La
Dignidad Humana habita en un edificio, la Civilización, que
se viene construyendo a base de textos. Algunos libros son como
cuartos de baño pulcros y relucientes en los que la humanidad
se quita las cazcarrias de la mente (las obras de David Hume serían
un buen caso); otros sirven para aportar gracia y belleza al conjunto
(el Lazarillo); los hay tan flojos y falsos que se deshacen antes
de formar parte del edificio (Susana Tararí, Susana Tarará…,
ya saben), y otros se asientan sobre el suelo del pensamiento y
actúan como las vigas, columnas y paredes maestras que sostienen
la casa entera. Tales textos imprescindibles (el Diálogo
sobre los dos máximos sistemas del mundo, de Galileo, por
ejemplo; o el Segundo tratado sobre el gobierno civil, de Locke;
o la redacción de la Constitución de los Estados Unidos;
o esas Otras inquisiciones de Borges) se distinguen por su carácter
hermafrodita, híbrido, porque no tienen un género
claro y el lector no sabe si se trata de literatura, filosofía,
ciencia, derecho, o qué. Tal ocurre con Lo que Sócrates
le diría a Woody Allen: un monstruo maravilloso con cabeza
de filósofo, garras de profesor, cuerpo de cinéfilo
y estilo de gran literato. Un libro ameno, a fuer de primoroso,
e importante, a fuer de inclasificable. Un ensayo raro y precioso.
Una perla negra en la filosofía española.
A primera vista, parece un texto de cine en el que se comentaran
una serie de películas clásicas; pero, en realidad,
se trata de un tratado de ética trabado en torno a ideas
de siempre (el amor, la felicidad, el azar, la voluntad, la muerte)
y un buen puñado de categorías muy poco manoseadas
por la Historia de la Filosofía (el apetito fáustico,
la tentación del bien o las rugosidades de la razón).
Conviene advertir también que no estamos ante un tratado
pedagógico (¡Horror!) acerca de cómo emplear
los medios audiovisuales en el aula; antes bien, el lector asistirá
al despliegue de una propuesta ética basada en una muy cabal,
briosa e interesante teoría de la naturaleza humana, con
su buena base de filosofía clásica, con sus dosis
de psicología, de literatura y de teoría económica;
aun cuando todos esos hilos se tejan sobre un telar cinematográfico
muy sugerente y extremadamente útil para cualquier profesor;
pero nada que ver con la pedagogía, y perdón por la
insistencia. Una gran obra de Filosofía, pues, más
compleja y sutil de lo que aparenta, y que se disfruta como si fuera
una buena película. La mejor novedad filosófica y
literaria en lo que va de curso, sin duda alguna.
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