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De chinos, chinas y chinicas

 

 

José García Clavel

Profesor Titular de Estadística Aplicada en la Universidad de Murcia

 

     
         
   

 

En el momento de escribir estas letras, acaban de bajar la antorcha olímpica del Qomolanga -al que por estos pagos llamamos Everest- y de aquí hasta que empiecen los Juegos van a hacer tiempo paseándola por China: nueve millones y medio de kilómetros cuadrados permiten diversos itinerarios.

Mientras tanto, en Occidente, ha comenzado un debate sobre la conveniencia o no de boicotear los Juegos Olímpicos. Los motivos son diversos: desde luego está el tema del Tibet y sus monjes budistas; luego está el asunto de los recelos que despierta su balanza de pagos y su economía; y lo de la contaminación medioambiental; y lo de la censura a los internautas; y el desprecio de las autoridades a los Derechos Humanos...

Pese a todo, no soy partidario del boicot. Primero, porque no parece razonable castigarles ahora, si en su momento se hizo la vista gorda: Pekín fue designada sede olímpica en 2001, cuando todos esos motivos eran bien conocidos, incluida la situación del Tibet cuya capital, Lhasa, ya fue ocupada por el ejército chino en 1720, y por el inglés en 1904.

Tampoco boicotearía los Juegos en consideración a los deportistas. Muchos de ellos llevan tiempo entrenando duramente, viviendo para esas tres semanas olímpicas en las que el resto de los mortales repasamos, como cada cuatro años, que no es lo mismo remo que piragüismo, que existe la clase Finn, y que con un ippón a tiempo puedes ganar un combate de judo.

Pero sobre todo no soy partidario del boicot a los Juegos porque pienso que la situación la tienen que arreglar los chinos: no podemos llegar desde fuera para decirles lo que tienen que hacer. ¡Como si supiéramos que es lo que más les conviene! Pero vamos a ver ¿qué sabemos la mayoría de nosotros de los chinos? Que son muchos y amarillos, que comen arroz con palillos, que antes no podían entrar en la Ciudad Prohibida , que descubrieron la tinta y la porcelana... Anécdotas y simplificaciones o a veces, por desgracia, cuentos chinos.

Porque ahora estamos descubriendo que, durante décadas, nos han estado engañando y en Occidente no se ha conocido lo que realmente estaba pasando allí. Que al igual que ocurría con los Países del Este, un eficaz servicio de propaganda intoxicaba, o a veces compraba, a una parte de los intelectuales y políticos occidentales. Y como lo que vamos conociendo es, por ejemplo, que durante el régimen de Mao decenas de millones de chinos fueron asesinados, es lógico estar preocupado porque aún sigan gobernados por un régimen comunista que se declara heredero de él y se esfuerce por perpetuar su mito. Pero la solución no estoy seguro que la tengamos nosotros y, ciertamente, no está en el boicot a los Juegos Olímpicos.

Me parece que la solución de la China está en las chinas y los chinos, en cada uno de ellos: son mil doscientos millones. Es decir: hay mil chinos por cada murciano. Suponiendo que en nuestra Región haya, tirando por lo bajo, doscientas personas espabiladas, en China, de mantenerse la proporción, tiene que haber doscientas mil. Y aunque sea alguno menos, la purga de la Revolución Cultural no puede haber terminado con el genio creativo de un pueblo que escribe con ideogramas y puso puertas al campo con la Gran Muralla.

Son ellos los que tienen que descubrir y transmitir, hablando en chino en este caso, que por ser personas son libres. Que tienen derecho a tener una religión y una familia y una vaca y una tahullica con un naranjal si les da la gana. En definitiva, que tienen derecho a todas esas cosas que, gracias a la filosofía griega, el derecho romano y la religión cristiana, nosotros ya dábamos por supuesto siglos antes de que la ONU los declarara Derechos Humanos. Pero tienen que darse cuenta ellos, a su ritmo y a su manera: no podemos imponérselo.

La China es como un gran elefante en movimiento, conducido por un flacucho mahout sentado en su chepa. Ese chino canijo puede conducirlo dándole pataditas detrás de las orejas: está en el puesto de mando y el elefante le obedece. En cambio Occidente, a los lados del camino, sólo puede protestar, manifestarse: poner chinas. O boicotear los Juegos. Pero todo eso es irrelevante para la marcha del elefante: lo relevante es el chino. Por eso, me temo que Occidente terminará ganándose un trompazo.

 

 
     
 
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