Hay libros, diría el poeta que voluntariamente callo, que nacen al dictado del corazón y que son recuentos, retratos, panorámicas incluso, de nuestras existencias. Las más de las veces, cuando hablamos de prosa poética, es así, aunque lo nieguen los autores (¿qué otra cosa pueden hacer, para no sentirse débiles?). El caso que nos ocupa no es una excepción, y hasta tal punto es de este modo que se denomina con estas dos palabras, “dictados” e “inventarios”, como si se tratase de un repaso a las lecciones pendientes, que eso es un poco el mundo de los recuerdos, un universo que, con el paso del tiempo, nos acompaña. Dicen los autores de esta obra que las palabras y los cuadros, que aparecen de manera intercalada, se concibieron con una premura, con una búsqueda de fines que nada tienen que ver con lo que finalmente podemos saborear en este libro al que dedican unos párrafos vitales. Como espectadores nos ponemos y vemos mucha libertad, y más nostalgia aún, como si fueran dos fuentes inagotables, que quizá lo sean en algún momento de nuestro devenir. El destino tiene un punto que no siempre acertamos a conocer.
Personalmente tengo que decir, porque también quien escribe lo ha saboreado en primera línea de trabajo, que me encantan los libros que recogen los olores y las pasiones, aunque parezca mentira, de la literatura y de la pintura de manera conjunta. Son dos géneros que, bien tratados, se complementan. Aquí ocurre de esta suerte, aunque los autores nos señalen que el propósito, si lo había, era otro.
Mucha simbología
En la pintura de este libro hay, sobre todo, palomas. Por lo tanto, hay mucha simbología. Nos apretamos intelectualmente a ellas para entenderlas, para atenderlas, para no dejar que se nos escapen, al igual que nosotros, contemplativos, no podemos hacer otra cosa que entregarnos a ese arte. El uso del color, la técnica y esa atmósfera casi de paraíso terrenal nos envuelven con sus magias, las del artista, que imprimen a todas las obras una definición y unas peculiaridades muy especiales. Aquí nada falla.
De la literatura, ¿qué decir? Para mí, Ginés Aniorte es uno de los mejores poetas de Murcia, y lo digo sin rodeos. Es diferente, libre, calmado, huidizo, sencillo, humilde, carismático, sonoro, cauteloso, inteligente, fino, rítmico… Podría decir muchas cosas, pero, ante todo, parece a través de su poesía, porque lo es como persona, un hombre bueno, un tipo con gustos sencillos y de una naturaleza compleja pero nada enrevesada. Utiliza un verbo tan ágil como preciso, y es seguro que nos llenamos de valentía coherente en cuanto leemos alguno de sus versos, que nos entusiasman y engatusan.
El libro está editado por la Galería Chys , de Murcia, en un acto de encomio, puesto que no es un catálogo al uso. Fundamentalmente es una obra de arte derivada del talento y del talante de dos personas que nos muestran como son, como es el mundo, y como les gustaría, igualmente, que fuese. Después de todo dan fe de ingentes sentidos y de sentimientos, eso sí, al dictado de sus corazones, que se abren de par en par en un frágil inventario de ideas que fluyen, que se mezclan y que se inmiscuyen en el intelecto del lector de una manera muy sabia. Abran esta obra, y miren, y lean, y sueñen…
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