8-10-2008
El funcionario de la Universidad de Murcia, Antonio Labaña, recibió el pasado lunes día 6 de octubre la medalla de Vermeil de la Academia Nacional Francesa de las Artes, Ciencia y Letras supone un paso más en el reconocimiento, dentro y fuera de nuestras fronteras de este gran artista.
Cuando se irrumpe en el taller de Antonio Labaña, en el murcianísimo barrio de San Andrés, lo primero que uno mira tras echar un vistazo alrededor son sus manos. Mirar las manos de este hombre se convierte en necesidad imperiosa tras contemplar en su lugar de trabajo las imágenes de santos tallados en madera que han salido de ellas y que nos llevan, inevitablemente el recuerdo de nuestras procesiones. Y sin embargo, aunque expresivas, se trata de unas manos corrientes. Nervudas, ágiles e inquietas, sí, pero corrientes.
Quizá por eso aún sorprende más el hálito de vida que pueden llegar a insuflar en un tosco trozo de madera hasta transformarlo en cabezas apasionadas, miradas melancólicas, troncos retorcidos en movimientos más que verosímiles...
En su taller es fácil encontrarse con imágenes de vírgenes , cabezas de Cristo, de santos… cuerpos que se vislumbran saliendo de un trozo de madera gracias a la acción de una mano sabia que se ha ido encargando de separar de ella unos trozos empeñados en ocultar que dentro de su vulgar apariencia se escondía una insólita belleza.
Da la sensación de haber penetrado en otro mundo. A un paso sólo de los claxons de los coches, de los semáforos y las prisas surge esta especie de isla en la que parece que el tiempo se ha detenido.
Recuerdo mi primera visita a su taller. Mis ojos se posaron en un precioso niño Jesús de algo más de medio metro: «Es de una murciana que se casa con un mexicano, se lo dejó su abuela, pero estaba fatal, no tenía ni manos, ni pies... nada». Al aproximarme para comprobar su labor restauradora sólo pude observar una figura en muy buen estado, con el aspecto de haber salido recientemente del taller donde fue creado, sin rastro de haberle sido adosada ninguna parte de su anatomía.
Antonio estudió Restauración en Madrid, especializándose en arte del siglo XVI en adelante. Por sus manos han pasado figuras de Berruguete y, cómo no, de Salzillo. Aún recuerda lo emocionado que se sintió cuando se enfrento a la restauración la (Última Cena, a la que tuvo que ir despojando con paciencia de orfebre las capas de pintura —hasta cuatro tenía— superpuestas a los largo de doscientos años, hasta llegar a la figura desnuda que había salido de las manos del gran imaginero del siglo XVIII. Labaña se siente a sus anchas frente a una figura antigua y maltratada por el paso del tiempo o las manos chapuceras de supuestos artistas que han ido ocultando el verdadero esplendor de la obra original: «Se trata de un proceso emocionante y complejo. Primero tienes que estudiar la obra, y a través de ella al autor, hasta llegar a su propio pensamiento. A veces hay que reponer piezas, como dedos, trozos de túnica, etc., y esto ha de hacerse teniendo en cuenta partes similares que se conserven, e intentar que sean idénticas, lo mismo ocurre con los pigmentos. Se trata de un proceso muy laborioso, porque a veces el color cambia después de haber sido preparado, y esto sólo puede corregirse a base de muchas pruebas. También hay que tener muy en cuenta la madera que se emplea, que ha de ser similar, ya que al desprender agua se corre el peligro de que el ensamblaje falle».
Salzillo versus el Guerrero del Antifaz
Antonio Labaña llevó siempre muy dentro la afición por las imágenes de las procesiones. Mientras otros niños de su edad elevaban a héroe supremo, allá por los cincuenta, al Guerrero del Antifaz o al Capitán Trueno, él escogió un líder al que emular en un personaje bien distinto: Salzillo, y mientras la mayoría de sus amigos construían espadas de madera para salvar a la doncella de turno del sarraceno infiel, Antonio se iba al brazal de la acequia más cercana, allá por Algezares, cogía una porción de barro, y lo amasaba hasta darle el punto que consideraba óptimo para hacer sus santos.
Antonio se confiesa autodidacta. Su padre siempre se opuso a que hiciera que su profesión girara en torno a esa afición suya. “La verdad es que sólo empecé a dedicarme a esto de una forma más intensa a partir de empezar a trabajar en la Universidad ”.
Fue entonces cuando, contando con veinte años, empezó su relación con Sánchez Lozano, el artista que le habría de transmitir toda la tradición de la imaginería murciana del siglo XVIII representada por Salzillo. «El poder aprender junto a él fue una gran suerte para mí, porque no existen publicaciones sobre esto. Se trata de una tradición oral que se transmite de imaginero a imaginero. Cosas como el tratamiento de las estofas, de los dorados, las policromías, las encarnaciones... no pueden aprenderse de ninguna otra manera".
Labaña se ha ufanado siempre de utilizar todavía técnicas y elementos heredados de una tradición secular. Me muestra unos frascos con polvo de distintos colores. Se trata de pigmentos naturales, me decía, me explicaba la preparación necesaria para dotar a las imágenes de esos colores tan característicos: «hay que machacarlo muy bien en un mortero, y después hay que mezclarlo con un aglutinante, que puede ser huevo, leche de higuera, todo muy artesanal, como se ha utilizado siempre en la escuela murciana».
Símbolos murcianos
Frente al cronista, una cabeza de San Pedro, aún en barro —paso previo en el proceso, antes de su realización definitiva en madera—, frunce el ceño de una forma absolutamente real. Imagino que Labaña retrata de modelos vivos esas formas, pero él manifiesta que no. Salvo excepciones —me muestra la foto de un Cleofás cuyo rostro copió de un mendigo, tomando apuntes furtivamente cuando lo veía—, los rostros de los santos cuya realización acomete son producto de la lectura de sus obras de éstos y de su propia meditación. Antonio confiesa que gusta imaginar los hechos y las personas que plasma en la madera en un ambiente típicamente murciano: «En todos mis pasos siempre se ve algún símbolo, algún elemento de nuestra tierra».
Labaña estaba trabajando entonces en un nuevo paso que se iba a incorporar –ya lo está desde entonces- a la popular procesión del Domingo de Resurrección de Santa Eulalia. Junto a la entrada, en un soporte móvil había una reproducción a escala de lo que sería la obra, cuatro figuras que parecen haber pasado por las manos de un jíbaro juguetón que se ha entretenido en reducirlas pero respetando enormemente todos los detalles. Al fondo de la sala, se estaban las figuras del nuevo paso, como piezas esturreadas de un curioso rompecabezas aún sin montar: en un lado un cuerpo más o menos acabado de lo que sería un ángel, delante unas impresionantes alas que uno no puede imaginar que hayan sido sacadas de una sola pieza de madera, a la derecha un cuerpo trataba de acabar de salir de un trozo de madera que aún le retenía, junto a éste, otro bloque del mismo material, que se supone encierra en sus entrañas el cuerpo de una de las mujeres... Sobre cada cuerpo se asentaba su respectiva cabeza, todas con un aro de hierro que va desde el frontal al occipital. Se trata de una forma de mantener unida la cara con la parte posterior de la cabeza, ya que, con el fin de poder introducir los ojos y los dientes —hechos de hueso—, ha de separarse previamente la cabeza.
No obstante su laboriosidad, siempre se ha negado rotundamente a emplear técnicas nuevas. Se sabe heredero de una tradición y no le importa poseer una producción escasa: «Yo hago esto para mi propio regocijo, no se trata de hacer una producción en cadena. Mi verdadera compensación me llega cuando alguien comenta que se ha emocionado al contemplar una de mis imágenes, como el caso de una viejecica de Santa Eulalia que me besó casi llorando en una ocasión por que le parecía que mi Cristo la miraba"
Labaña piensa que a Murcia no se le ha reconocido suficientemente su gran tradición imaginera: «En España sólo se estudian dos escuelas imagineras, la castellana y la sevillana, y pienso que es hora de reivindicar una tercera, la murciana, y no sólo por Salzillo, puesto que hay una tradición anterior a él. En Murcia existen, y perviven hasta hoy, una escuela imaginera con caracteres propios. Insiste mucho en este tema, por favor, porque lo considero capital».
Dicho queda.
Ver reportaje fotográfico
|