Tribuna abierta
EL OBJETO POÉTICO
Juan Pedro Gómez
Hoy son muy pocas las personas que escriben
poesías y muchas menos las que la leen. El ritmo de vida,
el sentido de la cultura, las escalas de valores, el pragmatismo
inmediato, los objetivos sociales, hacen del texto poético
una pequeña, bonita e ingeniosa inutilidad nada rentable.
A veces, al ser tan significativa la carencia en calidad y cantidad,
algunos pocos sienten la necesidad de escribir para poder leer
aquello que les gustaría leer. No es de extrañar
que la frase de Benjamín Disraeli -“Cuando quiero
leer un libro, me lo escribo”- adquiera ahora una total
vigencia y un sentido desprovisto de cualquier tipo de engreimiento
o soberbia.
No existe, por tanto, intención lucrativa ni deseo de prestigio.
El compositor de poemas lo es incluso a pesar suyo y siente la
necesidad, de vez en cuando, de aproximarse a este quehacer literario
complejo e ingrato en busca del escurridizo estado de belleza.
Una voluntad de existencia, superior a cualquier otra motivación,
conduce al nacimiento poético definitivo. La técnica,
armoniosa y sutilmente conjugada, se somete al dominio y al virtuosismo
de ciertas combinaciones lingüísticas animadas por
la ética de la forma. Por otra parte, el fenómeno
poético responde entonces a pautas autónomas que
alivian al espíritu con cruces de sistemas de raíces
psicoanalíticas, fácilmente explicables.
Escribir poesía como encuentro o reencuentro, como liberación,
como enajenación, como protesta, como revolución,
como deleite sádico o masoquista, como proyección,
como castración, como punición, como disciplina
“valéryniana", como divertimento o como simple
eyaculación intelectual, es algo que, si se efectúa
con nobleza y honestidad, se puede contemplar como un exceso ingenuo
y privado, pero perfectamente legitimo en su sinceridad. Las brevísimas
tiradas de libros de poesía no dejan lugar a la reacción
o “feed-back” circular de un público ajeno
y múltiple. A fin de cuentas, la esencia poética
es un producto difícilmente asimilable. La digestión
poética requiere unos instrumentos de asimilación
perfectamente adiestrados. De no ser así, se corre el riesgo
de la saturación, del torpe rechazo o de la aceptación
dilettante dirigida por el esnobismo.
La amplia disposición poética, el consumo de la
mayoría, no deja de ser un planteamiento que, utópico
o no, pertenece a intereses humanos sociopolíticos o económicos.
El arte auténtico es otra cosa. Y , aunque deseable, no
es posible la generalización de unas capacidades que, de
por sí, ya son selectivas y excluyentes.
Sin entrar en complejidades técnicas, está claro
que la captación narrativa y descriptiva de la buena prosa
es mucho más cómoda que la de la poesía versal,
puesto que aquella goza de un predominio presentativo desarrollado
en el tiempo, y remite, ordenadamente, a los conceptos referenciales
del mundo exterior. El texto poético, por el contrario,
supera el referente para instalarse en sí mismo como estructura
formal y rítmica. Los impulsos semánticos, siempre
determinados por desplazamientos del significante, no tienen como
objetivo aclarar y centralizar el sentido, sino más bien
generar nebulosas de ambigüedad enriquecidas por connotaciones
y evocaciones del receptor.
Que la poesía no mediatizada por objetivos extraliterarios
es selectiva, resulta un hecho indiscutible. El producto poético,
si no se presenta como bastardo manipulador, juvenil ejercicio
o mediocre relleno musical, suele ser preferentemente elitista.
Y no sirve para nada apelar a los tópicos versales que
se repiten, como cuñas ingeniosas, en las conversaciones
cotidianas. Detrás de la oportunidad y de la agudeza no
suele haber más substancia que la que otorga una lectura
esporádica o una frase captada al vuelo.
Lo poético, como una dimensión específica
de la existencia, requiere unas exigencias mínimas para
su correcta recepción. Tales exigencias están reñidas
con la vulgaridad, la tosquedad y la incredulidad. El cultivo
de la sensibilidad y la fe poética configuran el camino
más seguro hacia la fruición de todo lo aceptable
como producto estético. Para el poeta, la sensación
de pre-existencia es algo asumido. Para el receptor, la capacidad
de re-escritura aparece una vez sumergido libremente en le estado
de disfrute.
Sin embargo, en un mundo en el que reina la trivialidad estética,
el halago fácil y la droga calmante son prioritarios. La
fantasía y el ensueño son factores relegados a los
“lentos”. Qué duda cabe que la lectura inmediata
y superficial se impone, por elemental interés o por irresponsabilidad
histórica, a cualquier tipo de aproximación lectora
de carácter reflexivo.
El deleite, la ternura y la inversión en bienes sin repercusiones
económicas, son, en este momento histórico, situaciones
y actitudes de dudosa interpretación. Pero, como el propio
Jorge Luis Borges apunta, es completamente absurda la idea de
felicidad obligatoria; tan absurda como la idea de lectura obligatoria
o fruición artística forzada. No se puede obligar
a nadie a bucear en la noche. El noble artificio del mensaje poético
se empeña en un descubrimiento sutil de la estructura rítmica
del espíritu en los gestos de las cosas; cosas veladas
por la negritud y la opacidad de lo cotidiano y de lo vulgar por
conocido.
La poesía se alimenta de símbolos y tinieblas. El
arte poético aproxima a la vida, pero sólo los iniciados
en la fatiga de la existencia , en le doloroso ritual del ser,
en la angustiosa provisionalidad del estar, están en condiciones
óptimas para intuir a través de la oscuridad. De
las grandezas y miserias humanas dan cumplida medida las pesadillas
prosísticas y los ensueños poéticos.
El arte dispone todavía de un amplio caudal de materia
poética, pero el objeto poético, el noble y humilde
artificio, se agota día a día en una silenciosa
factura. Una situación de alarmante incesto poético
conduce a un empobrecedor comercio en la fórmula creador
-consumidor. El producto se debilita y termina por desaparecer.
La justificación académica se torna insuficiente.
Y, quizás, la inmersión en las sombras, el destino
incierto y la causa perdida, constituyan y conformen los elementos
paradojales capaces de revalorizar este logro de la creatividad
humana.
Mientras tanto, los poetas, como Eneas y la Sibila, marchan “oscuri
sola sub nocte per umbra” . Ningún faro destella
en la lejanía.
(Publicado en la revista Campus nº 31, Abril 1989).