--Pregunta: Aunque su labor ha sido
reconocida en multitud de ocasiones durante los últimos
años, ¿posee un especial significado esta medalla
de oro de la Región?
-Respuesta: En principio ha constituido una absoluta
sorpresa, pues no me lo esperaba. Por otro lado, francamente,
me he sentido halagado. Resulta una enorme satisfacción
que al cabo de más de sesenta años de labor reconozcan
tu trabajo. No soy quién para decir si he trabajado bien
o mal, lo que sí puedo asegurar es que he trabajado mucho.
Los comienzos en la Universidad
-P: Usted es, con bastante probabilidad,
la persona en activo con más tiempo dedicado a la Universidad
de Murcia.
-R: Sin duda. Yo sigo en activo gracias a la facilidad
que se nos proporciona a los profesores de poder disponer de despacho
y de poder seguir trabajando, haciendo casi la labor normal, una
vez que nos jubilamos, cumplidos ya los 70 años. He seguido
dando clases en cursos de doctorado hasta hace dos años,
aunque ahora me dedico únicamente a la dirección
de tesis doctorales y a responder a consultas que me realizan
constantemente, sobre todo desde fuera de Murcia, para la elaboración
sobre tesis, bibliografías, etc.
Sigo trabajando, aunque, claro, no con la intensidad con que lo
hacía anteriormente. Ahora he circunscrito mi labor, que
ha pasado de historia de carácter nacional a la regional,
aportando datos sobre distintas villas de toda la región,
aunque hay que tener en cuenta que algunas fueron fundadas en
fechas muy posteriores a la Edad Media y, por tanto quedan fuera
de mi ámbito de estudio.
-P: ¿Usted estudió en
la Universidad de Murcia?
-R: No. No había facultad de Letras en aquellos
tiempos. Yo estudié como libre en Valencia, en la sección
de Letras. Eso quiere decir que no tuve compañeros. Me
tuve que ir haciendo yo solo. A pesar de ello, cuando hice la
tesis doctoral en Madrid, ya comencé a tener la idea de
enseñar. En este terreno puedo decir que he tenido la suerte
de contar con el agradecimiento de mis alumnos, lo cual es muy
gratificante. He dedicado a mis alumnos mucho tiempo y esfuerzo,
y lo he hecho con mucho gusto. El conocer a fondo el archivo municipal
me permitió indicarles posibles temas para sus tesis de
licenciatura. Les proporcioné ideas y documentos sobre
unos temas que, naturalmente, no he vuelto a tocar, pero que ha
permitido completar diversos aspectos de nuestra historia.
-P: Más de sesenta años
de dedicación a la universidad ¿Qué recuerda
de aquella primitiva universidad?
-R: Eran unos tiempos difíciles. Durante mis primeros
cuatro o cinco años fui profesor ayudante, dando clases
prácticas gratuitas. Daba asignaturas como latín
medieval, historia de la filosofía…, hasta que pude
entrar en Geografía e Historia. Después se impartió
la clase de paleografía, algo que las muchas horas que
había pasado en el archivo me permitió hacer. Posteriormente
ya impartí historia medieval.
-P: Estamos hablando de comienzos de
los años 40…
-R: Si no me equivoco el oficio es del año 42,
y está firmado por don Jesús Merida. Era una universidad
muy reducida. Aquí había una sección de Filosofía
y Letras. Después se creó la de Historia, y entonces
la afluencia aumentó mucho. Las clases se impartían
en principio en la planta baja del edificio de Derecho y, posteriormente
en el primer piso. Después pasó al actual aulario.
Por aquel entonces es posible que yo tuviera ya más de
cincuenta alumnos.
-P: El universitario tipo sería
bien diferente del actual.
-R: Eran otros tiempos. Existía un gran respeto
hacia el profesor, distaba mucho de la camaradería de ahora,
que a veces traspasa demasiado las formas, en mi opinión.
En general, los alumnos de entonces, estudiaban bastante.
Quizás se era demasiado rígido en los exámenes.
Recuerdo una anécdota con don José Loustau como
rector, que era un hombre muy bueno, que me dijo que estaba puntuando
con excesiva benevolencia a mis alumnos.
-P: En que ha cambiado fundamentalmente
la Universidad de Murcia actual con respecto a la de aquellos
tiempos?
-R: Ahora hay mucho más profesorado. Eso permite
una mayor especialización. El alumno va orientándose
en otras direcciones.
Entonces teníamos muy poca bibliografía. Yo tenía
que hacer todos los cursos un par de incursiones a Madrid para
traerme libros o para consultar bibliografía que no se
podía adquirir aquí. En este aspecto, lo que tienen
los estudiantes ahora es un paraíso comparado con lo que
había entonces. En los archivos había que ver el
documento directamente y con un lápiz ir traduciéndolo.
Después ya llegó la fotocopia y facilitó
mucho la labor.
En aquellos tiempos era muy difícil publicar. Sólo
existía unos anales para toda la universidad. Después
ya se editaron en las distintas facultades. Ante ese panorama,
Sánchez Albornoz me publicó trabajos sobre historia
de España en Buenos Aires, me abrieron las puertas de la
revista Hispania del Consejo Superior de Investigaciones Científicas…
Siempre he creído que el documento escrito posee más
valor que la palabra. En mi vida he publicado treinta o cuarenta
libros y muchos artículos. Y no he terminado, ahora mismo
tengo en imprenta una historia de Fortuna. Lo cierto es que, aunque
se ha publicado mucho, en historia medieval aun quedan muchas
cosas por hacer. Y también muchos de mis alumnos han abierto
nuevas vías de investigación. Eso es lo que más
me gusta, que mi alumnos tengan personalidad propia.
La Edad Media, territorio de nadie
-P: ¿Qué fue lo que le
motivó a estudiar ese período de la historia tan
escasamente conocido entonces como la Edad Media?
-R: A mí siempre me ha gustado la historia. Al
no poder estudiar en Murcia, me marché a Valencia. La Edad
Media en Murcia no se conocía. Aquí contábamos
con los estudios de Cascales, que eran del siglo XVII; los trabajos
parciales de Díaz Cassou o Frutos Baeza, y nada más.
Los archivos no se habían consultado nunca. Aquí
sí que estuvo María Moliner, que fue la mujer de
un catedrático ciencias de la Universidad de Murcia. Ella
daba clases particulares y tenía buenos conocimientos de
historia y sí estuvo yendo al archivo y trabajando sobre
el infante Juan Manuel. También Antonio Ballester, que
era muy trabajador. Estas son las dos únicas personas que
me consta que habían trabajado en el archivo anteriormente
a mí, pero había una riqueza cuantiosa sin explotar
en el archivo municipal. Y aun hoy la sigue habiendo. Hay trabajo
para todos.
La edad media en mis tiempos era un período muy poco conocido,
con algunos artículos sueltos a base de teorías
y deducciones, o fantasías milagreras que existían
entonces. Murcia era un amplio desierto donde se podía
trabajar a nuestras anchas. Y en ello estoy todavía.
-P: ¿Qué es lo que tiene
la región de Murcia con respecto a la historia medieval
que no tengan otras regiones?.
-R: Sobre todo, lo que tiene es su situación geográfica.
En aquel período Murcia era un terreno casi totalmente
aislada: con una frontera de Granada siempre amenazante, siempre
peligrosa. Una frontera marítima en el Mediterráneo
tan peligrosa como la de Granada. Hasta el extremo de que los
pescadores que faenaban en el Mar Menor eran hechos cautivos continuamente.
Ante estos hechos, se sustituyeron por pescadores moros. A estos
no se los llevaban, pero sí que se llevaban las redes y
todas las artes. Hasta las acémilas –mulas- de los
acemileros que traían el pescado a Murcia eran secuestradas.
También éramos frontera con Aragón: amigos,
pero vecinos, es decir, con los que teníamos más
de un roce.
El ciclo se cierra con el señorío de Juan Manuel,
que más tarde sería marquesado de Villena.
Aquí no vino más que Alfonso X el Sabio, que permaneció
un total de año y medio en varias estancias.
Murcia, en la Edad Media fue una frontera peligrosa y hostil.
A mediados del siglo XV, todavía se aconsejaba a los huertanos
que saliesen a la huerta con las armas en la mano porque corrían
peligro por los moros.
La población era escasa. En la ciudad de Murcia se concentraba
la mitad de la población del reino, unos 7500 u 8000 habitantes.
Lo demás se repartía entre distintas órdenes
militares y señoríos. Tras la toma de Murcia se
permitió la emigración musulmana hacia Granada y
fueron muchos los que se marcharon. También a Valencia,
donde se creó una cerámica muy buena, que procedía
de Murcia.
Con una población tan escasa, una gran parte del territorio
murciano quedaba en manos de los adelantados que imponían
su mando en estos terrenos.