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Centenario de nuestra escritora más universal

Carmen Conde, una vida para la poesía

   
 
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Francisco Javier Díez de Revenga

Universidad de Murcia

Comisario de la exposición ‘Carmen Conde, voluntad creadora'

 
   
     
       
   
                               

 

Nacida en Cartagena el 15 de agosto de 1907, Carmen Conde se trasladó pronto a Melilla donde se desarrolla su infancia hasta 1920, año en el que vuelve a Cartagena. Los recuerdos de Melilla serán imborrables. Transcurren en Cartagena los años siguientes de adolescencia y primera juventud, mientras comienza sus primeros escritos, que ve publicados muy tempranamente. En 1923 aprueba las oposiciones para Auxiliar de la Sala de Delineación de la Sociedad Española de Construcción Naval y comienza a trabajar, y en 1925 aparecen sus primeras publicaciones en la prensa local.

 

Aparece Oliver Belmás

En 1926 comienza a estudiar Magisterio en la Escuela Normal de Murcia. Terminará la carrera en la Normal de Albacete, en 1930. Pero antes, en 1927 conoce al poeta Antonio Oliver Belmás con el que formalizará relaciones. Su primer libro, de poemas en prosa, aparece en 1929 con el título de Brocal. En 1931 se casa con el poeta Antonio Oliver Belmás y juntos fundan la Universidad Popular de Cartagena. En 1933 crea la revista Presencia y conoce en Madrid a Gabriela Mistral. Nace muerta su única hija. Carmen y Antonio invitan a Miguel Hernández a la Universidad Popular donde recita la "Elegía media del toro". En 1934 publica Júbilos , prologado por Gabriela Mistral e ilustrado por Norah Borges, hermana del escritor Jorge Luis Borges . Matilde Pomès la incluye en su antología Poètes espagnols d'aujourd'hui (Bruselas, 1934). En 1936, al estallar la guerra civil, Antonio Oliver se une al ejército republicano. Carmen le sigue por varias ciudades de Andalucía pero regresa a Cartagena con su madre. Luego se instala en Valencia donde la guerra es menos dura. Allí sigue cursos en la Facultad de Letras y aprueba oposiciones a Bibliotecas, que luego no le serían reconocidas

 

 

 

 

En 1939, al acabar la guerra, Oliver es recluido en una cárcel de Baza. Cuando es liberado vive en Murcia en casa de su hermana. Carmen y su madre se instalan en Madrid, en casa de unos amigos, el catedrático Cayetano Alcázar y su mujer, Amanda, con la que mantiene una gran amistad duradera a lo largo de los años. Para publicar sus escritos sin dificultades, utiliza en estos años algunos seudónimos, entre ellos los más divulgados de Florentina del Mar y Magdalena Noguera.

Carmen y Antonio se reúnen a finales de los cuarenta en Madrid. Viven primero en la calle de Goya, y luego en la de Ferraz. Son años literariamente muy productivos mientras imparte cursos para extranjeros, pronuncia conferencias. En 1953 recibe el Premio Elisenda Montcada por su novela Las oscuras raíces y en 1954 Premio Internacional Nacional Simón Bolívar, en Siena, por Vivientes de los siglos . En 1963 viaja por América (Nicaragua, Panamá, Puerto Rico). Y en 1968, el 28 de julio muere Antonio Oliver. Sufre una gran postración y permanece encerrada en su casa durante tres años preparando las Obras completas de Oliver, que aparecen en 1971. En 1976 viaja a China.

 

  Junto a su esposo, Antonio Oliver Belmás  

 

Académica de la Lengua

En 1978 el nombre de Carmen Conde adquirirá una relevancia muy especial al ser elegida académica de la Real Academia Española, ya que es la primera mujer que logra este honor. Al año siguiente, 1979, el 28 de enero pronuncia su discurso de ingreso en la Academia , ante los Reyes de España: Poesía ante el tiempo y la inmortalidad . Numerosos viajes y múltiples actividades literarias enriquecen su vida. En 1980 gana el premio Ateneo de Sevilla por su novela Soy la madre , mientras continúa a lo largo de esta década su labor creadora, aunque comienzan a manifestársele los síntomas de la enfermedad de Alzheimer. En 1987 recibe el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil y en 1992 se retira a una residencia especializada en Majadahonda donde transcurrirá sus últimos años hasta la fecha de su muerte el 8 de enero de 1996.

 

 

 

         

Visita de la Universidad Popular de Cartagena a la Universidad de Murcia, 23 de mayo de 1936.

 

Primeros libros

Su trayectoria poética es impecable, y está jalonada por algunas obras fundamentales. Así su primer libro, Brocal (1929), un libro de poemas en prosa a través del cual ya pone de manifiesto sus inquietudes poéticas iniciales y su mundo lírico constituido por un ambiente mediterráneo con sol y mar, con una realidad luminosa, espléndida y acogedora. Subtitulado “Poemas de niños, rosas, animales, máquinas y vientos”, Júbilos (1934), recoge poemas en prosa muy diversos en cuanto a estructuras, formas y contenidos, que revelan una notable progresión respecto al primer libro. Quizás los poemas contenidos en las primeras secciones, los dedicados a niños, rosas y animales, recuperan el espíritu del primer libro, Brocal , aunque se hacen más extensos y acogen una mayor complejidad estructural y temática. Su mayor ambición hace que ya algunos de estos poemas iniciales revelen su condición narrativa y memorial, ya que todos ellos evocan personas, escenas y animales, vinculados al recuerdo y estructurados de forma narrativa.

 

La sensualidad

En Ansia de gracia (1945), Carmen Conde muestra uno de sus más sinceros mundos poéticos, comenzado por un intenso espacio dedicado al “Amor” y presidido por la autenticidad de una pasión y la verdad de una ansiedad constante y mantenida. La directa referencia a los momentos del amor descubre la intensa sensualidad que los define, al tiempo que recupera la gran fuerza de la naturaleza circundante, enriquecedora con su imaginación de los espacios concretos del amor, vitalista, encendido y vivido a flor de piel.

Es en Mujer sin Edén (1947) donde la autora afirma su natural condición de mujer y de poeta frente a la naturaleza y la realidad, frente a los mundos que la rodean y van forjando su existencia sin paraíso. Lo soñado y lo deseado, el ansia de eternidad por la belleza, de raíz juanramoniana, adquieren una desgarradora verdad en el poemario colmado de sobrenatural intensidad.

     

 

Poesía de rebelión

Fuerzas enfrentadas, de gozo y de dolor, dominan Derribado arcángel (1960), un libro compacto en el que a través de una veintena de estancias compuestas por varios poemas, se enfrenta a las fuerzas del bien y del mal, en su lucha por dominar el mundo, en el que la autora, criatura débil pero rebelde, increpa, denuncia y avisa sobre lo que se pierde, con importante presencia del amor y del vitalismo, y lo que viene de lejos: angustia, soledad, dolor, desdén. La memoria personal, a través de la propia autobiografía, e incluso con la presencia del padre, completan esta poesía de rebeliones, de preguntas, de denuncias, todo envuelto en la rica y ya habitual sucesión de imágenes encendidas, reveladoras de la autenticidad y la pasión de una inspiración incontenible.

En la tierra de nadie (1960) se destaca por ser poesía de apartamiento y soledad, que, como señaló Baquero Goyanes, “se ha hecho carne y voz de nuestro tiempo, roto trágicamente con tantas oposiciones, dualismos y conflictos, por lo que el hombre se ve una y otra vez enfrentado al hombre, sin tregua y sin casi esperanza de concordia. La tierra de nadie de Carmen Conde no es cobijo frío y elegante del esteta que se segrega de sus prójimos y de sus problemas”.

 

 

         

Carmen Conde con Amanda Junquera en la Universidad de Murcia, 23 de mayo de 1936.

   

 

Carmen Conde y el mar

En Los poemas de Mar Menor (1962), como otros poetas de su tiempo han llevado a cabo, también Carmen Conde hace entrar en su poemario motivos que suelen rodear la reflexión sobre el mar, entre los que destacan la mera contemplación, el recreo en las formas y colores, las sorpresas producidas por la luz, etc. Pero no se reduce la autora a la mera contemplación, ya que su acercamiento va mucho más allá, y así, en consonancia con lo que suele ser habitual, hace comparecer el prestigio de su historia milenaria, las propiedades salutíferas del agua o la relación del mar con el campo próximo, tan definitivamente vinculado a la existencia de un mar concreto, el Mar Menor. Gran parte de la originalidad del libro se debe justamente a que su evocación es la de un mar determinado y, desde luego, al mismo tiempo muy peculiar desde el punto de vista físico y geográfico.

No sólo el paisaje original y sorprendente de Nicaragua se perciben y sienten en Jaguar puro inmarchito (1963), sino también las gentes que lo pueblan, el indio y el pobre, en una incursión muy notable en la poesía social de una Carmen Conde comprometida ahora con los más débiles, a los que ha visto de cerca y ha sentido muy próximos espiritual, moral, social y existencialmente.

Puro sentimiento

Escrito a lo largo de la década de los sesenta, y en su mayor parte en 1968, A este lado de la eternidad (1970) contiene también algunos poemas compuestos tras la muerte de Antonio Oliver, el 28 de julio de 1968, y, en especial, destaca, entre estos, “Réquiem por nosotros dos”, impregnado de singular dramatismo y entrañable solidaridad. Pero el libro, en su mayor parte, recupera temas y motivos del análisis del mundo previos y presentes en su obra, en especial la rebeldía social que impregna toda la primera parte, titulada “La sangre de tu hermano”, enriquecida por vehementes representaciones metafóricas, fauna y flora, naturaleza, cosmos, reveladora de la podredumbre de nuestro mundo. “Furia de la noche oscura” se titula la parte final del libro, en la que se insiste en tantos sentimientos ya conocidos, desamparo, opresión, angustia, dolor, sangre, desesperanza, noche, muerte.

Corrosión (1975) fue otra de las decisivas revelaciones de su poesía, sobre todo a través del inmenso fragmento de la vida y el dolor que constituye la segunda parte de ese libro, “Digo palabras porque la muerte es muda”, que, sin duda, constituye una de las más apasionadas elegías de la poesía española contemporánea.

 

 

       
Antonio Oliver con un grupo de la Universidad Popular de Cartagena en los Talleres de La Verdad . Murcia, 23 de mayo de 1936.
     

 

El lento discurrir del tiempo

El tiempo es un río lentísimo de fuego (1978) nos introduce en un espacio nuevo, desde el punto de vista expresivo, singularidad estilística basada en el uso peculiar y personal de los adjetivos enriquecedores del concepto antes de que este llegue a nuestro sentido, de transformaciones y revitalizaciones de palabras que, como los adverbios, obtienen una sustantivación creadora, de verbos surgidos del sustantivo en acción, en movimiento, para que fluyan como ese río lentísimo de fuego. Y comparece, al mismo tiempo, el grito de dolor ante la injusticia, el gemido de palabras hirientes sugeridoras de una queja aguda, el canto de búsqueda que admira la reclusión voluntaria y libre, el gesto admirador e interrogante que se rebela ante el mundo insolidario del verdugo, de los edictos, de las potestades y las tiranías.

El signo de la variedad y de la inquietud múltiple es el que también preside La noche oscura del cuerpo (1980). Junto a la imagen del tiempo, reflejado en el río inmóvil, y junto a la del sueño, como figuración del presentimiento y de lo desconocido, surge la meditación evangélica. El recuerdo de la resurrección, triunfo sobre el tiempo y la materia, nos conduce, con una cita de San Juan de la Cruz , a la noche oscura del cuerpo, canto inquieto de la existencia, que tanto recuerda al Vicente Aleixandre de Poemas de la consumación , sobre todo cuando la autora vive el sentimiento del cuerpo, frente a la sombra, frente a la muerte.

Su último libro poético publicado fue Hermosos días en China que, aparecido en 1987, reúne poemas escritos durante el viaje a China en otoño de 1976 junto a algunos poemas escritos unos meses después, en la primavera de 1977. Junto a la notable impresión producida por las eternas ciudades (Pekín, Shaghai, Nankín…), la belleza de los paisajes y lo sorprendente que se ofrece este mundo remoto y nuevo, Carmen Conde se entusiasma ante todo con los habitantes, las muchedumbres cantando, los niños que se aproximan a los viajeros, las muchachas sonrientes. Paisajes con figuras en los que no faltan los hermosos lagos, los suntuosos templos, los transportes seculares en los que se respira quietud y paz, sosiego de otro mundo lejano, remoto pero disfrutado en absoluta proximidad, vivida en la realidad actual de un presente poblado de gentes sonrientes ante una historia milenaria.

La poesía de Carmen Conde se caracteriza por una constante y decidida lección de humanidad expresada en una lírica de poderosa fuerza evocativa y notable riqueza verbal. Grandes temas como el amor, la muerte y el tiempo son columnas firmes sobre las que se asienta todo su universo poético. Las interpretaciones de estos motivos son variadas: el amor encuentra su imagen clara observada desde la espiritualidad más encendida hasta la sensualidad más intensa. Son los tiempos, las épocas, los diferentes estímulos vitales los que van marcando los muchos matices que definen su poesía amorosa. La muerte es otro de los centros de atención de su poesía, pero no la muerte en el sentido tradicional, sino alumbrada en una interpretación original, modulada por la realidad vital: el esposo, los amigos y las amigas, los maestros…

 

 

Carmen Conde: Cuatro poemas

 
     

La impaciente enamorada

Porque si vinieres, y ya ni yo te espero,

quizá se prenderían mis cortezas.

Te pude soñar tanto, estabas luminoso

allá lejos de todos...

¿No era tuyo

un sueño incomprensible al que yo me asomaba

alargando los brazos, que no son de ceniza?

¡Eras tan ágil tú como son los caballos

que corren y se saltan obstáculos de piedra!

 

Entornando los ojos, si quisieras verías

que alucinada iba a tus propios umbrales

una criatura rápida, con muchos junios firmes,

ardiéndole los pulsos con tensa madurez...

Sería en tu misterio la que soñabas siempre,

que te soñaba vivo, suntuoso de sangre

generosa y audaz: hombre que me vencía

para cogerme suya, sometida y secreta.

 

Galopando resuelto a través de tus bosques

me llamabas creyendo que tu sueño fui sólo.

Porque no me creíste tan verdad como un ciervo,

no pudimos hallamos, no pudiste ser mío.

 

Iluminada tierra (1951)

       

En la tierra de nadie

En la tierra de nadie, sobre el polvo

que pisan los que van y los que vienen,

he plantado mi tienda sin amparo

y contemplo si van como si vuelven.

 

Unos dicen que soy de los que van,

aunque estoy descansando del camino.

Otros «saben» que vuelvo, aunque me calle;

y mi ruta más cierta yo no digo.

 

Intenté demostrar que a donde voy

es a mí, sólo a mí, para tenerme.

Y sonríen al oír, porque ellos todos

son la gente que va, pero que vuelve.

 

Escuchadme una vez: ya no me importan

los caminos de aquí, que tanto valen.

Porque anduve una vez, ya me he parado

para ahincarme en la tierra que es de nadie.

 

En la tierra de nadie (1960)

                   
           

Nacimiento último

Allí donde la mar,

fruta verde-roja, olor exhala,

deshace creando el mundo, yo sería

la mujer más dichosa si lograra

consumir el afán de poseerla:

comunión con sentidos liberados.

Allí donde la mar se ofrece ciega

como tú, como todos que la aman,

allí consumaría yo mis bodas

con elementos precipitándose.

Allí, nombre callado que no es nombre,

emergerías de mí, no Afrodita

apoyada en vestales sino piedra

que se deja tallar mansamente.

Allí me encontrarás enajenada

rompiendo en un cantar, porque segura

de salvarme de mí ya realizada.

Donde tierra dulcemente se adelgaza

suaviza con su arribo a las mareas,

allí donde la arena borra formas,

allí quisiera ser abandonada.

No a los montes que ásperos esperan:

sí a la mar que me hizo y que me tiene

en su voz de las mares de la Tierra.

 

Desde nunca (1982)

     
                           
     

Los molinos de velas

Ellos, siempre tres, son tus ángeles costeros.

Los tres grandes molinos que te vuelan,

se arrebatan de sol, giran ebrios de azul,

salobres velas

en las manos del viento que te baña.

 

Molinos que en el campo son navíos

y que aquí, ya veleros anclados, te aureolan.

¡Cuánto barco en tu pueblo de oleajes,

derramándose el campo en blancos lienzos!

 

Agua dulce en la tierra de sembrados,

agua y sol en tus límites extremos.

Ellos giran y giran; remos, jarcias,

sin timón -que eres tú-, sobre los cielos.

 

Los poemas de Mar Menor (1962)

 

         
   
                   
         
     
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