La sospecha de maldad voluntaria en la naturaleza es una grave cuestión moral, el corazón mismo de una Teodicea que busca el origen del mal en el entorno de una creación por entera debida a Dios y acogida, por tanto, a la bendición general del séptimo día. A tal respecto, gracias a la finura expresiva y curiosidad del profesor D. Francisco Tomás y Valiente (del que nos privó ETA en 1996) contamos con una impagable narración de la última vez que la Iglesia Católica planteó pleito a la naturaleza por sus desmanes .
Diócesis de Madrid, un villorrio entre Villacastín y el Espinar sito en término de Párraces; corría el año 1650 cuando se instruyó causa canónica contra una plaga de langostas que asolaba ya por cuarto año consecutivo los campos y tenía por ello muy menguado el diezmo que en especies cobraba la parroquia y olvidados los sufragios por las ánimas del Purgatorio con el consiguiente perjuicio sobrenatural. Otros obispos habían puesto antes pleito a ratones, langostas (es fama que El Tostado consiguió que las langostas se recogieran en una cueva una vez conminadas) y hasta contra las golondrinas que con sus heces afeaban una ermita. Sobre tales precedentes, el cura encargado de instruir la causa se aplicó a la tarea con rigor de auto de fe no sin sortear un escollo que podía complicarlo por herejía: si las langostas venían del Demonio (autorizado a todo mal con los fieles desde el libro de Job) era preciso dirigirse contra ellas “compulsoria y execratoriamente” y excomulgarlas por diabólicas; mas si obedecían a una orden de Dios en castigo del vecindario por su poca fe, procedía entonces dirigirse a Dios en rogativa “por modo deprecatorio” para que perdonara al pueblo y se llevara la plaga. De entrambas triunfó la tesis demoníaca y al fin se impuso a las langostas la pena de destierro. El asunto acabó mal pues las langostas manifestaron una olímpica y temeraria indiferencia ante las advertencias sobre su excomunión latae sententiae si no se sometían; no se conmovió su ánimo y, al contrario, prefirieron seguir fieles a su naturaleza de langosta aun cuando con ello arrostraran las penas del infierno y la condenación eterna.
Acabó el pleito aquel y, que se sepa, nunca jamás intentó la Iglesia católica plantear pleito a la naturaleza; finalmente se impuso en la Cristiandad una forma de Teodicea light que atribuye a Dios sólo lo bueno y al Diablo todo lo malo, de modo que cuesta trabajo imaginar, desde lo que nos predican, si el Hijo hubiera aprobado los planes del Padre para la solución final aplicada a Sodoma y Gomorra.
Ahora, como quizás sepa el lector, sostienen los fundamentalistas musulmanes que el maremoto del sureste asiático lo envió Alá para castigar a la población por la sodomía de la isla de Phi-Phi y por la falta de celo islámico en la población, y ello porque donde la ola arrasó con todo dejó en pie las mezquitas. Dicen ellos “milagro, milagro” y replicamos nosotros “industria, industria” ( El Quijote , segunda parte, cap. XXI, asunto de Quiteria y Basilio) pues la construcción de las mezquitas a base de columnatas las convierte en estructura que ofrece menos resistencia al paso del agua, aparte de que las mezquitas, gracias a las donaciones de los fieles musulmanes, se construyen de obra y no de madera como las casas arrasadas de los fieles musulmanes. Los templos, por tanto, no se han salvado por designio divino sino por razones algo más prosaicas; los europeos lo sabemos porque de los trazados medievales de nuestras ciudades han sobrevivido masivamente los templos pero no las casas de particulares. Y por si alguna duda quedaba sobre el proceder “igualitario” de la naturaleza, ya Voltaire , cuando el famoso terremoto y luego maremoto de Lisboa de 1755, en medio de la pesadumbre, encontró algo de consuelo en la forma en que el maremoto había tratado por igual a plebe y clero, segando vidas de reverendos padres inquisidores cuando tenía a su disposición descreídos e infieles para haberse llevado.
La cultura musulmana, su clero, su sociedad civil, llevan siete siglos de atraso (los que van desde el nacimiento de Cristo hasta el de Mahoma ) y no han alcanzado aún una postura como la occidental que, pertrechada tras el irreverente y certero refrán “tú cree en Dios y no corras”, deja ya muy poco margen a los milagros; por eso no nos extraña que el mismo terremoto acabe por completo con la ciudad de Bam (Irán), protegida de Alá pero construida de barro, y sólo produzca en el infiel Japón un muerto por infarto. Los musulmanes hacen de ello una cuestión teológica mientras nosotros lo vemos reducido a una pura cuestión de resistencia de materiales. En definitiva, occidente no muestra ya ninguna sorpresa ante el hecho de que los dioses manifiesten su predilección por los edificios bien cimentados y, en general, por el hormigón armado.
Estamos los occidentales ya muy lejos de una interpretación de lo natural en clave mágica como gustan aún los musulmanes. Seguimos en el riesgo pues a principios de los 80, cuando dio la cara el SIDA, algunas voces católicas se alzaron con idéntica salmodia: el SIDA es la cólera de Dios por el pecado sodomita. Luego, la indiscriminación de víctimas (caía tanto el padre pecador como el hijo inocente) sembró de dudas el campo y la tesis se abandonó: el SIDA no es más que otra enfermedad, concluimos. Y a tal punto llegarán algún día los musulmanes y dejarán de preguntarse si los maremotos viene de Dios o del Diablo; simplemente vienen, dirán entonces, y construirán sus casas de manera que aguanten el embate. Pero antes tendrán que ponerse al día y traer su cultura a los espacios imprescindibles de libertad y sentido común usuales en occidente.
Siete siglos de atraso marcan la diferencia pues suponen haber alcanzado o no un estadio del pensamiento científico que nos libra de lecturas supersticiosas del devenir cotidiano. Por eso occidente tiene una oferta de cultura y convivencia para el planeta que el Islam no está en condiciones de dar, precisamente por algo que también en su día dijo Voltaire: “Los que hacen que creas cosas absurdas pueden hacer que cometas atrocidades.” Absurdo es creer y hacer creer que el tsunami respetó las mezquitas por voluntad divina y también lo es predicar una vía hacia el paraíso a través del asesinato indiscriminado de infieles. Tendrán que acabar con todo eso y aceptar estoicamente los desastres naturales pues, mientras no lo hagan, es un hecho que en la frontera actual de Europa con el mundo islámico (Turquía) el movimiento que se aprecia es de fuera hacia dentro: son los turcos los que se acercan a nuestra postura y no la UE la que se islamiza.
Tomás y Valiente, F. Y otros, Sexo barroco y otras transgresiones premodernas, Alianza Universidad, Madrid 1990.