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JOHN MILTON: “EL PARAÍSO PERDIDO”.

 
     

Manuel Díaz Guía

 
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Casi simultáneamente han aparecido dos ediciones magníficas en todos los aspectos de la gran obra miltoniana “Paradise Lost” (1663).

Esta vasta composición, tan épica como ditirámbica, nos introduce a una visión particular, compleja y gloriosa de la creación, partiendo del escueto relato del Génesis. Quizá para dar una idea escueta aunque precisa de lo que este texto propone, sea acertado recrear la anécdota relatada por Philip Pulmann en su introducción a la edición de la Oxford University Press de 2005: Imaginemos a un anciano terrateniente inglés a finales del XVIII; un personaje dickensiano sentado al amor de la lumbre con una buena jarra de grog en la mano. Atiende a una lectura del poema de Milton. Nunca antes ha escuchado ni leído la historia. Súbitamente se levanta y exclama: “¡No sé que resultará de todo esto, pero ese Lucifer es un tipo endemoniadamente simpático y espero que sea él quien gane!”

En efecto, quizá la primera consideración que cabe hacer al respecto de esta magna obra se refiere a la irresistible personalidad de este personaje que entronca directamente con las postreras caracterizaciones románticas y simbolistas. Satán aparece aquí como un personaje rico, complejo, libertario; contrapuesto a una divinidad fría, exactamente matemática e implacable en la realización de sus propósitos. Así, surge la asimilación del héroe al mito prometeico; y en esa misma medida resulta casi imposible sustraerse a la fascinación por el ángel rebelde y sus secuaces.

El poema se compone de 10.565 versos divididos en doce libros. Tras una invocación en el más puro estilo de los clásicos griegos y latinos, en que la Musa es identificada por el poeta con el Espíritu Santo, se nos plantea el objeto de la obra: la explicación del origen del mal en el mundo. No obstante, a medida que nos adentramos en el texto, ese aparentemente claro propósito parece desvanecerse, y el lector se ve cada más proclive a exclamarse del mismo modo que el imaginario personaje citado por Pullman. Tal vez porque como propuso William Blake en su críptico “Matrimonio del Cielo y el Infierno”: “La razón por la cual Milton escribía en grilletes cuando se refería a los Ángeles y a Dios, y en libertad cuando lo hizo acerca de los Diablos y el Infierno es porque él era un verdadero poeta y estaba de parte del Diablo sin saberlo”.

John Milton compuso su obra totalmente ciego; según describe en la misma, dictaba de mañana los versos que recibía por la noche. Así aparece representado en el cuadro de Munkacsy, así lo recuerda el imaginario.

Resulta irremediable ante la grandeza de la obra no traer a colación al paradigma literario en lengua inglesa. Como en Shakespeare, el verso poderoso, fluido, variado, nos empuja a la lectura. Asombrados devoramos el poema que nos seduce, nos hipnotiza. A estas alturas del siglo a algunos les parecerá increíble que una composición poética pueda suscitar una tensión tan enorme, digna del mejor relato de suspense. Libro laberíntico, magistral, que, respondiendo al signo del infinito matemático, nos atrapa y nos conduce, de bucle en bucle, relectura tras relectura, a plantear algunos de los problemas esenciales del ser humano: el conocimiento y la decisión.

Reseñamos dos ediciones excelsas de la obra reseñada, cuya primera traducción al español data de 1807, obra de Benito Ramón de Hermida.

Hasta la aparición de estas dos nuevas versiones solamente estaba disponible el tercero de los trabajos reseñados, la edición de Esteban Pujals para la más que digna colección “Letras Universales” de Cátedra, que a sus muchas cualidades une (tal vez no la más importante, pero sí digna de mención) la de ser encudernable según nos comenta el connaisseur B. González P.

Centrándonos en las dos ediciones, diremos que la traducción de Enrique López Castellón se acoje al muy castellano verso endecasílabo para transcribir el pentámetro yámbico original. Tal vez incurre en una excesiva infidelidad al texto, en ciertos momentos gratuita, por lo demás tan en boga en los traductores actuales a veces más pendientes de poner de manifiesto sus cualidades creativas, que en ser dignos glosadores de la obra madre. No obstante, la lectura es fluida y placentera, y sobre todo comprensible. El trabajo de edición impecable a juicio nuestro.

Mayor debilidad sentimos por la edición de Bel Atreides. En primer lugar porque opta (en nuestra opinión exitosamente) por el verso amétrico trocaico para la traslación del pentámetro yámbico, insigne verso épico inglés. Con ello consigue armonizar las cadencias a la dicción española; decimos bien dicción, pues no debemos olvidar que toda composición épica nace con una marcadísima vocación de transmisión oral. Así además, se sustrae el traductor a la difícil misión de ajustar la música interna del verso anglosajón a la secuencia endecasílaba, en una obra que, como el propio Atreides pone de manifiesto en su introducción, “desdeña la rima y estructura estrófica”.

En otro orden de cosas, debemos decir que el uso de términos arcaizantes con el fin de invitar “al lector a vivir la palabra como una entidad sonora, emotiva y plástica, al tiempo que semántica”, puede parecer un buen propósito ab inicio , empero en determinados momentos produce un cierto chirriar que nada tiene que ver con el reduccionismo léxico que la lengua española viene sufriendo. Aunque este tema sería objeto de una reflexión independiente. En cualquier caso, no parece insensato calificar el trabajo de Bel Atreides como la mejor traducción de “Lost Paradise” al castellano.

Y en estos tiempos curiosos, no queremos finalizar sin citar la traducción al catalán de Boix i Selva: “El Paradís Perdut”, Alpha, Barcelona, 1.953 en endecasílabo suelto, que Esteban Pujals califica de “admirable empresa por su respeto al original y por su fidelidad estética”.

Trough Eden took thir solitarie way”.

 

   
 

 

Abada Editores. Traducción de Enrique López Castellón. Madrid. 2005. 951 páginas. Edición bilingüe.

Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Traducción de Bel Atreides. Barcelona. 2005. 730 páginas. Edición Bilingüe.

Cátedra “Letras Universales”. Traducción de Esteban Pujals. Madrid. 1986. 509 páginas. Edición en español.

 

 
     
     

 

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