Una vez, hace ya tantos años. . . cuando
la inocencia brillaba en el más hondo resquicio de mis
verdes pupilas, alguien, no preciso con nitidez su imagen, preguntó
con inquietud: ¿qué es para ti la literatura? Yo,
desde el bajo peldaño donde divisaba, respondí sin
recelo: la literatura es como un niño muerto, todos le
lloran, pero no todos derraman por él lágrimas de
plata; todo el mundo la anhela, pero no todo el mundo la conoce;
todos saben de la seda de su piel morena, pero no todos logran
acariciarla con las palmas de sus manos blancas; todos saben que
soñó, pero quizá nunca logren averiguar la
esencia de ese sueño. . .
Ese es el gran misterio de las letras, esa magia que un buen día
llama a tu puerta para transformar el mundo, y mostrarte que la
luna no es sino una alianza de plata, los ríos el cauce
que conducen las lágrimas, y el sol ardiente del crepúsculo
la brillante manzana de Adán que llama a comerla a la noche.
En todas las puertas llama el son de la literatura, a unos tempranamente,
cuando aún no aciertan a caminar sin hilos y, a otros cuando
su tarde ya va anocheciendo y esos hilos de la infancia fueron
tejiéndose en tupidas telas. Pero a todos llama la música
de las palabras, a todos acoge en su regazo para envolverlos en
su última canción. . .
Muchas de estas almas visitadas se convertirán en difusores
propios de la palabra. Se calzarán temprano y saldrán
a pasear por los verdes montes de sus sueños. Subirán
peldaños y escalarán laderas, pero siempre intentarán
llegar a la cima con el fin de hallar allí su rinconcito,
donde poder ser magos de palabras y sacar versos de esa chistera
que habita en su alma.
El niño que reza a una estrella opaca. . .
La sonrisa que muere al abismo del suspiro. . .
El rocío que llora la flor del almendro. . .
¡oh!. . . ¡todo es poesía!
Nadie está a salvo de esa danza
oriental que te embriaga al instante. Nadie puede huir creyendo
que esa musa de voz callada jamás alcanzará su paso.
Porque nadie está a salvo de caer rendido a la belleza,
por duro y fuerte que sea el armazón que lo protege.
Por ello no hemos de obligar a nadie a sentir las letras, porque
las musas son como la muerte, llaman a tu puerta cuando menos
te lo esperas y no puedes escapar de las largas redes que te tienden,
te atrapan, te sujetan, te hieren. . .
Porque todos somos el ciego que no ve y el Lázaro que se
halla sin vida, tendido en su cama, y necesitamos de esa mano
firme que nos devuelva a la luz y a la vida, porque. . .
La estrella que tiembla en la noche oscura. . .
Los labios que rozan perfumes nuevos. . .
La sombra que vuela por no encontrarnos. . .
¡oh!. . . ¡todo es poesía!