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LESERWELT
ILUSTRACIÓN KANTIANA Y MUNDO DE LECTORES
Antonio Lastra*
Ponencia presentada en la VIII Semana de Filosofía
de la Región de Murcia, Lectores de Kant, Murcia, febrero
de 2004.
Resumen: Este ensayo trata de poner de relieve
la metáfora kantiana de la Leserwelt o mundo de lectores
como nexo de unión entre las tres Críticas y como
exigencia de la recepción de la obra de Kant en la escritura
filosófica de Hans Blumenberg y en la ideología
estética de Paul de Man.
Abstract: This essay deals with the kantian metaphor of the Leserwelt
o Readers’ World as a link between the three Critics and
as a claim of the reception of Kant’s work in the philosophic
writing of Hans Blumenberg and the aesthetic ideology of Paul
de Man.
Palabras clave/Key Words: Leserwelt (mundo de lectores), Ilustración,
legibilidad del mundo, metáfora, crítica, estética.
1. En el primer capítulo de su libro
La legibilidad del mundo, Hans Blumenberg se refirió a
la lectura como “metáfora para la totalidad de lo
experimentable”. La lectura, de la que la legibilidad del
mundo sería una consecuencia o una aplicación, constituiría
una “metáfora absoluta” que, según el
autor de Paradigmas de una metaforología, estaría
asociada a las expectativas de la “ejecución de lo
prescrito por la empiria”. Como en el resto de su obra,
la preocupación de Blumenberg en este libro se centraba
en verificar el significado de una metáfora y en poner
de relieve la exigencia de sentido a la que todas las metáforas
responden simbólica y pragmáticamente para “hacer
del mundo una experiencia como la que se pueda agradecer a un
libro”. Por medio de la metáfora de la lectura, el
mundo habría experimentado un cambio de significación
desde el ámbito de la naturaleza, cuyas apariencias pasarían
ahora a ser caracteres o tipos, al ámbito de la vida del
hombre, de “sus prestaciones expresivas y culturales”.
La experiencia del libro y la experiencia del mundo rivalizarían
“de manera ejemplar”.
La experiencia de la legibilidad del mundo habría tenido
que enfrentarse, sin embargo, a una profunda decepción.
El rasgo característico de la modernidad, según
Blumenberg, sería la desilusión causada por los
objetos que el hombre habría producido para contrarrestar
la violencia del mundo y que habría suscitado, por su parte,
una pérdida de confianza en el libro, en la medida en que
el libro había sido el símbolo por excelencia de
la cultura, el lugar clásico donde habrían confluido
las dos actividades del hombre que han fundamentado el humanismo:
leer y escribir. La pérdida de confianza en el libro supondría
la pérdida de confianza en un mundo considerado, a su vez,
un libro, y cuyos caracteres podían, hasta entonces, ser
leídos. La metáfora de un mundo legible habría
sido el ejemplo por excelencia de la exigencia humana de encontrar
un sentido a la existencia que alejara la imagen del universo
infinito o amortiguara el presentimiento del absolutismo de la
realidad, de la indiferencia o ilegibilidad del mundo. En lugar
de una realidad adversa o absurda, el hombre habría forjado
una realidad adecuada a sus necesidades, un “mundo de la
vida” comprensible o descifrable como las letras de un libro.
“La alegoría de las letras ?escribe Blumenberg? pudo
ser utilizada contra el atomismo porque éste excluye algo
que el uso de las letras del alfabeto da por supuesto: la complexión
inteligible y con sentido de un todo construido con elementos
diferenciados.”
Un mundo en forma de libro supondría la facultad de leer
y la posibilidad de comprender lo leído, pero obligaría
también a preguntarse sobre la condición de la propia
escritura: quién hubiera escrito el libro del mundo sería,
con esta perspectiva, una pregunta mucho menos importante que
la pregunta previa sobre cómo ha sido posible la escritura
en general, o qué significa escribir, o qué simboliza
la escritura en la economía de las acciones humanas. La
propia metáfora del mundo como libro sugeriría que
la escritura es, en sí misma, una especie de creación
o un acto de confianza del hombre en sus propias capacidades,
un acto de autoafirmación o perseverancia (p. 51).
La escritura del propio Blumenberg, por comparación con
la lectura del mundo, se acerca en lo posible al estilo de una
filosofía pura, incluso en su inaccesibilidad ?o ilegibilidad?
para el lector, solicitado en medio de las argumentaciones del
autor sin la preparación retórica suficiente ni
asomo, en apariencia, de conclusión alguna o respuesta
a las preguntas planteadas; pero la concesión de Blumenberg
a aquello que, en la práctica, aporta un sentido a la vida
de los hombres ?como la escritura y la lectura?, obligaría
a preguntarse por las condiciones en que su pensamiento se ha
desarrollado y por el tipo de sociedad a la que se dirigían
sus libros. La respuesta a esta pregunta, propia de una sociología
de la filosofía, sería inmediata: sólo a
una sociedad o a un público que hubiera aceptado los presupuestos
ilustrados y que, por tanto, hubiera abandonado las diversas propensiones
hacia lo absoluto que han dividido la historia, desde la compulsión
mítica hasta la metafórica, desde la teología
a la política o la estética, para conformarse con
una derivación pragmática insostenible ya por axioma
alguno que no fuera verificable como un postulado a la luz de
sus consecuencias. Los hombres tendrían que hacer frente
a la resistencia del mundo en el que viven: “Ilustración
sin ilusiones con una resignada aceptación de la pérdida”,
como ha resumido Wetz la filosofía de Blumenberg, sería
una descripción adecuada del modo de ser de esa sociedad.
Una sociedad semejante ?una época ilustrada? no ha existido
aún en parte alguna, ni cabe esperar que exista tampoco
alguna vez, en la medida en que ninguna sociedad o época
conoce el secreto de la irreversibilidad de sus conquistas ni
de la homogeneidad de sus resultados, y la regresión en
el infinito de la cultura o el anhelo de totalidad serán
siempre posibles; pero teórica o regulativamente una “época
de ilustración” sí que estaría constituida
e importaría conocer, entonces, hasta dónde podría
constituirse progresivamente en la práctica. La tristeza
de la experiencia intelectual de un mundo carente de sentido en
sí mismo, pero donde sería posible constituir un
“mundo de la vida” para el hombre, sería, tal
vez, preferible al entusiasmo que ha ampliado indebidamente el
alcance de la filosofía idealista y las expectativas de
una sociedad perfecta. Ese mundo de la vida proporcionaría
la atmósfera de legibilidad o de “reflexividad”
de los argumentos expuestos por Blumenberg. (‘Reflexividad’
es el título de uno de los ensayos más característicos
y bellos de la escritura filosófica de Blumenberg, que
tendremos ocasión de relacionar con la dimensión
reflexionante de la capacidad de juzgar kantiana de la que procede.
)
Habría que pensar incluso si, de las diversas propensiones
hacia lo absoluto expuestas por Blumenberg, no cabría deducir
el absolutismo del individuo, entendido como una última
referencia de sentido cuya discreción separaría
a Blumenberg del comunitarismo político o del mero cuidado
estético de sí mismo. Más digno de conocimiento
que las “objetivaciones teoréticas”, el individuo
contribuiría, por medio de su “insociable sociabilidad”,
de su historia particular, a la historia universal. Blumenberg
ha llevado la ironía hasta apropiarse, para los individuos,
de los rodeos del espíritu objetivo en un sentido liberal:
“Para nosotros sólo son dignas de conocer las particularidades
de los individuos”.
Según Wetz, dos serían las tesis que Blumenberg
habría propuesto en su obra: la ausencia de fundamento,
de valor o de sentido de la realidad en sí misma, y la
necesidad de la contención o persistencia humana ante esa
realidad indiferente. La desustanciación de la realidad
es una aserción ilustrada y sugiere el desplazamiento,
respecto a la actividad cognoscitiva o sensible, del concepto
de sustancia a favor del concepto de función: la realidad
configurada por el hombre no alcanzaría a ser, con esta
óptica, sino un cuadro de referencia, un ideal regulativo.
A la luz del concepto de función, heredado de la filosofía
de las formas simbólicas de Ernst Cassirer, Blumenberg
examinaría en su obra los diversos procedimientos ideológicos
de los que el hombre se ha servido en la historia e, indagando
más allá de la crítica que busca librar al
hombre de la enajenación en la que ha caído respecto
a sus propias producciones, llegaría hasta las distintas
configuraciones de la cultura humana.
De la primera tesis planteada no cabría sino trazar la
trayectoria de su descubrimiento, que coincidiría con la
propia trayectoria de la ciencia occidental desde el momento en
que hubo de responder al absolutismo teológico con el que
culminó la Edad Media, y que podría ampliarse, incluso,
hasta el esbozo de caracterización tecnológica de
la especie humana frente al mundo como Homo Faber. Frente al Dios
absoluto y arbitrario de los nominalistas, la ciencia habría
desarrollado la potencia menor de los hombres ?la habilidad técnica?,
de la que ya no cabría desistir. No es el menor de los
motivos para leer a Blumenberg que haya sido partidario de la
ciencia y de la técnica, revocando así la derogación
a la que la filosofía contemporánea la ha condenado
de modo irresponsable: sin una crítica filosófica
cuya tarea fuera articuladora y condescendiera al cometido del
engranaje de las distintas esferas de acción (como el Juicio
kantiano que media entre el conocimiento teórico y el práctico),
la ciencia habría seguido emancipándose con éxito
del conjunto ?de la ética? de las dependencias humanas.
De esta irresponsabilidad la obra de Blumenberg estaría
a salvo: al no despreciar el adelanto tecnológico ni los
servicios que ha prestado a la humanidad, Blumenberg habría
logrado entender las condiciones en que ese progreso se habría
producido.
No sería difícil percibir, entonces, una preocupación
mayor por desarrollar la segunda de las tesis, que plantearía
la necesidad del esfuerzo humano para contrarrestar la “distancia
ontológica” del mundo. Sólo la experiencia
humana, la “experiencia de la existencia que no es dueña
de sí misma”, importaría a Blumenberg. Experiri
extrema omnia podría ser el lema de esta filosofía,
aunque no se pudiera esperar de esta actitud humana una transformación
de la realidad. No hay posibilidad alguna de restauración
del mundo como un “cosmos”. La realidad se desvanecería
si entre sus posibilidades estuviera la de detenerse y volver
a empezar: “Ya no sabemos con exactitud ?escribió
Blumenberg? el motivo por el cual hemos dado inicio a toda esta
poderosa empresa de la ciencia, independientemente de todas las
prestaciones que procura para mantener con vida nuestro mundo
y que la hacen indispensable”.
Blumenberg podría aprobar este programa de acción,
pero una conminación latente, la más profunda y
persistente, tal vez, de las preocupaciones humanas, le arrastraría
hasta la más dura de las condiciones. La mortalidad ?la
pérdida absoluta de realidad? es reiterativa en la obra
de Blumenberg. Esta reiteración le ha hecho fijarse con
especial atención ?en La legibilidad del mundo? en la metáfora
del “libro de la vida”, cuya unidad “documenta
la exclusividad del interés por la salvación en
una fase dominada por una aguda expectación apocalíptica:
quien no esté dentro es como si jamás hubiera existido...
Sólo quien esté registrado vive o ha vivido”.
Por contraposición al libro de la vida, prosigue Blumenberg,
el libro de la naturaleza, “escrito en caracteres matemáticos”,
sería un libro en blanco. El romanticismo alemán,
según Blumenberg, habría querido escribir de nuevo
las páginas en blanco del libro del mundo para que la poesía,
antes incluso que escritura, fuera una peculiar “lectura”
redentora. El mundo no sería sólo un libro, sino
una obra de arte tan perfecta que el espectador quedaría
deslumbrado con su visión como ante la presencia de una
divinidad. Blumenberg observaría, sin embargo, que la “romantización
del mundo” habría carecido de la confianza original
depositada por la ciencia en el libro de la naturaleza y que había
dado lugar a la propia metáfora de la legibilidad del mundo:
el entusiasmo romántico escondería la sospecha de
que el mundo estuviera, en realidad, vacío. La metáfora
de la legibilidad del mundo habría ido perdiendo paulatinamente,
desde el romanticismo, su trasfondo metafísico, y Blumenberg
la aplicaría, en última instancia, a la interpretación
de los sueños o a la “lectura” del código
genético; pero interpretar los sueños o leer el
código genético no equivaldría ya a restaurar
la “realidad del sentido”.
La separación de la realidad y el sentido, y la atribución
de sentido únicamente a las obras humanas, es un presupuesto
perfectamente ilustrado: la legibilidad presupondría “la
relación de una persona, en todas sus actitudes expresivas,
con otras personas, considerando el mundo como algo expresivo,
con esos dos lados unidos o por unir en su recíproca necesidad
de conocimiento, de comunicación” (p. 127). Esta
necesidad de conocimiento y de comunicación es la única
característica de una pragmática universal. Por
ello, el problema del escepticismo, al que Blumenberg ha dedicado
todo un capítulo de La legibilidad del mundo, cobra especial
relieve, no sólo por la duda que el escepticismo siembra
respecto a que algo pueda conocerse, sino a que pueda comunicarse.
‘El laico iletrado como lector del libro del mundo’
es una investigación de la experiencia humana de la lectura
y la escritura. Para Blumenberg, los Ensayos de Montaigne serían
el ejemplo de escritura escéptica, “un trabajo de
elaboración de la resistencia opuesta a la escolástica
y a la retórica, que se vuelven de la experiencia externa
a la experiencia interior, de la construcción conceptual
a la descripción, de la autoridad de la antigüedad
a su libre utilización”. La conversión del
libro en “ensayo” o de la lectura en escritura nos
familiariza con la pobreza de la experiencia: “Lo que puso
en marcha los Ensayos ?escribe Blumenberg? no fue una consecuencia
escéptica de lo incierto de la situación externa,
sino del hueco dejado por su ausencia, y su carácter único
y singular no viene de la abundancia, sino de la penuria”.
En efecto, Montaigne escribe que se “presenta a sí
mismo como argumento y tema” de su libro debido a que se
“encuentra completamente falto y vacío de toda otra
materia” (pp. 70-1).
La referencia a Montaigne es crucial. En la obra del bordelés,
el libro habría adquirido la forma de la escritura y el
ensayo se apoyaría sólo en la experiencia humana:
el deseo de conocimiento, el más natural de cuantos sienten
los hombres, sería materia de ensayo y la experiencia acudiría
en nuestra ayuda cuando la razón “nos faltara”.
No es casual el ejemplo que pone Montaigne para relacionar el
escepticismo con la escritura: la credulidad de sus contemporáneos
respecto a que las polémicas religiosas de su época
se saldarían con atenerse “a la palabra expresa de
la Biblia”. “Nuestro espíritu ?respondía
Montaigne? no halla menos campo para fiscalizar el sentido ajeno
que para representar el propio, como si hubiera menos animosidad
y urgencia en glosar que en inventar.” Lo que el “lenguaje
común” expresa con claridad “cuando se habla
o escribe”, se vuelve oscuro al convertirse en materia de
ley. “Las glosas aumentan las dudas y la ignorancia ?seguía
Montaigne?, pues no hay ningún libro, humano o divino,
cuya interpretación acabe con la dificultad” del
asunto en cuestión. Hay más libros sobre los libros
que sobre ninguna otra cosa: en esta frase habría resumido
Montaigne toda una tradición de escepticismo cultural.
¿Quién podría hacerse cargo, entonces, de
esa producción? La humanidad parece cobrar conciencia,
con el nacimiento de la forma misma del ensayo o la escritura
moderna ?con la dimensión literaria de la experiencia humana
o la lucha contra el escepticismo?, de la necesidad de “un
mundo de lectores”.
“Un mundo de lectores” es una metáfora kantiana
y ?tomando prestado el término de Furio Jesi? uno de los
mitos de la Ilustración. El “reflejo en Königsberg”
de la metáfora de la legibilidad del mundo se tornaría,
de este modo, iluminador. Los primeros destellos de ese reflejo
tendrían que ver con los conceptos de experiencia y lectura:
según Blumenberg, Kant habría interpretado el racionalismo
ilustrado “como una concepción secularizada del discurso
sobre el libro de la naturaleza, siempre que su intención
hubiera sido describir el concepto de experiencia de modo que,
aunque no fuera ya el conocimiento de lo comunicado mediante la
creación, tendría que seguir conservando su vinculación
con la forma fundamental de la lectura”. La lectura se convierte,
de este modo, en un acto en el que intervienen la intención
y la interpretación. Aprender a leer sería, hablando
metafóricamente, el acto constitutivo de la experiencia
humana que seguiría a la ilustración o “salida
del hombre de su culpable minoría de edad”. La metáfora
de la lectura “recalcaría la decisiva diferencia
que existe entre la explicación psicológica de la
causalidad empírica en cuanto sucesión regulada
de fenómenos, y la referida a su necesaria conexión
con la identidad de una experiencia, gracias a los conceptos puros
del entendimiento”. La función de los conceptos puros
del entendimiento, como se sabe, consistiría en deletrear
los fenómenos “para poder leerlos como una experiencia”.
Blumenberg advierte aquí que, de la metáfora de
la lectura en Kant, habría “desaparecido todo pathos”.
La ausencia de patetismo en Kant estaría relacionada con
la limitación del uso de la razón teórica,
según el cual el acto de la lectura sería más
importante que el contenido de lo leído o la propia cuestión
de la legibilidad del mundo. “Dejar a un lado el libro ?escribe
Blumenberg? y ocuparse del lector no es aún la revolución
trascendental de la forma de pensar, pero sí, probablemente,
un ensayo de lo que vendrá más tarde, divisable
en un campo metafórico.” Deletrear los fenómenos
sería, entonces, lo propio de la lectura de la experiencia;
tratar de “leer” el mundo de acuerdo con la interpretación
auténtica de su creador sería, por el contrario,
un esfuerzo inútil, pues, en esa situación, el mundo
se convertiría en un libro cerrado: “Siempre lo es
si tratamos de leer en la naturaleza la intención última
de Dios, que sólo podría ser una intención
moral”. Esta intención moral no puede ser descifrada
o leída, como ocurre con los fenómenos, por la razón
teórica; pero la razón práctica podría
tratar de esbozar una interpretación o lectura o, como
dice Blumenberg parafraseando a Kant, podría disponerse
a una audición de la voz divina, que, según el autor
de ‘Sobre el fracaso de todos los ensayos filosóficos
en la teodicea’, habría resonado alegóricamente,
como un eco, en el Libro de Job. El proceso de la lectura tomaría
lo escrito en ese libro “como una transcripción fonética”.
La metáfora de la legibilidad sería “un hilo
conductor” de la historia de las expectativas de sentido
que habría encontrado, en la Ilustración, un tiempo
histórico o vital abonado. La función de Kant habría
consistido en poner de manifiesto, frente a la tendencia de las
expectativas humanas a crecer desmesuradamente, que el mundo no
puede enseñarle al hombre más de lo que racionalmente
se puede esperar que ofrezca: aprender a leer en los fenómenos
el sentido de la experiencia posible. En la historia de la filosofía,
la transgresión de esta limitación racional depararía
una serie de consecuencias en la búsqueda o exigencia del
sentido de la realidad por otros caminos. Esas otras formas de
acceso a la realidad, según Blumenberg, serían más
astutas que la razón pura y la forzarían a volverse,
ella misma, astuta; pero la “astucia de la razón”
no tendría ya nada que ver con la especulación de
Blumenberg, con su manera de reflexionar sin necesidad de una
metafísica como expresión de una vida consciente.
Cualesquiera que fueran los resultados de la “romantización
del mundo”, nos interesa detenernos ahora en la metáfora
de la Leserwelt, del “mundo de lectores” que, paradójicamente,
no ha recibido atención en La legibilidad del mundo.
(Sigue)