halo vital que, invariablemente, busca toda creación artística. Franco no evita la figura humana, pero sabe que el lirismo implícito en esos pequeños objetos tan queridos por él, se vería, en cierto modo, ultrajado ante la profunda llamada de atención que exige un ser humano. Él prefiere expresar su rico mundo interior a través de la fuerza inherente en las cosas nimias que nos rodean, transmitiéndonos la intensidad de su pequeñez. Y esto -¿pura técnica o capacidad innata para aflorar las emociones atesoradas por los pequeños objetos?- constituye una cualidad inherente a la pintura de F. Franco. Pocos artistas saben irrumpir con más sensibilidad en rincones aparentemente vacíos. Pocos creadores saben escarbar con más sabiduría en la prosaica epidermis de la realidad y llegar a los órganos vitales que permanecen escondidos para un espectador poco avezado. Unos visillos, una persiana, los cristales de una humilde ventana..., pueden tamizar la prosaica luz con que solemos mirar nuestro entorno y convertir una simple mesilla, una lampara, un jarrón o una taza en objetos cuya importancia va mucho más allá de su estricta y limitada personalidad. Ese juego de luces y sombras, de composición y equilibrio, de búsquedas y de hallazgos en que se traducen sus obras, es más un estado anímico que el reflejo fiel de una realidad, sin dejar de constituir, al propio tiempo, un espléndido retrato de nuestro entorno. Y junto a ésta, otra evidencia: esa capacidad de François Franco para adentrarnos más allá de esa realidad casi mágica implícita en sus obras, transmitiéndonos sugerentes noticias de ese otro mundo que no reflejan sus cuadros -el que rodea los objetos que pinta- pero que él logra hacer ‘visible' en nuestra imaginación en una espléndida recreación pictórica del fuera de campo cinematográfico. Probablemente, cuando, en la ribera misma del Rubicón, Suetonio dijo a Julio César, aquello de ‘Alea jacta est', estaba pensando en otro tipo de azar bastante menos poético que las emociones que puede transmitir una obra pictórica. Pero, a semejanza con aquella arriesgada incursión bélica de Julio César, cuando un artista pinta un cuadro, este hecho no deja de constituir una llamada a la suerte, una manera de adentrarse en esa íntima realidad –privada y distinta para cada cual- que todos llevamos dentro. Ese tirar los dados, ese quedar en manos del azar al que implícitamente aludía Suetonio, no es más que una nueva demostración de -recordemos: exponer es exponerse- la responsabilidad que constituye cada nueva incursión artística, cada intento de plasmar sentimientos en un lienzo. El óleo, como la suerte, está en el aire –está echado- y expuesto a nuestros sentidos. Franco ha cumplido. Cada cual debe recibirlo a su particular manera. Cuestión de suerte. Pero también de sensibilidad. |
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