MANOLO BELZUNCE, UNA CONFESIÓN DE VIDA
En otro escrito sobre Belzunce, en ese caso destinado al libro
editado con motivo del mural realizado por el artista en una pared
de Ceutí, explicaba yo que esa obra gigantesca, exterior
y pública tenía que ver con la vida, con lo vivo
renovado a cada instante, con la Zoé griega. Pero esa afirmación
puede hacerse extensiva a toda la obra del pintor lorquino, como
demuestra ejemplarmente la obra seleccionada en esta retrospectiva
que ahora se abre.
"Decir que algo tiene que ver con la vida –escribía
entonces– parece una expresión redundante: ¿Acaso
es posible –se diría– estar vivo, pertenecer
a lo vivo, y no ser vida?. Sin embargo, no está tan clara
esa correspondencia instantánea. Estamos en una sociedad
que huye de la muerte, que la esconde en sus símbolos y
ritos tradicionales, vistiéndola de asepsia y de limpieza
funeraria, pero que al mismo tiempo parece invocar la muerte a
cada instante con unas formas de ‘vida’ llenas de
gestos instrumentales que, lejos de ser una reivindicación
de la alegría de vivir, parecen una sucesión de
tiempos absurdos que caminan hacia ninguna parte, a no ser hacia
la muerte prematura. No hay en ese discurrir contemporáneo
del tiempo, al menos dicho de manera general, minutos o segundos
que tengan la intensidad de la vida genuina, sino acumulación
de tiempo, sucesión de días sin vida. Podemos decir,
resumiendo, que nos ponemos una venda ante las noticias necrológicas,
ante su evidencia, pero caminamos, a un tiempo, como ciegos necrófilos".
Lo que tiembla siempre en la obra de Belzunce, en la forma que
sea, en sus pasajes primerizos o en la actual llena de madurez,
es la vida, el deseo de la vida infinita, la fragilidad de un
instante vivo rescatado, puesto allí, como en el jardín
del encanto. La muerte queda rechazada, mientras lo vivo, como
un agua clara y viajera, queda al recodo abrigado del encanto
que hace a ese instante eterno, salvado de la usura del tiempo.
La obra de Belzunce se instala así como un limes contra
la muerte, una barrera emocionada que grita la vida y la celebra.
Pero, como recordaba en aquel escrito, no hablamos de la vida
como biografía. "Manolo Belzunce, que rastrea muchas
veces en algunos signos de su propia vida (no puede ser de otra
forma en ningún verdadero creador) no hace, sin embargo,
nunca, biografía. Los griegos distinguieron entre Zoé
y Bios. Como recuerda Karl Kerényi, Zoé es la vida
concebida sin más caracterización y vivida sin límite.
Zoé es ‘no muerte’, de ahí que Platón
considere en el Fedón una prueba de la inmortalidad del
alma el hecho de que sea posible equiparar psyché y Zoé,
‘alma’ y ‘vida’. Por el contrario, Bios
no se enfrenta a thánatos, la muerte, de manera que la
excluya. Todo lo contrario, los griegos sabían que a una
vida característica correspondía una muerte característica.
Lo que era siempre y desde siempre –y aquí subyace
un espíritu dionisíaco subrayado mucho tiempo después
por Nietzsche– era la Zoé, no el Bios, que transcurre
en el espacio de la vida de un hombre. En sentido inverso, contemporáneamente
lo que se da es la ocultación de la necesaria muerte del
Bios y la negación de la Zoé, de la vida en su sentido
eterno. Es lo que convierte en patéticamente contradictorio
al hombre moderno". Pues bien, la obra de Belzunce tiene
que ver con la Zoé.
Manolo pasa horas y horas aislado en su estudio, a veces días
enteros. En ocasiones los amigos han tenido que rescatarlo próximo
al desmayo. Esto tiene que ver con su insobornable amor al arte,
que ha puesto por encima de cualquier otra causa en su vida (hablamos
ahora de su vida como biografía, como curso en el tiempo
social, en los trajines de los doméstico, en los vaivenes
de lo político, circunstancias que le influyen, como a
cualquier ciudadano, pero que él pone en su vida en un
segundo término).
Y, sin embargo, ese refugio en el arte es una confesión
de su amor por la vida entendida como Zoé. Es tanta su
intensidad, que con frecuencia lo que encuentra fuera le decepciona,
se le queda demasiado pequeño, demasiado vacío,
y se refugia en su estudio, en la pintura, en la que encuentra
la plenitud que no encuentra en el ruido social, en la calle.
Esta exposición, esta retrospectiva, constituye un momento
privilegiado, quizás irrepetible por muchos años.
Es tal la intensidad actual del trabajo de Belzunce, sus muchos
compromisos expositivos, dentro y fuera de España, que
probablemente no va a ser fácil que disponga de tiempo
por muchos años para detenerse en su actividad y mostrar
de nuevo su trabajo pretérito, junto al de los últimos
años. El empeño que ahora se materializa en esta
muestra ha costado además un esfuerzo suplementario al
artista, más allá del esfuerzo creador, que es el
único en el que se encuentra realmente feliz, pues le ha
obligado a rastrear, en algunos casos, en galerías o colecciones
particulares para buscar las obras de años pasados que
representaran adecuadamente su trayectoria artística.
Aquí está el fruto de ese esfuerzo, que hay que
agradecer también a la universidad de Murcia y a los municipios
del Valle de Ricote, que inauguran así la que sin duda
será una fructífera colaboración para beneficio
de la cultura regional. Y aquí están todos sus iconos,
sus mitos, sus viejos 'ídolos' rastreados por culturas
antiguas, sus diocesillos encantados, sus cielos e infiernos.
Representadas están también sus últimas series,
desde 'El jardín de los suplicios' a 'Le marchand dans
L'atelier' (el regreso a la idea del estudio como espacio privilegiado,
un icono de su amado Picasso, una referencia constante en su obra,
como Matisse, como la literatura de Baudelaire, una época
también en la que cree encontrar una manera de relacionarse,
un sentido de la amistad, una celebración de una cierta
bohemia, que hoy ya no encuentra en una sociedad abandonada a
otros fetiches más materialistas.
Kerényi, hablando del espíritu de Minos, en cuya
cultura hipotéticamente habría surgido el culto
a Dionisios, escribe lo siguiente:
“ La vida secreta de la naturaleza se extiende a la creación
humana y ésta la impregna de un encanto y un atractivo
especiales. Oímos por doquier un himno a la naturaleza
en cuanto diosa, un himno de la alegría y de la vida”.
Es justo lo que sentimos viendo la obra de Manolo, e incluso lo
que sentimos compartiendo cualquier momento de camaradería
con él. Por eso nos emociona su obra y nos conmueve su
persona.
ANTONIO PARRA
Finales de abril de 2004