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Manolo Belzunce:


UNA CONFESIÓN DE VIDA

         

Antonio Parra

             
Foto:Luis Urbina fecha
       
           
 

 

MANOLO BELZUNCE, UNA CONFESIÓN DE VIDA

En otro escrito sobre Belzunce, en ese caso destinado al libro editado con motivo del mural realizado por el artista en una pared de Ceutí, explicaba yo que esa obra gigantesca, exterior y pública tenía que ver con la vida, con lo vivo renovado a cada instante, con la Zoé griega. Pero esa afirmación puede hacerse extensiva a toda la obra del pintor lorquino, como demuestra ejemplarmente la obra seleccionada en esta retrospectiva que ahora se abre.
"Decir que algo tiene que ver con la vida –escribía entonces– parece una expresión redundante: ¿Acaso es posible –se diría– estar vivo, pertenecer a lo vivo, y no ser vida?. Sin embargo, no está tan clara esa correspondencia instantánea. Estamos en una sociedad que huye de la muerte, que la esconde en sus símbolos y ritos tradicionales, vistiéndola de asepsia y de limpieza funeraria, pero que al mismo tiempo parece invocar la muerte a cada instante con unas formas de ‘vida’ llenas de gestos instrumentales que, lejos de ser una reivindicación de la alegría de vivir, parecen una sucesión de tiempos absurdos que caminan hacia ninguna parte, a no ser hacia la muerte prematura. No hay en ese discurrir contemporáneo del tiempo, al menos dicho de manera general, minutos o segundos que tengan la intensidad de la vida genuina, sino acumulación de tiempo, sucesión de días sin vida. Podemos decir, resumiendo, que nos ponemos una venda ante las noticias necrológicas, ante su evidencia, pero caminamos, a un tiempo, como ciegos necrófilos".
Lo que tiembla siempre en la obra de Belzunce, en la forma que sea, en sus pasajes primerizos o en la actual llena de madurez, es la vida, el deseo de la vida infinita, la fragilidad de un instante vivo rescatado, puesto allí, como en el jardín del encanto. La muerte queda rechazada, mientras lo vivo, como un agua clara y viajera, queda al recodo abrigado del encanto que hace a ese instante eterno, salvado de la usura del tiempo. La obra de Belzunce se instala así como un limes contra la muerte, una barrera emocionada que grita la vida y la celebra.
Pero, como recordaba en aquel escrito, no hablamos de la vida como biografía. "Manolo Belzunce, que rastrea muchas veces en algunos signos de su propia vida (no puede ser de otra forma en ningún verdadero creador) no hace, sin embargo, nunca, biografía. Los griegos distinguieron entre Zoé y Bios. Como recuerda Karl Kerényi, Zoé es la vida concebida sin más caracterización y vivida sin límite. Zoé es ‘no muerte’, de ahí que Platón considere en el Fedón una prueba de la inmortalidad del alma el hecho de que sea posible equiparar psyché y Zoé, ‘alma’ y ‘vida’. Por el contrario, Bios no se enfrenta a thánatos, la muerte, de manera que la excluya. Todo lo contrario, los griegos sabían que a una vida característica correspondía una muerte característica. Lo que era siempre y desde siempre –y aquí subyace un espíritu dionisíaco subrayado mucho tiempo después por Nietzsche– era la Zoé, no el Bios, que transcurre en el espacio de la vida de un hombre. En sentido inverso, contemporáneamente lo que se da es la ocultación de la necesaria muerte del Bios y la negación de la Zoé, de la vida en su sentido eterno. Es lo que convierte en patéticamente contradictorio al hombre moderno". Pues bien, la obra de Belzunce tiene que ver con la Zoé.

Manolo pasa horas y horas aislado en su estudio, a veces días enteros. En ocasiones los amigos han tenido que rescatarlo próximo al desmayo. Esto tiene que ver con su insobornable amor al arte, que ha puesto por encima de cualquier otra causa en su vida (hablamos ahora de su vida como biografía, como curso en el tiempo social, en los trajines de los doméstico, en los vaivenes de lo político, circunstancias que le influyen, como a cualquier ciudadano, pero que él pone en su vida en un segundo término).
Y, sin embargo, ese refugio en el arte es una confesión de su amor por la vida entendida como Zoé. Es tanta su intensidad, que con frecuencia lo que encuentra fuera le decepciona, se le queda demasiado pequeño, demasiado vacío, y se refugia en su estudio, en la pintura, en la que encuentra la plenitud que no encuentra en el ruido social, en la calle.
Esta exposición, esta retrospectiva, constituye un momento privilegiado, quizás irrepetible por muchos años. Es tal la intensidad actual del trabajo de Belzunce, sus muchos compromisos expositivos, dentro y fuera de España, que probablemente no va a ser fácil que disponga de tiempo por muchos años para detenerse en su actividad y mostrar de nuevo su trabajo pretérito, junto al de los últimos años. El empeño que ahora se materializa en esta muestra ha costado además un esfuerzo suplementario al artista, más allá del esfuerzo creador, que es el único en el que se encuentra realmente feliz, pues le ha obligado a rastrear, en algunos casos, en galerías o colecciones particulares para buscar las obras de años pasados que representaran adecuadamente su trayectoria artística.
Aquí está el fruto de ese esfuerzo, que hay que agradecer también a la universidad de Murcia y a los municipios del Valle de Ricote, que inauguran así la que sin duda será una fructífera colaboración para beneficio de la cultura regional. Y aquí están todos sus iconos, sus mitos, sus viejos 'ídolos' rastreados por culturas antiguas, sus diocesillos encantados, sus cielos e infiernos. Representadas están también sus últimas series, desde 'El jardín de los suplicios' a 'Le marchand dans L'atelier' (el regreso a la idea del estudio como espacio privilegiado, un icono de su amado Picasso, una referencia constante en su obra, como Matisse, como la literatura de Baudelaire, una época también en la que cree encontrar una manera de relacionarse, un sentido de la amistad, una celebración de una cierta bohemia, que hoy ya no encuentra en una sociedad abandonada a otros fetiches más materialistas.

Kerényi, hablando del espíritu de Minos, en cuya cultura hipotéticamente habría surgido el culto a Dionisios, escribe lo siguiente:
“ La vida secreta de la naturaleza se extiende a la creación humana y ésta la impregna de un encanto y un atractivo especiales. Oímos por doquier un himno a la naturaleza en cuanto diosa, un himno de la alegría y de la vida”. Es justo lo que sentimos viendo la obra de Manolo, e incluso lo que sentimos compartiendo cualquier momento de camaradería con él. Por eso nos emociona su obra y nos conmueve su persona.


ANTONIO PARRA
Finales de abril de 2004


 

               
   
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Entrevista 1 con Manolo Belzunce
     
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