Ha tenido ocasión de tomar apuntes asistiendo a clases de Martín Heidegger o Bertrand Russell. En la década de los 50 pudo asistir a algunas de las más pujantes universidades alemanas e inglesas. No resulta extraño, pues, que al joven Alfonso Ortega Carmona le doliera España hasta el punto de preguntar, al mismísimo Konrad Adenhauer, el canciller alemán, cuando se decidirían él y el resto de mandatarios europeos a permitir nuestra entrada en la Comunidad Europea. De ello hace medio siglo. En nuestro país corrían unos tiempos oscuros y tristes que asfixiaban a un Alfonso Ortega, brillante doctorando en la universidad de Friburgo, y que le impulsaron a no venir a nuestro país durante un tiempo.
En Alemania puso su grano de arena, convertido en voluntarioso albañil, en la reconstrucción de una universidad alemana destruida por los bombardeos, tomando parte de algún modo en aquel milagro alemán que asombraba al mundo en la posguerra mundial.
Pero, sobre todo, Alfonso Ortega aprendió a interpretar a los clásicos de la mano de los más grandes especialistas de Europa. Pronto comprendió que en los textos de Homero, Ovidio o Virgilio habían quedado magníficamente reflejados todos los miedos, esperanzas, grandezas y miserias del ser humano. A pesar de los muchos siglos que han pasado desde las creaciones de los clásicos griegos y latinos, probablemente aun no ha superado nadie su capacidad para plasmar sobre el papel lo más íntimo del hombre.
Durante cincuenta años, Alfonso Ortega se ha dedicado a acercar los magníficos textos de los principales clásicos, en ocasiones, incluso, vertiendo sus obras por primera vez a nuestra lengua.
Pero el acercamiento a esos clásicos despertó también en Ortega una pasión que le ha perseguido durante toda su vida: el de la retórica, el arte del bien decir, una disciplina que Alfonso Ortega ha intentado divulgar por todos los rincones de nuestra geografía y los países latinoamericanos, en la seguridad de que las palabras suponen el instrumento más precioso y preciso de la comunicación, las auténticas constructoras de nuestro mundo.
El día 27 de septiembre de 2004, Alfonso Ortega Carmona recibía el doctorado Honoris Causa en la misma ceremonia en la que se inauguraba oficialmente el curso en la Universidad de Murcia, convirtiéndose en el número vigésimo cuarto de nuestros doctores honoris causa. Habían transcurrido, respectivamente, dieciséis y nueve años desde que otros dos aguileños ilustres –el financiero Alfonso Escámez y el actor Paco Rabal, - recibiesen el mismo galardón.
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