principal

   
             
 
barra

Entrevista con el pintor Pedro Cano

 

     

           
  “Mis primeras palabras fueron los colores”    
Pedro Cano .
26 de octubre 2005  

Pascual Vera

 
FOTOS: Ana Martín Luque/Luís Urbina
         
             
   

 

Desde su estudio se domina todo el pueblo de Blanca: los apelmazados tejados que coronan un lugar que parece detenido en el tiempo, el río y esa exuberante huerta cuya feracidad ya fue cantada por los primeros árabes. Sólo los tañidos de la campana de una iglesia cercana se atreven a romper, de cuando en cuando, un silencio que invita al recogimiento y al trabajo creativo. Una luz tamizada irrumpe a través de unas grandes cristalera para iluminar la última adelfa que Pedro Cano está empeñado en hacer visible, extrayéndola del papel donde se encuentra prisionera. Es su último trabajo.

Es fácil comprender todo lo que implica esa rotunda afirmación del pintor blanqueño cuando expresa que su obra no sería la misma en caso de haber nacido en otro sitio.

Pedro Cano se ha impregnado de esta naturaleza incluso desde antes de nacer, y la ha llevado consigo a todo el mundo, desde Italia a Nueva York. Sus colores, sus formas, la carnalidad que insufla a sus creaciones, son rasgos que han sobrevivido a otras culturas, a otros parajes, a otras civilizaciones. Por más que, de todos los lugares en los que ha estado, haya tomado este viajero impenitente una suerte de halo vital que ha llevado a sus obras.

Pedro Cano parecía predestinado a dedicarse a lo que ha constituido su pasión desde siempre. Pero, al igual que sucedía en aquellos libros de aventuras que leíamos de niños, una serie de personajes y situaciones fueron paulatinamente encauzándolo a esta actividad: las telas de la tienda familiar lo introdujeron en un esplendoroso mundo de color antes de saber prácticamente hablar; aquella caja de colores que le regalaron a los diez años, con las que comenzó a garabatear el pequeño universo que le rodeaba; la buena maestra que supo ver en aquel niño unas cualidades excepcionales; sus profesores de la Facultad de Bellas Artes madrileña, los viajes por Oriente y Occidente… Todo un universo que acabó conformando la obra –también la vida ¿alguien sabe donde empieza una y acaba la otra?- de este pintor que recibió, a comienzos de este curso, la más alta distinción que ofrece la Universidad de Murcia: el doctorado Honoris Causa.

 

         
   
       
   

 

-Pregunta: Aquel niño que jugaba por los bancales y huertos de Blanca quedó impregnado de los colores de esta huerta surestina ¿Hubiera sido lo mismo la pintura de Pedro Cano en caso de no haber tenido ese contacto tan íntimo con este paisaje?

Respuesta: : Una tía mía decía que yo, de pequeño, en lugar de hablar dibujaba, y que mis primeras palabras fueron los colores. Recuerdo que su marido, mi tío Pedro, tenía una tienda de tejidos. Él me enseñaba las telas para que le dijera el color, y yo, todavía con media lengua, los iba diciendo.

 

 

" El hecho de pintar lo que pinto y como lo pinto se debe a haber nacido aquí (en Blanca) "

     
   

 

Un juego maravilloso

-P: El siguiente peldaño, en esta relación cada vez más profunda con la pintura, está unido a un recuerdo trágico en la vida de un Pedro Cano aun niño: la muerte de su padre cuando contaba con 10 años.

-R: En esa época apareció mi primera caja de colores y empecé a pintar. Me resulta muy difícil decir qué cosas fueron las que me impulsaron a hacerlo, pero para mí constituye un privilegio continuar haciendo algo que de pequeños todos hacemos y que, después, de alguna forma nos es hurtado. Para mí la pintura es un juego maravilloso.

-P: De no haber vivido en Blanca, de no haberse impregnado de alguna manera de estos paisajes ¿hubiera sido igual su pintura?

-R: El hecho de pintar lo que pinto y cómo lo pinto se debe a haber nacido aquí, en Blanca. Pero no sólo me ocurría esto cuando tenía a mi alrededor este paisaje: cuando he estado lejos, me he llevado mi maleta, mi luz y mi materia, lo que aprendí cuando estuve aquí. Cuando empecé a pintar me abastecía del universo que había a mi alrededor, sobre todo la materia y la luz. No hubiera podido hacer mi obra de no haber nacido aquí.

-P: Como en los cuentos de la infancia, aquellos con final feliz, fue en aquellos difíciles momentos cuando se encontró con alguien que resultaría crucial en su formación de pintor.

-R: Sí, cuando yo tenía 13 años pasó por el pueblo una señora que había estudiado Bellas Artes en Valencia, se llamaba Amparo Benaches. Fue ella quien dijo a mi madre que yo debía estudiar Bellas Artes en Madrid. El encuentro con aquella mujer resultó muy importante en mi vida.

Eran unos tiempos en que el hecho de viajar no ya a Madrid, sino incluso a Murcia, resultaba algo complicado. Nosotros sólo viajábamos a la ciudad una o dos veces al año: a comprarnos unos zapatos para el invierno, o bien por problemas médicos.

La situación familiar era bastante precaria, desde la muerte de mi padre. Nosotros teníamos en el mercado un puesto de pescado y salazones, donde trabajaban mi madre y mis hermanos.

-P: ¿Qué recuerda de sus primeros tiempos de formación en Madrid?

-R: Recuerdo, sobre todo, un gran deseo de saber. Me encontré con un mundo que perseguía y al que no había tenido acceso. Entonces era difícil tener acceso a un libro de arte, a revistas de arte en color, vivíamos en un mundo sepia. Por eso, cuando llegué al museo del Prado y vi directamente a Velázquez, a Goya, Rafael… quedé impresionado.

En Madrid vivía en Legazpi, en un piso muy pequeño, pero con unas vistas estupendas. Mi madre se hacía cargo de que mi situación era muy precaria, y con cada carta me enviaba siempre un billete para ayudarme un poco –en aquella época había billetes de 25, 50 y 100 pesetas…

Ahora acaba de Morirse Juan Barjola, que fue un enorme apoyo para mi carrera, como lo fue Antonio López, Antonio Guijarro, José Martínez Díaz, un pintor de paisajes casi desconocido hoy, que fue, curiosamente, la persona que más me enseñó en la escuela. Él sabía que me gustaba la figuración, y me hizo ver algo muy importante, me dijo: “date cuenta que el cuadro, además de lo que tú cuentes en él, tiene que tener una piel, una estructura pictórica autóctona”. Eso para mí fue fundamental, y es algo que sigo practicando hoy en día.

Eso que ves ahí –me señala su última obra- esa hoja de papel, lo más importante no es que en ella se vea una adelfa, sino cómo está construida esa adelfa.

-P: ¿Ha cambiado mucho aquella manera de enfrentarse a aquellos estudios por parte de los alumnos y la actual?

-R: En aquellos momentos, quienes no hacíamos Bellas Artes por tener una carrera, lo que queríamos era aprender a pintar. La escuela era un taller. Yo llegaba muy temprano, y trabajaba todo el día. Cuando acabábamos, a las ocho de la noche, nos íbamos al Círculo de Bellas Artes a seguir pintando. Era como una fiebre. Los domingos íbamos al campo a dibujar. O salíamos a Toledo, y hacíamos por las calles dibujos gigantescos con motivos del Greco.

-P: ¿Y cómo era aquel estudiante de Bellas Artes?

-R: Era buen estudiante. Tuve unas notas vergonzosamente buenas, lo que me daba posibilidad de tener beca. Me pagaban 18.000 pesetas, lo que cubría poco más de la matrícula, pero mi madre recibía orgullosa esas matrículas de honor que le llevaba.

En la carrera sólo tuve un aprobado, y fue en una asignatura impartida por un cura que se llamaba ‘Liturgia cristiana'. Lo que mejor se me daba era la parte práctica: Dibujo, pintura, anatomía…

Cuando cursaba cuarto año de carrera, el Ministerio de Asuntos Exteriores convocó unas becas para ir a la Academia de España en Italia, y mis profesores me animaron a presentarme.

Mi madre sintió mi marcha, pero, al mismo tiempo, se alegró mucho.

-P: Tuvo una relación muy especial con su madre…

-R: Yo fui el hijo menor, nací cuando mi madre tenía 40 años, y mi relación con ella fue muy fuerte.

Cuando me dieron la beca para marchar a Roma, le pregunté por qué me había apoyado tanto, ya que lo cierto es que formarme fuera fuera de España me puso en una situación muy complicada, pero ella me dijo: “hijo, yo estaba segura de que tú podías llegar”.

     
   
     
 

"Cuando empecé a pintar me abastecía del universo que había a mi alrededor, sobre todo la materia y la luz "

 
     
     
 
Ciudadano del mundo

-P: El viaje ha sido para usted motivo de inspiración permanente.

-R: Aprendí desde muy niño a tener curiosidad. En este sentido he tenido la suerte de que mis dos abuelos han sido también muy curiosos. Uno de ellos era pastor, el otro era Jesús Cano, el zurdo, que tenía una relación muy curiosa con África, ya que allí vendía fruta, llevándola desde el puerto de Cartagena. También traía pescado al pueblo. Me contaba unas historias muy exóticas. De alguna manera fue él quien inoculó en mí esa curiosidad del viaje que me ha acompañado durante toda mi vida.

El viaje ha sido para mí uno de los resortes más importantes para entender esa enorme enciclopedia que es la vida. Me ha dado todo lo que soy. Si no fuese por el viaje, tú no estarías hoy aquí. El viaje es para mí una fuente de energía.

-P: Y hablando de viajes, desde Madrid marchó usted a Roma, donde ya quedó instalado…

-R: En Roma mi situación económica cambió considerablemente. Allí disfrutaba de dinero suficiente, pues la beca que me pasaba el ministerio consistía en 14.000 pesetas mensuales, lo cual era mucho dinero en aquella época.

También me proporcionaron un estudio magnífico. Intenté integrarme en aquel país, aprendí la lengua y me introduje en sus entrañas, en su cultura, en su cine, en su teatro, en su arte…

Los envíos anuales que debía hacer para corresponder a la beca eran muy importantes para mí. Copié un fresco de Masaccio, para lo que tuve que obtener permiso de la iglesia. Recuerdo que un americano me lo quiso comprar, pero me negué, pues debía enviarlo a España. Sin embargo, sí que fue a mi estudio y me compró cuatro dibujos, por los que me pagó 300 dólares, algo increible para mí.

-P: La Italia de aquella época era muy diferente a España, eso produciría en usted una considerable impresión.

-R: Fueron años impactantes, años de libertad. Roma fue un descubrimiento. Me dí cuenta de la oportunidad que tenía al alcance de la mano: la cultura italiana, la pintura del Renacimiento, la pintura romana, Pompeya…

En el aspecto personal Roma también fue importantísima, allí empece a tejer toda clase de relaciones. En Roma me casé, he estado casado 29 años con una italiana, aunque ahora estoy divorciado. Ella dice que deshicimos la relación la porque la usamos demasiado, yo coincido con ella en eso.

Cuando nos casamos nos fuimos a vivir a un pueblecito a 30 kilómetros de Roma, a orillas de un lago, Anguillara.

Fue allí donde empecé mi trayectoria profesional.

 

Un pintor llamado Pedro Cano

-P: ¿Recuerda su primera exposición?

-R: Perfectamente, la hice en Beirut en 1973. No pude ir, lo hice todo a través de telégramas, pero vendí mucho y bien. Cuando me llegaron los cuadros que no había vendido, junto a una suma de dinero que entonces me parecía enorme, pensé que podría vivir de eso.

Tuve la suerte de que, muy pronto, una muy buena galería de Roma, la galería ‘Giulia', quisiese trabajar conmigo. Ellos son los que me han seguido durante muchos años, y han llevado cosas mías a muchos lugares del mundo.

-P: Como dice usted, es un privilegio trabajar en algo en lo que se disfruta…

-R: Nunca he visto el trabajo como una obligación. Nunca he dejado de sorprenderme por lo que hago, y lo hago con gusto. Lo que sí es cierto es que trabajo todos los días y lo hago durante muchas horas. Pero no lo siento como una obligación, casi nunca tengo encima mío a alguien esperando. Me gusta que las cosas salgan poco a poco, sin forzarlas.

-P: Yemen, Siria, Estados Unidos, Egipto Jordania, Italia, es usted un viajero empedernido ¿qué busca en sus viajes?

-R: Durante el viaje, la relación con los sitios resulta muy complicada. Sabes que sólo vas a estar allí horas o días, y tienes que capturar todo muy deprisa, darle un bocado a aquella realidad. La visión del viaje es repentina, casi de amor violento.

Muy distinto es cuando se permanece en un lugar. En Nueva York, por ejemplo, estuve cinco años. Sólo cuando llevaba allí mucho tiempo me di cuenta de que allí había algo arcaico: empece a descubrir los depósitos cilíndricos de agua, los tejados de las casas, a veces cubiertos de asfalto negro, una serie de claves que fueron invisibles para mí durante mucho tiempo.

 

De Roma y otras ciudades

  -P: ¿Qué ciudades le han inspirado más?

Aparte del sitio donde he nacido, una de las ciudades que más me ha inspirado, ha sido Roma, un lugar que he usado y donde he vivido.

Una ciudad que me ha impresionado de forma singular es la isla de Patmos, que considero uno de los lugares más bonitos del mundo. Su silueta se parece a un caballito de mar. Me impresiona su atemporalidad, es como si se hubiera congelado el tiempo. Cuando llego allí no sé si estoy muerto o por nacer, es como si existiera otro universo flotando en el ambiente. Resulta difícil conjugar el arte y la vida de un modo tan rudo, tan bello, tan sofisticado… Allí tengo buenos amigos.

Italia es un país lleno de ciudades maravillosas. Palermo, por ejemplo, constituye un palimpsesto entre árabe y cristiano. Yo creo que en ningún lugar están reunidos oriente y occidente como en ella. También Nápoles es una ciudad maravillosa.

Otra ciudad que me gusta mucho es Nueva York. Visitar ahora Nueva York es como visitar Roma en tiempo de los Romanos, o Babilonia en su momento de esplendor. Nueva York es hoy la capital del mundo, con todo lo maravilloso y lo horrendo. Es una ciudad bonita en sí misma por lo que tiene de desafío a las alturas y todo ese mundo de contrastes que alberga.

-P: De alguna manera le gusta permanecer en una ciudad hasta que desentraña sus misterios.

-R: Hay dos tipos de viaje: el viaje epidérmico y el viaje del conocimiento. Este último sólo se llega cuando te relacionas de forma íntima y más prolongada.

-P: Pero hay veces que le ha surgido el flechazo de forma inmediata. La ciudad iraní de Bam, por ejemplo, le cautivó y le inspiró mucho, a pesar de que sólo estuvo un día en ella.

-R: Mucho. Imagínate la de cosas que podría haber hecho de haber estado en ella más tiempo.

-P: De alguna manera, cada entorno influye sobre usted, sobre su ánimo, sobre su inspiración, de una manera distinta…

-R: Sí, pero eso resulta normal. Cada sitio influye en tu forma de ser de modo diferente. Aunque yo, cuando me muevo, casi siempre lo hago hacia el sur y hacia el Oriente. De alguna forma, soy el fruto del lugar en el que he nacido, en el que se da una mezcla de lo árabe, lo cristiano y lo judío.

Me admira la enorme cultura de estos lugares. A veces las cosas están demasiado abandonadas, pero es fácil ver que el mundo nació por esas partes. El último viaje que hice a la zona fue a Libia, y resultó un viaje complicado porque yo no lo quería hacer en grupo. Pero los lugares son maravillosos: Apolonia posee un teatro en el que el agua entra dentro de la escena. Los contrastes son asombrosos: recuerdo que delante de esto había un enorme basurero con cosas quemándose.

-P: ¿Cuáles son sus pintores de referencia?

-R: Me gusta muchísimo la pintura italiana en general. Piero della Francesca es posiblemente el pintor que más me ha inspirado… Pero, aunque todo el primer renacimiento es muy atractivo para mí, la pintura que más me gusta es la romana: la pintura de la casa de Livia o los frescos de Pompeya… Ese material tiene algo muy especial para mí. Esa pintura romana era muy severa y, al mismo tiempo, muy naif , posee una tensión formal enorme y un placer muy grande en la elaboración del trabajo.

-P: ¿Conocía ya esa pintura cuando llegó a Roma?

-R: Me habían hablado de ella. Particularmente Antonio López. Pero realmente no la había visto nunca. Cuando vi la casa de Livia me impresionó mucho y me pareció que era eso lo que yo iba buscando. Se trata de una casa que está pintada entera como un jardín. Es algo soberbio.

-P: Ha comentado antes que puede desenvolverse en griego, pero me consta que usted domina varios idiomas…

-R: El italiano lo hablo y lo leo como el español. Hay libros que no sé si los he leído en un idioma o en otro. Me manejo en inglés, aunque no lo hablo bien. También un poco de griego, pero me resulta difícil

-P: Lo que sí que tiene facilidad es para expresar sus sentimientos con la pintura. ¿Qué intenta transmitir con sus obras?

-R: Cada momento conlleva una situación diferente. En estos momentos estoy trabajando en Italia con unos cuadros muy grandes que incorporan figuras de dos metros de espaldas. Intento desarrollar el tema de la identidad. Qué es para nosotros la gente que camina delante, a quienes no vemos el rostro, o, a la inversa: qué somos nosotros para ellos cuando sólo nos ven la espalda.

Mi exposición de clausuras, eran doce puertas cerradas, enclavadas, con las que reía expresar algo muy diferente a cuando dibujo una flor. Cada obra, cada momento, contiene un mensaje que se intenta transmitir.

 

     
 

"El viaje ha sido para mí el resorte para entender la vida"

     
   

 

Poniendo imagen a las palabras

-P: Al margen de los pintores, usted se ha sentido atraído por la obra de determinados escritores –Brecht, Yourcenar…- Quizás su trabajo sobre ‘Las ciudades invisibles', de Italo Calvino sea su obra más destacada en este sentido ¿Cómo fue ese trabajo?

-R: Yo no conocía la obra. Sí que conocía a Italo Calvino, que vino a una de mis exposiciones y me dijo cosas muy bonitas de mi trabajo. Una vez muerto coincidí con su viuda, que vino a ver una exposición mía y compró varios cuadros. Me comentó que a su marido le gustaba mucho mi pintura. En aquella ocasión me regaló el libro de ‘Las ciudades invisibles'. Me pidió que lo leyera con atención.

Son muchas las cosas que están presentes en el libro. Pensé en muchas formas de acercarme a él. Durante años fui madurando la idea y pensando en distintas maneras de acceder a él. Hubo imágenes que espolearon mi inspiración, pero otras me costaron mucho más. En un principio yo tenía pensado hacer solo 12 ciudades, pero Esther Calvino, me aconsejó encargarme de todo el trabajo, las 55 ciudades. Fueron tres veranos en Anguilara, trabajando todos los días. Recuerdo que un estudiante me preguntó cómo me sentí cuando finalicé el trabajo, y yo le contesté una sola palabra: ‘exhausto'.

Resultó un trabajo muy complicado, pero me ha dado muchas satisfacciones. La exposición ha estado en Roma y va a viajar a Palermo, a Florencia… Espero que cuando vuelva España pueda verse en varios lugares. Estoy contento con este trabajo, porque mezcla la literatura con la pintura, con el viaje… Son muchos espejos mirando hacia muchos sitios.

-P: ¿Qué esta preparando ahora?

-R: Quiero trabajar en una especie de geografía afectiva en la que el mar sería como un telón de fondo invisible: Patmos, Venecia, Alejandría, Cartagena, Nápoles… Me gustaría que fuera como una especie de visiones, de atmósferas, de luces, de paisajes… Serían cuadros de gran tamaño.

También tengo desde hace muchos años una idea de hacer un trabajo sobre Sebastián y Salomé.

Tengo muchos proyectos, pero el más bonito es levantarme todos los días y poder trabajar en lo que hago.

-P: ¿Qué piensa de las nuevas tecnologías en el arte: son una ayuda o una manera de disimular carencias?

-R: La gente que trabaja como lo hago yo, sin artilugios, es cada vez más rara, sobre todo cuando se hacen cosas de tipo figurativo. Y no hablo de lo que hacía por ejemplo Andy Warhol, que hacía cosas de tipo seriado pero no engañaba a nadie, lo triste es cuando la gente hace cosas mecánicas y las pasa como si fuesen de tipo manual. Eso es un pequeño fraude.

A mí me gustaría que la gente joven comprendiera que no todo se soluciona con un ordenador, que está muy bien que exista, pero que es necesario saber usar las manos. Un ordenador ofrece muchas posibilidades, pero están limitadas a lo que previamente se ha introducido en él. En cambio, la cabeza es ilimitada para proporcionar ideas.

-P: Cuando llega al estudio, como se dispone a realizar sus obras: ¿Se empapa de esta luminosidad, de este colorido del paisaje de Blanca?

-R: Lo primero que hago es ambientarme. En esa silla que tienes enfrente ha habido rosas, higos, limones, naranjas, hortalizas… Me gusta tener a mi lado lo que estoy pintando. También pongo música. Antes de empezar a pintar me gusta dar un paseo por la huerta.

En Anguilara me gusta andar por el lago, alrededor de ese enorme espejo. Antes de comer a veces llego a Villa Torlonia, que constituye un paseo precioso. Cada vez siento más necesidad de la naturaleza. La naturaleza me da vida.

-P: ¿Qué supone para usted la concesión del doctorado Honoris Causa por parte de la Universidad de Murcia?

-R: Supone un orgullo inmenso. Me gustaría poder ser útil en la medida de mis posibilidades a la universidad de Murcia. Ya he trabajado en varios seminarios en universidades de Italia, Alemania y Estados Unidos.

Me gusta mucho trasvasar lo que he aprendido. He tenido muchos alumnos que después me han buscado para enseñarme sus obras, y esto es muy importante para mí.

 

   
 
barra

 

contactar

 
 
inactivo inactivo
 

escudo UMU

© Universidad de Murcia, 2003 
Comunicación y Proyección Universtitaria
Vicerrectorado de Extensión Cultural y Proyección Universitaria
Avda. Teniente Flomesta nº5 30003 -Murcia. Telef. 34-968 363624 /25
inactivo inactivo