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Toda la vida en un libro

 

Victorino Polo García

Catedrático de Literatura Hispanoamericana

   
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También pudiera ser el título Un libro para toda la vida y no se alteraría el resultado de lo que pretendo decir, si con humildad y modestia, también con el sano orgullo del descubrimiento bien hallado, del trabajo realizado, día tras día, con la satisfacción del deber cumplido y beneficioso para los demás, que viene a ser uno y el mismo , como bien dejara troquelado Parménides el precursor, y Antonio Machado , que a través de Juan de Mairena y Abel Martín reveló la esencial heterogeneidad del ser, al tiempo que ahondaba en el arcano sabio de la poesía: no es el yo fundamental lo que predica el poeta, sino el tú esencial . Al cabo, un libro extraordinario y la vida, nada más y nada menos que la vida en plenitud de oriente ortocrecido.

Porque me lo han solicitado una vez más, he vuelto a meditar sobre el mundo misterioso de los libros, acerca de la bondad y belleza que rezuma la verdad de su contenido, de la última y definitiva razón inexpugnable según la cual es mejor leer que dejar de hacerlo. La solicitud viene por el Centenario , cuya evidencia produce cierta repulsión por lo coyuntural y forzado de la fecha, que dejará en diciembre toneladas de papel inútil y miles de horas perdidas en averiguar y decir las últimas originales causas de una causa que dejó escapar su fe, su esperanza y su caridad por los intersticios de un cesto de mimbre, como el agua en escapada irremediable

Acertó el desocupado lector con el prodigio: ha sido el Quijote y su circunstancia histórica la razón fundamental del convite. Y lo mismo puedo alojarme en la suntuosidad del palacio de los Duques que en los modestos aposentos de la Venta , nada desdeñables, si a bien tuviere recibirme Juan Palomeque , no obstante la presencia perturbadora de Maritornes , la garrida moza de cántaro y candil, que tanto despertó la imaginación templada del Caballero en trance de velar sus armas. Que mucho campo hay de Mancha para endigitar la péñola –espero que no mal tajada y con algún acierto en la expresión- y aventurar algunas ideas que bien pudieran ser útiles para quienes pretenden la descomunal aventura de adentrarse y leer libro tan bien compuesto que ni carro de follones ni legión de malandrines han podido con su arquitectura.

Ello no obstante y tras mucho pensarlo y debatirlo, vine a enderezar mis pasos por distinta vereda, un poco más estrecha y tortuosa, pero entiendo que mejor avenida con los tiempos que corren, no sólo difíciles y complicados para la lírica –que apena existe, y véanse para comprobar los millones de ripios que se publican por presuntos poetas cervantinos, en el sentido de los dones que no quiso darles el cielo, sino para toda palabra escrita con mensaje humano y aún humanista en la medida que los nuevos tiempos demandan.

Me acomodé, pues, al rincón de la lectura y a ver qué pasa. Pues viene a suceder que la vida y milagros de D. Quijote se ha convertido en uno de los clásicos fenómenos más proteicos y virtuales del mundo, no sólo del arte literario, incardinado en la vida normal de la personas que no limitan su experiencia y orientación a la mera capacidad zoológica del código mecanicista y repetido, sin variaciones, hasta la consumación de los siglos inamovibles; antes al contrario, intentan un camino perfectivo y sorprendente camino de la mejora, el bien sentir y el mejor pensar en este mundo tan complejo y sorprendente que nos toca vivir.

En definiva, la realización de lo humano y lo humanista por sobre otra cualquier otra implicación retardataria por más satisfacción que pudiera proporcionar lo estrictamente sensitivo del instinto y la piel como frontera no transcendida, con el dardo en la diana de vivir más y vivir mejor para que el proceso de hominización no detenga sus múltiples singladuras al modo sorprendente del viaje de Ulises , sabedores todos de que la isla de Ítaca se vislumbra en el horizonte donde aguardan, porque viven, Penélope , Laertes , Telémaco , Mentor y algún otro personaje que también importa para el encuentro feliz del final prescrito y esperado. La lectura de Homero está en el frontispicio de todo. Y también la lectura, cuarenta siglos después, del breve poema de Kavafis al amparo de la isla deseada, bajo el aviso agradecido de la tierra de promisión: Gentes venidas de la frontera, afirman que ya no hay bárbaros .

Barbarie suspendida, lectura comportada. Y aquí intervienen las tres edades tradicionales del hombre sobre la tierra. La infancia, como refugio de todos los paraísos posibles. La juventud, que brota como la misma vida despreocupada y pujante. La madurez, donde todo se serena y decanta para la purificación del porvenir inscrito en el pasado.

Los niños españoles deben leer el Quijote . Esta es la premisa mayor de un largo silogismo que bien pudiera alcanzar la categoría de sorites. Luego vendrán muchas otras premisas, para terminar en conclusión obligada: todos los niños del mundo debieran leer el Quijote , para que la vida alrededor fuera de mejor calidad y el universo se viera libre de todas las asechanzas y maldades en un futuro no lejano, capaz de armonizar con equilibrio el vivir y el soñar emparejados. No afirmo que deban aprender a leer en el Quijote ¡líbrenme los clementes dioses de tamaño desatino! Y en ello concuerdo con las prudentes palabras de Miguel Delibes , a quien amargaron un tanto la infancia con semejante práctica de acoso intelectual

Y aquí cuento mi pequeña historia de niño en pueblo castellano, con ejemplar maestro de enseñanza primaria -¿quién pudo serlo mejor que mi propio padre, integrado en la Institución Libre de Enseñanza , ecologista notable y amante profundo de la Naturaleza en toda su dimensión sin límites?- que nos inculcó el virus de la lectura inapreciable de tantas perversidades contemporáneas, de tantas ignorancias oficiales, de tan desaforados gigantes de lo políticamente correcto devastador. Recuerdo dos celebraciones puntuales en un día, si bien su estela duraba todo el curso escolar

Uno era el Día del Árbol , aglutinador de todas las tendencias ecologistas habidas y por haber. Rodeados de bosques ubérrimos, con el río Duero a pie de casa y una cabaña múltiple de ardillas a lobos pasando por elegantes corzos, la eclosión diaria de la naturaleza reflejaba nuestras pequeñas almas con las emociones a pleno pulmón de cerebro. Y el esperado Día del Libro , 23 de abril, cuya llegada anual comportaba libros humildes de encuadernación y riquísimos de contenido y forma. El ejemplar del Quijote duraba varios años, manoseado, acariciado, dejado en la plaza mientras imperaba el coyuntural deporte, un poquito mojado por el río mientras era la pesca de la trucha y el barbo insípido y tenaz. Porque todos los jueves llegaban los Jueves de la Lectura y el Quijote tenía página obligada en cada sesión de voces en concurso coral. Algún día podré explicar, si lo desearen los posibles interesados, cómo estaba organizado el libro para los niños que teníamos el placer de la lectura centrado en sus páginas. En todo caso, la imaginación desbordada, la risa confortadora y el ejercicio racional preparador de la vida, encontraban su natural asiento los jueves por la tarde.

Tras la tormenta febril adolescente, llegaba inevitable la juventud. Igual que ahora y hasta la consumación del tiempo histórico. Y con ella, el estudio reglado del bachiller que todo lo acogía camino de la ciencia y del arte. Sin discriminación de nada, la lectura suponía un grado más, bifurcado el borgiano camino complementario por el placer y la recompensa feliz de la sabiduría y lo técnico al alcance de cualquiera, toda vez que aprender más y mejor eran las metas propuestas. Versión original del Quijote , por tanto, con todos sus problemas e incitaciones, convencidos de que leer no era tan sólo una distracción en tiempo de ocio, sino sistemático esfuerzo intelectual compensador y progresivo. Los caminos de la libertad, el tiempo de la historia la ciencia como trasfondo, el espíritu cultivado al unísono con el resto de disciplinas por el estudio, la ética impecable, los comportamientos humanos solidarios con los menos favorecidos por la fortuna y la torpeza humana, la simpatía del arte como culminación de la persona nacida para permanecer. El poder y la gloria del entendimiento. Y el humor, todavía ruidoso y con aristas, como estigma y premonición de atlas montañas. Todo un proyecto de vida en desarrollo creciente, encontrado cada día en las tersas páginas conmovedoras de Cervantes el universal, horizontal con Sancho y su tierno Rucio , vertical con don Quijote y su filosofal Rocinante , aquel que respondió con ecuanimidad al activo interrorrogador Babieca : “Metafísico estáis?. Es que no como ”.

Y al cabo, la serenidad un tanto escéptica de la madurez, extensible a cuantos años resten de vida razonable, siempre que las capacidades mentales permanezcan en estado de buena realidad y esperanza, para que todo pueda ser gobernado en la cabeza por dentro, aunque la musculatura se resienta del paso inevitable del tiempo personal. Pero entonces caben dos caminos complementarios. Por el uno discurren los estudios especializados y profundos, la investigación nunca terminada, incluidas las aportaciones que pudieran añadir algún rayo de luz al edificio luminoso elevado a través de los siglos. El otro viene a ser más ancho y llano, casi como pecho de varón, desde el infinito número de personas lectoras hasta las individuales respuestas que, conjuntadas pudieran alcanzar la categoría de concierto bien armonizado. Son los tiempos de la serenidad, de las elecciones múltiples para el perfil mejor definido, la distancia en las relaciones, la hondura del sentimiento encauzado y el definitivo correr de la razón bien acomodada con el mundo y sus circunstancias.

Son los años del humor profundo jaspeado de ternura y convencido de su raíz conformadora, a cuyo sesgo de prisma sin aristas van convergiendo las esencias de la vida y sus milagros misteriosos, que al conformar sin remedio el propio proyecto vital, saliendo del caleidoscopio, pueden ofrecer algún modelo y comprensivas enseñanzas para los que llegan después en la cadena humana.

Porque entonces vienen a resonar, en el mármol tantas veces transitado, las graves palabras del caballero que regresa: “ Vámonos poco a poco, amigo Sancho , que en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño . Yo fui loco y ya soy cuerdo .” Será el momento de leer el testamento lúcido y terminante. Los tiempos de escuchar con atención silenciosa y meditada, las mandas del señor de sí mismo que ofreciendo su mensaje a los jóvenes del porvenir, que son todos en conjunto y cada uno en su indeclinable persona.

Que ya la vida está hecha, para volver a renacer en cada generación, en cada siglo, en todos los momentos que la humanidad espera como se aguarda el maná vivificador.

Y entonces brota la sonrisa imperceptible, comprensiva de todos los arcanos, compañera y espejo de un Caballero que muere, de un escritor que renace de sus propias cenizas, de Cervantes contemplando su imagen verdadera en el bisel inesperado y fiel de don Quijote .

 

     
     

 

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