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Jarauta: lenguas confundidas

 

 

 
   

José Muñoz Clares.

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La conjura de los necios, propensión irrefrenable a echar abajo los picos de inteligencia que surjan en nuestro entorno, ha propiciado comentarios desafortunados sobre el habla jarautí , pretendidamente ininteligible. Pero mi conjura es otra.

Hace apenas unos días el profesor Jarauta dictó una conferencia incalificable (me falta encomio, quiero decir) titulada “De Babel a Alejandría”, acto inaugural de la recién estrenada licenciatura de Traducción. Los dioses bendigan al vicerrectorado por el acierto en la elección pues nos condujo el profesor, en auténtico nomadismo intelectual, desde Babel como ciudad en el reino del mythos hasta Alejandría en el reino del l ogos ; ciudad por tanto, la última, transitable, conocible, donde el gran Alejandro se propuso juntar las lenguas que Yahveh había confundido ante la amenaza de los hombres unidos bajo una sola voluntad, bajo una sola lengua. La confusión, entonces, no fue castigo sino prevención: Dios teme a su criatura y a las primeras líneas del Evangelio de Juan: en el principio era la palabra y la palabra era Dios.

Con ser lo anterior polaridad fértil de por sí, el rasgo iluminador surgió del entendimiento, ahora sí esclarecido, de la razón que llevó a Caín a dar muerte a Abel. Abel, el nómada (del griego nomas/nómados , numida, y antes de nomeús/nomeós , pastor: Numidia entendida como pueblo de pastores) ¿para qué se iba a darse leyes pues la ley es siempre territorial y el nómada ignora fronteras? Caín, agricultor condenado a la tierra, hubo de matar al hermano viajero para que surgiera lo sedentario y, de ello, la ciudad, auténtica creación basilar de lo moderno y, por tanto, de toda ciencia. La sangre sacrificial de nuestro empeño por aprender es sangre de hermano, o lo que es lo mismo: Caín era tan necesario como Judas para el buen fin de la obra. Eso nos hizo conocer el pecado que Oppenheimer extendió a la física, aunque felix culpa , pecado venturoso: Alejandría era la meta que la redondez del mundo ocultaba; estaba allí, tras el parricidio común en que tenemos blandamente situada la cita bíblica.

Entre medio, anécdotas iluminadoras, imágenes de la Babel plástica desde Brueghel en adelante, el libro asiático atado por lazos y lazos que sólo lee quien lo puede leer. Y Agustín descubriendo perplejo que mientras en Alejandría todos leían en voz alta, pues nadie entendía el misterio de la lectura para sí, Ambrosio leía y se instruía en silencio. (Algún día, más allá de esta revelación, habrá que tratar del perverso Agustín que dejó enhebrada su defensa para el valle de Josafat, esas Confesiones, ese “mira Dios lo que escribí” y perdóname pues fui bueno o, al menos, lo quise ser; ultra , la cuestión de por qué la diversidad de los tiempos de Jesús el Cristo, fariseos, saduceos, esenios..., ha quedado reducida a lo farisáico; otra conferencia se hace precisa)

El hemiciclo de Letras estaba lleno al principio. Luego, cuando el placer del pastoreo intelectual estaba en lo más alto, las vírgenes necias fueron abandonando la sala, sonó algún móvil, la imagen de la torre proyectada en la pantalla acogió sombras furtivas que huían: viva imagen de las lenguas confundidas huyendo de la Babel ensordecedora. ¿Un tercio? Quienes nada habíamos abandonado al entrar o, lo que es lo mismo, quienes todo lo habíamos olvidado al entrar, seguimos hasta un final dirigido a los alumnos que quieren conocer las lenguas de Babel: jugad con las lenguas, haced vuestra propia interpretación, que Gutemberg nos dio el con qué pero Lutero redondeó el para qué. No basta ser instruido: es preciso ser instruido en la libertad de la interpretación. Haced como yo (dijo) y juntad las lenguas en una gramática universal y distinta; y yo entendí: que os sirva para comunicaros con Caín y también con el fantasma de Abel, con esa cosecha de remordimientos inextinguibles (Conrad), con la aventura de saber sin más finalidad que el determinar con precisión las fronteras de nuestra ignorancia, que ya luego vendrá la muerte a juntar otra vez todas las lenguas.

Al acabar, una precisión impertinente: echo de menos, le dije, las Torres Gemelas cayendo con más de cien lenguas dentro. Me tomó del brazo con brío: habérmelo dicho, hubieras debido intervenir... La conferencia era tuya, dije, y esa conclusión también pues nos has llevado a ella.

Robespierre a su verdugo: enséñales mi cabeza, se lo merecen.¿Se lo merecían? Quizás sí. Bien haría esta Universidad en enseñar las cabezas que la honran, aunque para ello crean algunos que primero hay que cortarlas.

José Muñoz Clares. Derecho penal.

 

 
         
 
           
       
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