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LA NOVELA DE AVENTURAS

Amando López Valero

Señala José María Bardavio que la novela de aventuras es un género ambiguo, y que esta ambigüedad proviene de su falta de límites. Al explorar lo ilimitado se presenta como un discurso son fronteras. Sin embargo desde su aparición en la Odisea , pasando por la novela bizantina, el Quijote y Robinson Crusoe , hasta llegar al Tarzán de burroughs, los relatos de aventuras han adoptado la novela como medio de expresión.

Por su parte Juan Ignacio Ferreras, aunque defiende este tipo de novela como “la más vieja e indestructible” añade que “la novela de aventuras ha escoltado siempre, muy poco respetuosamente, a la verdadera novela”. Nosotros no queremos aquí introducirnos en controversias teóricas acerca de este género narrativo, que si bien ha gozado en períodos históricos de una gran acogida por parte de la crítica, sin embargo el hecho de ser aceptada por el público infantil y juvenil ha provocado un “cierto” olvido de ella, nada justo.

Desde estas líneas queremos defender que la aventura es la esencia misma de la ficción, pues se trata de la irrupción del azar o del mismo destino en la vida diaria, produciendo cambios radicales, de ahí que sea la preferida por el joven o incluso por el niño. Dejando aparte las “clásicas” y “grandes” novelas de este género, conocidas por todos, se hace necesario resaltar el momento en que esta forma narrativa irrumpe en los medios infantiles y juveniles.

Antes de llegar al Romanticismo, movimiento propicio a la aventura, en Francia, hacia 1964, Fenelon había comenzado a Escribir Aventures de Telémaque . Se trata de un libro basado absolutamente en la Odisea de Homero, siendo ofrecida por primera vez a la juventud una continuación del poema griego en francés. Su escritor tan sólo quiso mostrar a los jóvenes que su propia lengua es tan rica y poética como la de los “dioses”.

La obra produjo un gran escándalo, ya que se vió en ella una sátira de la época y una novela de clave, algo en lo que no había pensado su autor. Publicada íntegramente en 1717, tras la muerte de Fénelon, fue la novela más leída y traducida de la literartura francesa, algo confirmado por Pierre Larousse quien dice en su diccionario: “Le Telémaque est sans contredit l´ ouvrage le plus achevé de la langgue français”.

La novela que a continuación más leyeron los jóvenes europeos fue Robinson Crusoe (1719). Daniel Defoe basó su relato en la aventura verídica del marinero Selkirk, abandonado en castigo en una isla desierta. Su éxito fue inmediato. Las dificultades que el héroe encuentra son un eco de las del propio autor. Este libro no sólo ha sido el más adaptado en el mundo, sino también el más imitado, basta recordar El Robinson suizo (1813) de Johann Rudolf Wyss y Escuela de Robinsones (1874) de Julio Verne.

Incluso antes, Jonathan Swift había escrito Los Viajes de Gulliver (1726), obra titulada en principio a los adultos, únicos capaces de comprender la sátira de la política inglesa en época de la reina Ana, pero que niños y jóvenes hicieron rápidamente suya, tomando de ella lo que más les interesó: las aventuras.

Será en el siglo XIX, época romántica de expansión y consolidación colonial, cuando la novela de aventuras es establezca ya como género consolidado en la literatura infantil. El niño en su paso a la adolescencia va dejando la fantasía, desarrollando un activismo cada vez mayor, su pasividad imaginativa se torna cada vez más activa, intentando introducirse en el mundo real sin violencias, de ahí que ante la novela de aventuras adopte una postura activa. Como el niño-joven siempre tiende a identificarse con el protagonista y la novela de aventuras presenta un héroe al que se le aparecen una serie de obstáculos reales que tiene que vencer, entonces se convierte en algo más atractivo para el joven que para el niño pequeño.

Si bien en un principio el niño leyó novelas de aventuras, escritas para los adultos, pronto nacieron otras con protagonista infantil y escritas específicamente para él. Siguiendo la línea de Robinson , surge La isla de los delfines azules de Scott O´Dell con una niña como protagonista, en este sentido La isla del Coral de R.M Bllantyne es considerada por los historiadores como el germen de la novela de aventuras en las que el protagonista es un niño. La isla del tesoro (1883) de Stevenson y Las aventuras de Tom Sawyer (1876) de Mark Twain serían la continuación de esta tendencia, que no ha dejado todavía de estar en las más altas cimas de la lectura infantil y juvenil. En la actualidad se multiplican las novelas de aventuras, alcanzando la mayor parte de ellas una cantidad literaria envidiable por otras obras que se tildan de tales.

Quizá uno de los problemas más agudos de la novela de aventuras sea el carácter científico o pseudocientífico que algunos autores han querido darle, lo que no le quita el interés que despierta y que nosotros defendemos.

Si en el siglo XIX varias fueron las causas que favorecieron el desarrollo de este tipo de novelas : el despertar de las nacionalidades y de las libertades a veces reencontradas, así como las grandes invenciones y el espíritu de modernidad que e afirmaba frente al espíritu nacional. En el siglo XX serán los avances científicos cada vez más sofisticados así como las aventuras espaciales las que se impondrán como temas de este tipo de novelas.

 

( Publicado en la revista Campus nº 34, Noviembre 1989 ).

 
   
     
 
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