titulo
         

principal

 
         
 
barra
  Actualidad Universitaria        
               
     

Texto para lectura: Murcia, 15 de junio de 2007

 
     

DIARIO DE UN AÑO MALO

J. M. Coetzee

(Traducción textos: José Carlos Miralles yJuan Cela Conde)

 
Más Noticias.....  
     
        P.V.    
             
     
   
 

Opiniones fuertes: 13. Sobre el cuerpo

Hablamos del perro con la pata herida o del pájaro con el ala rota. Pero el perro no piensa en sí mismo en esos términos, ni el pájaro. Para el perro, cuando intenta caminar, hay simplemente me duele ; para el pájaro, cuando se lanza al vuelo, simplemente no puedo .

Con nosotros parece ser diferente. El hecho de que existan locuciones tan comunes como “mi pierna”, “mi ojo”, “mi cerebro” e incluso “mi cuerpo” sugiere que creemos que hay una entidad inmaterial, quizás ficticia, que se sitúa en la relación del poseedor y lo poseído con las partes del cuerpo e incluso con todo el cuerpo. O bien la existencia de tales locuciones demuestra que el lenguaje no puede encontrar agarre ni salida, hasta haber separado la unidad de la experiencia.

Todas las partes del cuerpo no son valoradas emocionalmente en el mismo grado. Si se extirpara un tumor de mi cuerpo y se me mostrara sobre una bandeja quirúrgica como “tu tumor”, sentiría repulsión ante un objeto que es en cierto sentido “de” mí pero del cual reniego y, por supuesto, me alegro de su eliminación; mientras que si una de mis manos fuese amputada y se me mostrara, sentiría, sin duda, el más hondo pesar.

Acerca del cabello, de los trozos de uña y otras cosas parecidas uno no tiene ningún sentimiento, ya que su pérdida pertenece al ciclo de la renovación.

Los dientes son más misteriosos. Los dientes en “mi” boca son “mis” dientes, parte de “mí”, pero mi sentimiento por ellos es menos íntimo que mi sentimiento por, digamos, mis labios. No se sienten ni más ni menos “míos” que las protésis de metal o de porcelana en mi boca, obra de dentistas cuyos nombres precisos he olvidado. Me siento como el propietario o guardián de mis dientes más que sentir que mis dientes son parte de mí. Si un diente cariado se me extrajera y se me mostrara, no sentiría gran pena, aun a sabiendas de que mi cuerpo (“yo”) no lo regenerará.

Estos pensamientos acerca del cuerpo no surgen en abstracto sino en relación a una persona determinada, X, sin nombre. La mañana del día en que murió, X cepilló sus dientes, cuidándolos con la debida diligencia que aprendemos desde niños. De sus abluciones salió a afrontar el día y, antes de que el día hubiera terminado, estaba muerto. Su espíritu se marchó, dejando tras de sí un cuerpo que no era bueno para nada, peor que bueno para nada, ya que pronto empezaría a descomponerse y a convertirse en una amenaza para la salud pública. Parte de ese cuerpo muerto era el conjunto completo de dientes que había cepillado esa mañana, dientes que también habían muerto en el sentido de que la sangre había dejado de correr por sus raíces, pero que paradójicamente había dejado de sufrir la descomposición cuando el cuerpo se enfrió y sus bacterias bucales también se enfiaron y se extinguieron.

Si X hubiera sido sepultado en la tierra, las partes de “su” cuerpo que habían vivido más intensamente, que eran más “él”, se habrían corrompido, mientras que “sus” dientes, que podría haber sentido que simplemente habían estado bajo su cuidado y custodia, habrían sobrevivido mucho tiempo en el futuro. Pero, por supuesto, X no fue enterrado sino incinerado; y la gente que construyó el horno en el que se consumió aseguró que hacía suficiente calor como para convertir todo en ceniza, incluso los huesos, incluso los dientes. Incluso los dientes.

Opiniones fuertes: 14. Sobre la matanza de animales

A la mayoría de nosotros lo que vemos al contemplar programas de cocina en la televisión nos parece absolutamente normal: utensilios de cocina por un lado, piezas de carne cruda por otro, a punto de transformarse en comida cocinada. Pero para alguien no acostrumbrado a comer carne, el espectáculo debe ser enormemente antinatural. Pues entre la fruta y la verdura y los aceites y las hierbas y las especias se encuentran pedazos de carne cortada apenas unos días antes del cuerpo de una criatura matada expresamente y con violencia. La carne de animal tiene un gran parecido con la carne humana (¿por qué no iba a tenerlo?). Así, para el ojo no acostumbrado a la cocina carnívora, no resulta automática (‘natural') la deducción de que la carne expuesta ha sido cortada de un cuerpo (animal) más bien que de un cadáver (humano).

Es importante que no todo el mundo pierda este modo de ver la cocina – de verla con lo que Viktor Shklovsky llamaría un ojo extrañado, como un lugar adonde, después de los asesinatos, se llevan los cuerpos de los muertos para ser arreglados (disfrazados) antes de ser devorados (rara vez comemos carne cruda; en efecto, la carne cruda es peligrosa para nuestra salud).

En la televisión nacional hace unas cuantas noches, en medio de los programas de cocina, se emitió un documental sobre lo que pasa en el degolladero de Port Said, donde el ganado vacuno exportado a Egipto desde Australia encuentra su fin. Un reportero con una cámara oculta en su mochila filmó escenas de ganado al que se le rajaban sus tendones traseros a fin de hacer más fácil su control; además afirmaba tener secuencias filmadas, demasiado espeluznantes para emitirlas, de un animal apuñalado en el ojo y el cuchillo clavado en la cuenca del ojo era luego utilizado para retorcerle la cabeza, hasta presentar el cuello al cuchillo del carnicero.

Se entrevistó al supervisor veterinario del matadero. Sin darse cuenta de la filmación secreta, negó que allí tuviera lugar nada impropio. Su matadero era un establecimiento modélico, decía.

Las atrocidades cometidas en el local de Port Said, y por los exportadores en general, han sido durante algún tiempo una fuente de preocupación para los australianos. Los exportadores de ganado han donado incluso al matadero una ‘cama de sacrificio', un enorme aparato que atrapa al animal entre barrotes y luego lo levanta en peso y lo hace girar para facilitar el golpe mortal. La cama de sacrificio está sin usar. Los matarifes la consideraban demasiado complicada, decía el veterinario.

Es demasiado esperar que un simple programa televisivo de quince minutos tenga un efecto perdurable sobre el comportamiento de los exportadores de ganado. Sería ridículo esperar que los endurecidos trabajadores egipcios del degolladero seleccionaran el ganado de Australia para dispensarle un trato especial, más amable durante su última hora en la tierra. Y, en efecto, el sentido común está del lado de los trabajadores. Si a un animal se le va a cortar el cuello, ¿importa, en realidad, que se le corten también los tendones de las patas? La noción de asesinato compasivo está plagada de disparates. Lo que parecen desear los bienintencionados defensores del bienestar social es que el animal llegue ante su verdugo en un estado de ánimo tranquilo y que la muerte le sorprenda antes de que se dé cuenta de lo que está pasando. Pero, ¿cómo puede un animal estar en un estado de ánimo tranquilo después de ser picado desde un barco a la trasera de un camión y de ser conducido por calles atestadas a un extraño lugar que apesta a sangre y muerte? El animal está confuso y desesperado y es, sin duda, difícil de controlar. Por esa razón le cortan los tendones.

Opiniones fuertes: 21. Sobre la disculpa

En un nuevo libro titulado Sense and Nonsense in Australian History (Sentido y sinsentido en la historia australiana) John Hirt vuelve a la cuestión de si los australianos blancos deberían disculparse con los australianos aborígenes por la conquista y toma de su tierra. Con ánimo escéptico pregunta si la disculpa sin restitución significa algo, si no es, de hecho, un ‘sinsentido' ( nonsense ).

Esta es una cuestión candente no sólo para los descendientes de los colonos de Australia sino también para sus equivalentes en Sudáfrica. En Sudáfrica la situación es en un sentido mejor que en Australia: la entrega de las tierras de cultivo de los blancos a los negros, incluso si tiene que ser una entrega forzosa, es una posibilidad real allí a diferencia de lo que ocurre en Australia. La propiedad de la tierra, el tipo de tierra que se mide en hectáreas y en la que es posible realizar cultivos y apacentar ganado, es de enorme valor simbólico, aun cuando la agricultura a pequeña escala está disminuyendo en importancia dentro de la economía nacional. Cada parcela de tierra trasferida de manos blancas a manos negras parece de este modo representar un avance en un proceso de justicia restitutoria cuyo fin será la restauración del status quo ante .

Nada tan dramático puede proyectarse en Australia, donde la presión desde abajo es, en comparación, escasa e intermitente. Entre los australianos no indígenas, todos salvo una pequeña minoría confían en que el asunto sencillamente se desvanezca, del mismo modo que, en los Estados Unidos, el asunto de los derechos indígenas en relación con la tierra se hizo desvanecer, desaparecer.

En un periódico de hoy aparece el anuncio de un abogado americano, un experto en responsabilidad legal, que por unos honorarios de 650 dólares a la hora se ofrece a adiestrar a las empresas australianas en cómo expresar disculpas sin admitir responsabilidad. Paso a paso la disculpa formal, que solía tener el estatus simbólico más elevado, se ha devaluado a medida que los hombres de negocios y los políticos descubren que en el ambiente actual –lo que llaman la “cultura” actual- hay modos de apelar a la superioridad moral sin arriesgar pérdidas materiales.

Esta evolución no está desconectada de la feminización y sentimentalización de los modales que comenzó hace dos o tres décadas. El hombre que es demasiado duro para llorar o demasiado rígido para disculparse –para ser más exactos, que no representará (convincentemente) el acto de llorar, que no representará (convincentemente) el acto de disculparse)- se ha convertido en un dinosaurio y en un objeto de chanza, es decir, ha pasado de moda.

Adam Smith fue el primero en colocar la razón al servicio del interés; ahora también el sentimentalismo se coloca al servicio del interés. En el curso de esta última evolución, el concepto de sinceridad se ha destripado de todo significado. En la “cultura” actual, pocos se preocupan por distinguir –en efecto, pocos son capaces de distinguir- entre la sinceridad y la representación de la sinceridad, del mismo modo que pocos distinguen entre fe religiosa y observancia religiosa. Ante la dudosa cuestión: ¿es esto fe verdadera? O ¿es esto sinceridad verdadera?, uno recibe sólo una mirada de incomprensión. ¿Verdad? ¿Qué es eso? ¿Sinceridad? Por supuesto que soy sincero –¿no te lo dije?

El costoso abogado americano adiestra a sus clientes no en cómo representar disculpas verdaderas (sinceras) ni en cómo representar disculpas falsas (no sinceras) que tengan la apariencia de disculpas verdaderas (sinceras), sino sencillamente en cómo representar disculpas que no los expongan a ser demandados. Ante sus ojos y ante los ojos de sus clientes una disculpa sin guión e improvisada será probablemente exagerada, inapropiada, desequilibrada y, por tanto, falsa, es decir, una disculpa que cuesta dinero, siendo el dinero la medida de todas las cosas.

Jonathan Swift, ojalá vivieras en estos tiempos.

Opiniones suaves: 1. Un sueño

Un sueño inquietante la pasada noche.

Había muerto pero todavía no había dejado el mundo. Estaba en compañía de una mujer, una de los vivos, más joven que yo, que había estado conmigo cuando moría y comprendía lo que me estaba sucediendo. Hacía todo lo posible para suavizar el impacto de la muerte protegiéndome de otra gente, gente que no sentía cariño por mí, visto en lo que me había convertido, y que quería que partiese de una vez.

A pesar de su protección, esta joven mujer no me mentía. También me dejaba bien claro que no podía quedarme; y, en efecto, sabía que mi tiempo era breve, que como mucho tenía un día o dos, que, por mucho que protestara, llorara y me aferrara, nada podría cambiar eso.

En el sueño viví el primer día de mi muerte, escuchando atentamente los síntomas de cómo mi cuerpo muerto se desvanecía. Hubo un pequeñísimo destello de esperanza cuando vi lo bien que me las arreglaba con las exigencias del día a día (tuve, sin embargo, cuidado de no hacer esfuerzos).

Luego, el segundo día, mientras orinaba, vi el chorro transformarse de amarillo a rojo y supe entonces que todo era verdad, que esto no era un sueño, por así decirlo. Un poco después, como si estuviera fuera de mi cuerpo, me oí decir, “No puedo comer esta pasta”. Aparté el plato que había delante de mí y supe, mientras lo hacía, que, si no podía comer pasta, no podía comer nada. De hecho, la interpretación que di a mis palabras era que mis órganos internos se estaban descomponiendo irremediablemente.

Este fue el punto en el que me desperté. Supe de inmediato que había estado soñando, que el sueño había proseguido durante un tiempo considerable, al mismo ritmo que su propia narración, que era un sueño sobre mi propia muerte, que tuve la suerte de poder despertarme de él – Aún me queda tiempo , me dije entre suspiros- pero que no me atreví a volver a dormir (aunque estaba en mitad de la noche), pues volver sería volver al sueño.

Una idea seductora: escribir una novela desde la perspectiva de un hombre que ha muerto, que sabe que tiene dos días antes de que él mismo –es decir, su cuerpo- se derrumbe y empiece a ulcerarse y a oler, que nada espera conseguir en esos dos días salvo vivir algo más y que cada uno de sus momentos está teñido de dolor. Algunos de su mundo sencillamente no lo ven (es un fantasma). Otros son conscientes de su presencia; pero despide un aire de superfluidad, su presencia los irrita, quieren que se vaya y que les deje seguir con sus vidas.

Uno, una mujer, tiene una actitud más compleja. Aunque lamenta que se vaya, aunque comprende que él está pasando por una crisis de despedida, reconoce, no obstante, que sería mejor para él y para todos los demás que aceptara su suerte y se marchara.

Un título algo así como “Desolación”. Uno se agarra a la creencia de que alguien, en algún lugar, lo ama a uno lo bastante como para agarrarlo, como para impedir que uno sea arrancado. Pero la creencia es falsa. Todo amor es mediocre, al final. Nadie acompañará a nadie.

La historia de Eurídice ha sido malinterpretada. De lo que la historia trata es de la soledad de la muerte. Eurídice está en el infierno con su mortaja. Cree que Orfeo la ama lo bastante como para venir y salvarla. Y, en efecto, Orfeo viene. Pero al final el amor que Orfeo siente no es lo bastante fuerte. Orfeo deja atrás a su amada y regresa a su propia vida.

La historia de Eurídice nos recuerda que en el momento de la muerte perdemos toda capacidad de elegir a nuestros acompañantes. Somos arrastrados por un torbellino al destino que nos cupo en suerte; y no está en nuestra mano decidir junto a quién vamos a pasar a la eternidad.

La concepción griega del más allá me resulta más auténtica que la visión cristiana. El más allá es un lugar triste y gris.

Opiniones suaves: 8. Sobre la vida erótica

Un año antes de que muriera por su propia mano, mi amigo Gyula me habló sobre el eros tal como lo conocía en el otoño de sus días.

En su juventud en Hungría, decía Gyula, había sido un gran mujeriego. Pero a medida que envejecía, aunque permanecía tan vivamente receptivo a la belleza femenina como siempre, la necesidad de hacer el amor a las mujeres de carne y hueso disminuyó. En toda su apariencia externa se convirtió en el más casto de los hombres.

Tal aparente castidad era posible, decía, porque había dominado el arte de conducir un affaire amoroso a través de todas sus etapas, desde el encaprichamiento hasta la consumación, por completo dentro de su mente. ¿Cómo podía hacer eso? El primer paso indispensable era capturar lo que él llamaba una “viva imagen” de la amada y hacerla suya. Luego, sobre esta imagen se detenía, insuflándole aliento, hasta alcanzar un punto en el que, todavía en el reino de la imaginación, podía comenzar a hacer el amor a ese íncubo suyo y, con el tiempo, conducirla a los mayores éxtasis; y toda esta apasionada historia permanecería oculta al modelo terrenal que la había inspirado (Sin embargo, este mismo Gyula también afirmaba que ninguna mujer puede ignorar la mirada de deseo fija sobre ella, incluso en una habitación atestada de gente, incluso si no puede identificar su origen).

“Aquí en Batemans Bay han prohibido el uso de cámaras en las playas y en los centros comerciales”, dijo Gyula (Batemans Bay era donde pasó sus últimos años). “Dicen que es para proteger a los niños de las atenciones depredadoras de los pedófilos. ¿Qué es lo siguiente que van a hacer? ¿Arrancarnos los ojos a los que superamos cierta edad? ¿Obligarnos a llevar vendas?”

Él, por su parte, tenía un escaso interés erótico en los niños; aunque coleccionaba imágenes (había sido fotógrafo de profesión), no era un pornógrafo. Había vivido en Australia desde 1957 sin sentirse jamás cómodo. La sociedad australiana era demasiado puritana para sus gustos. “Si supieran lo que pasa en mi mente”, decía, “me crucificarían”. “Quiero decir”, añadía como una ocurrencia tardía, “con clavos de verdad”.

Le pregunté cómo eran los acoplamientos imaginarios que describía, si le reportaban algo que se aproximara a la misma satisfacción que hacer el amor en el mundo real. Y por cierto, continuaba yo, si había reflexionado sobre el hecho de que el deseo de violar a las mujeres en la intimidad de sus pensamientos podría ser una expresión no de amor sino de venganza –venganza de las jóvenes y de las bellas por desdeñar a un hombre feo y viejo como él (éramos amigos, podíamos hablar así).

Soltó una carcajada. “¿Qué crees que significa ser un mujeriego?” dijo (era una de sus palabras favoritas en inglés, le encantaba hacerla vibrar en su lengua, mu-je-rie-go ). “Un mujeriego es un hombre que te desmembra y que te hace recomponerte de nuevo como una mujer. Como un a-to-mi-za-dor que te parte en átomos. Son sólo los hombres los que odian a los mujeriegos, por celos. A las mujeres les gustan los mujeriegos. Una mujer y un mujeriego forman una pareja natural”.

“Como un pez y un anzuelo”, dije.

“Si, como un pez y un anzuelo”, dijo, “Dios nos hizo el uno para el otro”.

Le pedí que me contara más sobre su técnica.

Todo dependía, me contestó, de ser capaz de capturar, con la más estrecha, la más devota atención, ese gesto único e insconciente, demasiado leve o demasiado fugaz para ser percibido por el ojo corriente, con el que una mujer se descubría –descubría su esencia erótica, es decir, su alma. El modo en que giraba su muñeca para mirar su reloj de pulsera, por ejemplo, o el modo en que se agachaba para estirar la correa de una sandalia. Una vez que se capturaba ese movimiento único, la imaginación erótica podía investigarlo a su antojo hasta desvelar cada recóndito secreto de la mujer, sin excluir cómo se movía en los brazos de un amante, cómo llegaba a su orgasmo. A partir del gesto de la revelación todo seguía “como guiado por el destino”.

Me describía sus procedimientos con gran franqueza, pero no, me parecía, con el espíritu de uno que daba una lección para que le siguieran. No tenía una gran opinión de mi ojo, ni para las mujeres ni para los gestos esenciales ni para nada. Nacido en un continente salvaje, yo estaba excluido, en su opinión, de lo que de forma natural recibían los europeos: una configuración mental griega, es decir, platónica.

“No has respondido a mi primera pregunta”, dije. “¿Estas conquistas masturbatorias tuyas te reportan verdadera satisfacción? ¿En lo más profundo de tu corazón no preferirías lo real?”.

Se irguió. “Masturbación es una palabra que yo nunca uso”, dijo. “La masturbación es para los niños. La masturbación es para el principiante que ejercita su instrumento. En cuanto a lo real, ¿cómo tú, que has leído a Freud, puedes usar ese término tan irresponsablemente? De lo que yo hablo es de amor ideal, amor poético, pero en el plano sensual. Si te niegas a entender eso, no puedo ayudarte”.

Me juzgó mal. Tenía todos los motivos para comprender este fenómeno que él llamaba amor ideal en el plano sensual, todos los motivos para comprenderlo y tomar posesión de él y practicarlo en mi propio beneficio. Pero no podía. Estaba lo real, que conocía y recordaba, y luego estaba esa especie de violación mental que Gyula realizaba, y las dos cosas no eran lo mismo. La calidad de la experiencia emocional podría ser semejante, el extasis podría ser tan intenso como afirmaba -¿quién era yo para ponerlo en duda?-, pero en el más elemental de los sentidos un amor mental no podía ser una cosa real.

¿Cómo es que nosotros –tanto hombres como mujeres, pero, sobre todo, hombres- estamos preparados para asumir los reveses y desaires de lo real, cada vez más desaires a medida que el tiempo pasa, más humillantes cada vez, y, con todo, seguimos regresando? La respuesta: porque no podemos pasar sin lo real, lo real real; porque sin lo real morimos como de sed.

Opiniones suaves: 18. Sobre los pájaros del aire

Antiguamente la franja de terreno que cruza desde las Torres pertenecía a los pájaros, que se alimentaban de carroña en el lecho del riachuelo y cascaban piñas de pino en busca de los piñones. Ahora se ha convertido en un espacio verde, en un parque público frecuentado por animales de dos patas.

Desde que aparecieron estos recién llegados los pájaros mantienen una cautelosa distancia. Todos excepto las urracas. Todos excepto la urraca en jefe (así es como pienso en él), la más vieja –al menos la más majestuosa, la de aspecto más baqueteado. Él (así es como pienso en él, macho hasta la médula) camina en círculos lentos a mi alrededor, donde me siento. No me está examinando. No siente curiosidad por mí. Me está avisando, me está avisando para que me vaya. También está buscando mi punto vulnerable, por si necesita atacar, por si se llega a esa situación.

Al final del camino (así es como lo imagino) está dispuesto a considerar la posibilidad de un arreglo: un arreglo, por ejemplo, en el que me bato en retirada a una de las jaulas de protección que nosotros, animales humanos, hemos levantado en el lado opuesto de la calle, mientras que él retiene este espacio como suyo propio; o un arreglo en el que acepto salir de mi jaula sólo durante unas determinadas horas, entre tres y cinco de la tarde, digamos, cuando le gusta echarse una siestecita.

Una mañana hubo un repentino e insistente repiqueteo en la ventana de la cocina. Ahí estaba él, aferrado al alfeízar con sus garras, batiendo sus alas, mirando fijamente al interior, despachándome con una advertencia: incluso en casa podría no estar seguro.

Ahora, al final de la primavera, él y sus esposas se cantan mutuamente toda la noche en las copas de los árboles. No podría importarles menos que me mantengan despierto.

La urraca en jefe no tiene una idea clara de cuánto tiempo viven los seres humanos, pero cree que no tanto como las urracas. Cree que moriré en esa jaula mía, que moriré de viejo. Luego él puede echar abajo la ventana a golpes, entrar pavoneándose y arrancarme los ojos a picotazos.

De vez en cuando, cuando el tiempo es caluroso, se digna a beber del cuenco de la fuente. En el momento en el que levanta su pico para dejar que el agua se deslice por su gaznate, se hace vulnerable al ataque y es consciente de ello. De modo que procura mantener un porte especialmente severo. Tan sólo atrévete a reir, dice, y te perseguiré.

Nunca dudo en concederle el máximo respeto, la máxima atención que exige. Esta mañana capturó un escarabajo y estaba muy orgulloso de sí mismo –encantado consigo mismo, como dicen los ingleses. Con el escarabajo desvalido en su pico, sus alas rotas y extendidas irregularmente a ambos lados, vino dando saltos hacia mí, deteniéndose un rato después de cada salto, hasta que estuvo a no más de un metro de distancia. “Bien hecho”, le susurré. Ladeó su cabeza para escuchar mi breve, bisilábica canción. ¿Estaba reconociéndome, me preguntaba? ¿Vengo aquí lo suficientemente a menudo como para contar, ante sus ojos, como parte de su establecimiento?

También hay visitas de las cacatúas. Una se posa apaciblemente en un ciruelo silvestre. Me observa, extiende una ciruela en su garra como si dijera, “¿Te apetece un bocado? Yo querría decirle, “Este es un jardín público. Tú eres tan visitante como yo, no eres quien para ofrecerme comida”. Pero público, privado, no es para ella más que un soplo de aire. “Es un mundo libre”, dice.

Opiniones suaves: 24. Sobre Dostoievsky

La pasada noche leí de nuevo el quinto capítulo de la segunda parte de Los Hermanos Karamazov , el capítulo en el que Iván devuelve su entrada al universo que Dios ha creado, y me encontré sollozando inconteniblemente.

Estas son páginas que he leído antes innumerables veces; sin embargo, en lugar de hacerme inmune a su fuerza me encuentro cada vez más vulnerable ante ellas. ¿Por qué? No es porque simpatice con las opiniones bastante vengativas de Iván. A diferencia de él, creo que la más importante de las aportaciones a la ética política la realizó Jesús al instar a los injuriados y ofendidos entre nosotros a ofrecer la otra mejilla, rompiendo de este modo el círculo de venganza y represalia. Entonces, ¿por qué Iván me hace llorar a pesar de mí mismo?

La respuesta no tiene nada que ver con la ética y la política, y sí todo con la retórica. En su invectiva contra el perdón Iván utiliza descaradamente el sentimentalismo (niños martirizados) y la caricatura (terratenientes crueles) para presentar sus fines. Mucho más poderosa que la esencia de su argumentación, que no es fuerte, son los acentos de angustia, la angustia personal de un alma incapaz de soportar los horrores de este mundo. Es la voz de Iván, tal como la creó Dostoievsky, no su razonamiento, lo que me arrastra.

¿Son estas notas de angustia reales? ¿Siente Iván “realmente” como declara sentir? Y, por consiguiente, ¿comparte el lector “realmente” los sentimientos de Iván? La respuesta a la última pregunta es inquietante. La respuesta es Sí. Lo cual uno admite, incluso cuando uno oye las palabras de Iván, incluso cuando uno pregunta si él cree sinceramente lo que dice, incluso cuando uno pregunta si uno quiere ponerse en pie y seguirle y devolver su entrada también, incluso cuando uno pregunta si no es mera retórica (“mera” retórica) lo que uno está leyendo, incluso cuando uno se pregunta, conmocionado, cómo Dostoievsky, un cristiano, un seguidor de Cristo, podía asignar a Iván palabras tan poderosas –incluso en medio de todo esto hay lugar suficiente para pensar también, ¡Gracias a Dios! ¡Por fin lo veo ante mí, la batalla dispuesta al más alto nivel! ¡Si a alguno (a Alyosha, por ejemplo) le fuera concedido el vencer a Iván, con su palabra o con su ejemplo, entonces, sin duda, la palabra de Cristo será reivindicada para siempre! Y por esta razón uno piensa, ¡Slava, Fyodor Michailovich! ¡Que tu nombre resuene para siempre en el palacio de la fama!

Y uno está también agradecido a Rusia, la Madre Rusia, por poner ante nosotros con certidumbre tan indiscutible los modelos hacia los que todo novelista serio debe afanarse, incluso sin la más remota posibilidad de llegar a ellos: el modelo del maestro Tolstoy, por una parte, y el modelo del maestro Dostoievsky, por la otra. Con su ejemplo uno se convierte en un artista mejor; y con mejor no quiero decir más hábil sino éticamente mejor. Ellos aniquilan sus pretensiones más impuras; clarifican su vista; fortalecen su brazo.

 

Copyright © J. M. Coetzee 2007

 

       
barra

 

imprimir pagina

contactar

 
 
 
Inactivo inicio de pagina Inactivo
 

escudo UMU

© Universidad de Murcia, 2007
Servicio de Comunicación y Proyección Universtitaria
Vicerrectorado de Información, Comunicación e Innovación
Avda. Teniente Flomesta nº5 30003 -Murcia. Telef. 34-968 363624 /25
Inactivo Inactivo