Estas fueron las palabras pronunciadas por Pedro Soler.
Gracias por su asistencia, que estará impulsada, indudablemente, por la devoción que ustedes sentirán hacia la pintura y la obra literaria de Ramón Gaya; o bien por ser fieles adictos a saborear los libros embellecidos que, de cuando en cuando, y con sabor muy murciano, Pictografía coloca en sus manos o en los escaparates de las librerías. Sea cual sea la razón, muchas gracias de nuevo.
Dicho esto, les voy a recordar durante unos minutos la figura de Ramón Gaya, porque es el protagonista esencial de este acto. Y lo voy a hacer con la emoción propia de quien lo pudo tratar con cariño y amistad, porque lo conoció poco tiempo después de que el pintor volviera a su tierra, tras esos años de lejanía, que sí me niego a recordar. Creo que superó los males que conlleva la distancia obligada, y él fue quien nos dejó unos cuadros espléndidos de aquella época, tan espléndidos como los que supo y quiso pintar a lo largo de una vida larga, trabajosa y dedicada a ese amor tan esencial que fue para él la pintura.
Así pues, recuerdo a Ramón con un orgullo especial y con la sensibilidad ardorosa y decente que inyectó, sin darse cuenta, a un grupo de jóvenes de entonces, que, desde hace mucho tiempo y por encima de cualquier veleidad o circunstancia, hemos demostrado, cada cual a su manera, nuestra devoción, yo diría que tanto hacía él, como hacia su obra pictórica y literaria. Entre esta juventud, no perdida, pero sí lejana, están Manolo Fernández-Delgado, Eloy Sánchez Rosillo, Pepe Rubio, Pedro García Montalvo, Juan Ballester... Sin duda, cualquiera de ellos conserva más recuerdos que yo sobre Ramón. Cualquiera de ellos podría haber ocupado con fundamento este lugar y esta ocasión de dirigirse a ustedes para presentar este libro, que agrupa un momento literario pletórico y una sucesión de proyectos y obras acabadas en torno a los cuadros inmortales de Velázquez.
Creo que quienes entonces éramos jóvenes llegamos a gozar de una amistad con Gaya, no porque nos declarásemos gayistas sin compromiso, sino porque el pintor quiso acogernos con un afecto al que nosotros respondimos con lealtad fervorosa. Y no fuimos los únicos que nos acercamos a la sombra plácida que nos proporcionaban los goces del artista y la bondad del hombre. También me ha llegado al recuerdo otro amigo, de brusca apariencia, pero de razonamiento improvisamente agudo, como lo fue Manolo Avellaneda, uno más de quienes se declaraban gayistas, pese a que él era pintor de cada día y su pintura recorría otros derroteros. Y no olvido a Pedro Serna, para quien Ramón Gaya ha sido un maestro, del que ha sabido conservar un seguimiento imborrable, junto a una estela indestructible.
Pese a que no he dispuesto de pinceles para utilizar, ni he podido o querido ser discípulo de Gaya, sí me he interesado siempre por seguir sus pasos de hombre, desde que lo conocí hasta su muerte; y de artista, desde el principio de su amplia y valiosa trayectoria. Y todo, en la creencia firme de que Gaya no era uno más, sino alguien que ha sabido, con dotes excepcionales, desbrozar la razón de su existencia. Por eso, me ha gustado enrolarme en los acontecimientos sobre su persona y su obra que se fueron sucediendo, durante su larga y fructífera vida; y también me ha gustado evocar y comentar en las páginas del periódico La Verdad, cuantos acontecimientos he conocido sobre Ramón. Leí con entusiasmo cuanto encontré relacionado con aquella experiencia suya en París, junto a Garay y Flores, porque ya entonces don José Ballester fue quien afirmaba que Gaya era un adolescente lleno de clarividencias, de equilibrio y de firmeza, inquieto por abarcar los horizontes estéticos que se abrían más allá de ese punto de mira que era, para la mayoría de los artistas murcianos de los años veinte, la torre de nuestra catedral.
Ahí empezó más que el rechazo de Gaya a unas modas y modos artísticos imperantes, la visión definitiva, desde su inquieta juventud, de su manera de comportarse. Porque él nunca rechazó la modernidad, pero sí los oportunismos que ideaban o perseguían los artistas vacíos de ideas y de sentidos. Aquí arranca el Gaya mítico, porque con el correr del tiempo supo situarse, a través de su pintura, de su poesía, de sus textos..., entre los grandes autores del siglo XX, pese a quien pese, y aunque en esta tierra suya algún deficiente artístico no haya creído, haya criticado con sarcasmo o haya rechazado esa grandeza.
He citado a un Gaya mítico con lugar entre los grandes, porque su nombre y sus textos, cuando sólo era un jovenzuelo, aparecen junto al Alberti de trazos andaluces; al Dámaso Alonso de palabra esquiva y tímida; al sorprendente Gerardo Diego; al García Lorca de ademanes gitanos; al exquisito Jorge Guillén; al Pedro Salinas, de maestría poética. También la firma de Ramón aparece junto a la de Carmen Conde, Aleixandre, Cernuda, Unamuno, Cossío... y otros escritores que llenaron de emociones líricas los números de aquel Verso y Prosa, ejemplo de una aventura valiente e inolvidable, y de la Página Literaria de La Verdad.
Si con esto se alude a sus textos, también sus dibujos y pinturas aparecían junto a las de Benjamín Palencia, Dalí, Esteban Vicente, Gregorio Prieto, Juan Bonafé, Vázquez Díaz, Gutiérrez Solana, Garay, Pedro Flores, Maruja Mallo, Pablo Picasso,, Francisco Bores... Por algo será si el nombre de Gaya estuvo en aquellos inicios donde estaba. Lo que uno recuerda en estos momentos no es más que testimonio de lo que sucedió.
Y recuerdo también que, frente al espacio que dedicó a los grandes maestros; frente a las páginas que sirvieron para envolver sus ideas artísticas; frente a esos versos marcados siempre por un lirismo impregnado de significación, y, a veces, de melancolía, Gaya no tuvo tiempo, digámoslo entre comillas, para dedicarse a opinar sobre su obra. Defendía lo bueno, atacaba las falsedades, pero no quería inmiscuirse en su propio trabajo. Que fuesen los demás quienes opinasen, decía. Nunca pensaba en indicar que este o aquel cuadro tenía un valor especial; ni que este texto o aquel tenía una enjundia significativa.
No estoy descubriendo nada nuevo, ni siquiera al decir que era un pintor que, cuando ya la longevidad le asaltaba, seguía planteándose, como un principiante, cada uno de sus cuadros. Pensaba que todavía le podía brotar la idea nueva e inesperada. Y que nadie se atreva a decir que muchas ideas se repetían; aunque, eso sí, hay objetos que, aparentemente, suelen ser repetitivos en sus cuadros. No lo discuto; lo que sí hago es retar a quien fuere, a que me demuestre si cansa la contemplación de estos objetos, llenos de sutiles transparencias. Cada uno de esos objetos está envuelto en atmósferas distintas y rodeado de colores tan finos y delicados, que emocionan en su serena contemplación.
Gaya entregó su vida a la pintura y fue, como confesó en repetidas ocasiones, un admirador constante de los grandes maestros: Velázquez, Rembrandt, Tiziano, Picasso, Van Gogh, Toulouse Lautrec, Rubens, Murillo, Cezanne... Al escuchar estos nombres, se advierte que no le preocupó, el estilo, el tiempo o la moda, sino la maestría multiplicada. Lo mismo le daba el ayer que el hoy, con tal de que, antes y después, estuviese presente la belleza que derrocha la pintura de los grandes.
Su manera de interpretar y dar a conocer esa admiración permanente fue a través de los homenajes que pintó en honor de los grandes maestros. Aquí está una de las facetas más inspiradas y solemnes de nuestro pintor, sin minusvalorar el ritmo pictórico mantenido a lo largo de su vida, basado en la honradez que observó y en la autenticidad que nos ha legado.
Dentro de esos homenajes, mantuvo especial predilección por Velázquez, el segundo de los protagonistas de este acto. Por eso nos corresponde ahora adentrarnos en la doble mirada sobre el pintor sevillano, ante la que nos ha situado el tercero y más definitivo protagonista, Pictografía, la empresa editora. O sea que sin Velázquez, sin Gaya y sin Pictografía, no estaríamos aquí, a donde hemos llegado, gracias a un libro que abarca uno de los más solemnes y certeros textos de Ramón Gaya, Velázquez, pájaro solitario, y gran parte de los homenajes que el pintor murciano le rindió en el lienzo.
Permítanme que diga que, por lo sabido, Pictografía es empresa, que, voluntariamente, se ha responsabilizado de sacar al mercado libros de sabroso y profundo sabor murciano. Lo sabemos por publicaciones precedentes y lo reafirma su director, Joaquín Caravaca, cuando, en la presente edición de “Velázquez, pájaro solitario”, asegura que su proyecto editorial es «Murcia vista, recreada y sentida por escritores y pintores de esta nuestra tierra». Y añade que lo que se pretende con ello es contribuir «a un conocimiento de nuestras señas de identidad y patrimonio común de todos los murcianos».
Yo pienso que estos libros, además de ser la respuesta de sus autores a reflejar, de algún modo, nuestras señas de identidad, aportan la bondad de la obra bien hecha. En esta ocasión –como también el pasado año con reedición de los Aires murcianos, de Vicente Medina– se nos ofrece un libro que todos conocemos, pero con un envoltorio y un complemento que lo mejoran externamente.
En esta edición, en la que las ideas de Gaya sobre Velázquez se contemplan impresas con esmerado mimo profesional, está incluido alguien que, en el prólogo, enriquece la edición con su texto, y despide reverencia y devoción hacia el maestro. Hablo de Eloy Sánchez Rosillo, uno de esos jóvenes mentados como amigo y admirador de Gaya. En esto, la empresa editora también ha sabido elegir a quien, con conocimiento de causa, puede glosar como pocos la obra y la personalidad de nuestro pintor.
Afirma Eloy –y le doy la razón plenamente, porque es lo que está sucediendo en este acto– que tiene el convencimiento de que cualquier comentario sobre la obra ensayística de Gaya no pasa nunca de ser una glosa que en vez de aclarar emborrona, y que, de algún modo, reitera lo ya dicho por el propio autor. Y añade que es tanta y tan intensa la diafanidad de esos ensayos, que resulta inútil añadir nada que en alguna medida no enturbie la claridad sin mácula. Pienso que es así, porque, ¿cómo somos capaces, por muy cercanos a Gaya que nos hayamos sentido, de intentar aclarar los conceptos que él nos dejó claros, o de comentar unos cuadros que sólo es preciso contemplar para captar la naturalidad inmaculada y la belleza definitiva que contienen?
La prosa de “Velázquez, pájaro solitario” –y sigo citando a Eloy– es una maravilla de concisión, de claridad y de expresividad, por su sencilla y desnuda hermosura. Y su pintura un pozo de emoción, con profundidad sin límite. Para comprobarlo, solo hay que repasar serenamente la segunda parte de este libro, que contiene pinturas de Gaya, realizadas durante medio siglo, sobre conocidos cuadros velazqueños. Son versiones, apuntes, notas, trazos y dibujos de La Venus desnuda, Las Meninas, El Niño de Vallecas, Los borrachos, La Fragua de Vulcano, La hilanderas... De ellos Gaya extrae los detalles que considera más significativos, no como un juego de intenciones, pero sí con la intencionalidad clara de que el espectador – o la espectadora, como Cuca Verdejo, esposa de Ramón, inmortalizada contemplando, en 1987, Mercurio y Argos– pueda captar toda la belleza que encierra el retazo lateral o minúsculo, el objeto vulgar, de esas grandes obras.
Escribió Paco Flores Arroyuelo, cuando Gaya murió, que la mirada del pintor había quedado velada, aunque nos quedaba el testimonio de ella en sus cuadros y dibujos, en los que estaban el Velázquez que permanece y respira; la copa con una rosa vencida, símbolo de transparencia; el paisaje de cielo luminoso... Y junto a esto, Gaya no olvidó las acequias y los quijeros de la huerta de esa Murcia que tanto amó. Por eso, cuando su mirada se apagó, porque se le había acabado el tiempo de ver y conservar la luminosidad de cada día, Ramón quiso que su cuerpo quedase en esta Murcia, de la que había estado lejos, por circunstancias increíbles o lógicas. Es hora de decir basta, con un nuevo agradecimiento esta vez no a su asistencia, sino a su paciencia, que seguirá siendo necesaria; y con mi enhorabuena a Pictografía, por haberse adentrado por ese mundo tan personal, sabio y hermoso que Ramón Gaya nos dejó a través de su libros y de su pintura. Esta nueva edición de “Velázquez, pájaro solitario” es un ejemplo de lo que acabo de afirmar.
Se lo dice un gayista convencido.
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