Manuel Díaz Guía.
Si no recuerdo mal, hará aproximadamente
dos décadas que apareció el primer ejemplar de “Campus”.
Gobernaba la Universidad de Murcia el equipo del recto (además
de rector) D. Antonio Soler Andrés, y supervisaba el área
entonces denominada “De extensión cultural”
D. Fernando Muñoz Valcárcel.
La conversión del antiguo Boletín Universitario
–listado más o menos exhaustivo de las actividades
de la casa- en periódico tenía un alcance mayor
de lo que a primera vista podía suponerse. Visto con la
perspectiva de los años, se me antoja que aquello fue una
declaración de principios. Se abría una puerta a
la opinión; una puerta reglada, estructurada, y dirigida
de manera absolutamente profesional por el equipo directivo de
la revista, encabezado por el profesor Pozuelo. Además,
esta iniciativa era colofón de un período de rara
efervescencia cultural dentro de la propia corporación,
en la que se estructuraron disciplinas no exactamente académicas
a través de las denominadas Aulas.
Se diseñó la publicación intentando un equilibrio
(a menudo logrado) entre las indispensables secciones y las aportaciones
ocasionales, con lo que se logró crear un verdadero medio
para el debate y la reflexión, o lo que es lo mismo, un
foro orgánico.
Tengo la sensación más que la indubitada convicción
de que en todos estos sentidos “Campus” fue pionera.
Su éxito lo atestiguan, no ya su enorme tirada para un
periódico de esta especie, sino sobre todo la celeridad
con que se agotaban los ejemplares, nada más ser repartidos
por los puntos estratégicos. No ya la fama de algunos de
sus articulistas, sino la cantidad y calidad de esas ocasionales
colaboraciones de quienes formaban el tejido universitario.
La verdadera dimensión de la primera etapa de “Campus”
queda puesta de manifiesto por la dura selección de los
artículos publicados.
Su importancia en la vida universitaria se demuestra por las intrigas
palaciegas, alguna censura, y por el miedo que llegó a
suscitar en ciertos sectores.
Cuando las enmucetadas autoridades convinieron que aquél
experimento excedía las previsiones tolerables para una
existencia pacífica y armónica de la gobernación
de la Academia, optaron por “la calle de en medio”;
esto es, limitaron los contenidos a los del viejo boletín
universitario, respetando un formato de revista. Una vez vacía
de pensamiento y crítica, el propósito se cumplió:
la publicación dejó de interesar, y so pretexto
de ser un gasto inútil, fue rematada definitivamente hace
unos años, dejando paso a un magnífico, administrativo
y claustral silencio.